La estatua, el parque, y el poeta enamorado

f0113995Nunca se ha quedado solo. Antes de la wifi, estaban allí, a su lado, los apurados de siempre, esperando el ómnibus para ir o venir. Bendita combinación esa que casó en el corazón de una ciudad, la catedral, el parque y la parada.
A sus pies encontró consuelo el amante contrariado, la trovadora extrañada de sí misma, el borracho melancólico, y los niños despreocupados de todo, que pronto aprenden a reconocer en ese hombre menudo hecho estatua a Milanés, el poeta del alma que llora.
Después sí, llegó la wifi al Parque de la Catedral en Matanzas, y sobre el pedestal proliferaron los pies sucios y las latas de refresco, aunque prefiero pensar en el hermoso paralelo del enamorado que teclea fervoroso para el amor en tierra ajena, y los versos ardientes que escribió José Jacinto a su prima, inalcanzable desde la ventana al otro lado de la calle.
Ya se ha dicho hasta el cansancio que Matanzas es tierra de poetas, pero para entenderlo no basta enumerar a todos los que desde allí hacen del verso razón de vida; hay que oler su mar y palpar su tristeza de domingo, su espíritu de bahía abierta y de río tenaz.

Y José Jacinto Milanés (1814-1863), como dijera Cintio Vitier, representa «la matanceridad absoluta»; ello explica que un día de los años 90, cuando el policía fue a reprender a los revoltosos que lanzaban piedras contra unos extranjeros, recibiera la respuesta más insólita de los pequeños: no entendían lo que decían los turistas, pero sin dudas se burlaban de la efigie del bardo.
La anécdota la rescata Urbano Martínez Carmenate (Cárdenas, 1953) en el prólogo de Milanés. Las cuerdas de oro (Ediciones Matanzas, 2013), un libro donde se propone y logra con creces superar una visión que consideraba la existencia del poeta un «cielo sin nubes, un mar sin tempestades».
Esta biografía –como todas las buenas, un atisbo de ese gran mural que es la historia a través de la individualidad– demuestra que no son precisas grandes heroicidades para dejar huellas; y que se puede escribir una indagación histórica con el garbo de la novela.
Domingo del Monte y su influencia, a veces manipuladora, sobre los noveles literatos, la admiración que Milanés le profesó; la frustración del autor de El Conde Alarcos que debió trabajar en algo más que su arte para asegurar la subsistencia
familiar, la novia pobre finalmente rechazada… todo lo descubrimos y sufrimos a la par de la mente que se nubla, que se hunde en la locura a los 28 años.
Quizá era demasiado cruento el existir, entender a la humanidad y sus inconstancias, ver negada la posibilidad de amar a Isa de Ximeno, la prima adolescente con la que se disolvieron las últimas esperanzas de un cariño sanador, y se apagó (o calló adrede) el genio que de codos en el puente vio pasar la belleza y la versificó.
«Al paso del tiempo (…) se convierte en una especie de fantasma matancero, deja cartas en las noches fosfóricas, desaparece inapresable, debajo de un farol de medianoche. Es tan real como irreal. Es inasible porque vuelve siempre, se escapa porque su ausencia ilumina el camino recorrido», dijo sobre él Lezama.
Pero más que la leyenda, conmueve la realidad de Federico, el hermano que todo lo probó para arrancarle la locura, y de las hermanas, que también aplazaron sus horizontes para cuidarlo, y se dolieron de los mutismos, la agresividad, las excentricidades… Gracias a la familia y a su obra no fue nunca un pobre loco.
No podría serlo quien entendió, antes que otros muchos, la sinceridad de las formas y asuntos populares, y fue capaz de escribir cuando aún la independencia era un tímido anhelo la Epístola a Ignacio Rodríguez Galván, como respuesta a la invitación de marcharse de la Isla para salvarse de tiranías e incomprensiones:
« (…) Hijo de Cuba soy: a ella me liga/un destino potente, incontrastable:/con ella voy: forzoso es que la siga/por una senda horrible o agradable (…)».
Cuando lo enterraron, un 15 de noviembre húmedo, ya hacía mucho que su alma vagaba apartada del cuerpo, penante y a la vez magnánima para todos los aquejados de poesía; y aún hoy camina por las estrechas aceras de Matanzas, la ciudad de nombre cruel y brisa cálida.

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La riqueza que limpia el alma

En la medida que cada cual haga bien su parte del deber la obra común se hará más sólida…

Lo conocí un mediodía silencioso de pueblo. Yo andaba cazando historias en Los Arabos, un municipio matancero allá en lo último de la frontera con Villa Clara y no por casualidad me lo tropecé.

