Como una caricatura de Martínez

La risa, aunque no lo parezca, no es siempre la misma, las hay de diverso tipo; y conste que no cuento a esa medio fingida a la que acudimos para salir de situaciones embarazosas o no iniciar discusiones épicas.

Existe una risa poco profunda, motivada por chistes o situaciones divertidas que olvidamos muy poco tiempo después; y otra ocasionada por el buen humor, provocadora –segundos después de su fin– de un cierto regusto amargo, aunque no desagradable: el de la reflexión que nos indica que la anécdota, si bien hilarante, nos deja asuntos en qué pensar, y en extremo serios.

Cuando leí Noche de sábado y otros cuentos (Editorial Capiro, 2015), las carcajadas hicieron que me doliera el estómago y hasta lagrimeara un poco.

En los poco menos de 15 cuentos que conforman el libro de Abel Prieto (Pinar del Río, 1950), el absurdo toma las calles de Cuba, para hacernos reconocibles una serie de personajes y circunstancias que andan por ahí, moldeando también el paisaje del país.

Esta es una reedición del texto original, merecedor en 1989 del Premio de la Crítica. Falta una historia y se añaden tres nuevas. El aliento de aquella década se percibe en el volumen, donde cada pieza es una obra maestra del género; pero sus situaciones podrían, perfectamente, estarse produciendo ahora mismo.

En el prólogo, Francisco López Sacha, mediante la claridad con la que solo un narrador puede entender a otro, es rotundo en su invitación, que suscribo:

«Podemos adelantarle al lector que gozará –y sufrirá– con este universo imprevisible, con su agudeza de estilo, con estos emisarios del futuro que el ingenio de Abel ha situado para siempre en el imaginario popular y en la historia de la narrativa cubana».

Desde una obra más enigmática en su construcción y sentido como Las aves, hasta otras definitivamente kafkianas como El juez, Nacimiento y muerte prematura de la SOCUTE: historia de una traición, o De Estupiñán y la ameba, no hay texto que no invite a mirar a los otros con ojos más críticos (que no quiere decir condenatorios) y de paso echarnos un vistazo por dentro.

Love history subvierte el clásico relato de amor, para recordarnos que también hay enlaces un poco sórdidos y resignados; en El pitusa, la protagonista termina violada por su flamante jean recién comprado a exorbitante precio, en lo que me parece una genial metáfora de lo que el consumismo nos hace. En Elizabeth Gordon y los batuibres, la seudointelectualidad y la falsa bohemia salen tan mal paradas que dan un poco de pena. Los tres cuentos de Walter del Pino, añadidos al final del libro, constituyen un cierre perfecto, donde la ironía vuelve a hacer de las suyas.

Noche de sábado es tan herético como las caricaturas de Martínez, el «pequeño, callado y eficiente»  trabajador tras cuya muerte repentina y entierro,
comienza el cuento El domingo, antes de la tanda. El Jefe del Departamento de Control de Ventas y Almacenaje, apremiado por ver la película de la Tanda del Domingo, decide pasar por la oficina a limpiar el buró de ese subordinado un poco anodino pero modelo, con el que siempre se podía contar:

«Ya iba a cerrar la última gaveta, ya iba a dar por terminada la deprimente requisa, cuando advirtió, en el mismísimo fondo, un cilindro blancuzco que parecía ocultarse para escapar de la inspección. Eran unas hojas de cartulina, enrolladas apretadamente y atadas con un cordel grasiento. El Jefe del Departamento tuvo que usar su cortaúñas para enfrentarse, así, de golpe, a las caricaturas de Martínez.

«La primera estaba fechada dos años atrás, cuando un informe urgente para el Ministro conmovió al Departamento durante quince o veinte días febriles.

Pudo reconocerse al centro, rechoncho y calvo, vestido como un domador de circo. A su alrededor, jadeantes, los especialistas y la secretaria saltaban de un lado a otro, evitando el contacto del látigo y pasándose una pelota de goma con golpes de nariz».

Por supuesto, aquella pertenencia no fue entregada a los familiares de Martínez, sino hecha pedazos. Pero usted no rompa el libro, ría, piense, moléstese si quiere, y después salga a ser mejor.

