Centro Coral: El viacrucis de una casa

El deterioro constructivo de la institución no solo la ha sumido en un virtual anonimato, sino también lesionado una parte esencial del patrimonio intangible en Matanzas

“Las condiciones deplorables atentan contra la preparación. La voz sufre”, afirma Líber Lora.
“Las condiciones deplorables atentan contra la preparación. La voz sufre”, afirma Líber Lora.

Muchos jóvenes, y algunos no tanto, desconocen que en la calle de Medio -frente a la tienda La Reina y a la izquierda de la miniplanta de helado- se encuentra el Centro Coral. Hace ya varios años que los niños y adolescentes no acuden allí a aprender del canto, ni los amantes de la música asisten a algún memorable concierto.

Difícil se torna imaginar que tras esa puerta ensaya el prestigioso Coro de Cámara de Matanzas (CCM), negado a abandonar su sede en las aguas de la desidia; porque como bien cuenta su director, el maestro José Antonio Méndez Valencia, “todo empezó con un pequeño hueco que se fue haciendo grande”.

Y LA ABERTURA CRECIÓ          

En 2008, el Coro partió a Venezuela como parte de la Misión Cultura. Durante su estancia, dos ciclones azotaron la Isla. El último levantó por una esquina la manta que recubría el techo y dejó un resquicio por el que penetraba la lluvia.

“Mi esposa me contó por teléfono lo que pasaba, y yo se lo comuniqué a la entonces directora provincial de Cultura; quien contestó que para cuando regresáramos estaría resuelto. Nunca se arregló”, relata Méndez. Así inició lo que él califica como un viacrucis, porque la abertura creció y los estragos de la humedad sobre paredes, carpintería, vitrales y muebles, también.

El techo de la parte posterior de la casa aún no se ha cambiado y las filtraciones afectan la estructura.
El techo de la parte posterior de la casa aún no se ha cambiado y las filtraciones afectan la estructura.

Alrededor del 2010, una brigada de la Empresa Provincial de Mantenimiento y Construcción del Poder Popular intervino en el edificio. “No llegaron a feliz término, decían que el Centro de la Música no pagaba.

“En 2015, cuando se dedicó el Festival Cubadisco a la música coral, hablé con Orlando Vistel, presidente del Instituto Cubano de la Música, entonces se destinó dinero a la reparación y contratamos a una brigada de cuentapropistas”. Luego de problemas con la moneda de pago, lograron que se cambiara la cubierta de la parte delantera de la casa.

En la actualidad, aguardan por capital para culminar las labores; una espera matizada por encuentros con la Uneac, representantes gubernamentales, y promesas de chequeos al avance de la obra que nunca tienen lugar.

LA CASA DE LOS COROS

En la edificación radicó el Conservatorio de Música Señoritas Cóndor Ruiz de La Torre, cuya familia la donó al gobierno, y este, a su vez, se la otorgó a la Dirección de Aficionados de Cultura en la segunda mitad de la década de los 80, con el fin de establecer el Centro Coral para Niños.

El objetivo no era convertir a los infantes en músicos sino que pudieran cantar. “Venían dos veces a la semana, llegaron a ser alrededor de 300. Así se consolidó un movimiento del que surgieron el Encuentro Provincial de Coros, el Seminario Nacional para Instructores de Arte, discos, documentales; y la misma experiencia de enseñanza se extendió a las municipios. Como para entonces yo dirigía el Coro Profesional, también vino para aquí”, relata Méndez.

De tal forma, aquella comenzó a conocerse como la casa de los coros. Allí tuvieron su espacio las cantorías infantiles, coros aficionados de centros de estudio e, incluso, la Cátedra de Canto y Dirección Coral de la Escuela de Nivel Medio de Música.

Líber Lora Carballo, quien se inició en el Coro del Pedagógico y hoy integra el CCM, recuerda lo hermoso y confortable de la institución. “Había una sala de conciertos bien conformada, y presentaciones todas las semanas”.

