Abrazar la ciudad

Sin querer ya voy sembrando y acaparando recuerdos por estas calles ajenas. Ilustración: LAZ

Adaptarse a una ciudad nueva se parece un poco al amor y sus despertares. Hay un momento inicial de desconfianza: ¿será para mí? Si se rebasa el temor al cambio —imprescindible para crecer, que también es volar— sobreviene el deslumbramiento.

Todo es bueno: el transporte, las oportunidades, la vida nocturna, el ambiente más cosmopolita, más libre, más qué se yo. Pero las pasiones desenfrenadas languidecen, y comienzan a aparecer las manchas: por acá el ómnibus que se demora mucho, por allá el domingo en que no hay tanto que hacer como una creía, y cerca de la otra esquina un basurero sin timideces.

Justo entonces te percatas de que no te sientes como pez en el agua. En tu tierra natal tenías otra cosa, una forma de andar sin mirar sobre tu hombro, un cruzar la calle sin obsesionarte con los semáforos, una confianza de conquistadora establecida basada en saberse todo de memoria: los puentes, las librerías, la parada, el río…

Era de otra forma allá. Aunque no conocieras a toda la gente, porque es imposible, te parecía que sí, que en toda podías confiar, y la playa era tuya como tuyo era un banco del parque con nombre de libertad.

Así son las trampas de la nostalgia y lo sabe Cavafis que me dice: «Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares. La ciudad te seguirá». Pero si una se rindiera a las argucias de la añoranza no podría nunca asomarse a la aventura.

Asumido el precio de nostalgiar, viene otra fase del enamorarse: aprender a aceptar los defectos y, por qué no, también a amarlos. Por eso empiezan a conmoverme, como siempre lo hicieron los míos, estos edificios añosos con que me tropiezo; y ya no comparo el mar con el otro más azul, solo lo huelo y aprendo a presentirlo detrás del ruido de los carros.

Descubro, ahora, caras amigables; más apuradas, sí, pero tan humanas como las coterráneas. Y hasta concibo apropiarme de un banco en algún parque y dedicarle un poema para que no nos olvidemos mutuamente.

Sin querer ya voy sembrando y acaparando recuerdos por estas calles ajenas, eso es inevitable cuando una vive una ciudad y la desanda. Me duelen sus chapucerías, la incivilidad, lo mal hecho no porque no hubiera maneras de hacerlo mejor, sino porque no había ganas ni exigencia, y eso nunca he podido aceptarlo con la tranquilidad de espíritu que para otros temas me desborda. Padecer por la urbe es sentirse y también saberse parte.

Eusebio Leal lo afirma: «La Habana es un estado de ánimo» y creo que empiezo a comprenderlo. A lo mejor algún día me sea tan natural atraversarla como sentarme un domingo a las cinco de la tarde en la playa Yugoslavia a comer «croquetas Ditú» y leerle a mi esposo textos desgarradores de la Pizarnik. A lo mejor, pero falta.

Mientras, siempre que puedo, dejo que los que pomposamente llamamos porteadores privados se engullan de a poco mi salario, y salgo a la carretera para encontrarme con esa explosión de luz y parsimonia que se llama Matanzas. Hay amores que empiezan tan pronto y tan hondos que no se acaban nunca.

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Ciudad de alas y versos infinitos

“La luz con que apareces me da cita.

No cambié tu paisaje por miserias.

Acógeme como a otra estalactita

que vive de agua tuya en las arterias”.

Carilda Oliver Labra

Aquí las noches se visten de silencio. Ciudad dormida, dicen, pero Matanzas no hace mutis sino una vida callada, nostálgica como su espíritu, casi la murmura al compás del San Juan.

Tras los muros con olor a tiempo, un poeta escribe y recuerda a Milanés, su genial locura, la pequeña estatua que en el parque de La Catedral consuela a los tristes. El fotógrafo sueña con apresar la esencia de un amanecer sobre la bahía.

Una mujer quiere ser la india dormida, tan perfecta, serena. Los niños creen ver al perro fantasma y se ufanan de la momia que no da miedo. Pocos resisten la tentación de entregarle cada día a la urbe, como ofrenda, un poco de creación: la mayoría le brinda su trabajo, casi todos el airado reclamo de que se le respete y ensalce.

