¿El diagnóstico médico a un clic?

Wifi en La Habana
La paulatina llegada de Internet a Cuba propicia búsquedas sobre enfermedades, uso de medicamentos, tratamientos alternativos (Abel Rojas / Cubahora)

Unas noches atrás, mientras caminaba de regreso a casa, encontré a un amigo que no veía hace mucho. Después de ponernos al día sobre nuestras respectivas pequeñeces cotidianas, le conté sobre la enfermedad de un conocido de ambos.

Entonces, mi interlocutor, con una sapiencia en el tema que hasta entonces no le sospechaba, hizo toda una disertación sobre la posible evolución del paciente y los tratamientos debidos.

Nos despedimos poco después, pero quedé pensativa: ¿y cómo sabe él todo eso?, incluso me esforcé en rememorar si tenía algún estudio médico, pero no, había tomado el camino de la ingeniería, estaba segura.

Lo suyo es un entusiasmo amateur, un hobby que, valga decirlo, comparten un buen número de cubanos y cubanas; y que, también es justo aclarar, no tiene sus bases solo en un alto nivel de instrucción sino también en el acceso universal y gratuito a la salud.

Para quienes habitan este archipiélago, las instituciones médicas, desde el consultorio hasta los más prestigiosos hospitales, no son zonas vedadas; y se ha desarrollado una cultura de acudir a ellas que ciertamente conlleva familiarizaciones con exámenes, diagnósticos y prescripciones.

El problema está en aquellos que, sin haber usado jamás una bata blanca, creen que pueden ellos mismos recetar, basados en sus experiencias o la de personas cercanas, ¡y cuántos hay!

No sorprende entonces que la paulatina llegada de Internet a la isla propicie búsquedas sobre enfermedades, uso de medicamentos, tratamientos alternativos…

Ya sea quienes pueden conectarse desde el trabajo o la casa, por motivos laborales, o los que acuden a los puntos wifi o el servicio de Nauta Hogar, casi todos sucumben a la tentación de consultar a “Doctor Google” sobre temas de salud.

Hasta ahí no habría problema si no fuera porque quedarse con la versión de una página web entraña tantos o más peligros que guiarse en el mundo offline por criterios inexpertos y no acudir al personal facultado.

El fenómeno ya es mundial y por tanto está extensivamente estudiado. Buena parte de la información de salud que los internautas buscan corresponde a enfermedades como cáncer, gripe, diabetes, diarrea, alergia, depresión, Alzheimer, sida, anorexia o Parkinson.

Y si poder acceder a todo ese caudal de conocimiento es maravilloso, para quien no esté alerta puede ser muy frustrante. Mucha de la información disponible en Internet  sobre temas médicos está destinada a un público especializado, por tanto, el lector promedio se ve incapacitado para filtrar la información, la distorsiona y termina fijando solo los datos más alarmantes, con la consiguiente carga de miedo y ansiedad.

De más está decir que no todas las fuentes son fiables y que debe precisarse bien la fecha de actualización del artículo; que las historias de vida de sobrevivientes —tan frecuentes en la red de redes— no pueden generalizarse: cada cuerpo humano es un universo; y la mayoría de los contenidos disponibles se refieren a las patologías más graves, y no a las comunes que pueden relacionarse con síntomas similares a los de las primeras.

Si bien existen fenómenos más complejos como la ciberhipocondría, aun sin llegar a obsesionarse, cualquier persona puede desconfiar de su médico al indagar por tratamientos o consultar estadísticas.

El foro ¿Tu médico es Internet?, desarrollado por Cubahora, ofreció indicios sobre la percepción que existe en el país de este fenómeno.

Los comentarios acusan una conciencia colectiva de que automedicarse no es una opción y de que “buscar enfermedades y creerse que eso es lo que uno tiene” implica cierto morbo perjudicial.

Los foristas reconocieron leer sobre temas de salud y destacaron el beneficio de Infomed y de secciones médicas en la prensa cubana para ahondar en las recomendaciones de los facultativos y “entender mejor”, sin poner en duda el diagnóstico inicial.