Tal labor menguó debido al detrimento del inmueble. “No podemos traer a ningún niño porque cualquier perjuicio sería responsabilidad nuestra. Las cantorías buscaron espacios alternativos y la mayoría ha desaparecido”, afirma Reynaldo Montalvo Carreras, integrante de la agrupación coral.

foto-3No obstante, aunque en determinados momentos ensayó en locales ajenos, el Coro se mantiene en el lugar y ha trabajado bajo el influjo de la lluvia, el viento y la pobre iluminación, dispuesto a defender su sede.

Montalvo comenta que en tales condiciones tragan polvo y su colega José Miguel Alfonso Campos habla del calor, el peligro y de cómo las paredes vibran con el sonido. Aunque reafirman la incidencia negativa sobre el rendimiento y la motivación, coinciden en que ello no les ha impedido participar en eventos e intercambiar con otros coros.

Diosdado González Granda, uno de los miembros de mayor experiencia, opina que ahora resulta muy difícil encontrar un cantor. Y en realidad, la falta de un relevo que se forme desde la infancia se halla entre los saldos negativos. “La sala White no funcionó por muchos años, el Teatro Sauto continúa cerrado, no teníamos donde presentarnos y el público se perdió”, añade José Miguel.

La música coral constituye una faceta del patrimonio intangible de la provincia; y varias generaciones de matanceros solo han disfrutado de un escaso contacto con ella. Este Centro no merece el destino de las reparaciones indefinidas. Ojalá su esplendor y vitalidad regresen pronto.

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La lúcida “locura” de enseñar

Ellos dicen que “quien trabaja siempre tiene algo que hacer”. Descreen del poder inmovilizador que apareja el fatalismo geográfico, y tampoco consideran que su labor sea nada del otro mundo, sino “lo que corresponde”.

Sin embargo, aquellos que se tropiezan por vez primera en las calles de Los Arabos con el afán emprendedor de Katia Chávez Díaz y Freddy Casanova Ortiz, quedan sorprendidos. No son frecuentes –ni siquiera en la capital provincial- tales deseos de impulsar el acercamiento a la palabra escrita como remedio para desterrar los vacíos espirituales.

En el festival El Parque de las metáforas los niños descubren y recrean esa figura literaria, y la plasman con tiza en el piso. Así los vocablos inundan el espacio principal del pueblo y relegan la apatía, objetivos de ambos especialistas de Literatura de la casa de cultura Nipón Mondéjar. Pero más insólitas aún son sus ocurrencias, como la pasarela de mascotas disfrazadas, a la que ya no solo llegan perros, sino también gallinas y hasta un hámster.

“Tres personas trabajamos con la manifestación e impartimos los talleres de apreciación literaria en los distintos niveles de enseñanza, a partir de cuarto grado; también se encuentra el de creación. Gratifican los premios de los alumnos en los concursos nacionales; pero todavía más, cuando alguno supera todas las etapas y continúa escribiendo”, explica Freddy.

Él mantiene, asimismo, la tertulia mensual Vino arabense; la peña El ingenioso hidalgo, que aboga por la prevención de las ITS; y el espacio Sin barreras, con personas discapacitadas. Katia, quien comenzó como tallerista, reparte su tiempo entre los pequeños y los longevos, porque la palabra no cree en edades.

Así, defiende tanto El árbol que escucha, para los niños de primaria, como Cultivando la oralidad, en el Hogar de ancianos, donde le dicen ‘la alborotadora’ porque “mi objetivo es hacerlos reír”. De igual forma, se dedica a la Sobremesa literaria en el comedor comunitario.

En el verano y las semanas de receso también hay tareas pendientes, porque no puede primar la inactividad y tampoco suceder que el cuento y la poesía se pierdan a un cultivador por falta de oportunidades. No tienen recursos materiales, ni siquiera una computadora donde teclear los trabajos, y mucho menos acceso a Internet, mas se las arreglan para enviar las obras lo mismo a Madrid que a Tegucigalpa.

No hay concurso que se les escape y se atreven a más, convocan a uno nacional, el Benigno Vázquez. De tal forma, llegan escritores de toda Cuba a Los Arabos y los satisface, no grandes premios ni comodidades materiales, porque no existen, sino la calidez humana de unos organizadores que lo dan todo, hasta su casa.

Gracias a las gestiones, varias entidades locales entregan premios colaterales, y aunque desde la divulgación hasta el hospedaje se precisan esfuerzos titánicos, el número de obras en certamen aumenta cada año.

