Esa fuente originaria que llamamos país

Cada persona es una historia, conformada por parajes, voces, texturas…y dejar atrás alguna de esas partes implica siempre una reinvención personal…

La nostalgia es un tipo dulce de tristeza. Cuando se te aloja en medio del pecho, no puedes más que ceder a los recuerdos, a la evocación, y regresar al menos con el pensamiento a los lugares o personas que te llaman desde la lejanía.

Cada persona es una historia, conformada por parajes, voces, texturas…y dejar atrás alguna de esas partes implica siempre una reinvención personal, que no significa olvidar, sino aprender a amar de otro modo.

Cuba, con su circunstancia, ¿bendita o maldita? del agua por todas partes, ha visto llegar e irse de sus orillas a mucha gente dividida por el conflicto de empezar otra vez.

Mi bisabuela canaria nunca dejó de tomar caldos hirvientes con pan, aún en los veranos más agotadores de Guanabacoa, ni de reprocharle a esa niña cubana (mi madre) su desprecio por aquellas sopas demasiado espesas.

Porque una puede aplatanarse en tierras nuevas, pero siempre hay un gusto especial en plantar su bandera y con ella sus costumbres. Así van los cubanos por el mundo, sembrando la huella de gente buena, alegre, dadora…orgullosos de su historia,  su música, de sus playas, de su calor.

Y con ellos llevan pequeños tesoros, tangibles e intangibles, para tener presentes a toda hora esa fuente originaria que llamamos país.

He sabido de los que quieren montar en el avión un aguacate, o de los que se llevan un paquetico de café “de la bodega”, y también de los que añoran una caja de cigarros Popular.

La nostalgia es un tipo dulce de tristeza, que manejada con optimismo nos puede conducir a la alegría.

Cuando Cubahora convocó al foro ¿Si sales de Cuba qué llevarías contigo?, tal vez no esperó tantas respuestas genuinamente hermosas, ni que los seres “ácidos” estarían tan en desventaja con respecto a los que andan vestidos de amor por nuestra patria.

Ese “algo” que recuerde el hogar fue definido en los planos material y espiritual, y esas naturalezas se entrecruzan:

Las fotos y los números de teléfono de la familia, la bandera, las canciones de Silvio Rodríguez, un pulóver con la imagen de José Martí, un pasaje de regreso, una piedrecita del pueblo, un retrato de Fidel…

El olor, los principios, el decoro, la trova, la poesía, «mi pedacito de mar», el deseo de volver, la alegría, los lugares, la añoranza,  el amor por la tierra, la convicción de que la distancia no cambia nada…

Escojo cuatro fragmentos de lo escrito por los usuarios que me parecen dictados por almas claras:

“Me llevaría en una bolsa en mi corazón los días felices que disfruté, el olor del campo y la tierra mojada, el cantar de las aves, el azul del mar y el cielo, los recuerdos de mi niñez, el calor del sol, los recuerdos de Papá y el de su verde uniforme militar y por supuesto el recuerdo de Fidel”.

“Llevaría… toda la añoranza que quepa en mi maleta hasta que vuelva”.

“Un familiar muy cercano, que decidió hacer su nido fuera de Cuba, cuando vino por primera vez, soltó los zapatos, bailó ritmos cubanos y dijo que no había como sentir el suelo de tu patria, créanme, las lágrimas corrían por su rostro”.

“Si saliera de Cuba, me llevaría el recuerdo, el inolvidable recuerdo de todos los que amo, me llevaría una enorme bolsa de besos, los besos de mis hijos, de mi madre y mi amado, me llevaría el deseo, el inquebrantable deseo de volver”.

Por eso la Patria es un concepto  que rehúye de las definiciones reduccionistas, de los estereotipos; la Patria está hecha de sus hijos y en ellos va dondequiera que funden.

Yo, por mi parte, para salir de Cuba con el sentimiento pleno, solo necesito, antes de partir, el perfume de ciertos abrazos, y la certeza de que estarán ahí cuando vuelva.

(Publicado originalmente en Cubahora + Video)

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Diez años después: un viaje a la semilla*

29542316_945557082275360_7279481199386253815_nMe lo dijeron y no lo creí. Tuve que sacar la cuenta con los dedos para convencerme.  Me quedé pensativa medio minuto y después fui a hacer otra cosa. Los periodistas siempre tenemos cosas que hacer, quizá por eso no percibimos el paso del tiempo y se nos va la vida apasionadamente entre el reportaje de ayer y la crónica de mañana.

Recordé el dato varias veces en los días siguientes y seguí sin entender cómo se me habían ido tan fugaces diez años intentando convertirme en periodista.

Después, otra mañana, encontré una revista vieja editada por la Upec: dentro, un trabajo sobre la apertura de la carrera de Periodismo en la Universidad de Matanzas. Lo firmaba la profe Arianna, lo acompañaba una foto de jóvenes flacos e inocentes en un parque de hormigas temerarias y microclima permanente.