En el contexto de la falta de medicamentos que experimenta el país, por carencia de materias primas, y que comienza a ceder, según datos de la industria farmacéutica nacional, varios usuarios dijeron haberse informado con enfoque más práctico: conocer sobre medicamentos análogos a los comercializados en Cuba para gestionarlos a través de amigos o familiares en el extranjero. Incluso, en ese caso preguntar a un médico se hace imprescindible.

Contrastar fuentes serias y nunca pensar que una lectura a la distancia de un clic puede sustituir la visita a un centro asistencial son recomendaciones no por obvias menos necesarias.

Cada vez habrá más acceso a Internet en el país y más cubanos sucumbiremos al mal de la autoconsulta web, preparémonos entonces para informatizarnos, que supone en buena medida saber discernir el oro de entre las rocas.

Publicado originalmente en Cubahora

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De pie espero

Cuando me toca hacer uso de mi paciencia en alguna gestión ineludible, trato siempre de sacarle provecho a los minutos invertidos-perdidos. (Fernando Medina Fernández / Cubahora)

Si evoco mi infancia, me visitan enseguida el olor del café vespertino de mamá y sus expresiones originales; mi madre tiene una colección completa de frases que pertenecen al universo peculiar de nuestra familia.

Así, si le decía que me aburría, ella ripostaba: “No sea burra”; para significar que algo era muy pero muy poco, soltaba: “Un tin a la marañín”; y cuando alguien le hablaba con entusiasmo desmedido de algún suceso con escasas probabilidades de hacerse realidad, sentenciaba: “Espere sentado”. Y lo de esperar cómodamente sentado era para no padecer un dolor de pies agudo por aguardar promesas difusas.

De mis despreocupados días infantiles a las incipientes canas de hoy, varias veces me ha tocado esperar sentada, muchas más en el sentido literal que en el metafórico —aunque en ocasiones tengan tantas similitudes.

Como heredé el pragmatismo materno, esperar es una tortura cruel que jamás he sabido enfrentar con resignaciones, y le huyo a los trámites como a la peste medieval. Aun así no me salvo, esperar (hacer cola en la oficina de la Vivienda, en la consulta del médico, en la bodega, en la parada de la guagua…) parece relacionado de forma intrínseca a la sociedad cubana actual. Incluso allí donde no es necesario hacer fila, siempre aparece algún desesperado clamando a toda voz por el último.

Cuando me toca hacer uso de mi paciencia en alguna gestión ineludible, trato siempre de sacarle provecho a los minutos invertidos-perdidos, y como me tomé en serio lo de la campaña de “leyendo espero”, no salgo jamás sin un libro (una nunca sabe cuando la espera sacará sus garras).

Eso sí, buena parte de los cubanos tiene un arma poderosa para sacarle provecho a esas ocasiones: su don natural para conversar, así sea con completos extraños. De tal forma, dos personas que nunca se habían visto pueden salir del cuerpo de guardia de un hospital conociendo hasta el más mínimo detalle de sus respectivas historias clínicas.

Pero de la espera también se pueden decir muchas cosas malas. La gente se impacienta, se siente maltratada, se pone agresiva con quien menos lo merece y sufre mientras ve esfumarse un recurso que no recuperará jamás: su tiempo.

¿Por qué entonces esperamos tanto? Muchas razones podrían surgir, desde falta de recursos hasta de personal, pero la mayoría de las veces la indolencia asoma su oreja peluda detrás de los retrasos; y el funcionario sale a fumarse un cigarrito o la doctora conversa por teléfono, mientras aguardan por ellos.

Si fuesen requeridos, los “demorones” dirían que hay que entenderlos, que también son personas; y en sus respuestas airadas encontraríamos una esencia del problema: un servidor público no será eficiente si no entiende lo que implica servir.

En resumen, sin exigencia, los burócratas se cocinan en su propia salsa y viven felices, atendiendo en una jornada a tres usuarios, cuando podrían ayudar a diez; y hasta habrá alguno podrido que dilatará adrede las soluciones de no haber un “regalito” de por medio.

Sí, a veces no queda más remedio que esperar, la vida y el éxito requieren de paciencia, de esperanza en lo por venir; sin embargo, mi madre me enseñó a no esperar sentada, a ponerle fechas de cumplimiento a los proyectos, a no dejarme pasar gato por liebre.