Quizás parezca locura empeñarse en la enseñanza y la creación de la literatura desde un municipio distante, signado por la pérdida de tradiciones, el envejecimiento poblacional y el éxodo de los jóvenes. No obstante, hay locuras que salvan el día, y mucho más.

Museo Memorial El Morrillo: Cerrar sería absurdo

En El Morrillo el patriotismo entra por los poros, quizás por la sangre valiente esparcida muy cerca de allí; pero también por los muros con historia, los vestigios aborígenes, la belleza silenciosa dela desembocadura del río Canímar y la regia estirpe de la bahía.

Sin embargo, situarse en ese paisaje privilegiado es para el Museo Memorial a la vez que suerte, dificultad. La lejanía influye en las condiciones de trabajo, la fluctuación del personal, y la proximidad con el mar contribuye al deterioro de la construcción.

DETENER A LOS PIRATAS…

Fue en sus inicios un torreón y luego batería de costa para la defensa del Hato de Canímar. En el siglo XVIII, un grupo de hacendados de la próspera y apartada zona facilitó el dinero inicial para la edificación, con el objetivo de evitar ataques de corsarios y piratas.

El Morrillo es la única batería de costa que se conserva en la ciudad de Matanzas

Durante el periodo colonial fungió como registro de aduanas y en la República asumió funciones de apostadero naval. En 1934 se le abandonó por completo y por eso Guiteras lo escogió, un año después, como punto de embarque. Lo que sería un expedición hacia México para volver luego a la Isla y hacer la revolución, se frustró por un delator y el fundador de la Joven Cuba cayó masacrado junto al venezolano Carlos Aponte.

Los cadáveres de ambos revolucionarios se enterraron en el cementerio de Matanzas, en el que permanecieron hasta su robo en el 37. No fue hasta el año 1970 que los Órganos de la Seguridad del Estado lograron hallarlos. Permanecían tras una pared falsa del sótano de la casa de José María García, en el barrio de Pogolotti. En dos cajas de zinc, cubiertas con las banderas cubana y venezolana, se hallaban los restosperfectamente conservados. García los había sustraído para impedir una profanación.

Se les expuso en el Museo de la Revolución y en medio de las valoraciones sobre la futura ubicación, surgió la idea de reconstruir El Morrillo, para entonces en ruinas, y depositarlos allí. En 1974 comenzó la labor de reconstrucción, apegada a los planos originales.El 8 de mayo de 1975 se inauguró el Museo Memorial –único de la provincia- y en 1978 recibió la condición de Monumento Nacional.

PATRIMONIO INSEGURO

En toda Matanzas, solo esta institución tiene el honor de salvaguardar restos de patriotas. Se conservan, asimismo, el bote en que fueron trasladados sus cuerpos, un escalpelo utilizado en la autopsia de Guiteras y toda la documentación de la organización Joven Cuba.

“Por estar enclavada en un área de importancia arqueológica, con uno de los más significativos sitios de agricultores ceramistas de Cuba, y el mayor y más antiguo cementerio aborigen, posee un patrimonio muy rico al respecto. Cuenta, además, con una colección de paleopatología de más de 50 piezas, única de su tipo expuesta en la nación”, refiere Dianerys Ramos Pérez, especialista principal.

En la actualidad, el museo se halla desmontado, pues a partir de 2015 entró en reparación. “La situación constructiva era pésima, el techo se filtraba, se cayeron dos vitrinas, había comején”, añade.

Planta alta de El Morrillo
Planta alta de El Morrillo

La directora Gisela Álvarez Polo explica que iniciaron con la cubierta y en 2016, con los 74 000 pesos disponibles, arreglaron los balcones que estaban casi desprendidos y las ventanas de la segunda planta. “El dinero para este año ya se agotó. Solicitamos 100 000 para el próximo, con el fin de trabajar por prioridades: el puente de entrada, museografía, repello, pintura, problemas eléctricos”.

Local de oficinas de El Morrillo
Local de oficinas de El Morrillo

De igual forma, la edificación cercana donde se ubican las oficinas tiene un dictamen de peligro de derrumbe. “Quien trabaja aquí lo hace por sentido de pertenencia, no tenemos transporte, almuerzo, ni siquiera una computadora.