Mucha gente sugirió con entusiasmo que lo entrevistara. Era un guardaparques, y me picó la curiosidad que fuese tan célebre y querido. Fui a “acosarlo”, libreta, grabadora y bolígrafo en mano; y aunque titubeó un poco ante mi insistencia reporteril, pronto se desató a hablar.

Argelio Mario Casanova Cardoso me contó, en un banco de su parque, de una existencia de trabajo, tempranamente iniciada a los ocho años; de lo bueno que era para los estudios de niño, cuando su padre no lo dejó pasar del sexto grado; y de lo difícil que le fue estudiar de grande, cuando en el trabajo le instaban pero ya la cabeza, muy vieja, no le alcanzaba para esas cosas.

Y me habló con emoción de su cooperativa, donde se ganó un carro, y de cómo la jubilación no estaba hecha para alguien que llevaba 78 años siendo útil. “En la casa me sentía como perro con bicho”.

Por eso se buscó aquel trabajito, incluso en contra de la familia que le decía que no había necesidad; pero Casanova no solo lo asumió para entretenerse, sino que se convirtió en un guardaparque modelo, de los que no toleran malas hierbas ni papeles fuera del cesto, y mucho menos gente desalmada.

Y esa dedicación de hacer bien su trabajo en un parque modesto lo había convertido en un tipo diferente de famoso; no es que su nombre fuese coreado ni que cada visitante se tomara una foto con él, sino que se le miraba con respeto y si de ejemplo se hablaba era ineludible citarlo.

Me gustó aquella entrevista con un hombre sencillo y aunque nunca tuve la oportunidad de reencontrármelo y preguntarle si le había parecido bien lo que escribí sobre él en el periódico, me gusta pensar que sí, que se sonrió ante mi intento por estamparlo en letras; y me satisface más saber que no hizo falta la llegada de ninguna periodista poniendo luces sobre su esfuerzo para que la gente lo quisiera.

A Argelio lo recordé mientras leía los comentarios del foro de Cubahora ¿Cómo participas en la creación de riquezas para nuestro pueblo? Porque, creo, al final la mayor parte de los usuarios entendió que no se hablaba de la riqueza que nos arropa por fuera y nos desnuda por dentro, sino de la que se alza desde los pequeños concursos individuales y limpia el alma, porque pone en todas las bocas pan y en todas las cabezas almohada.

Un proyecto diferente de país, como el cubano, no puede fundar su prosperidad futura sobre las ambiciones personales, que se vuelven egoístas cuando solo se concentran en las ganancias que se puedan obtener con una actitud o acción; y mientras más se gane, mejor; a cualquier costo, porque la vida “está difícil”.

No se trata de negar que hay que comer, calzarse, refugiarse bajo techo, comprarles juguetes a los niños, vacacionar en un lugar agradable… sino de abrazar una filosofía distinta en un mundo cada vez más parcelado y caníbal: pensar que un trabajo no es solo, aunque incuestionablemente lo sea, una vía para sustentar las necesidades materiales, sino un espacio para, desde el enaltecimiento espiritual propio, contribuir a un país mejor, más eficiente y agradable para sus ciudadanos.

Argelio, con sus siete décadas bien vividas, creaba riquezas  —¿quién puede dudarlo?— para su gente. En la medida que cada cual haga bien su parte del deber la obra común se hará más sólida.

El socialismo, a fin de cuentas, se trata de amor. De entender que no estamos solos en una competencia a muerte por sobrevivir, sino que en millones de encadenamientos de buenos trabajos está la solución para una mejor Isla.

Pero, claro está, esa conciencia no sale de la nada. Se funda sobre la historia, sobre los valores, sobre las vanguardias y la participación activa. Por eso, los foristas hablaron de crear riquezas trabajando en equipo, evaluando la información, escuchando a los demás; y también exigiendo calidad, el uso de los recursos para lo que han sido destinados, y eliminando barreras subjetivas.

No solo hay que capacitar a los trabajadores y estimular una cultura del ahorro y del sentido de pertenencia, sino también lograr que los tributos actúen como una forma justa de redistribuir la riqueza.

¿No serán esos mismos que viven sin trabajar, acumulando dinero por caminos torcidos y sin haber dado nada de sí, los que le rompen los bancos del parque a Argelio y patean los cestos de basura? Solo desde el sacrificio propio se puede venerar y entender el ajeno.

Eliminar los desequilibrios que han permitido crecer a los “nuevos ricos” es prioridad del Partido y el Estado cubanos. En lo honesto y legal siguen estando los fundamentos de la nación, aunque algún trasnochado no quiera entenderlo.