Y ya que vuelvo al terreno metafórico, le digo que hay que esperar de pie e irles de frente a los que nos hacen perder además de las horas, la lozanía. Que la espera no se vuelva conformidad con lo malo, que no rumiemos calladas amarguras en vez de hacer por la transformación.

Una espera injustificada, sea por soluciones o explicaciones, merece siempre una denuncia instantánea y dura. Esperar de pie quizás no agilice el proceso, pero no nos hará cómplices y, sin dudas, seremos más útiles a la obra común.

Si evoco mi infancia, me visitan enseguida el olor del café vespertino de mamá y sus expresiones originales; mi madre tiene una colección completa de frases que pertenecen al universo peculiar de nuestra familia.

Así, si le decía que me aburría, ella ripostaba: “No sea burra”; para significar que algo era muy pero muy poco, soltaba: “Un tin a la marañín”; y cuando alguien le hablaba con entusiasmo desmedido de algún suceso con escasas probabilidades de hacerse realidad, sentenciaba: “Espere sentado”. Y lo de esperar cómodamente sentado era para no padecer un dolor de pies agudo por aguardar promesas difusas.

De mis despreocupados días infantiles a las incipientes canas de hoy, varias veces me ha tocado esperar sentada, muchas más en el sentido literal que en el metafórico —aunque en ocasiones tengan tantas similitudes.

Como heredé el pragmatismo materno, esperar es una tortura cruel que jamás he sabido enfrentar con resignaciones, y le huyo a los trámites como a la peste medieval. Aun así no me salvo, esperar (hacer cola en la oficina de la Vivienda, en la consulta del médico, en la bodega, en la parada de la guagua…) parece relacionado de forma intrínseca a la sociedad cubana actual. Incluso allí donde no es necesario hacer fila, siempre aparece algún desesperado clamando a toda voz por el último.

Cuando me toca hacer uso de mi paciencia en alguna gestión ineludible, trato siempre de sacarle provecho a los minutos invertidos-perdidos, y como me tomé en serio lo de la campaña de “leyendo espero”, no salgo jamás sin un libro (una nunca sabe cuando la espera sacará sus garras).

Eso sí, buena parte de los cubanos tiene un arma poderosa para sacarle provecho a esas ocasiones: su don natural para conversar, así sea con completos extraños. De tal forma, dos personas que nunca se habían visto pueden salir del cuerpo de guardia de un hospital conociendo hasta el más mínimo detalle de sus respectivas historias clínicas.

Pero de la espera también se pueden decir muchas cosas malas. La gente se impacienta, se siente maltratada, se pone agresiva con quien menos lo merece y sufre mientras ve esfumarse un recurso que no recuperará jamás: su tiempo.

¿Por qué entonces esperamos tanto? Muchas razones podrían surgir, desde falta de recursos hasta de personal, pero la mayoría de las veces la indolencia asoma su oreja peluda detrás de los retrasos; y el funcionario sale a fumarse un cigarrito o la doctora conversa por teléfono, mientras aguardan por ellos.

Si fuesen requeridos, los “demorones” dirían que hay que entenderlos, que también son personas; y en sus respuestas airadas encontraríamos una esencia del problema: un servidor público no será eficiente si no entiende lo que implica servir.

En resumen, sin exigencia, los burócratas se cocinan en su propia salsa y viven felices, atendiendo en una jornada a tres usuarios, cuando podrían ayudar a diez; y hasta habrá alguno podrido que dilatará adrede las soluciones de no haber un “regalito” de por medio.

Sí, a veces no queda más remedio que esperar, la vida y el éxito requieren de paciencia, de esperanza en lo por venir; sin embargo, mi madre me enseñó a no esperar sentada, a ponerle fechas de cumplimiento a los proyectos, a no dejarme pasar gato por liebre.

Y ya que vuelvo al terreno metafórico, le digo que hay que esperar de pie e irles de frente a los que nos hacen perder además de las horas, la lozanía. Que la espera no se vuelva conformidad con lo malo, que no rumiemos calladas amarguras en vez de hacer por la transformación.