(Publicado originalmente en Granma)http://www.granma.cu/bibliofagias/2018-11-27/como-una-caricatura-de-martinez-27-11-2018-20-11-14

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Y del pelo nos saldrán mariposas

Algunos libros llegan a nuestras manos por arte de magia. Desandando una de las carpas veraniegas que promueven la lectura como forma de convertir el ocio en alimento para el alma, una portada fuera de lo común me atrajo.
Oscurecía, ya las vendedoras adelantaban el inventario para el día siguiente y guardaban en cajas los volúmenes, pero me las ingenié para tomar y hojear Un hondo bosque de sueños (Notas sobre literatura para niños).

En estas páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar a quienes tengan a su cargo una niña o niño. Foto: de la autora
En estas páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar a quienes tengan a su cargo una niña o niño. Foto: de la autora

Hubiera bastado el nombre del autor, Eliseo Diego, para que me lo llevara, pero lo que al vuelo pude leer era tan seductor, y de tanto ingenio las ilustraciones de Rapi Diego, que pagué enseguida su precio.
Aunque ya tenía algunos años de editado (Ediciones Unión, 2008), se ofertaba entonces para suerte mía. Vender libros es también un arte –un poco maltratado en los tiempos que corren– pero aquellas dos señoras, conocedoras de su oficio, no protestaron porque llegaba a última hora: me dedicaron una sonrisa cálida y un «que lo disfrutes».
Solo los empedernidos lectores conocen la sensación bendita de adquirir un libro que se adivina cautivante y ansiar la hora de «devorarlo», página a página.
Así, me fui con el ejemplar en el bolso y cuando al fin pude leerlo, no quedó expectativa sin cubrir. Conferencias, notas, entrevistas, ensayos… componen Un hondo bosque de sueños. En ellas, Eliseo –uno de nuestros poetas rotundos– habla sobre lo que se escribe para los niños y cómo hacerlo bien, es decir, sin considerarlos adultos en formación que deben ser tempranamente preparados para la vida «de los grandes».
«Porque lo he vivido, sé cuánto importa la poesía al corazón de la infancia», dice Diego y nos invita a leer de nuevo El gato con botas y La bella y la bestia; y a no subestimar ninguna de las historias que de generación en generación cuentan los padres y las abuelas a la hora de dormir, porque «… en todo arte de pueblo el tiempo filtra, acendra, pule como hace el agua del arroyo con las piedrecillas del fondo, o los dedos de las viejas con las cuentas de sus rosarios».
Sería equivocado pensar que este es un libro solo dirigido a quienes están interesados en hacer arte para el público infantil, en sus páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar también a quienes tengan a su cargo una niña o niño. El autor exhorta a no menospreciar sus inteligencias ni la forma rápida en que todo lo captan y desechan lo que no logra conmoverlos:
«No hay más que una preocupación legítima en cuanto al mensaje que algunos de buena fe suponen imprescindible en el arte que se dedica a los niños: que no sea nocivo, que no les haga daño psíquica o ideológicamente.
«Si tenemos esta seguridad no hace falta mensaje alguno, ni pedagógico ni moral. Basta la belleza –y en ella incluyo, por supuesto, la gracia–, porque la belleza hará mejor al niño. ¿Es concebible nuestra ideología en un hombre incapaz de conmoverse ante lo puro, lo noble, lo bello? ¿En un hombre incapaz de sonreír o de detenerse a contemplar el esplendor de la vida en un niño, una muchacha, un pájaro?».
La gente pequeña que nos desordena la vida con sus energías inagotables, necesita mucho ese «conocimiento oscuro pero inmediato de las cosas que algunos llamamos poesía». Nunca como en esos años lo evidente no es lo verdadero, y hace falta tan poco para ser feliz.
La persona nueva, la que ancle sus principios en una forma diferente de entender la sociedad, sin «lobos» que se devoren los unos a los otros, debe también tener una sensibilidad cierta para amar la humanidad, que pasa por apreciar la sobriedad de los versos sencillos de Martí, y también la limpieza de una esquina sin basuras o un ómnibus sin decenas de empolvados muñecos de peluche y calcomanías descoloridas.
El sentido de lo estético empieza a formarse cuando aún nos ponemos de puntillas para otear el horizonte por la ventana, cada estímulo será influyente, cada costumbre, definitiva.
Educar a un niño es un trabajo de tiempo completo, y si no se hace como misión de amor y no de obligación, sin esperar más a cambio que contribuir al crecimiento de un buen ser humano, se fallará seguramente.
«Los mejores libros para niños son también libros para adultos», advierte Eliseo Diego, y de paso, nos conmina a volver a leer los clásicos infantiles y asombrarnos con la complejidad que entonces aceptábamos de forma natural en Peter Pan y Wendy, o Platero y yo, y que ahora nos sobrecoge.
Tal vez si nunca perdiésemos esos poderes que tenemos en la infancia de sacudir el pelo y que nos salgan mariposas multicolores; de crear amigos y pueblos, imaginarios pero reales; de decir lo que no nos gusta sin pensarlo dos veces… el mundo tendría otro rostro, menos amenazante. Crecemos y se nos olvida, pero nos bastaría apenas un salto a aquel tiempo de libertad, para ser mejores y más buenos.