Para amar con la devoción más sincera están el Principal, El Sauto, la sala White, la Estación de Sabanilla, los edificios de Sagebien, la Gener y del Monte,  la Botica Francesa, los puentes… y el Yumurí, las cuevas de Bellamar, la indócil Loma del Pan

Bastan para enorgullecerse el danzón, los coros, el libro-arte, la rumba, el títere… y toda la historia contada por las calles de una ciudad única por moderna, neoclásica, perfectamente trazada, por hermosa.

La Atenas de Cuba la llamaron una vez, y aún lo es, aunque nos resintamos de lo inconcluso, la desidia, el poco empeño; a fuerza de coraje el arte vive, se expande y lleva con dignidad a cualquier sitio del mundo nuestro nombre sangriento y altivo.

Falta conservarla para que esté a la altura de su estirpe. Sin embargo, no corramos el riesgo de desdeñarla, darle la espalda o abandonarla por sus grietas: sin el esfuerzo de sus hijos jamás podrá sacudirse el efecto demoledor del tiempo.

323 años y una ciudad ante la cual no germina la indiferencia. Las alas de aquel 1693 fundacional perduran, jamás faltará quien le escriba versos para salvarla del olvido o la impiedad. Matanzas permanece infinita, regia, de brazos abiertos.

Centro Coral: El viacrucis de una casa

El deterioro constructivo de la institución no solo la ha sumido en un virtual anonimato, sino también lesionado una parte esencial del patrimonio intangible en Matanzas

“Las condiciones deplorables atentan contra la preparación. La voz sufre”, afirma Líber Lora.
“Las condiciones deplorables atentan contra la preparación. La voz sufre”, afirma Líber Lora.

Muchos jóvenes, y algunos no tanto, desconocen que en la calle de Medio -frente a la tienda La Reina y a la izquierda de la miniplanta de helado- se encuentra el Centro Coral. Hace ya varios años que los niños y adolescentes no acuden allí a aprender del canto, ni los amantes de la música asisten a algún memorable concierto.

Difícil se torna imaginar que tras esa puerta ensaya el prestigioso Coro de Cámara de Matanzas (CCM), negado a abandonar su sede en las aguas de la desidia; porque como bien cuenta su director, el maestro José Antonio Méndez Valencia, “todo empezó con un pequeño hueco que se fue haciendo grande”.

Y LA ABERTURA CRECIÓ          

En 2008, el Coro partió a Venezuela como parte de la Misión Cultura. Durante su estancia, dos ciclones azotaron la Isla. El último levantó por una esquina la manta que recubría el techo y dejó un resquicio por el que penetraba la lluvia.

“Mi esposa me contó por teléfono lo que pasaba, y yo se lo comuniqué a la entonces directora provincial de Cultura; quien contestó que para cuando regresáramos estaría resuelto. Nunca se arregló”, relata Méndez. Así inició lo que él califica como un viacrucis, porque la abertura creció y los estragos de la humedad sobre paredes, carpintería, vitrales y muebles, también.

El techo de la parte posterior de la casa aún no se ha cambiado y las filtraciones afectan la estructura.
El techo de la parte posterior de la casa aún no se ha cambiado y las filtraciones afectan la estructura.

Alrededor del 2010, una brigada de la Empresa Provincial de Mantenimiento y Construcción del Poder Popular intervino en el edificio. “No llegaron a feliz término, decían que el Centro de la Música no pagaba.

“En 2015, cuando se dedicó el Festival Cubadisco a la música coral, hablé con Orlando Vistel, presidente del Instituto Cubano de la Música, entonces se destinó dinero a la reparación y contratamos a una brigada de cuentapropistas”. Luego de problemas con la moneda de pago, lograron que se cambiara la cubierta de la parte delantera de la casa.

En la actualidad, aguardan por capital para culminar las labores; una espera matizada por encuentros con la Uneac, representantes gubernamentales, y promesas de chequeos al avance de la obra que nunca tienen lugar.

LA CASA DE LOS COROS

En la edificación radicó el Conservatorio de Música Señoritas Cóndor Ruiz de La Torre, cuya familia la donó al gobierno, y este, a su vez, se la otorgó a la Dirección de Aficionados de Cultura en la segunda mitad de la década de los 80, con el fin de establecer el Centro Coral para Niños.

El objetivo no era convertir a los infantes en músicos sino que pudieran cantar. “Venían dos veces a la semana, llegaron a ser alrededor de 300. Así se consolidó un movimiento del que surgieron el Encuentro Provincial de Coros, el Seminario Nacional para Instructores de Arte, discos, documentales; y la misma experiencia de enseñanza se extendió a las municipios. Como para entonces yo dirigía el Coro Profesional, también vino para aquí”, relata Méndez.