Entonces, sí tuve que ceder a la memoria, que es empecinada, y acordarme. Las clases empezaron después de lo previsto, porque un huracán había amenazado, y quizá debimos sospechar que ese nacimiento «entre ciclones» sería un anuncio de lo que vendría.

Porque, hay que decirlo, romper el hielo tiene sus ventajas y desventajas, y nosotros no escapamos a ninguna de ellas. Así tuvimos fama de «protestones», de «creernos cosas», y no faltó quien nos conminara a esconder, de las visitas, el tibor, porque no había grupo en la universidad que armara más campañas en pro de la bibliografía, sea cual fuera el visitante.

Nuestras causas fueron numerosas, y creo que todas justas, y desde la primera clase hasta aquella gloriosa prueba de Taquigrafía (más temida que la discusión de la tesis) fuimos, a pesar de nuestras muchas diferencias, un grupo sui géneris, capaz de emocionarse con la mayéutica socrática y que adoptó todas las iniciaciones con un ansia total de saber.

Diez años después, con más canas, trabajo, hijos; en los medios, fuera de ellos; en Cuba, fuera de ella; me parece que todos tenemos historias hermosas para contar de cómo estudiar Periodismo nos hizo crecer, y amar, y volver a empezar siempre.

Lo más sublime es que aquel grupo de 18, que por el camino adoptó a una santiaguera, no fue el único y han venido otros, pequeños de número pero igual de enamorados y de originales.

Hace una década Matanzas necesitaba una carrera de Periodismo. Hoy la sigue necesitando y en el futuro también lo hará, para formar profesionales que muevan los letargos, sueñen los caminos, que conecten a la gente con su realidad de todos los días; para formar buenas personas, que es quizá lo más importante.

Habrá que agradecer siempre a los periodistas matanceros que, pese a todo, se han reinventado como profesores, solo porque aman tanto lo que hacen que no pueden dejar de creer que sus alumnos lo harán mejor.

Los medios matanceros no se han transformado todo lo que pudieran con las ganas y las inteligencias salidas de estas aulas, pero sería injusto decir que no se ha hecho sentir el empuje del conocimiento nuevo, de la entrega por la verdad siempre revolucionaria de que hablara Julio García Luis.

Diez años no son poca cosa, pero aún es pronto para dejarse ganar por las nostalgias, aunque a veces asalten deseos de probar otra vez los churros socatos de la cafetería, sentarse a conversar en el parque de las hormigas, y preocuparse solo por el seminario de mañana y por cómo se escribe desoxirribonucleico en Taquigrafía.

Aún es tiempo de mirar hacia los horizontes, los probables y los deseables y de fundar obras buenas; y dentro de 10 años, o 20, ya sabremos que fue de esos locos que un día decidieron consagrarse a un oficio exigente, de mucho trabajo, poco dinero y aventuras siempre nuevas.

 

*Estas palabras las escribí para el I Encuentro entre Estudiantes y Egresados de la carrera de Periodismo en la Universidad de Matanzas

 

 

 

 

Votar por un país y sus esencias

CUBA-CARICATURA DE OSVAL-ELECCIONES POR LA PATRIAVotar por Cuba es depositar la fe en el lado luminoso del ser humano…

A ella nunca se le quitó el susto. La primera vez que votó ya era una mujer adulta y, a pesar de los tiempos rebeldes que hacía muchos años habían entrado como viento en su vida para desatarle todas las amarras, la palabra elecciones le seguía trayendo malos recuerdos.

Quizás pensaba en la vez que un pariente recogió las cédulas de toda la familia para venderlas y así poder costearle la operación a una prima moribunda; o en el clima de politiquería malsana que invadía su pueblo de campo, cuando por un voto se llegaba a la coerción, la violencia, las extorsiones.

Pero lo peor eran las promesas, el político de “punta en blanco” que aseguraba que, como le había pasado a ella, a los hijos ya no se les morirían más madres en el parto, y habría escuelas, y hospitales, y futuro…; para luego de conquistar lo único que tienen los pobres, su fe, desaparecer con los bolsillos más llenos y la memoria más corta.

Mi abuela votó esa primera vez en elecciones revolucionarias, y el susto inicial cambió de matiz, ya era asombro; asombro por la dignidad que significaba que ella, guajira humildísima, pudiera llenar una boleta por propia voluntad y eso contara.

Más que un derecho, votar se le representaba como un privilegio al que nunca renunció. Y cuando su salud flaqueó y ya no pudo ir al colegio electoral, esperaba con ansiedad que llegaran a casa con la boleta. Esos son los primeros recuerdos que tengo de unas elecciones: su mano trémula sobre el papel, su alegría.

La vida de mi abuela, reflejo de otros muchos cubanos y cubanas anónimas, me ha ayudado a entender que nuestras elecciones tienen una honda raíz y son tan genuinas y esenciales como el proceso revolucionario que las ha gestado, que no se las puede desligar del palpitar de la sociedad.