“El sistema telefónico es caduco, si hay viento o se va la corriente nos quedamos incomunicados. Desde las tres de la tarde hasta las ocho de la mañana dos serenos cuidan la instalación. Por aquí se han producido salidas ilegales. También, cuando cierran los centros nocturnos, se llena de carros, lo mismo vienen parejas que personas a resolver disputas”, afirma la directora.

La PNR ya no hace rondas hasta el sitio y el Consejo de la Administración Municipal rechazó la idea de colocar una garita para regular el paso. La sala túmulo no posee alarma, tampoco hay locales enrejados. “Tomamos la determinación de que los custodios cuiden de las puertas hacia adentro, por su propia seguridad”, agrega.

La museografía databa del año 75
La museografía databa del año 75

En medio de las alarmantes dificultades, la museóloga Giselle Gil Medina continúa el trabajo con niños y adolescentes de la comunidad, círculos de interés, museos móviles y proyectos socioculturales. Los que se duelen por este guardián de la historia, aunque saben que aún de aprobarles el dinero solicitado no terminarán de hacerlo todo, sueñan con lograr, poco a poco, un museo más atractivo y funcional.

“Queremos un montaje para muchos años. Puede que nos demoremos, pero hay que pensar en el futuro, lo barato sale caro. Nos mantenemos y mantendremos abiertos. Cerrar sería absurdo, las personas siempre llegan, y aunque sea les brindamos las explicaciones”, dice Gisela.

Ojalá se tomen medidas antes de que deba lamentarse algún hecho. El Morrillo merece los mayores esfuerzos; Guiteras y Aponte, todo lo que pueda hacerse y más.

 

Teatro Principal: De olvidos y resistencia

Sin temer al tiempo y su poder destructivo, la fachada del Teatro Principal permanece en pie, estoica y digna. Desde el anonimato, en la calle de Manzano entre Ayuntamiento y Jovellanos, parece como si detrás de sus muros hubiese una puerta al pasado. Se resiste a morir, aunque han transcurrido más de 150 años desde que cerrara.

Cuentan quienes tuvieron la dicha de volver a él en este siglo, que unas golondrinas se quedaban en un cable, muy quietas, mirando los ensayos; y a ellos se les antojaba que el alma de Milanés estaba cerca. Sentían la espiritualidad de un edificio vivo, donde las obras del romántico bardo –El Conde Alarcos entre ellas- se hicieron realidad.

TIEMPO QUE FUNDA Y OLVIDA

Han sido pocos pero fervientes los apasionados por su historia. El investigador y etnólogo Israel Moliner Castañeda publicó el libro  Teatro Principal de Matanzas, que vio la luz en la primera década de este siglo, en medio del empeño por sacar al edificio del abandono.

El conservador de la ciudad la califica como una de las principales edificaciones patrimoniales de Matanzas.

La historiadora Mireya Cabrera Galán comparte el amor por El Principal. “A diferencia de lo sucedido con los anteriores escenarios de la urbe, no era improvisado, se construyó para ser un teatro y fue el primero de importancia aquí, además de trascendente en el país. Ello a pesar de su factura modesta –no se define aún quién fungió como arquitecto-, las dimensiones pequeñas y los problemas de ventilación, sobre todo en el palco principal, donde se ubicaban las autoridades. La fecha exacta está por precisar, pero todo apunta a que abrió en 1830”.

Refiere la investigadora que actuaron allí la Compañía de Ópera Italiana de La Habana con Concepción Cirártegui, primera cantante profesional de ese género en la Isla. En 1848 la matancera Úrsula Deville protagonizó Norma de Bellini.

También destacan los nombres del violinista José White, el pianista norteamericano Luis Moreau Gottschalk, Francisco Covarrubias (reconocido como el fundador del teatro cubano) y la  bailarina clásica austríaca Fanny Elssler, cuya presentación se considera uno de los grandes sucesos culturales de la etapa.

