Las cartas siempre llegan

Con esta entrega, Granma inaugura una sección para invitar a encontrarse con nuevas lecturas

No tenía edad suficiente para que me prestasen libros en la biblioteca de adultos, y mi hermana los conseguía para mí en ese adusto edificio de mi provincia natal al que siempre le vi algo de sagrado.

En uno de aquellos volúmenes hallé, una vez, la carta manuscrita y afiebrada de un enamorado. Nunca supe si el remitente la dejó allí, convencido de la inutilidad de enviarla, o si quien la mereció la había olvidado o abandonado en medio de esas páginas.

Aquel hallazgo me pareció hermoso, como encontrar en el mar un mensaje embotellado, y desde entonces hasta hoy he creído que las cartas jamás se pierden. Aun cuando no lleguen al destinatario escogido, siempre encontrarán quien las lea con el impulso de la curiosidad, que puede llegar hasta la emoción.

Tampoco se hacen viejas. Por eso los epistolarios tienen tanto de descubrimiento: se aprende más de quien escribió las misivas que a través de cualquiera de sus otras obras, biografías o actos.

Una se lee Cartas que no se extraviaron (Ediciones Loynaz, 2016) y llega a una mujer transida por la poesía en cada parte de su vida, fuerte y extraordinaria en la aparente fragilidad de su espíritu; de una vocación íntima que la separa de su tiempo y del avance arrollador de la sociedad, pero nunca de la Patria.

Dulce María Loynaz (1902-1997) es la autora de las misivas, y disfrutarlas es como darse un baño, en una playa desierta, una tarde de verano. Porque Dulce María, ya sea en prosa o en verso escribe –siempre en presente– con el ritmo del agua, musical, paciente, poderosa.

De entre 1932 y 1942 datan las cartas de la primera mitad del libro, y se destinaron a Emilio Ballagas, Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral, José María Chacón…

Las de la segunda mitad las envió la Premio Cervantes (1992), entre 1971 y 1991, al periodista e investigador crítico Aldo Martínez Malo, compilador del volumen.

Así descubrimos a una Dulce joven, de un lirismo y una contemplación desbordadas, que sabe cuán fútil es envanecerse por el genio literario propio, pero no puede dejar de escribir; y también a una Dulce cercana a la ancianidad, recluida en su hogar, que se resiente de los olvidos ingratos; que aunque no puede entender mucho de la Cuba revolucionaria, la respeta y permanece en la Isla siempre suya.

En estas páginas hay una poeta contemplativa, irónica, triste, analítica, grande. Cartas… me hizo recordar los versos de Baudelaire: «El Poeta es como ese príncipe nublado / que puede huir las flechas y el rayo frecuentar; /en el suelo, entre ataques y mofas desterrado/ sus alas de gigante le impiden caminar».

Sin embargo, la Loynaz voló alto con sus alas, y contra sus propias oscuridades; y así como le escribe a Ulda Mañas: « Yo sé que el mío será un buen libro, pero ¿no cree usted que ya hay muchos buenos libros? Casi que lo que no hay es tiempo para leerlos, y yo todavía no acabo de entender por qué es necesario que haya uno más»; le confiesa a Angélica Busquet: «Algún día yo también seré de piedra y el tiempo se romperá contra mí».

(Publicado originalmente en Granma)

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En un libro, las raíces

Manuel Fraga, un gallego cubano. Fidel Castro, un cubano gallego, de Miguel Ángel Álvelo Céspedes
Manuel Fraga, un gallego cubano. Fidel Castro, un cubano gallego, de Miguel Ángel Álvelo Céspedes

Cada hombre o mujer que salió de Galicia con solo los sueños en el bolsillo, llevó sus raíces y un profundo desarraigo; mas, aquellos que encontraron a Cuba como destino sintieron crecer nuevos y fuertes afectos por esta tierra; algunos regresaron a la madre patria, otros no.

El destino de una de esas familias y la influencia de tal emigración en sus descendientes, ocupa el centro del libro Manuel Fraga, un gallego cubano. Fidel Castro, un cubano gallego, de Miguel Ángel Álvelo Céspedes, que se presentó en Matanzas con la presencia de realizadores, periodistas y miembros de la Asociación Gallega de la provincia. Sigue leyendo “En un libro, las raíces”

Elogio para un elogio

hqdefaultA veces las mejores cosas pasan desapercibidas, por pequeñas, por sencillas. Quizás eso suceda con Elogio de la Memoria, un programa televisivo que pasa la televisión cubana luego del espacio de la novela y que, en solo cinco minutos, logra atrapar; virtud deseada para toda propuesta audiovisual.

Caracterizado por la voz melodiosa de sus locutores, y bajo la dirección de Yosiri López – Silvero, resume de forma magistral y “sin pelos en la lengua”, la vida de figuras de la cultura nacional e internacional. Sigue leyendo “Elogio para un elogio”

El libro que me hizo llorar

Silvio en Indaya
Silvio Rodríguez canta en Indaya, barrio de Matanzas, como parte de su gira

El libro fue un regalo; olvidado, o mejor, postergado por misiones más inmediatas, demoró unas semanas en llegar a mis manos. Cuando, al fin, comencé a leerlo, no abandoné el asiento hasta que la última hoja quedó pegada en mi dedo. Una hermosa factura y gran calidad en la impresión caracterizaban el volumen pero la encuadernación no fue tan buena y a medida que avanzaba, las páginas se desprendían.

Hacía rato que una lectura no me dejaba tan conmovida. Por todo espacio, por este tiempo. Silvio Rodríguez en barrios de La Habana, es su título. Con crónicas de Mónica Rivero Cabrera y fotografías de Alejandro Ramírez Anderson, me transportó por ese periplo del – en palabras de Marta Valdés – cantor de los ángeles, las constelaciones, los unicornios y los héroes, que resulta Silvio. Un periplo marcado por las ansias de darse, de entregar cultura allí donde la desidia ha contribuido a crear barrios llamados marginales o desfavorecidos. Sigue leyendo “El libro que me hizo llorar”

Pulgarcito a lo cubano

meñique-6Con los productos audiovisuales cubanos he sufrido más de una decepción los últimos meses. Tal vez por ello no puedo evitar cierta suspicacia ante una nueva propuesta. Así, temerosa de haberme convertido en una “criticona” de las malas, me dispuse a ver Meñique. Sigue leyendo “Pulgarcito a lo cubano”