A pesar de que las matrices de opinión que se han pretendido extender, como parte de la guerra que se nos hace, insisten en colgarles un velo de apatía, de desinterés del pueblo cubano, basta repasar los comentarios del foro de Cubahora ¿Qué es para ti votar #PorCuba?, para entender el grado de pasión que despierta el tema, y cuánto valor le da la gente a ser dueña de su futuro.

En un ambiente de debate problematizador, y para nada complaciente, los usuarios hablaron, en primer lugar y sobre todo, de confianza y unidad: la Patria es una construcción colectiva y el proyecto de país no podrá avanzar si cada cual no hace su parte.

Votar por Cuba es hacerlo por la inclusión, la identidad, la seguridad, el compromiso con la historia y la continuidad… dijeron otros, conscientes de que un sistema electoral genuino es una ganancia que puede perfeccionarse pero no perderse con los cantos de sirena de la democracia occidental.

De la raíz martiana y fidelista de las elecciones también se habló y de lo mucho que significa la isla para América Latina y el mundo, porque se ha erigido, desde su pequeñez geográfica, en faro de las posibilidades, en utopía concretada.

Además, se apeló a lo que la sociedad debe y aspira a mejorar —no puede haber revoluciones conformistas—, de cómo quienes dirigen no pueden perder el apego a la gente, su razón de ser; y de cómo hay que hacer más para que el conocimiento que se tiene de los diputados sea muy profundo.

“Cuando esos pioneros dicen ‘votó’ a uno se le remueve algo lindo por allá dentro”, me comentó un amigo hace unos días, y ese sentimiento lo adiviné en la mayoría de los foristas, y casi los imaginé saliendo a la calle este domingo, tras la coladita de café, sintiendo la sutil grandeza de vivir en un país especial, que siempre le ha puesto el pecho a las carencias y a las amenazas, y por la limpieza de su alma ha salido triunfante.

Por eso digo que votar por Cuba es hacerlo por un sueño que vale la pena, por lo vivo de la historia y por lo hermoso del porvenir; es depositar la fe en el lado luminoso del ser humano y en la emociones que despierta una escalinata sembrada de antorchas, un mar teñido de flores, el olor a palmas de una madrugada…

(Publicado originalmente en Cubahora)

El año definitivo: De la salina, «Puerto Malanga» y el M-26

En 1958, la guerrilla cubana demostró que no creía en imposibles

Fidel Castro en Radio Rebelde, junto a la puerta de la emisora en la Comandancia de La Plata, en la Sierra Maestra. Foto: Oficina de Asuntos Históricos
Fidel Castro en Radio Rebelde, junto a la puerta de la emisora en la Comandancia de La Plata, en la Sierra Maestra. Foto: Oficina de Asuntos Históricos

Siempre parecerá poco cuanto se diga de los hombres y mujeres que protagonizaron la última etapa de la lucha insurreccional en Cuba, de sus historias de heroísmo limpio, del arrojo, la acción…

Pero aquel impulso no hubiera triunfado sin la labor callada de quienes aseguraron una infraestructura de retaguardia en las lomas de la Sierra Maestra, casi increíble a la luz de hoy.

¿Cómo una guerrilla –sujeta a la movilidad como forma de sobreviviencia– superó la ofensiva que en 1958 desató sobre ella una dictadura sólidamente apertrechada y con más de 10 000 hombres en el terreno?

La estrategia no era nueva y Fidel la rescató de la tradición de lucha mambisa: así como el ejército debía ser el pueblo, y las armas arrebatadas al enemigo, había que usar la inventiva en cada palmo de suelo libre para cubrir las necesidades de la tropa.

Ante la amenaza que se cernía, la primera decisión fue poner a salvo las instalaciones creadas y edificar otras nuevas. De esa manera, se trasladó Radio Rebelde desde La Mesa hacia La Plata. En menos de diez días, fueron desmontados los equipos, trasladados en un mulo y se les volvió a emplazar.

La emisora, instrumento genuino de comunicación con el pueblo, resultó vital, además, para sostener contactos con el extranjero, y el II y III Frentes.

Otra de las determinaciones consistió en establecer una escuela de reclutas, misión dada al Che y que tenía como antecedente un centro de instrucción de combatientes de nuevo ingreso, al frente de cual había estado Evelio Laferté, teniente del Ejército enemigo incorporado a las filas rebeldes.

En ese entramado, se encontraba la armería, un taller rústico donde se reparaban los defectos de las armas y fabricaban granadas, bombas de mano y los proyectiles caseros M-26, junto a los dispositivos para lanzarlos, y que –según el Comandante en Jefe– hacían más ruido que otra cosa. La propia Celia dijo: «Cuando la historia se escriba, esta parte no la creerán. Nos hemos defendido con el M-26».