¿Cómo participar en la creación de riquezas? Siendo buenos podría ser una primera respuesta.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Diez años después: un viaje a la semilla*

29542316_945557082275360_7279481199386253815_nMe lo dijeron y no lo creí. Tuve que sacar la cuenta con los dedos para convencerme.  Me quedé pensativa medio minuto y después fui a hacer otra cosa. Los periodistas siempre tenemos cosas que hacer, quizá por eso no percibimos el paso del tiempo y se nos va la vida apasionadamente entre el reportaje de ayer y la crónica de mañana.

Recordé el dato varias veces en los días siguientes y seguí sin entender cómo se me habían ido tan fugaces diez años intentando convertirme en periodista.

Después, otra mañana, encontré una revista vieja editada por la Upec: dentro, un trabajo sobre la apertura de la carrera de Periodismo en la Universidad de Matanzas. Lo firmaba la profe Arianna, lo acompañaba una foto de jóvenes flacos e inocentes en un parque de hormigas temerarias y microclima permanente.

Entonces, sí tuve que ceder a la memoria, que es empecinada, y acordarme. Las clases empezaron después de lo previsto, porque un huracán había amenazado, y quizá debimos sospechar que ese nacimiento «entre ciclones» sería un anuncio de lo que vendría.

Porque, hay que decirlo, romper el hielo tiene sus ventajas y desventajas, y nosotros no escapamos a ninguna de ellas. Así tuvimos fama de «protestones», de «creernos cosas», y no faltó quien nos conminara a esconder, de las visitas, el tibor, porque no había grupo en la universidad que armara más campañas en pro de la bibliografía, sea cual fuera el visitante.

Nuestras causas fueron numerosas, y creo que todas justas, y desde la primera clase hasta aquella gloriosa prueba de Taquigrafía (más temida que la discusión de la tesis) fuimos, a pesar de nuestras muchas diferencias, un grupo sui géneris, capaz de emocionarse con la mayéutica socrática y que adoptó todas las iniciaciones con un ansia total de saber.

Diez años después, con más canas, trabajo, hijos; en los medios, fuera de ellos; en Cuba, fuera de ella; me parece que todos tenemos historias hermosas para contar de cómo estudiar Periodismo nos hizo crecer, y amar, y volver a empezar siempre.

Lo más sublime es que aquel grupo de 18, que por el camino adoptó a una santiaguera, no fue el único y han venido otros, pequeños de número pero igual de enamorados y de originales.

Hace una década Matanzas necesitaba una carrera de Periodismo. Hoy la sigue necesitando y en el futuro también lo hará, para formar profesionales que muevan los letargos, sueñen los caminos, que conecten a la gente con su realidad de todos los días; para formar buenas personas, que es quizá lo más importante.

Habrá que agradecer siempre a los periodistas matanceros que, pese a todo, se han reinventado como profesores, solo porque aman tanto lo que hacen que no pueden dejar de creer que sus alumnos lo harán mejor.

Los medios matanceros no se han transformado todo lo que pudieran con las ganas y las inteligencias salidas de estas aulas, pero sería injusto decir que no se ha hecho sentir el empuje del conocimiento nuevo, de la entrega por la verdad siempre revolucionaria de que hablara Julio García Luis.

Diez años no son poca cosa, pero aún es pronto para dejarse ganar por las nostalgias, aunque a veces asalten deseos de probar otra vez los churros socatos de la cafetería, sentarse a conversar en el parque de las hormigas, y preocuparse solo por el seminario de mañana y por cómo se escribe desoxirribonucleico en Taquigrafía.

Aún es tiempo de mirar hacia los horizontes, los probables y los deseables y de fundar obras buenas; y dentro de 10 años, o 20, ya sabremos que fue de esos locos que un día decidieron consagrarse a un oficio exigente, de mucho trabajo, poco dinero y aventuras siempre nuevas.

 

*Estas palabras las escribí para el I Encuentro entre Estudiantes y Egresados de la carrera de Periodismo en la Universidad de Matanzas

 

 

 

 

Abrazar la ciudad

Sin querer ya voy sembrando y acaparando recuerdos por estas calles ajenas. Ilustración: LAZ

Adaptarse a una ciudad nueva se parece un poco al amor y sus despertares. Hay un momento inicial de desconfianza: ¿será para mí? Si se rebasa el temor al cambio —imprescindible para crecer, que también es volar— sobreviene el deslumbramiento.

Todo es bueno: el transporte, las oportunidades, la vida nocturna, el ambiente más cosmopolita, más libre, más qué se yo. Pero las pasiones desenfrenadas languidecen, y comienzan a aparecer las manchas: por acá el ómnibus que se demora mucho, por allá el domingo en que no hay tanto que hacer como una creía, y cerca de la otra esquina un basurero sin timideces.