(Publicado originalmente en Granma)

La estatua, el parque, y el poeta enamorado

f0113995Nunca se ha quedado solo. Antes de la wifi, estaban allí, a su lado, los apurados de siempre, esperando el ómnibus para ir o venir. Bendita combinación esa que casó en el corazón de una ciudad, la catedral, el parque y la parada.
A sus pies encontró consuelo el amante contrariado, la trovadora extrañada de sí misma, el borracho melancólico, y los niños despreocupados de todo, que pronto aprenden a reconocer en ese hombre menudo hecho estatua a Milanés, el poeta del alma que llora.
Después sí, llegó la wifi al Parque de la Catedral en Matanzas, y sobre el pedestal proliferaron los pies sucios y las latas de refresco, aunque prefiero pensar en el hermoso paralelo del enamorado que teclea fervoroso para el amor en tierra ajena, y los versos ardientes que escribió José Jacinto a su prima, inalcanzable desde la ventana al otro lado de la calle.
Ya se ha dicho hasta el cansancio que Matanzas es tierra de poetas, pero para entenderlo no basta enumerar a todos los que desde allí hacen del verso razón de vida; hay que oler su mar y palpar su tristeza de domingo, su espíritu de bahía abierta y de río tenaz.

Y José Jacinto Milanés (1814-1863), como dijera Cintio Vitier, representa «la matanceridad absoluta»; ello explica que un día de los años 90, cuando el policía fue a reprender a los revoltosos que lanzaban piedras contra unos extranjeros, recibiera la respuesta más insólita de los pequeños: no entendían lo que decían los turistas, pero sin dudas se burlaban de la efigie del bardo.
La anécdota la rescata Urbano Martínez Carmenate (Cárdenas, 1953) en el prólogo de Milanés. Las cuerdas de oro (Ediciones Matanzas, 2013), un libro donde se propone y logra con creces superar una visión que consideraba la existencia del poeta un «cielo sin nubes, un mar sin tempestades».
Esta biografía –como todas las buenas, un atisbo de ese gran mural que es la historia a través de la individualidad– demuestra que no son precisas grandes heroicidades para dejar huellas; y que se puede escribir una indagación histórica con el garbo de la novela.
Domingo del Monte y su influencia, a veces manipuladora, sobre los noveles literatos, la admiración que Milanés le profesó; la frustración del autor de El Conde Alarcos que debió trabajar en algo más que su arte para asegurar la subsistencia
familiar, la novia pobre finalmente rechazada… todo lo descubrimos y sufrimos a la par de la mente que se nubla, que se hunde en la locura a los 28 años.
Quizá era demasiado cruento el existir, entender a la humanidad y sus inconstancias, ver negada la posibilidad de amar a Isa de Ximeno, la prima adolescente con la que se disolvieron las últimas esperanzas de un cariño sanador, y se apagó (o calló adrede) el genio que de codos en el puente vio pasar la belleza y la versificó.
«Al paso del tiempo (…) se convierte en una especie de fantasma matancero, deja cartas en las noches fosfóricas, desaparece inapresable, debajo de un farol de medianoche. Es tan real como irreal. Es inasible porque vuelve siempre, se escapa porque su ausencia ilumina el camino recorrido», dijo sobre él Lezama.
Pero más que la leyenda, conmueve la realidad de Federico, el hermano que todo lo probó para arrancarle la locura, y de las hermanas, que también aplazaron sus horizontes para cuidarlo, y se dolieron de los mutismos, la agresividad, las excentricidades… Gracias a la familia y a su obra no fue nunca un pobre loco.
No podría serlo quien entendió, antes que otros muchos, la sinceridad de las formas y asuntos populares, y fue capaz de escribir cuando aún la independencia era un tímido anhelo la Epístola a Ignacio Rodríguez Galván, como respuesta a la invitación de marcharse de la Isla para salvarse de tiranías e incomprensiones:
« (…) Hijo de Cuba soy: a ella me liga/un destino potente, incontrastable:/con ella voy: forzoso es que la siga/por una senda horrible o agradable (…)».
Cuando lo enterraron, un 15 de noviembre húmedo, ya hacía mucho que su alma vagaba apartada del cuerpo, penante y a la vez magnánima para todos los aquejados de poesía; y aún hoy camina por las estrechas aceras de Matanzas, la ciudad de nombre cruel y brisa cálida.