Allí se hacían minas, con las cargas de las bombas de la aviación enemiga que no explotaban, anillas de cintas de ametralladoras y casquillos de balas.

En la zona de La Plata surgió también un grupo de mujeres que confeccionaban uniformes, un taller de curtido de pieles para hacer botas y zapatos; escuelas y hospitales como los de Camaroncito y Pozo Azul.

Y hasta una cárcel rebelde, «a la que alguien jocosamente dio el nombre de Puerto Malanga, por aquello de que si la tiranía tenía una cárcel en Puerto Boniato, la nuestra debía llamarse como la vianda salvadora de los rebeldes», contó Fidel en el volumen La victoria estratégica.

En ese enclave no solo se mantenía prisioneros a los guardias enemigos que por alguna razón se había decidido no liberar, sino también a los propios miembros de las tropas condenados por indisciplinas o hechos delictivos.

La pista aérea de Manacas; la construcción de trincheras, refugios y túneles; y la hazaña de establecer una red telefónica en plena Sierra (para lo cual, escribió Fidel, se dio la orden de recoger «cuanto aparato y metro de cable telefónico pudieran localizar en los bateyes, chuchos, colonias y poblados de la premontaña y la costa del golfo de Guacanayabo») hablan de gente que no creía en frenos.

Para lograr la autosuficiencia alimentaria surgió, además, una salina que empleó el método tradicional de secado al sol del agua de mar en las playas de los alrededores de Ocujal, y que tributó a la tasajera de Jiménez (pequeña instalación para la elaboración de carne salada, en la casa de Radamés Charruf, vecino del barrio de Jiménez).

El corazón de ese trabajo lo constituyó una mujer toda fuerza, ejemplo cabal de la responsabilidad comprometida: Celia. De esa forma lo aseguró Fidel: «Fue ella quien coordinó e impulsó… Gracias, en gran medida, a sus esfuerzos, nuestros abastecimientos continuaron fluyendo y logramos crear reservas mínimas que resultaron decisivas en los momentos cruciales de la ofensiva».

(Publicado originalmente en Granma)

Una vez insurrecto, siempre mambí

La Revolución, vista desde hoy, es una sola. No podían saberlo sus protagonistas, pero lo intuían. Mientras el objetivo primero, la independencia total, estuviera inconcluso, la lucha debía seguir…

”En Cuba solo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868”
Fidel Castro

No era fácil pensar en alzarse una vez más. En la memoria colectiva estaban el hambre, los pies descalzos y llagados, la crueldad ilimitada del enemigo ciego de odio e implacable incluso ante los niños.

Pero un Martí, alborotador y alucinado, supo ver en las almas de cubanas y cubanos bravos, la herida abierta por la independencia inconclusa y el Zanjón vergonzoso.

Así pudo aunar y convencer, apeló enfebrecido a la unidad y recordó toda la gloria levantada en medio de diez años de sacrificio por Cuba.

Empezar una nueva guerra no era capricho ni locura, sino una profunda necesidad para rescatar, de una colonización desfasada y dolorosa, a la Patria.

Era, además, un compromiso con Céspedes y Agramonte, con cada muerto por el ideal, incluso con cada poema escrito a aquellas jornadas de buniato y dormir escaso.

La prédica martiana no transitó los caminos de la evocación vana, sino de la acción pronta, porque «Hay versos que hacen llorar, y otros que mandan montar a caballo».

Así volvió la siempre fiel isla de Cuba, un 24 de febrero de 1895, a pelear por arrancarle las bridas de su destino al gobierno español.

Y los sumidos en el sueño anexionista o en la parálisis de la incredulidad, no podían entender cómo iban tantos de nuevo a internarse en la manigua y  a poner las esperanzas en el machete.

¡Qué habría sido de aquella contienda si poco después no hubiera muerte el Apóstol!, si no se hubieran quedado un poco huérfanos sus contemporáneos sin su clarividencia.

Se puso por delante Estados Unidos, y con toda la saña y la mala inteligencia de un imperialismo naciente robó la independencia y frustró el proyecto.

Como no murió el frenesí de 1868 en la Tregua Fecunda, la Neocolonia no pudo sepultar a los mambises, y muchos se sacudieron la orfandad al redescubrir a un Martí antimperialista, que lo había pensado todo, que todo lo había escrito, que nadie podía matar.

El Maestro se escurrió de los fatuos homenajes republicanos y de las estatuas, para entrarle por las pupilas  a Villena y en el perfil intenso a Mella y, a través de tantos otros, llegar  a una generación que entendió la enorme responsabilidad de ser la del Centenario del más grande de todos los cubanos.

En el Moncada y la Sierra Maestra estuvo la impronta de aquellos hombres y mujeres de 1895, que también eran los de 1868, y fueron los de 1959.

La Revolución, vista desde hoy, es una sola. No podían saberlo sus protagonistas, pero lo intuían. Mientras el objetivo primero, la independencia total, estuviera inconcluso, la lucha debía seguir.