Una espera injustificada, sea por soluciones o explicaciones, merece siempre una denuncia instantánea y dura. Esperar de pie quizás no agilice el proceso, pero no nos hará cómplices y, sin dudas, seremos más útiles a la obra común.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Toda la promesa era la luz

Afuera la vida vibra con toda la intensidad de lo cotidiano: un chofer desgasta el claxon, una pareja avanza tomada de la mano mientras discute su plan para la noche, un señor camina a casa cargado de bolsas, una muchacha repasa los textos de la librería.

El edificio es uno más en la urbe apretada, solo una placa salva su fachada del anonimato; pero hasta el No. 164 de 25 y O, en el diverso Vedado habanero, no impulsa la casualidad. Hay quien va allí buscando un pedazo de la Patria, un fragmento claro de lo que es la Isla y también de lo que será.

En la entrada, unos niños hacen rodar en el juego su inocencia. Se les debe sortear para ganar la escalera. La subida tiene de conversaciones vecinales, de olor a almuerzo, de noticiero del mediodía, de lavadora en marcha… el inmueble está vivo, y se adivina que no se encontrará un mero museo —con toda la carga de tiempo detenido que le es inherente— sino una casa, un hogar de una simpleza limpia, como la de los ojos y la esperanza de Abel Santamaría Cuadrado.

La historia puede palpitar, y es más que libros y vidrieras. Allí, en el apartamento 603, nada habla de pasado ni de muerte. Allí, en sus habitaciones pequeñas y austeramente amuebladas, de paredes signadas por Chibás, y por Martí una y otra vez, emergió el cuartel general más dulce que una causa pueda acreditarse. Allí se gestó una revolución de un sedimento ético excepcional; y Abel, Haydée, Fidel y otros integrantes de una generación marcada por la lucidez del cambio, fueron irrepetiblemente felices.

Había lecturas, discusión, crítica, comidas de amigos, siestas sobre la cama o en el piso y, sobre todo, la promesa de un devenir luminoso, de un porvenir sin mácula para Cuba.

Aquel apartamento tiene, aún hoy, la huella de Abel, y no en particular por los muebles que la familia rescató en aras de un mañana agradecido ni por sus libros que ahí permanecen; no por la sutil sobrecama que tejieron los dedos del alma fundadora de Casa de las Américas ni por la explicación provocadora y apasionada de un especialista que —como debe ser— lleva su trabajo prendido en el pecho. Sino por la esencia total que nos devuelve a un muchacho enfrentado a la tortura más cruel y al asesinato, que aunque apenas comenzaba a vivir, tenía muy claro el sendero arduo del bien y del deber.

Abel, niño humilde que estudió a golpe de deseo, trabajador honrado que negaba el egoísmo en nombre de la dureza de los tiempos, fue un hombre preclaro y fiel; no llegó a convertirse en un teórico revolucionario; pero como «lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida», le sobró visión para entender que la transformación no puede esperar por condiciones ideales, y que tiene mucho de la mística del arrojo.

Respiró apenas un cuarto de siglo y dejó uno de los monumentos más estremecedores de la Revolución Cubana: su mirada de mártir teñido de rojo, su mirada que acusa al pusilánime y al traidor, su mirada que compulsa a creer en la valía del sueño y en la indignidad de abandonarlo.

Por sus ojos arrancados, la novia viuda y el ajuar inútil, la hermana siempre perseguida por su ausencia y, a pesar de todo ello, su espíritu que perdona y convida, es Abel ser de otro mundo, animal de galaxia y también, como Martí, Villena, Celia o el más anónimo hijo o hija de esta tierra, la estirpe de la cubanidad, que combina en proporciones inauditas heroísmo y humildad, radicalismo y amor.

Una no quisiera dejar nunca el apartamento 603, con el desgarramiento del almanaque detenido para siempre un 25 de julio de 1953; la silla de tijeras que tanto disfrutada Abel; el refrigeradorcito comprado por Boris Luis Santa Coloma, otra vida breve y de siempre; la mesa de Fidel, y el abanico de Haydée generosa y de girasoles.