Ficción y realidad, la frontera inexistente

Infidente ganó el Premio Alejo Carpentier de novela en el 2015.
Infidente ganó el Premio Alejo Carpentier de novela en el 2015.

Extraña la sensación de estar en una isla dentro de otra isla. Después del último barco y el último avión del día, a una, extranjera sin salir de su propio país, le da por pensar que está un poco cercada, sin la posibilidad de «arrancar» en cualquier momento hacia la casa y la gente querida.

Pero la Isla de la Juventud aún tiene algo de su encanto piratesco y tanta historia para ser hallada, contada e, incluso imaginada, termina por aplacar las nostalgias y la extrañeza del agua dos veces por todas partes.

Allá, después del camino estrecho que lleva a la finca El Abra, con su ceiba, y sus palmas y su casita breve, no pude resistirme a la tentación de imaginar a Martí oteando la tarde, queriendo partir y a la vez quedarse.

Ni la restauración que vivía entonces el Museo, ni la modernidad mostrando sus vestidos por todo el lugar, pudieron robarnos a los visitantes el ansia incontrolable de fabular los hechos, y preguntarnos si nuestra anfitriona sería descendiente de los Sardá. Y nos dijo que no, pero quisimos creer lo contrario.

¿Qué hubiera pasado si…?, es la pregunta con la que pueden desatarse todas las tormentas noveladas, y Nelton Pérez (Manatí, 1970) la explota de forma fecunda en Infidente (Editorial Letras Cubanas, 2015), sin temor a llenar los vacíos, porque la historia no es solo lo que queda en los papeles amarillos, en las cartas, en los testimonios… está también en las palabras dichas tras las paredes, en la mirada que la fotografía no atrapó, en el abrazo que jamás se confesaría para la posteridad.

Infidente –ganadora del Premio Alejo Carpentier– ha desarrollado, según Francisco López Sacha, uno de los miembros del jurado, «un cuerpo investigativo en el que también participa la ficción. El lector encontrará datos fehacientes de la estancia del joven José Martí en la finca El Abra; y al mismo tiempo, enfoques, discernimientos, y aun opiniones, vertidas por él (José Martí) a través de un epistolario que puede considerarse imaginal».

Sacha, en su nota al lector, da otra pista trascendente: «este libro puede leerse como una indagación histórica bajo el criterio de que la ficción también colabora con la realidad».

Y como la ficción le gana a la realidad en verosimilitud, resulta un placer para quienes vemos la grandeza del apostolado martiano precisamente en su humanidad total, adentrarnos en una versión de lo que sucedió en ese periodo de la vida de Pepe, reducido apenas a unos párrafos en los manuales y biografías.

Mandy, un estudiante de Periodismo que en 1980 quiere saber qué ocurrió en 1870 en Isla de Pinos, es un personaje que nos compulsa a la curiosidad, y a descubrir que las complejidades epocales inciden en el pequeño destino personal más de lo que imaginamos.