Muchos elementos conspiran para esa conclusión: nunca tuvieron los insurrectos (los de a caballo y los barbudos) sus propias armas: se las arrancaron al enemigo y el ejército fue el pueblo.

Siempre estuvieron allí el radicalismo, el antianexionismo, la fe en la lucha armada como el camino para conquistar los derechos.

Y los errores también trazaron una línea; para ascender, hubo que aprender de la nefasta desunión,  del regionalismo y de las ingenuidades imperdonables.

De otra manera, no hubiera podido decir Fidel: « (…) Esas banderas que ondearon en Yara, en La Demajagua, en Baire, en Baraguá, en Guáimaro; esas banderas que presidieron el acto sublime de libertar la esclavitud; esas banderas que han presidido la historia revolucionaria de nuestro país, no serán jamás arriadas. Esas banderas y lo que ellas representan serán defendidas por nuestro pueblo hasta la última gota de su sangre».

La Revolución cubana es una sola, y no se bajó del caballo un 1ro. de enero, sigue hasta hoy. Si el proyecto Cuba perdiese ese carácter irredento de 150 años, dejaría esta Isla de ser lo que es, y sería imperdonable.

La insurrección pervive, porque no hemos renunciado a la historia, y porque un país que un día fue insurrecto, siempre será mambí.

(Publicado originalmente en Cubahora)

 

Momentos Claves de la Guerra de Independencia
10 de octubre de 1868: Inició la guerra por la independencia de Cuba y el proceso de abolición de la esclavitud.
24 de agosto de 1879: Inicia la Guerra Chiquita (1879-1880) como continuación del proceso iniciado el 10 de octubre de 1868
24 de febrero de 1895: Reinicio de la lucha contra el colonialismo español.
1 de enero de 1959: Entra Fidel y el Ejército Rebelde en Santiago de Cuba, anunciando el triunfo de la Revolución Cubana, que marcó la liberación del pueblo de Cuba del imperialismo.

De la épica y sus tantos rostros

La historia no está hecha solo de grandes mujeres y hombres, sino también de quienes alumbran como fuego en la cotidianidad…

De mi abuelo heredé un libro grande y muy pesado. Ahora, si miro atrás, creo que con ese texto sobre las piernas debo haberme parecido a Nené Traviesa en aquella ilustración sobria y maravillosa de La Edad de Oro.

El volumen resumía en fotos la historia de Cuba y yo lo hojeaba despacio, muchas veces. Ahí vi por vez primera la sangre escaleras abajo en Humboldt 7 y entendí que la libertad no era barata.

Página por página descubrí que lo que somos hoy tiene unas raíces fuertes y hondas en el ayer de muchas personas, gente que amó, que sufrió, que no actuó sabiendo que su huella se perpetuaría, gente común afincada en su tiempo.

Porque la historia, al contrario de lo que casi siempre predicamos, no está hecha solo de las grandes mujeres y hombres y de sus luchas y esperanzas, sino también de quienes alumbran como fuegos en la cotidianidad y echan a andar un país desde el anonimato de la existencia individual.

Por eso Cuba puede preciarse de su pequeñez iluminada: no solo tiene al poeta apóstol José Martí, al enamorado Agramonte, al enfebrecido (de pulmones y revolución) Villena, al cubano Che, al Camilo hondo, a la fuerte Celia, al futurista Fidel… Acoge la isla a millones de cubanos y cubanas hechos a la medida de la épica, sabedores de que hay algo más grande que ellos mismos que se llama nación y vale todos los sacrificios… y por sus desprendimientos van sembrando episodios que forjan una historia colectiva y hermosa, la que a fin de cuentas nos pone cada día en el sentimiento y el respeto del mundo.

Cuando Cubahora invitó en su foro ¿Qué memorias de la historia cubana te conmueven? a completar el rompecabezas de la memoria colectiva, las respuestas fueron desde la cumbre hasta la batalla de todos los días.

Así se entremezclaron el fin de la guerra hispano-cubano-norteamericana con el asalto al Cuartel Moncada, “las huellas que dejaron los proyectiles en las paredes y ver en lo que se ha convertido”.

Desde la consternación y la negativa al olvido (una forma de aniquilar la historia que tiene muchos adeptos) se mencionó el fusilamiento de los estudiantes de Medicina, la tortura y el asesinato de Abel Santamaría, la operación Peter Pan, el bombardeo al aeropuerto de Ciudad Libertad.

Porque el heroísmo también nos signa, se escribió de la primera carga al machete, de la Protesta de Baraguá, de Girón y de la Crisis de Octubre.

A Fidel, guía de las seguridades y de la dignidad, el de Cinco Palmas, el ciclón Flora, la batalla por Elián, se refirieron varios usuarios, y no podía ser de otro modo porque todo lo relacionado con él “es conmovedor, está lleno de sentimientos muy puros”.