Justo entonces te percatas de que no te sientes como pez en el agua. En tu tierra natal tenías otra cosa, una forma de andar sin mirar sobre tu hombro, un cruzar la calle sin obsesionarte con los semáforos, una confianza de conquistadora establecida basada en saberse todo de memoria: los puentes, las librerías, la parada, el río…

Era de otra forma allá. Aunque no conocieras a toda la gente, porque es imposible, te parecía que sí, que en toda podías confiar, y la playa era tuya como tuyo era un banco del parque con nombre de libertad.

Así son las trampas de la nostalgia y lo sabe Cavafis que me dice: «Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares. La ciudad te seguirá». Pero si una se rindiera a las argucias de la añoranza no podría nunca asomarse a la aventura.

Asumido el precio de nostalgiar, viene otra fase del enamorarse: aprender a aceptar los defectos y, por qué no, también a amarlos. Por eso empiezan a conmoverme, como siempre lo hicieron los míos, estos edificios añosos con que me tropiezo; y ya no comparo el mar con el otro más azul, solo lo huelo y aprendo a presentirlo detrás del ruido de los carros.

Descubro, ahora, caras amigables; más apuradas, sí, pero tan humanas como las coterráneas. Y hasta concibo apropiarme de un banco en algún parque y dedicarle un poema para que no nos olvidemos mutuamente.

Sin querer ya voy sembrando y acaparando recuerdos por estas calles ajenas, eso es inevitable cuando una vive una ciudad y la desanda. Me duelen sus chapucerías, la incivilidad, lo mal hecho no porque no hubiera maneras de hacerlo mejor, sino porque no había ganas ni exigencia, y eso nunca he podido aceptarlo con la tranquilidad de espíritu que para otros temas me desborda. Padecer por la urbe es sentirse y también saberse parte.

Eusebio Leal lo afirma: «La Habana es un estado de ánimo» y creo que empiezo a comprenderlo. A lo mejor algún día me sea tan natural atraversarla como sentarme un domingo a las cinco de la tarde en la playa Yugoslavia a comer «croquetas Ditú» y leerle a mi esposo textos desgarradores de la Pizarnik. A lo mejor, pero falta.

Mientras, siempre que puedo, dejo que los que pomposamente llamamos porteadores privados se engullan de a poco mi salario, y salgo a la carretera para encontrarme con esa explosión de luz y parsimonia que se llama Matanzas. Hay amores que empiezan tan pronto y tan hondos que no se acaban nunca.

Ciudad de alas y versos infinitos

“La luz con que apareces me da cita.

No cambié tu paisaje por miserias.

Acógeme como a otra estalactita

que vive de agua tuya en las arterias”.

Carilda Oliver Labra

Aquí las noches se visten de silencio. Ciudad dormida, dicen, pero Matanzas no hace mutis sino una vida callada, nostálgica como su espíritu, casi la murmura al compás del San Juan.

Tras los muros con olor a tiempo, un poeta escribe y recuerda a Milanés, su genial locura, la pequeña estatua que en el parque de La Catedral consuela a los tristes. El fotógrafo sueña con apresar la esencia de un amanecer sobre la bahía.

Una mujer quiere ser la india dormida, tan perfecta, serena. Los niños creen ver al perro fantasma y se ufanan de la momia que no da miedo. Pocos resisten la tentación de entregarle cada día a la urbe, como ofrenda, un poco de creación: la mayoría le brinda su trabajo, casi todos el airado reclamo de que se le respete y ensalce.

Para amar con la devoción más sincera están el Principal, El Sauto, la sala White, la Estación de Sabanilla, los edificios de Sagebien, la Gener y del Monte,  la Botica Francesa, los puentes… y el Yumurí, las cuevas de Bellamar, la indócil Loma del Pan

Bastan para enorgullecerse el danzón, los coros, el libro-arte, la rumba, el títere… y toda la historia contada por las calles de una ciudad única por moderna, neoclásica, perfectamente trazada, por hermosa.

La Atenas de Cuba la llamaron una vez, y aún lo es, aunque nos resintamos de lo inconcluso, la desidia, el poco empeño; a fuerza de coraje el arte vive, se expande y lleva con dignidad a cualquier sitio del mundo nuestro nombre sangriento y altivo.

Falta conservarla para que esté a la altura de su estirpe. Sin embargo, no corramos el riesgo de desdeñarla, darle la espalda o abandonarla por sus grietas: sin el esfuerzo de sus hijos jamás podrá sacudirse el efecto demoledor del tiempo.

323 años y una ciudad ante la cual no germina la indiferencia. Las alas de aquel 1693 fundacional perduran, jamás faltará quien le escriba versos para salvarla del olvido o la impiedad. Matanzas permanece infinita, regia, de brazos abiertos.