De tal forma, aquella comenzó a conocerse como la casa de los coros. Allí tuvieron su espacio las cantorías infantiles, coros aficionados de centros de estudio e, incluso, la Cátedra de Canto y Dirección Coral de la Escuela de Nivel Medio de Música.

Líber Lora Carballo, quien se inició en el Coro del Pedagógico y hoy integra el CCM, recuerda lo hermoso y confortable de la institución. “Había una sala de conciertos bien conformada, y presentaciones todas las semanas”.

Tal labor menguó debido al detrimento del inmueble. “No podemos traer a ningún niño porque cualquier perjuicio sería responsabilidad nuestra. Las cantorías buscaron espacios alternativos y la mayoría ha desaparecido”, afirma Reynaldo Montalvo Carreras, integrante de la agrupación coral.

foto-3No obstante, aunque en determinados momentos ensayó en locales ajenos, el Coro se mantiene en el lugar y ha trabajado bajo el influjo de la lluvia, el viento y la pobre iluminación, dispuesto a defender su sede.

Montalvo comenta que en tales condiciones tragan polvo y su colega José Miguel Alfonso Campos habla del calor, el peligro y de cómo las paredes vibran con el sonido. Aunque reafirman la incidencia negativa sobre el rendimiento y la motivación, coinciden en que ello no les ha impedido participar en eventos e intercambiar con otros coros.

Diosdado González Granda, uno de los miembros de mayor experiencia, opina que ahora resulta muy difícil encontrar un cantor. Y en realidad, la falta de un relevo que se forme desde la infancia se halla entre los saldos negativos. “La sala White no funcionó por muchos años, el Teatro Sauto continúa cerrado, no teníamos donde presentarnos y el público se perdió”, añade José Miguel.

La música coral constituye una faceta del patrimonio intangible de la provincia; y varias generaciones de matanceros solo han disfrutado de un escaso contacto con ella. Este Centro no merece el destino de las reparaciones indefinidas. Ojalá su esplendor y vitalidad regresen pronto.

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Bahía nuestra

dscf4427Somos una ciudad privilegiada, porque el mar nos protege y nos define. Dicen algunos matanceros que no se sienten cómodos en lugares sin costas, les parece que se ahogan y que sin el agua, su presencia, olor, sonido, o el simple conocimiento de que está tras la próxima calle, experimentan el peor de los encierros.

Quizás esta bahía regia, serena, pero a la vez íntimamente relacionado con la rebeldía y la matanza que nos nombra, tenga mucho que ver con la idiosincrasia matancera: parsimoniosa, intimista, poeta y a la vez altiva, defensora a ultranza de sus espacios.

Poder mirar una bahía como esta, cada día, es un regalo que a veces pasa inadvertido. Solo hay que estar lejos de ella poco tiempo para valorarla en su justa medida.

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Réquiem por nuestro parque

0Cuando ante mis ojos se producen violaciones insólitas sobre los que debieran ser espacios de veneración siento vergüenza e impotencia. El panorama se torna más desalentador si a la impunidad de los infractores se suma la repetición de los hechos.

Por eso, atravesar el Parque de La Libertad, plaza significativa dentro de un centro histórico Monumento Nacional, no me deja la plácida sensación que debiera; sino, casi siempre, una mezcla de enojo y tristeza. Mucho se ha escrito en Girón y otros medios de prensa sobre su maltrato; sin embargo, parece que los oídos sordos predominan. La más reciente edición de los festejos populares lo confirma.

5Quien participó del Carnaval Infantil puede atestiguar cómo a veces las buenas intenciones terminan por lesionar el patrimonio. Es vital que los niños se diviertan junto a su familia, pero debe pensarse dónde.

Ese día, cientos de personas se situaron sobre el parque añadiéndole una gran carga adicional. Asimismo, invadieron el césped y lo pisotearon indiscriminadamente. Ni siquiera se salvó el conjunto escultórico (beneficiado en 2014 por una costosa restauración); muchos tomaron asiento sobre su base, donde consumieron alimentos y dejaron a sus hijos corretear o subirse sobre la estatua de La Libertad. Otros, para ver mejor las carrozas,se pararon en los bancos. También se frió pollo muy cerca de las fachadas colindantes, exponiéndolas al hollín. Ninguna de las autoridades allí reunidas hizo algo por detener esas conductas, como si lesionar monumentos no fuese un atentado contra el orden público.