Sobre la resistencia del pueblo cubano en los convulsos años 60, y durante el Periodo Especial, cuando intentaron rendirlo por hambre, también opinó un lector, en un tributo merecido a todos los que, al decir de otra lectora, aportan “un granito en este libro grande”.

Las disquisiciones filosóficas sobre el fin de la historia dejaron de estar de moda, pero a muchos poderes les convienen los desmemoriados. Del recuerdo viene el compromiso, de la historia se aprenden, además de los caminos, los errores sobre los cuales no vale volver.

La historia no solo nos conmueve, también, y sobre todo, nos mueve.

 

(Publicado originalmente en Cubahora)

A un milímetro de la poesía

La Fábrica de Trova apuesta por la relación casi cósmica entre el público, la guitarra y el trovador

«Yo creo que la trova no está pensada para grandes multitudes, independientemente de que Silvio, Pablo, Serrat llenen estadios y plazas de toros. Fue hecha para cantarla en casa de un amigo con otros amigos. Y no quisiera que ese espíritu se perdiera», dice Pepe Ordás, con el conocimiento de causa de una vida toda haciendo hablar a la guitarra.

De esa forma, el autor de temas rotundos como Alex o Son para ti, explica el espíritu intimista de la Fábrica de Trova, un proyecto que encauza desde el verano último, y que pretende no ser más de lo mismo en un panorama capitalino donde existen varias plazas para trovar.

Ubicado en el centro cultural En Guayabera (calle 7ma. y 171,  zona 10, Alamar), el espacio tiene muy claras sus metas de luchar por la poesía que caracteriza a la buena música y conquistar al público local.

«En Alamar no había una propuesta de esta magnitud, desde una peña que se llamó La bicicleta, a cargo de Vicente Feliú y Tato Aires.

«En Guayabera es un centro multipropósito con tienda, cafetería, parque infantil, heladería; sala de cine, de fiestas –donde tocan los grupos bailables, con capacidad para 500 personas– y el restaurante, donde se insertó esta iniciativa.

«Artex, junto con el Ministerio de Cultura y el Instituto Cubano de la Música, ha habilitado una serie de estos centros, que buscan combatir el mal gusto cultural y esencialmente musical.

«La trova, a diferencia de buena parte de lo que se escucha, está muy cerca de lo lírico; por eso la idea de llevarla hasta la gente de Alamar, sin que nada  impida que vengan desde el otro lado del túnel», comenta el también fundador del grupo Guaicán.

Al contrario de una visión extendida, más por prejuicios que por evidencias, Pepe cree que los jóvenes constituyen el público por excelencia de la trova.

«En la Fábrica… se toca a Sindo Garay y Miguel Matamoros, se pasa por todos los grandes de la Nueva Trova, hasta llegar a la de hoy, y aunque van personas de todas las edades, queremos que los jóvenes tengan opciones para decidir qué música escuchar.

«Ha predominado una tendencia de radiar o televisar la trova solo en los días luctuosos. Muchos llegan aquí buscando la wifi, que es excelente, y de buenas a primeras me preguntan asombrados: « Ah, pero eso es trova también?».

COMPLICIDADES

Consolidar un escenario donde se escuche a los artistas desde la complicidad con el texto inteligente se hace cada vez más difícil, pero parece que si la conciencia viene desde los organizadores es posible.

«El local funciona como restaurante de miércoles a domingo, y los jueves, viernes y sábados también, pero solo hasta las cinco de la tarde, porque abrimos a las 6:30 p.m. El concierto empieza a las 7:30 p.m. Durante esa hora intermedia ponemos música, trova por supuesto, y canción tradicional cubana. Cuando se ideó sumarle esta nueva función al salón, se rediseñó, y el resultado visual es muy acogedor.

«Por haber pasado malas experiencias anteriores donde se establecía una batalla entre gastronomía y cultura, no se preparan tragos que necesiten de una batidora o de algún aparato electrónico que haga ruido, tampoco hay cubiertos para la oferta gastronómica. Poco a poco hemos acostumbrado al público a la idea de que la trova es para oírla.

«También la entrada es barata, diez pesos en moneda nacional; y eso responde a un esfuerzo de Artex, en lugares como este no se puede pensar en la rentabilidad por encima de la calidad de la oferta cultural.

«Otro elemento que quisiera contribuyéramos  a rescatar en La Fábrica de Trova –el nombre proviene de la antigua fábrica de guayaberas que se ubicaba aquí– es que los trovadores se escuchen unos a los otros, eso es algo que en el resto del país se mantiene, pero se ha perdido en La Habana. Cuando yo era joven no me perdía un concierto, y si alguien me decía: sube y canta, perfecto. Si no, lo disfrutaba igual».

Muchos trovadores y trovadoras e intérpretes de la canción  ya han pasado por el espacio, que se debate por los siempre trabajosos caminos de la promoción, incluidas las redes sociales, y evita caer en las trampas de la popularidad.

