Comandante, estas lágrimas se secarán

fidelEsta noche me acosté temprano y quise atraer un sueño que no llegaba. Leí por varias horas. Di vueltas. No podía dormir. Estaba inquieta. El timbre del teléfono me puso alerta. A lo lejos escuché la voz de mi padre y salí a preguntar qué pasaba. «Murió Fidel» me dijo, sin endulzar la noticia porque hay algunas que son así crueles y directas. «¿Cómo?», repetí y volvió el mismo enunciado, tan duro. Corrí al telefóno, hablé con mi suegra; Matanzas está callada, enmudecida en un dolor sordo, ya muchos lo saben y el mal presentimiento que no me dejaba dormir tiene explicación. Pienso en Rey, mi esposo, tan lejos y que ¡carajo! no se va a enterar por mí. Ahora  lloro, porque nunca pensé qué iba a hacer el día que Fidel muriera. Fidel, el hombre de todos los sueños. Estas lágrimas se van a secar, no hoy, y quizá tampoco mañana, pero Fidel siempre va a estar conmigo, en lo que haga, en mis hijos, y contra eso sí que la muerte no puede.

¿La extrañas?, me preguntan y yo demoro en responder. Extrañar supone ausencias y ella está en el fondo de pantalla de la computadora, en las paredes de la oficina, en las fotos del móvil. Y todos los días pienso en su bahía, y hablo mil veces del equipo de béisbol (yo, la antideportiva), y recuerdo a mis amigos, le hablo a mi familia, e inevitablemente persigo las noticias de esos lares. Por eso, cuando cruzo el Bacunayagua, no es un reencuentro, solo el beso cotidiano. No extraño a Matanzas, ella está conmigo.

Intimidad a la calle

Mis padres han venido a visitarme. Los invito a una pizzería. De buen humor nos disponemos a enfrentar la cola. Conversamos. Delante de nosotros están ellos. Son dos, una pareja, muy jóvenes.

Se besan desaforadamente, tan cerca de nosotros que oímos los sonidos, los suspiros. Empieza a ser incómodo. Ella le muerde la oreja, lame su cuello, él ríe y, como respuesta, la atrae con fuerza hasta que las caderas de ambos quedan muy juntas.

En la fila, la mayoría intenta por todos los medios que la mirada no tropiece con la escena. Otros lo encuentran divertido; algunos, sensual. «Tremenda película porno», comenta alguien detrás de mí.

La pareja continúa sus juegos presexuales, enajenada de lo circundante, pero expuesta a varias miradas lascivas. No solo lastima el pudor ajeno, comparte una intimidad que debiera pertenecer solo a ambos.

A la mañana siguiente los recuerdo. Esta vez son otros, pero la situación muy parecida. En una calle céntrica, la muchacha está sentada sobre un muro, con sus piernas enlazadas alrededor del joven que permanece de pie.

Él recorre con los dedos la piel de sus muslos y a cada rato la besa en la boca, mientras ella le masajea la espalda. A la vez, ambos conversan de forma muy natural con un amigo que los acompaña.

Reparo entonces en que, durante los últimos meses, me he tropezado con variedad de casos similares, protagonizados la mayoría de las veces por adolescentes, aunque los jóvenes y algunos más «maduros» no se quedan detrás.

Pienso en razones para ignorar que determinadas caricias deben quedar protegidas de la vista ajena: quizá la inexperiencia, la imposibilidad de acceder a un lugar cómodo y seguro donde intimar; o probablemente la falta de civilidad.

Sin embargo, ninguna justificación minimiza el hecho de que respetar a la pareja —con independencia de la naturaleza de la relación— implica separar con exactitud las esferas de lo público y lo privado.

No es cuestión de puritanismo ni de aquellos criterios anticuados que se les suelen achacar a las abuelitas, y mucho menos tiene que ver con la doble moral machista que exige a la mujer discreción absoluta en materia amorosa so pena de comprometer su valía. Se trata, para ambos sexos, de interiorizar que la libertad propia en el ámbito sexual, como en todos, termina donde empieza la de los otros.

Si bien un gesto como tomarse de la mano o dar un beso discreto pueden resultar tiernos, otros como la mano del hombre «petrificada» sobre un glúteo de la mujer mientras recorren la vía pública (cual declaración: Miren esto bien, pero no se equivoquen que es mío) hace pensar en conductas cavernícolas.

Esa misma calificación le sirve a las «nalgadas cariñosas», las conversaciones con implicaciones sexuales, a toda voz, lo mismo en la cola de la panadería, en la guagua, que en Coppelia; y hasta ciertos bailes que, si sus ejecutantes prescindieran de la ropa, recibirían otro nombre.