31Durante el carnaval anterior, los especialistas de Patrimonio protestaron por la colocación en el sitio de una piscina inflable y, aunque les prometieron que la retirarían enseguida, no solo permaneció hasta el final de las festividades, sino que regresó este año. Vale aclarar que, según las leyes vigentes, solo dichos expertos pueden permitir la realización de actividades allí y muy pocas veces se pide su autorización.

2Si las fiestas populares fueran la excepción, una podría pensar que la solución estribaría en corregir el tiro la próxima vez; pero esta es solo una expresión superlativa de lo que el parque experimenta cada día.

Solo tiene usted que pasar de noche y ver el conjunto escultórico convertido en banco gigante. Seguro que en 1909 el escultor Salvatore Buemi no imaginó que su obra podría tener tal uso.

4La demolición de los accesos – que no estaban en el diseño original- y la delimitación con plantas ornamentales aún no han sucedido; aunque dudo que logren su fin ante el desafuero de la indisciplina social. Sé bien de los criterios opuestos a demarcar mediante una reja un conjunto que honra a Martí y al concepto de libertad. Sin embargo, yo lo prefiero si la opción radica en que el irrespeto se perpetúe.

Alguien afirmará que no queda otro punto dónde situarse porque en horario nocturno los pájaros defecan sobre la mayoría de los asientos. Y, aunque nada los justifica, es cierto que la invasión de las aves en el área resulta un problema irresuelto que apareja condiciones antihigiénicas y olor desagradable.

Por otro lado, ojalá el acceso a Internet vía Wifi se extienda más allá de zonas puntuales, porque nuestra segunda plaza de Armas no está concebida para ese fin; y mucho menos para cobijar a los pequeños puntos de venta nocturnos que se sitúan en ella en las noches, y proporcionan bebidas y confituras a los usuarios.

image001Mal estaríamos si olvidáramos la debida devoción a la figura del Apóstol, peor incluso si nos viésemos imposibilitados de distinguir entre un lugar de carácter patriótico y otro de fiesta; o no tuviéramos la fuerza para decirle a la Televisión Nacional que no puede situar sus equipos de transmisión sobre uno de nuestros más importantes monumentos. Alternativas siempre existen, y ¿cómo hablarles a los ciudadanos de respeto si desde las iniciativas estatales se vulnera lo dispuesto?

Según lo ideado por el plan Matanzas 325, el parque de La Libertad marcará el centro gubernamental de nuestra urbe, pero no puede esperarse a 2018 para resolver la alarmante situación. Las soluciones tienen que llegar pronto. Mucho dice de nosotros lo que hacemos o no en pos de aquellos pequeños espacios por donde comienza el amor a la Patria.

Museo de Bomberos: La historia detrás del fuego

Este Cuartel de Bomberos es el más antiguo del país que se mantiene como tal.
Este Cuartel de Bomberos es el más antiguo del país que se mantiene como tal.

Para combatir el fuego no solo son imprescindibles la preparación y el equipamiento adecuado. Antes las llamas vale mucho la valentía, pero no una imprudente, sino la que se arma de fortaleza, toma decisiones rápidas y arriesga la vida si con ello derrota otros peligros.

Quizá por eso el heroísmo de los bomberos cautiva en la infancia y en la adultez inspira respeto. Sus historias, por cuanto tienen de épicas, merecen ser preservadas y justo eso sucede al interior de la Estación de Bomberos Enrique Estrada; un edificio significativo dentro del conjunto arquitectónico de la ciudad, de indudable valor patrimonial y que alberga al Museo de Bomberos de Matanzas.

EL AYER DE UN EDIFICIO Y DE SUS OCUPANTES

En el libro Las Villas y Matanzas. Guía de arquitectura y paisaje se afirma que “en 1863 se compra el solar donde estuviera la demolida batería de La Vigía y se le encarga al arquitecto municipal Pedro Celestino del Pandal y Sánchez la construcción del parque Cervantes (1873), considerado como uno de los más modernos de la época”.

Sin embargo, este fue abandonado y por ello se requirió el terreno para construir el Cuartel de Bomberos, que se inició el 8 de marzo de 1897 y culminó el 12 de agosto de 1900; y, según el texto, es además de la última intervención en la plaza de la Vigía, la muestra más acabada del neoclasicismo en Matanzas.