Por más de 30 años brilló, pero resultaba muy angosto y no se correspondía con las apetencias de la segunda plaza mercantil y artística de Cuba. Con el surgimiento del Esteban (Sauto) se apagó paulatinamente y fue logia, lavandería, garaje, vivienda, almacén, comedor obrero…

RESCATAR ES VENERAR

Miriam Muñoz, actriz y directora de Teatro Icarón, sufrió la veneración por El Principal. En 1997 comenzó la labor comunitaria en La Marina, que incluía el trabajo con niños y padres, y el rescate del teatro. Entonces sufrió el rechazo de algunos vecinos que no entendían. Poco a poco, y con el apoyo de la delegada, la comunidad se entusiasmó. No sucedió así con los trabajadores de un comedor perteneciente a Comercio que radicaba en los bajos.

Fueron muchos los conflictos, pero con el apoyo del Poder Popular, que le entregó el espacio, logró resarcir parte de las deficiencias estructurales y, junto a su naciente proyecto Alas de teatro, dar funciones de martes a domingo. “Fue vital Rolando Estévez. A las tertulias mensuales asistieron Antón Arrufat, Nancy Morejón, Enrique Pineda Barnet… Después de cien años volvían a encenderse las luces”.

Aún se conmueve cuando recuerda el dictamen de peligro de derrumbe de un lugar que consideraba su casa. “Se logró un trabajo de apuntalamiento increíble y seguimos. Hasta que un día en la planta baja afectaron una columna principal mientras hacían un arreglo y me avisaron que una pared había colapsado. Yo no quería irme, mis actores tampoco, pero ante el peligro y la inercia tuvimos que despedirnos en el 2006, y lo hicimos con un performance, vestidos de luto”.

El dramaturgo y director de la Casa de la Memoria Escénica, Ulises Rodríguez Febles rememora ese empeño, “contribuyó a que el pueblo matancero volviera la mirada hacia uno de sus escenarios más significativos. Se gestó un espacio pedagógico y creativo, un movimiento teatral. Ver una obra propia representada allí te conectaba a nivel simbólico con la historia, con Milanés”.

LUCES…

La restauración del Teatro Principal se concibe desde el Consejo de las Artes Escénicas y la Oficina del Conservador. Aunque solo quedan cuatro paredes y la fachada, planifican mantener esta última y hacia el interior edificar un espacio dedicado a la danza.

“Se prevé que sea sede de un proyecto danzario y también del naciente conjunto lírico. Ahora se gestiona el financiamiento con colaboración extranjera. Apoyamos el proyecto, hablamos de él en todas partes. Es uno de los pocos teatros nombrados Principal que se mantiene en pie en el país”.

Muchos se preguntan en virtud de qué artificio resiste este sitio todos los olvidos de sus 186 años de existencia. Quizás presiente que no muy tarde vivirá tiempos mejores, en los que no solo una pequeña placa rinda tributo a lo que fue.

Bajo el mismo techo…

Convivir implica establecer y respetar los límites propios y ajenos. No siempre es fácil, sobre todo cuando se trata de personas de distintas edades y, por tanto, con diferentes intereses y necesidades

Por Lianet Fundora Armas y Yeilén Delgado Calvo

La abuela ve Palmas y cañas, un poco alto porque no oye bien. El nieto quiere cambiar de canal a ver si encuentra algún dibujo animado. La nieta se queja porque está aburrida y en la memoria tiene “lo último” en videos musicales. El padre amenaza con desconectar el televisor de la corriente si todos no se ponen de acuerdo de una vez. La madre, taciturna en un butacón, sueña con una TV solo para ella donde mirar seriales policíacos. La tía permanece en el patio, no lucha por ver la película de Multivisión, prefiere leer un libro y evitar la batalla campal.

Cambian las situaciones, la composición, el poder adquisitivo, pero en buena parte de los hogares cubanos se experimentan los retos de la convivencia intergeneracional. En la Isla, la familia se caracteriza, de forma general, por las estrechas relaciones entre sus integrantes, vivan juntos o no. Comunicación regular, clara definición de los roles maternales, paternales y filiales, y encuentros sistemáticos son algunos rasgos fáciles de identificar.

Sin embargo, la crisis económica que por décadas ha afrontado el país, la poca capacidad constructiva del Estado y los bajos salarios determinan una convivencia forzada en el mismo espacio, y no por libre elección como debiera ser. Así, los nuevos núcleos que surgen por matrimonios o uniones consensuales se suman a los ya existentes en las viviendas, y no siempre logran coexistir sin desavenencias.