Y cuando se deja el lugar, templo para cada cubano y cubana con el sentir bien puesto, se entiende mejor que afuera la vida vibre con toda la intensidad de lo cotidiano. No por homenajes fatuos murió Abel, sino por esa tranquilidad vespertina del barrio, por ese futuro sin oscuridades. Que no se melle la sencillez del sitio, pero que nunca esté vacío. Hay luchas que no cesan.

Suplemento especial de JR dedicado a Abel Santamaría

http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2017-10-19/toda-la-promesa-era-la-luz

Silvio Rodríguez, Canción del Elegido

La luz diferente y el mañana

Cuba tiene hoy una luz diferente. Quizá sea por los árboles que un huracán desconocedor de la piedad dejó apagados y sin hojas, o porque los caminos, las casas, los bancos del parque no acaban de sacudirse la humedad pegajosa del desastre. Se camina y aunque haya sol se siente diferente, menos retador.

Hay también un silencio inusual, incluso allí donde la corriente eléctrica ya vuelve a enseñorearse, y un olor indefinible, mezcla de días y noches fuera de lo común, olor a ciclón reciente.

Quien sepa poco de esta Isla, pedazo de épica en medio del agua, quien no haya sabido o podido conectarse con sus esencias a través del sentimiento —la única manera posible— nos pensará sumidos en el letargo, apocados por la furia de la naturaleza, dubitativos.

Le resultarán inconcebibles, entonces, las banderas, flashazos de belleza en medio de la destrucción, puestas a secar junto a los bienes más preciados. Le confundirá el niño salvador del Apóstol, ya para siempre de torso desnudo en medio del gris de la tormenta, fotografiado: en sus brazos el busto del Martí nuestro, su mirada como la de quien sostiene toda la bondad del mundo.

Y será un misterio para el observador frío y también para el que quiere convencernos, una vez más, de la muerte de la historia y de todas las rebeldes herejías, el buchito de café dado por la vecina a los muchachos que vencen los escombros, y los caramelos que otra les aporta, y el agua que una más les brinda, no sin antes disculparse «por no tener aún cómo enfriarla».

Qué podrá decir el que saborea lo arduo de estos días, ansiando hincarnos en el alma el desaliento, de Irma vapuleada por el humor cubano, de la mesa de dominó más viva que nunca, de los niños pintando otra vez las calles de escuela, de la gente que dice «si tengo vida, pa’lante». ¿Cómo podrá, aquel que ignore nuestras entrañas alegres hechas para la utopía y para la cotidianidad extraordinaria, concebir esta reconciliación pronta con el mar que nos besa y esta confianza en lo por venir?

Cuba tiene hoy una luz diferente y no por derrota alguna. Las huellas físicas de la catástrofe tardan en desaparecer y nos duele hondo donde el otro sufre. Por eso llevamos prendidos en el pecho y la retina a Esmeralda, Bolivia, Punta Alegre, Yaguajay, Boca de Camarioca, Caibarién, al litoral habanero…

Volverán a ser los de siempre los colores, así como el olor a salitre y palmiche, retornará el calor a derretir el asfalto, eso es seguro, y también que seguiremos, sonrisa mediante, iluminando entre todos las cicatrices más oscuras de estas jornadas. ¿Cómo podría ser de otro modo si los de aquí nacemos con una insólita, persistente, arrolladora predisposición a la esperanza?

Ismael Francisco Cubadebate.
foto ISMAEL FRANCISCO
Iván Paz Nogueira
foto IVÁN PAZ NOGUEIRA
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foto YANDER ZAMORA

Cuestiones divinas

fuga-de-cerebrosImagínese que usted está de vacaciones y ha alcanzado la paz mental que ese estado conlleva. Imagínese que va de visita a uno de los lugares más hermosos de su país, de Cuba (la bella), uno de esos sitios naturales que llenan el pecho de orgullo patrio, el de verdad; y repleta la cámara de imágenes inigualables, y la mente de metáforas frescas para utilizar en el futuro próximo.

Imagínese, una vez más, que ya va de regreso en el ómnibus (una Girón, pero no importa, porque está pletórica, sanamente cansada y de vacaciones) .  Y entonces el chofer recuerda que tiene música y bocinas, y que sus decibeles llegan a confines insospechados.