«No es una competencia para ver quién mete más gente. La carrera, que estábamos perdiendo, es contra el mal gusto. En eso sí queremos ser competitivos.  Si mucha gente buena va a oír en realidad lo que está pasando: felicidades; pero si son pocos los que acuden a disfrutarlo: felicidades también».

(Publicado originalmente en Granma)

Después de tomarse el chocolate…

Quien deja de pagar lo que debe no está timando al Estado como ente abstracto, sino a todos y cada uno de sus conciudadanos…

Después de tomarse el chocolate…
La relación entre la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) y los contribuyentes debe ser de abierta comunicación y asesoramiento. (José Raúl Concepción / Cubadebate)

Corro el riesgo de no ser original con el título de este comentario. Desde que el tema del pago de los impuestos tomó fuerza en el ámbito nacional, aquello de “toma chocolate, paga lo que debes” ha sido más que ampliamente parafraseado.

Y quizá sea porque el núcleo duro del asunto se resume ahí: después de obtener ganancias dentro del marco de una sociedad hay que erogar una parte al Estado y ese dinero debe revertirse en el bien de todos.

No solo parece lógico, lo es. La riqueza debe regularse en función de una sociedad más equitativa, máxime si se habla de un sistema socialista, donde sectores imprescindibles como salud y educación son presupuestados.

Pero no siempre se ven igual los asuntos desde la perspectiva macro que desde el pequeño universo individual; porque, en primer lugar, la conciencia tributaria forma parte de un entramado cultural que no se crea de un día para otro; y que debe tener un fuerte sostén en dos pilares: la familia y la escuela.

El sistema tributario cubano —ya he visto algunas libretas escolares que hacen referencia al tema en sus carátulas— debe estudiarse en las escuelas, como parte constitutiva de la formación cívica.

Y mientras más se hable del tema en casa y se sepa que existe la Ley 113, y se conozca sobre declaraciones juradas, en mejores condiciones estarán los ciudadanos del futuro para cumplir con ese deber.

Sin embargo, el país no puede esperar a que los niños de hoy crezcan para hacer honrar sus impuestos; por eso son tan importantes los medios de comunicación, que deben rehuir el tono machacón o demonizador de las nuevas formas de gestión no estatal, para asumir un enfoque problematizador del asunto, contribuir al conocimiento de la población y recordar que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento.

Me atrevería a afirmar que todos los cubanos adultos hemos visto alguna vez un filme norteamericano donde el fisco de ese país arremete contra un tramposo, y sabemos que en cualquier lugar del mundo pretender pasarle gato por liebre al Estado es un crimen muy grave.

No obstante, si bien aspiro a un cumplimiento cabal de lo legislado, creo que la relación entre la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) y los contribuyentes debe ser de abierta comunicación y asesoramiento. Los especialistas no deben cansarse de explicar, de acudir a los medios… y tampoco pueden dejarse engañar con declaraciones falsas.

Quien deja de pagar lo que debe no está timando al Estado como ente abstracto, sino a todos y cada uno de sus conciudadanos. Como bien dijeron los lectores de Cubahora en un reciente foro sobre el asunto, la ausencia de un mercado mayorista donde adquirir insumos dispara las inversiones en las iniciativas privadas, pero tampoco seamos ingenuos: lápiz o calculadora en mano cualquiera que haya comido en una cafetería, paladar o se haya montado en un sacrosanto almendrón sabe que las ganancias pueden ser exorbitantes.

Con eso no justifico la falta de bienes o servicios más allá de lo minorista —que bastante favorece el acaparamiento y la especulación— mas, recordemos todos que un trabajador privado en Cuba debe aspirar a vivir con dignidad de lo que gane, no a hacerse rico a costa del pueblo humilde y trabajador.

En el otro extremo de la cadena, los representantes del Estado y del Gobierno, como servidores públicos que son, deben rendir cuentas al pueblo con más frecuencia y claridad (otro reclamo de los foristas), porque así se refuerza la confianza en la gestión gubernamental y todo contribuyente entiende mejor en qué está aportando al desarrollo del país o de su localidad.

Ni posiciones autoritarias ni mano tibia, mucho de inteligencia, debate popular y sostenido cumplimiento de la ley. A nadie se le ocurre dejar de pagar después de tomarse un batido de chocolate, igual de impensable debe ser para los cubanos no cumplir con sus obligaciones tributarias.

 

 

Ley 113 del Sistema Tributario: Ley que regula los tributos, principios, normas y procedimientos generales sobre los cuales se sustenta el Sistema Tributario de la República de Cuba. Cuenta con 25 tributos, de ellos 19 impuestos, tres contribuciones e igual número de tasas, esta legislación amplía y moderniza el instrumento anterior, que databa de 1994.

 

(Publicado originalmente en Cubahora)

http://www.cubahora.cu/economia/pagar-lo-que-se-debe

http://www.cubahora.cu/sociedad/sobre-impuestos-y-tributos-en-el-sector-estatal-cubano

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¿El diagnóstico médico a un clic?