QUIEN SE CASA Y NO TIENE CASA

“La convivencia puede resultar complicada porque cada uno se formó o crió en etapas diferentes, y así son sus visiones. Los jóvenes queremos otras cosas, aspiramos a más; hoy te casas y tienes dos opciones: vivir con tus padres o con los padres de ella. Si tienes suerte y los suegros son buenos, entonces no hay problema; pero si te tocan difíciles, el matrimonio está condenado antes de empezar, al fin y al cabo es su casa, no la tuya.

“La cosa se pone más difícil al tener hijos. Cuando la familia es amplia y hay pocos cuartos se pierde la intimidad y se deteriora todo”, comenta el ingeniero Etian Menencia García.

Raúl Piad, también joven profesional, cree que compartir el hogar afecta la dinámica social dentro de este. “Primero se encuentra el choque de los diferentes puntos de vista, lo cual puede ser positivo o negativo a la hora de, por ejemplo, tomar una decisión. A veces se producen discusiones por querer imponer una opinión.

“También se halla el tema del espacio vital. Algunas casas cubanas ni siquiera son aptas para todas las edades o no pueden alojar a alguien con dificultad para subir las escaleras o que necesite un tratamiento especial. Cuando existe un área común, y varias privadas donde cada uno se desenvuelve más o menos a su antojo no hay problemas, pero si no… Las personas se sienten más a gusto cuando pueden reclamar como suyo un pequeño pedazo de la casa.

“Molesta que los otros miembros, mayores o no, se opongan a decisiones personales; aunque esto funciona en ambos sentidos, a veces son los ancianos los tildados de molestos o no escuchados lo suficiente”, añade Piad.

Tres generaciones comparten en la vivienda de Gisela M. Varela Cárdenas. Para ella no resulta extraño que cada quien quiera su espacio y tenga costumbres y maneras “a veces bien diferentes, sin embargo, se busca el punto medio”.

Desde una perspectiva sociológica, se hace evidente que este fenómeno se expresa como multidimensional, y se relaciona con el modo en que desde el seno familiar cubano –heterogéneo y con prácticas culturales diversas- se establecen consensos sobre proyectos de vida necesariamente diferentes. Por tanto, resultaría baldío pretender una explicación totalizadora.

Junto al problema económico y el habitacional, confluye el envejecimiento poblacional. Los bajos índices de natalidad en la nación y la postergación de la procreación conllevan a la convivencia generacional de extremos: entre una parte menor de 30 años y otra mayor de 60. Ese bache implica más dificultades en la comunicación y en los ritmos de la vida.

Tal tendencia demográfica puede provocar la mayor responsabilidad de los jóvenes -que deben asumir el cuidado y manutención de sus ancianos- o un modelo más paternalista en el que los hijos no se ocupan de encargos hogareños aunque se encuentren en la vida adulta. Las relaciones se pueden tensar y llenarse de un contenido asistencial hacia los adultos mayores, o por el contrario,  no formar competencias y sí dependencias en quienes comienzan a vivir.

Resulta frecuente que donde viven varias personas, solo una o dos se ocupen de las labores domésticas o de idear el orden y manejo de los espacios comunes; el resto se limita al aporte económico porque no se siente con derecho de intervenir, o carece de identificación con un hogar que no forjó y tampoco puede transformar con libertad.

No obstante, la obstaculización a la plena realización del proyecto de vida (personal, profesional) se hace más evidente en el tema de la natalidad. Apuntan las fuentes documentales que en el país muchas parejas, cuando no tienen un lugar propio para residir, retrasan o renuncian a los hijos para no sacrificar la intimidad ni exponer a los futuros descendientes.

De igual forma, se mellan las relaciones amorosas por la imposibilidad de establecer rutinas independientes, de llegar a acuerdos con los familiares, o ejercer la autonomía. Se encuentran con espacios constituidos y solo les queda tratar de adaptarse.

¿CASA = HOGAR?