El ingeniero Bernardo de la Granda y Callejas “lo dotó de un frontis triangular sostenido por columnas, a modo de templete, con muros de canto a la vista, en almohadillado, para dotar a la superficie de textura”.

Sin embargo, a inicios del siglo XX, ya los bomberos de la urbe, bajo la égida de su jefe Enrique Estrada, acumulaban una trayectoria de altruismo hacia la población. El Batallón de Honrados Obreros Bomberos de Matanzas, surgido el 19 de noviembre de 1836, podía presumir de emprendimientos como la creación en 1856 de una agrupación musical, antecesora de la actual Banda de Conciertos. Asimismo, en 1893 concibieron la Estación Sanitaria, donde se atendía gratuitamente sin distinción de clase, sexo o raza.

Un año después, idearon el primer Dispensario para niños pobres; allí les proporcionaban educación, ropa, alimentos e, incluso, llegó a funcionar como una especie de hogar para infantes sin amparo familiar. Cada una de esas iniciativas contó con su espacio dentro del inmueble del ingeniero De la Granda.

El nuevo emplazamiento gozaba de la ventaja, aún vigente, de situarse en una posición estratégica: en el centro de tres barrios significativos, Versalles, Matanzas y Pueblo Nuevo. En aquel entonces, para ser bombero voluntario el único requisito era tener un oficio.

UN MUSEO ÚNICO EN EL PAÍS

“Aquí no se aplica lo de llevar las manos detrás, todo se puede tocar, y si el visitante lo desea se viste como los bomberos y hace los mismos ejercicios que ellos en el polígono”, cuentan con sano orgullo Biolexi Ballester Quintana, directora de la institución, y Rosa Quintana Greck, responsable de Inventario.

Ellas son dos de los cinco trabajadores del museo, que coexiste con una Unidad de Bomberos y con el resto de las estructuras del Sistema del Cuerpo de Bomberos en la provincia; condición que lo hace único de su tipo en el país.

La historia de esos hombres resultaba tan singular y hermosa en el territorio que las autoridades de Patrimonio siempre pensaron en la necesidad de que existiera un lugar dedicado a ellos. En 1998 se materializó la idea, pero solo tenían 301 piezas y emprendieron una campaña de rescate, hoy ya son más de 3 000.

El museo posee la mayor cantidad de bombas de vapor reunidas en un solo espacio.
El museo posee la mayor cantidad de bombas de vapor reunidas en un solo espacio.

“Dondequiera que hacemos una exposición transitoria- que son muchas por la riqueza de nuestros fondos- nos hacen donaciones. Estamos enfrascados en completar la plantilla del Cuerpo de Bomberos desde 1836. Resulta un proyecto ambicioso, mas, cuando encontramos una dirección en el Archivo Histórico y tocamos esa puerta, nos encontramos con descendientes dispuestos a colaborar. A veces ya no vive ahí esa familia, y hay otra que también tuvo un bombero”, comenta Biolexi.

Añade Rosa que para asegurar la salvaguarda de los hechos del presente, cada comando posee comisiones y libros de historia. También se confeccionan las hojas de vida de los jubilados y fallecidos, así como de aquellos con más de 10 años de servicio.

Inmerso en proyectos como la restauración del edificio atendiendo a sus valores y espacios originales, la confección de un libro que reúna las investigaciones del enfrentamiento al fuego en Matanzas, y la extensión del círculo de interés para niños, el museo mantiene empeños tan loables como un Centro de Documentación para el público, siempre bajo la premisa de impedir el olvido de quienes lo arriesgaron todo.

 

La curandera de Macagua

La curandera de macaguaNunca antes había puesto los pies en casa de una curandera. Crecí en un barrio demasiado urbano o quizá carente de historias de otros tiempos para que esa parte raigal de la cultura cubana entrara en mi imaginario.

Pero una periodista neófita siempre anda a la caza de gente singular, interesante, y el olfato reporteril se activó cuando de paso por Los Arabos me contaron de aquella anciana que en Macagua sana con las manos. Los propios médicos mandaban a los pacientes a que la vieran, decían, y también supe de su estirpe de personaje respetado y casi de leyenda por esas tierras.