Wifi en La Habana
La paulatina llegada de Internet a Cuba propicia búsquedas sobre enfermedades, uso de medicamentos, tratamientos alternativos (Abel Rojas / Cubahora)

Unas noches atrás, mientras caminaba de regreso a casa, encontré a un amigo que no veía hace mucho. Después de ponernos al día sobre nuestras respectivas pequeñeces cotidianas, le conté sobre la enfermedad de un conocido de ambos.

Entonces, mi interlocutor, con una sapiencia en el tema que hasta entonces no le sospechaba, hizo toda una disertación sobre la posible evolución del paciente y los tratamientos debidos.

Nos despedimos poco después, pero quedé pensativa: ¿y cómo sabe él todo eso?, incluso me esforcé en rememorar si tenía algún estudio médico, pero no, había tomado el camino de la ingeniería, estaba segura.

Lo suyo es un entusiasmo amateur, un hobby que, valga decirlo, comparten un buen número de cubanos y cubanas; y que, también es justo aclarar, no tiene sus bases solo en un alto nivel de instrucción sino también en el acceso universal y gratuito a la salud.

Para quienes habitan este archipiélago, las instituciones médicas, desde el consultorio hasta los más prestigiosos hospitales, no son zonas vedadas; y se ha desarrollado una cultura de acudir a ellas que ciertamente conlleva familiarizaciones con exámenes, diagnósticos y prescripciones.

El problema está en aquellos que, sin haber usado jamás una bata blanca, creen que pueden ellos mismos recetar, basados en sus experiencias o la de personas cercanas, ¡y cuántos hay!

No sorprende entonces que la paulatina llegada de Internet a la isla propicie búsquedas sobre enfermedades, uso de medicamentos, tratamientos alternativos…

Ya sea quienes pueden conectarse desde el trabajo o la casa, por motivos laborales, o los que acuden a los puntos wifi o el servicio de Nauta Hogar, casi todos sucumben a la tentación de consultar a “Doctor Google” sobre temas de salud.

Hasta ahí no habría problema si no fuera porque quedarse con la versión de una página web entraña tantos o más peligros que guiarse en el mundo offline por criterios inexpertos y no acudir al personal facultado.

El fenómeno ya es mundial y por tanto está extensivamente estudiado. Buena parte de la información de salud que los internautas buscan corresponde a enfermedades como cáncer, gripe, diabetes, diarrea, alergia, depresión, Alzheimer, sida, anorexia o Parkinson.

Y si poder acceder a todo ese caudal de conocimiento es maravilloso, para quien no esté alerta puede ser muy frustrante. Mucha de la información disponible en Internet  sobre temas médicos está destinada a un público especializado, por tanto, el lector promedio se ve incapacitado para filtrar la información, la distorsiona y termina fijando solo los datos más alarmantes, con la consiguiente carga de miedo y ansiedad.

De más está decir que no todas las fuentes son fiables y que debe precisarse bien la fecha de actualización del artículo; que las historias de vida de sobrevivientes —tan frecuentes en la red de redes— no pueden generalizarse: cada cuerpo humano es un universo; y la mayoría de los contenidos disponibles se refieren a las patologías más graves, y no a las comunes que pueden relacionarse con síntomas similares a los de las primeras.

Si bien existen fenómenos más complejos como la ciberhipocondría, aun sin llegar a obsesionarse, cualquier persona puede desconfiar de su médico al indagar por tratamientos o consultar estadísticas.

El foro ¿Tu médico es Internet?, desarrollado por Cubahora, ofreció indicios sobre la percepción que existe en el país de este fenómeno.

Los comentarios acusan una conciencia colectiva de que automedicarse no es una opción y de que “buscar enfermedades y creerse que eso es lo que uno tiene” implica cierto morbo perjudicial.

Los foristas reconocieron leer sobre temas de salud y destacaron el beneficio de Infomed y de secciones médicas en la prensa cubana para ahondar en las recomendaciones de los facultativos y “entender mejor”, sin poner en duda el diagnóstico inicial.

En el contexto de la falta de medicamentos que experimenta el país, por carencia de materias primas, y que comienza a ceder, según datos de la industria farmacéutica nacional, varios usuarios dijeron haberse informado con enfoque más práctico: conocer sobre medicamentos análogos a los comercializados en Cuba para gestionarlos a través de amigos o familiares en el extranjero. Incluso, en ese caso preguntar a un médico se hace imprescindible.

Contrastar fuentes serias y nunca pensar que una lectura a la distancia de un clic puede sustituir la visita a un centro asistencial son recomendaciones no por obvias menos necesarias.

Cada vez habrá más acceso a Internet en el país y más cubanos sucumbiremos al mal de la autoconsulta web, preparémonos entonces para informatizarnos, que supone en buena medida saber discernir el oro de entre las rocas.

Publicado originalmente en Cubahora