Yanurys Menéndez Zambrano tiene 43 años y comparte el mismo techo con su madre, hermana y el hijo mayor que tiene 24, pues su hija decidió vivir con el padre. En la cotidianidad, las diferencias entre las edades y los intereses muchas veces se agudizan cuando abuela no comprende por qué el nieto no vino a dormir a casa, o cuando Yanurys sabe que resulta imposible traer a vivir consigo a su pareja.

No obstante, si sobrevienen tiempos difíciles, “resolvemos los problemas entre todos y enfrentamos cada reto juntos”, confiesa Yanurys.

Por su parte, Virginia Ruiz Reyes y su esposo se sienten dichosos por ser uno de los pocos matrimonios que desde el inicio logró tener una vivienda propia. Aunque poseen mayor libertad para la toma de decisiones, en ocasiones no resulta fácil educar a la vez a un pequeño de cinco años y un adolescente de 17.

Entonces, ¿solo la existencia de un espacio físico puede considerarse la clave para formar un hogar equilibrado y funcional?

Para indagar en estas y otras cuestiones Girón dialogó con un grupo de psicólogos del Departamento de Estudios Socioculturales y Psicología de la Universidad de Matanzas. Allí Beatriz Ortet González, Celia Zaldívar Odio, Tania Tintorer Silva y Yusel Reinaldo Martiatu, expusieron sus consideraciones.

Según ellos es posible compartir armónicamente la vida hogareña con independencia del número de personas que residan en una vivienda. Lo cual se logra con el comportamiento positivo de algunos aspectos vitales para una buena coexistencia.

Lograr que la jerarquía esté clara ayuda a delimitar la autoridad y responsabilidad de cada uno en la toma de las decisiones que atañen a la vida de la familia. Cobra gran significación el estilo de liderazgo que predomine, así como la flexibilidad en el ejercicio del mismo, siempre y cuando las circunstancias lo requieran.

“Si bien el estilo democrático es el más aplaudido dentro de los modos de dirigir, a veces se requiere ejercer la autoridad de modo tajante, y otras la permisividad resulta altamente beneficiosa. Debe prevalecer el respeto entre las diferentes generaciones y la aceptación de la singularidad de cada individuo”, afirman los especialistas.

La buena conducción de la jerarquía familiar favorece el desempeño adecuado de los diferentes roles. Porque si cada miembro del grupo familiar cumple con el rol que le corresponde, no habrá posibilidad de sobrecarga en ninguna persona del hogar.

Otros factores calificados por estos psicólogos como potenciadores de una buena convivencia son el establecimiento de reglas y límites precisos para todos, y lograr que la comunicación clara exprese afectos positivos y permita confesar inconformidades, desacuerdos o sentimientos negativos sin carácter violento ni destructivo.

“Las personas creen que el espacio psicológico depende del espacio físico, y no siempre es así. Sobran ejemplos de familias que viven en casas espaciosas y cómodas  y no tienen relaciones armoniosas, o viceversa.

“El espacio psicológico depende del amor, el respeto a las ideas, sentimientos y problemáticas de los demás; lo realmente importante para rescatar aspectos comunes y crear una identidad familiar que los mantenga unidos y felices.

“Podemos lograr que nuestra cotidianidad refleje el amor que sentimos por la familia, y no solo esperar a demostrarlo en fechas significativas. La unidad se puede alcanzar en todos los momentos: la elaboración de una comida, mientras se hace la limpieza, o cuando se prepara y disfruta de una fiesta”, afirma la licenciada Beatriz Ortet.

La interacción entre generaciones no posee en sí misma un signo negativo, puede ser enriquecedora en el aspecto emocional y educativo. La imposibilidad de edificar un abrigo propio, según los gustos y requerimientos personales, pone al límite esas relaciones y las llena de tensión, desencuentros y frustraciones, sobre todo si se falla al utilizar herramientas para la convivencia sana. Los grupos más vulnerables son los ancianos, las mujeres y los niños, que sufren sobrecargas, incomprensiones o irrespeto a la intimidad y el derecho a decidir.

Se precisan más construcciones, que las personas puedan soñar y lograr un lugar para habitar. A pesar de ello, la concordia familiar depende en última instancia de los lazos que se sepan crear. Como esclarecen los especialistas, “no siempre el que se casa tiene casa, pero siempre puede formar un hogar”.

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