Poco tiempo después, volví apertrechada de grabadora, libreta de notas, bolígrafo, y tomé asiento delante de una mujer que no parece tener 94 años, sonríe con inocencia de niña, y analiza con sutileza a sus interlocutores. Engracia Ordóñez Abreu no oye muy bien, sin embargo parece disfrutar las preguntas, tal vez porque le dan la posibilidad de revivir lo que se ha ido.

“Yo nací a las doce del día del 16 de abril de 1922, un viernes santo, cerca de Motembo. Éramos catorce hermanos. Llegué aquí a los siete años porque mi padrastro trabajaba en el central Zorrilla. Cuando tenía nueve, curé al primer niño, se llamaba Adelaido Borrego y vivía en Cuatro esquinas. Le pasé la mano, lo santigué y se le bajó la fiebre.

“El don no vino de mi mamá; a la familia nunca le gustó que me dedicara a esto. Sé que a los dos años sufrí un desmayo. Después vi al muerto debajo de la mata de naranjas”.

Engracia disfruta con la incredulidad que no logro ocultar, sonríe con picardía y mueve la conversación hacia temas que supone más ortodoxos para mí.

“A los diez años era doméstica en casa de Anita Valladares. Un día el cura se quedó mirándome y mandó que me llevaran a la Iglesia. Así hice la comunión, y salí a hacer el bien a todos, a los niños, los ancianos. Cocinaba y pasaba la mano, incluso a los doctores del pueblo.

“Con 17 años conocí a Miguel, de 27, y nos casamos en el juzgado. Él tuvo que poner una cruz en su nombre porque no sabía escribir. Yo sí, la hija de la señora para la que trabajaba me enseñó y también a leer bonito.

“A mi marido tampoco le agradaba lo de la sanación, le molestaba la casa llena de gente desde temprano, pero tuvo que adaptarse. Tuvimos siete niños. Mis hijos ya son viejos, hace dos meses perdí uno”.

Hace silencio. Luego dice que no quiere pensar en eso, ni saber qué día es. Nani, la sobrina que nos acompaña en la conversación, cuenta que era militar retirado, y a los 59 años un infarto le causó la muerte.

Así conozco que también Miguel murió, hace quince años, y que Engracia vivía en un rancho donde ahora se encuentra el patio. El Gobierno del municipio le construyó la casa nueva, pequeña y confortable, toda de mampostería. La curandera de rostro dulce mueve el tabaco entre sus dedos, se sacude la tristeza con un gesto impreciso e interrumpe para agregar: “Y ayer me trajeron el sillón de ruedas”.

La curandera de MacaguaEntonces recuerda la época en que sacaba pasto para los bueyes y “ganaba bien porque trabajaba bien”. Ahora vive con modestia, no cobra por curar. Dicen los que la conocen que llegan a verla personas de toda Matanzas, Las Villas, La Habana, hasta cubanos que viven en el extranjero. Y algunos le regalan; mas si ella percibe que tienen poco se les adelanta para advertirles que no quiere nada.

“Cuando alguien tiene muchos problemas, y ella puede ayudarlo con lo suyo, lo hace”, relata Nani y para satisfacer mi curiosidad, mientras su tía permanece pensativa, refiere que acuden personas con cualquier tipo de padecimiento, “no hay que preguntarle nada, solo pone las manos sobre el cuerpo del paciente y habla, como si hiciera un ultrasonido”.

Con suspicacia, pregunto a la sobrina si no habrá heredado algo del polémico talento y no tarda en responder divertida: “qué va, yo no creo, solo respeto”.

Engracia no permite que le roben la atención de su visita, rememora los tiempos en que fue dirigente de la Federación de Mujeres Cubanas y enseña los papeles que guarda de aquellos años. Solo en ese momento me percato de que no ha preguntado mi nombre, ni por qué llegué con tantas interrogantes, asumo que, o lo sabe, o no importa mucho.

“Vuelve pronto”, dice al final del encuentro y se lo prometo. En el largo viaje de vuelta a la ciudad de Matanzas, pienso que no puedo atestiguar sus virtudes curativas. Una joven atea como yo sabe poco de esas cosas y entiendo al fin que ahí no yace lo esencial del asunto.

La curandera de Macagua guarda en sus memorias la historia viva del lugar. Un devenir signado por estrecheces, carencias, logros… Con su afán de hacer sentir mejor a los demás, se ha ganado admiración y cariño. Es patrimonio de su gente, testigo, y ante tal verdad sobran todos los cuestionamientos.

Engracia disfruta su nuevo hogar.