Usted se molesta, claro está, pero respira: (¿qué sería de nosotros, pobres mortales, si perdiéramos los estribos ante cada reguetón carente de hondura y sentido común?)

Justo cuando se ha enajenado de la materia musical circundante, un estribillo la asalta, la enerva, la maltrata, la golpea, le produce un súbito y tremendo ataque de alipori —verguenza ajena—, la hace dudar de la humanidad y hasta del amor al prójimo.

Parafraseo, para que usted se imagine mejor, pero antes tenga en cuenta que una familia entera (abuela, papá, mamá, nené, tío, tía y primos) corea a toda voz dentro del vehículo algo así:

Él le dice que él es su asesino, pero reconoce que ella es su asesina, porqué él tiene el palón divino, y ella la tota divina.

Sí, así mismo, no se asombre, y no crea que me es fácil escribirlo.

Imagínese la estupefacción, identifíquese con esta doliente, que no puede imaginar como ese ser (que no cantante) cuyo nombre no quiero saber ni repetir, puede idear algo así y propagarlo, y como otros pueden disfrutarlo, cantarlo, enseñarlo a sus niños…

A lo mejor cree usted que exagero. ¿Será?

 

Cosas de gente antideportiva

K-noGustaDeporte-esHD-AR2Llego del trabajo. Mi esposo (matancero hasta la médula, furibundo fan del béisbol, residente en La Habana) en cuanto me ve asomarme por la la puerta  pregunta: « ¿viste el juego de pelota?». «No», le respondo con naturalidad y voy a servirme un vaso de agua. Entonces recuerdo que el juego era importante, que era el Kramer contra Kramer, que la Isla en pleno estaba puesta para eso, menos yo, y le pregunto: « ¿Y quién ganó?». «Matanzas, claro», me responde, yo le digo «Ah» y sigo en lo mío porque, no es que no quiera, es que los deportes no logran conmoverme. Él me dedica una mirada de espanto y conmiseración, como pregúntandose de qué manera llega al mundo gente con tan poca sangre en las venas. Pero al final me perdona, porque me quiere y, además, yo no tengo la culpa de haber nacido antideportiva.

Ustedes son los protagonistas.

por Fernando Martínez Heredia *

Fernando Martínez Heredia
«Pero nunca esperé homenajes, ni cuando éramos centro de tareas hermosas ni cuando pasamos al olvido. A eso me ayudaron José Martí y la Revolución» Foto: Tomada del blog La isla desconocida

Desde que era muy pequeño leía todo lo que hallaba, y de muchacho la revista Bohemia fue mi escuela política. Pero ni soñaba en que vendría una gran revolución, que me formó y me cambió una y otra vez, y que por ella llegaría a ser el director de una revista cubana prestigiosa. Pero nunca esperé homenajes, ni cuando éramos centro de tareas hermosas ni cuando pasamos al olvido. A eso me ayudaron José Martí y la Revolución. Ahora, aunque en estos últimos años los que hicimos la revista nos hemos tenido que ir acostumbrando, me emociona mucho recibir este agasajo.

Pero me sobrepongo y contemplo y admiro su sentido profundo. No somos los protagonistas los que un día hicimos Pensamiento Crítico, los jóvenes revolucionarios cubanos comunistas de entonces. Son los jóvenes cubanos revolucionarios, los comunistas de hoy, los que al calor del homenaje, el rescate y el debate pasan la escuela política del presente y hacen la vela de armas que requiere el futuro de luchas en las que se empeñarán y vencerán. Ustedes son los protagonistas.

 

*Palabras en el coloqiuio «Con arreglo a esta opinión trabajaremos. A 50 años de la revista Pensamiento Crítico» 21 febrero 2017.  Dichas al final de la tarde, al concluir la tercera mesa de debates: “La revista ante los desafíos de la práctica revolucionaria que necesita Cuba hoy”

Abrazar la ciudad

Sin querer ya voy sembrando y acaparando recuerdos por estas calles ajenas. Ilustración: LAZ

Adaptarse a una ciudad nueva se parece un poco al amor y sus despertares. Hay un momento inicial de desconfianza: ¿será para mí? Si se rebasa el temor al cambio —imprescindible para crecer, que también es volar— sobreviene el deslumbramiento.