Dolores, Casimiro, Adelaida, Carmen, Nora, Teresa… forman parte de una constelación que entrelaza dos tiempos.

«Es un joven con tanto talento y querible, José María, ¿no te parece», inquiere doña Trinidad a su marido, Sardá, acerca del huésped a punto de marcharse.

Él le contesta: «Sí, pero con mucha vocación para mártir, ¡qué desperdicio! Que vaya a estudiar leyes, a ver si eso lo ayuda a olvidarse de querer cambiar el mundo (…) En tiempos de guerra la política es un juego donde se muere de verdad y eso él ya lo sabe».

–Es un poeta, José María…

–Pues por eso, Trina, vaya Dios a saber qué suerte le toca o no.
Y una se estremece con la posibilidad, aunque el 19 de mayo de 1895 ya esté inexorablemente escrito.

(Publicado originalmente en Granma)

Las cartas siempre llegan

Con esta entrega, Granma inaugura una sección para invitar a encontrarse con nuevas lecturas

No tenía edad suficiente para que me prestasen libros en la biblioteca de adultos, y mi hermana los conseguía para mí en ese adusto edificio de mi provincia natal al que siempre le vi algo de sagrado.

En uno de aquellos volúmenes hallé, una vez, la carta manuscrita y afiebrada de un enamorado. Nunca supe si el remitente la dejó allí, convencido de la inutilidad de enviarla, o si quien la mereció la había olvidado o abandonado en medio de esas páginas.

Aquel hallazgo me pareció hermoso, como encontrar en el mar un mensaje embotellado, y desde entonces hasta hoy he creído que las cartas jamás se pierden. Aun cuando no lleguen al destinatario escogido, siempre encontrarán quien las lea con el impulso de la curiosidad, que puede llegar hasta la emoción.

Tampoco se hacen viejas. Por eso los epistolarios tienen tanto de descubrimiento: se aprende más de quien escribió las misivas que a través de cualquiera de sus otras obras, biografías o actos.

Una se lee Cartas que no se extraviaron (Ediciones Loynaz, 2016) y llega a una mujer transida por la poesía en cada parte de su vida, fuerte y extraordinaria en la aparente fragilidad de su espíritu; de una vocación íntima que la separa de su tiempo y del avance arrollador de la sociedad, pero nunca de la Patria.

Dulce María Loynaz (1902-1997) es la autora de las misivas, y disfrutarlas es como darse un baño, en una playa desierta, una tarde de verano. Porque Dulce María, ya sea en prosa o en verso escribe –siempre en presente– con el ritmo del agua, musical, paciente, poderosa.

De entre 1932 y 1942 datan las cartas de la primera mitad del libro, y se destinaron a Emilio Ballagas, Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral, José María Chacón…

Las de la segunda mitad las envió la Premio Cervantes (1992), entre 1971 y 1991, al periodista e investigador crítico Aldo Martínez Malo, compilador del volumen.

Así descubrimos a una Dulce joven, de un lirismo y una contemplación desbordadas, que sabe cuán fútil es envanecerse por el genio literario propio, pero no puede dejar de escribir; y también a una Dulce cercana a la ancianidad, recluida en su hogar, que se resiente de los olvidos ingratos; que aunque no puede entender mucho de la Cuba revolucionaria, la respeta y permanece en la Isla siempre suya.

En estas páginas hay una poeta contemplativa, irónica, triste, analítica, grande. Cartas… me hizo recordar los versos de Baudelaire: «El Poeta es como ese príncipe nublado / que puede huir las flechas y el rayo frecuentar; /en el suelo, entre ataques y mofas desterrado/ sus alas de gigante le impiden caminar».

Sin embargo, la Loynaz voló alto con sus alas, y contra sus propias oscuridades; y así como le escribe a Ulda Mañas: « Yo sé que el mío será un buen libro, pero ¿no cree usted que ya hay muchos buenos libros? Casi que lo que no hay es tiempo para leerlos, y yo todavía no acabo de entender por qué es necesario que haya uno más»; le confiesa a Angélica Busquet: «Algún día yo también seré de piedra y el tiempo se romperá contra mí».

(Publicado originalmente en Granma)