La lúcida “locura” de enseñar

Ellos dicen que “quien trabaja siempre tiene algo que hacer”. Descreen del poder inmovilizador que apareja el fatalismo geográfico, y tampoco consideran que su labor sea nada del otro mundo, sino “lo que corresponde”.

Sin embargo, aquellos que se tropiezan por vez primera en las calles de Los Arabos con el afán emprendedor de Katia Chávez Díaz y Freddy Casanova Ortiz, quedan sorprendidos. No son frecuentes –ni siquiera en la capital provincial- tales deseos de impulsar el acercamiento a la palabra escrita como remedio para desterrar los vacíos espirituales.

En el festival El Parque de las metáforas los niños descubren y recrean esa figura literaria, y la plasman con tiza en el piso. Así los vocablos inundan el espacio principal del pueblo y relegan la apatía, objetivos de ambos especialistas de Literatura de la casa de cultura Nipón Mondéjar. Pero más insólitas aún son sus ocurrencias, como la pasarela de mascotas disfrazadas, a la que ya no solo llegan perros, sino también gallinas y hasta un hámster.

“Tres personas trabajamos con la manifestación e impartimos los talleres de apreciación literaria en los distintos niveles de enseñanza, a partir de cuarto grado; también se encuentra el de creación. Gratifican los premios de los alumnos en los concursos nacionales; pero todavía más, cuando alguno supera todas las etapas y continúa escribiendo”, explica Freddy.

Él mantiene, asimismo, la tertulia mensual Vino arabense; la peña El ingenioso hidalgo, que aboga por la prevención de las ITS; y el espacio Sin barreras, con personas discapacitadas. Katia, quien comenzó como tallerista, reparte su tiempo entre los pequeños y los longevos, porque la palabra no cree en edades.

Así, defiende tanto El árbol que escucha, para los niños de primaria, como Cultivando la oralidad, en el Hogar de ancianos, donde le dicen ‘la alborotadora’ porque “mi objetivo es hacerlos reír”. De igual forma, se dedica a la Sobremesa literaria en el comedor comunitario.

En el verano y las semanas de receso también hay tareas pendientes, porque no puede primar la inactividad y tampoco suceder que el cuento y la poesía se pierdan a un cultivador por falta de oportunidades. No tienen recursos materiales, ni siquiera una computadora donde teclear los trabajos, y mucho menos acceso a Internet, mas se las arreglan para enviar las obras lo mismo a Madrid que a Tegucigalpa.

No hay concurso que se les escape y se atreven a más, convocan a uno nacional, el Benigno Vázquez. De tal forma, llegan escritores de toda Cuba a Los Arabos y los satisface, no grandes premios ni comodidades materiales, porque no existen, sino la calidez humana de unos organizadores que lo dan todo, hasta su casa.

Gracias a las gestiones, varias entidades locales entregan premios colaterales, y aunque desde la divulgación hasta el hospedaje se precisan esfuerzos titánicos, el número de obras en certamen aumenta cada año.

Quizás parezca locura empeñarse en la enseñanza y la creación de la literatura desde un municipio distante, signado por la pérdida de tradiciones, el envejecimiento poblacional y el éxodo de los jóvenes. No obstante, hay locuras que salvan el día, y mucho más.

Museo Memorial El Morrillo: Cerrar sería absurdo

En El Morrillo el patriotismo entra por los poros, quizás por la sangre valiente esparcida muy cerca de allí; pero también por los muros con historia, los vestigios aborígenes, la belleza silenciosa dela desembocadura del río Canímar y la regia estirpe de la bahía.

Sin embargo, situarse en ese paisaje privilegiado es para el Museo Memorial a la vez que suerte, dificultad. La lejanía influye en las condiciones de trabajo, la fluctuación del personal, y la proximidad con el mar contribuye al deterioro de la construcción.

DETENER A LOS PIRATAS…

Fue en sus inicios un torreón y luego batería de costa para la defensa del Hato de Canímar. En el siglo XVIII, un grupo de hacendados de la próspera y apartada zona facilitó el dinero inicial para la edificación, con el objetivo de evitar ataques de corsarios y piratas.

El Morrillo es la única batería de costa que se conserva en la ciudad de Matanzas

Durante el periodo colonial fungió como registro de aduanas y en la República asumió funciones de apostadero naval. En 1934 se le abandonó por completo y por eso Guiteras lo escogió, un año después, como punto de embarque. Lo que sería un expedición hacia México para volver luego a la Isla y hacer la revolución, se frustró por un delator y el fundador de la Joven Cuba cayó masacrado junto al venezolano Carlos Aponte.