Todo es bueno: el transporte, las oportunidades, la vida nocturna, el ambiente más cosmopolita, más libre, más qué se yo. Pero las pasiones desenfrenadas languidecen, y comienzan a aparecer las manchas: por acá el ómnibus que se demora mucho, por allá el domingo en que no hay tanto que hacer como una creía, y cerca de la otra esquina un basurero sin timideces.

Justo entonces te percatas de que no te sientes como pez en el agua. En tu tierra natal tenías otra cosa, una forma de andar sin mirar sobre tu hombro, un cruzar la calle sin obsesionarte con los semáforos, una confianza de conquistadora establecida basada en saberse todo de memoria: los puentes, las librerías, la parada, el río…

Era de otra forma allá. Aunque no conocieras a toda la gente, porque es imposible, te parecía que sí, que en toda podías confiar, y la playa era tuya como tuyo era un banco del parque con nombre de libertad.

Así son las trampas de la nostalgia y lo sabe Cavafis que me dice: «Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares. La ciudad te seguirá». Pero si una se rindiera a las argucias de la añoranza no podría nunca asomarse a la aventura.

Asumido el precio de nostalgiar, viene otra fase del enamorarse: aprender a aceptar los defectos y, por qué no, también a amarlos. Por eso empiezan a conmoverme, como siempre lo hicieron los míos, estos edificios añosos con que me tropiezo; y ya no comparo el mar con el otro más azul, solo lo huelo y aprendo a presentirlo detrás del ruido de los carros.

Descubro, ahora, caras amigables; más apuradas, sí, pero tan humanas como las coterráneas. Y hasta concibo apropiarme de un banco en algún parque y dedicarle un poema para que no nos olvidemos mutuamente.

Sin querer ya voy sembrando y acaparando recuerdos por estas calles ajenas, eso es inevitable cuando una vive una ciudad y la desanda. Me duelen sus chapucerías, la incivilidad, lo mal hecho no porque no hubiera maneras de hacerlo mejor, sino porque no había ganas ni exigencia, y eso nunca he podido aceptarlo con la tranquilidad de espíritu que para otros temas me desborda. Padecer por la urbe es sentirse y también saberse parte.

Eusebio Leal lo afirma: «La Habana es un estado de ánimo» y creo que empiezo a comprenderlo. A lo mejor algún día me sea tan natural atraversarla como sentarme un domingo a las cinco de la tarde en la playa Yugoslavia a comer «croquetas Ditú» y leerle a mi esposo textos desgarradores de la Pizarnik. A lo mejor, pero falta.

Mientras, siempre que puedo, dejo que los que pomposamente llamamos porteadores privados se engullan de a poco mi salario, y salgo a la carretera para encontrarme con esa explosión de luz y parsimonia que se llama Matanzas. Hay amores que empiezan tan pronto y tan hondos que no se acaban nunca.

Juventud Rebelde: ¿Se altera el producto? Por Iroel Sánchez

La pupila insomne

El diario Juventud Rebelde de este domingo 16 de abril me ha dado una agradable sorpresa. 

Primero, un reportaje que aborda críticamente y con fuentes diversas el llamado proceso de integración de las universidades cubanas y concluye diciendo que “muchos aspectos necesitan corregirse,  sobre todo los derivados del burocratismo, porque la universidad se integró no solo para crecer numéricamente, sino también para expandirse en soluciones y cultura organizacional”. 

La sección de correspondencia recoge, de la mano de José Alejandro Rodríguez, estafas y maltratos al consumidor en instalaciones que en la capital han recibido recientemente el esfuerzo por renovar los servicios gastronómicos y señala sobre algo que ya hemos sufrido reitradamente: “el «sabor» del rescate en la gastronomía no se logra con sonrisas de estreno ni imágenes de alborozo en la prensa.”

José Alejandro regresa en la página de Opinión alertando acerca de que “el mercado informal, con su resaca distorsionadora…

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