Los cadáveres de ambos revolucionarios se enterraron en el cementerio de Matanzas, en el que permanecieron hasta su robo en el 37. No fue hasta el año 1970 que los Órganos de la Seguridad del Estado lograron hallarlos. Permanecían tras una pared falsa del sótano de la casa de José María García, en el barrio de Pogolotti. En dos cajas de zinc, cubiertas con las banderas cubana y venezolana, se hallaban los restosperfectamente conservados. García los había sustraído para impedir una profanación.

Se les expuso en el Museo de la Revolución y en medio de las valoraciones sobre la futura ubicación, surgió la idea de reconstruir El Morrillo, para entonces en ruinas, y depositarlos allí. En 1974 comenzó la labor de reconstrucción, apegada a los planos originales.El 8 de mayo de 1975 se inauguró el Museo Memorial –único de la provincia- y en 1978 recibió la condición de Monumento Nacional.

PATRIMONIO INSEGURO

En toda Matanzas, solo esta institución tiene el honor de salvaguardar restos de patriotas. Se conservan, asimismo, el bote en que fueron trasladados sus cuerpos, un escalpelo utilizado en la autopsia de Guiteras y toda la documentación de la organización Joven Cuba.

“Por estar enclavada en un área de importancia arqueológica, con uno de los más significativos sitios de agricultores ceramistas de Cuba, y el mayor y más antiguo cementerio aborigen, posee un patrimonio muy rico al respecto. Cuenta, además, con una colección de paleopatología de más de 50 piezas, única de su tipo expuesta en la nación”, refiere Dianerys Ramos Pérez, especialista principal.

En la actualidad, el museo se halla desmontado, pues a partir de 2015 entró en reparación. “La situación constructiva era pésima, el techo se filtraba, se cayeron dos vitrinas, había comején”, añade.

Planta alta de El Morrillo
Planta alta de El Morrillo

La directora Gisela Álvarez Polo explica que iniciaron con la cubierta y en 2016, con los 74 000 pesos disponibles, arreglaron los balcones que estaban casi desprendidos y las ventanas de la segunda planta. “El dinero para este año ya se agotó. Solicitamos 100 000 para el próximo, con el fin de trabajar por prioridades: el puente de entrada, museografía, repello, pintura, problemas eléctricos”.

Local de oficinas de El Morrillo
Local de oficinas de El Morrillo

De igual forma, la edificación cercana donde se ubican las oficinas tiene un dictamen de peligro de derrumbe. “Quien trabaja aquí lo hace por sentido de pertenencia, no tenemos transporte, almuerzo, ni siquiera una computadora.

“El sistema telefónico es caduco, si hay viento o se va la corriente nos quedamos incomunicados. Desde las tres de la tarde hasta las ocho de la mañana dos serenos cuidan la instalación. Por aquí se han producido salidas ilegales. También, cuando cierran los centros nocturnos, se llena de carros, lo mismo vienen parejas que personas a resolver disputas”, afirma la directora.

La PNR ya no hace rondas hasta el sitio y el Consejo de la Administración Municipal rechazó la idea de colocar una garita para regular el paso. La sala túmulo no posee alarma, tampoco hay locales enrejados. “Tomamos la determinación de que los custodios cuiden de las puertas hacia adentro, por su propia seguridad”, agrega.

La museografía databa del año 75
La museografía databa del año 75

En medio de las alarmantes dificultades, la museóloga Giselle Gil Medina continúa el trabajo con niños y adolescentes de la comunidad, círculos de interés, museos móviles y proyectos socioculturales. Los que se duelen por este guardián de la historia, aunque saben que aún de aprobarles el dinero solicitado no terminarán de hacerlo todo, sueñan con lograr, poco a poco, un museo más atractivo y funcional.

“Queremos un montaje para muchos años. Puede que nos demoremos, pero hay que pensar en el futuro, lo barato sale caro. Nos mantenemos y mantendremos abiertos. Cerrar sería absurdo, las personas siempre llegan, y aunque sea les brindamos las explicaciones”, dice Gisela.

Ojalá se tomen medidas antes de que deba lamentarse algún hecho. El Morrillo merece los mayores esfuerzos; Guiteras y Aponte, todo lo que pueda hacerse y más.