Hay miles de formas de demostrar el amor o la atracción física sin caer en lo indecente o denigrante, ni convertirlo en un espectáculo público. Llevar a la calle lo que debiera quedar en un ambiente protegido y de confianza no implica una confirmación de la hombría ni asigna, ante los ojos ajenos, solidez al vínculo amoroso, sino todo lo contrario.

No está de más hablarlo con los hijos, sobrinos, amigos, alumnos y, de paso, reflexionar sobre qué rostro le ponemos a nuestra relación amorosa puertas afuera.

¿La cultura del bafle?

Disfrutar de la buena música tiene mucho de rito. Unos prefieren hacerlo en soledad; otros, acompañados de la pareja o de amigos. Cerrar los ojos, dejar fluir la imaginación o comentar por lo bajo tal o cual frase convierten ese momento en una comunión con la espiritualidad propia.

También se encuentran los espacios para bailar y aunque allí el volumen suele superar el necesario, la mayoría lo perdona en aras de pasar un buen rato y «mover el esqueleto». Mientras no se torture a los vecinos —como también sucede— no hay nada que objetar.

Sin embargo, más allá de las discotecas sin insonorizar o de quienes se empeñan en imponer sus gustos musicales al barrio, crece una tendencia que apunta a poner la música alta en los espacios públicos porque sí, porque es sinónimo de actividad, de fiesta, de «aquí está pasando algo».

Así se inscribe el caso de un museo municipal que ofrecería un evento relacionado con la historia a las diez de la mañana, y desde las ocho sacó un par de bafles a la calle «para que la gente se embullara».

En vez de un clima grato, se generó incomodidad. Los invitados debían hablar a gritos y los artistas convidados apenas podían ensayar; pero el técnico de audio no se sintió aludido, él creía su labor impecable, exitosa, y sus jefes parecían concordar.

Esa es la cultura del bafle: «¿hace falta animar un acontecimiento de cualquier índole?, pues pongamos el equipo a todo dar». Ningún género resulta agradable si agrede los tímpanos, pero no son la trova, la rumba y ni siquiera la popular bailable las más favorecidas en estos casos. Por el contrario, el reguetón más crudo y plagado de antivalores parece ganar la pelea.

De tal forma se vulnera la política cultural cubana y se revela una falta total de sensibilidad artística y entendimiento del disfrute estético. Es inconcebible que incluso en instituciones del sector de la cultura se opte por la música ensordecedora como vía para asegurar el esparcimiento.

Solucionarlo no exige solo decretos o leyes. La decisión de qué temas poner y a qué volumen debe recaer en personas preparadas, con un sentido aguzado del arte y sin enfoques reduccionistas referentes a la recreación.

En una sociedad como la que aspiramos a construir, divertir a los otros también debe implicar educarlos, generar consensos sobre la base de excluir el mal gusto, la chabacanería, las expresiones discriminatorias, misóginas y sexistas.

Que alguien sepa manejar un equipo de audio no lo califica automáticamente para dictaminar qué se pone o no; cabe entonces preguntarse si a esos técnicos, la mayoría muy jóvenes, se les da la oportunidad de superarse, u otras atenciones que hagan menos fugaz su paso por esa labor.

La batalla por la cultura es quizá de las más fuertes que a la nación le toca librar; la música no puede ser nunca vehículo para enajenar y sí para enaltecer. Constituye prioridad evitar que el consumo de arte devenga contaminación acústica, más en un país con una tradición musical tan rica como Cuba.

http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2016-11-15/la-cultura-del-bafle/

Conchita Torres: la música campesina no tiene fronteras

Texto y foto: Yeilén Delgado Calvo

Especial de la ACN para Cubasí

Conchita Torres no titubea para responder. Dice lo que piensa sin ambages, como la gente de campo, aunque vive casi desde su nacimiento en el reparto Dubrocq, de la ciudad de Matanzas.
  “No reniego de mis raíces. Guajira soy” confiesa, a los 63 años, una mujer que desde los siete permanece en los escenarios para defender la música campesina.
Fundadora de las agrupaciones Serenata Yumurina y Cuba Nueva, ganadora de premios Cubadisco y nominada a los Grammy, no aguarda por reconocimientos ni homenajes. Por el contrario, busca nuevos proyectos que la hagan sentir la misma emoción de los guateques hogareños en su infancia.
“Mi papá era natural de Benavides, un pueblecito cercano a Ceiba Mocha. Improvisaba y tocaba el laúd. No era un gran músico, pero me enseñó las tonadas. A él le debo el amor por el género”.   Recuerda su casa siempre llena de poetas, un ambiente en el que también se formó su hermano, el laudista Bárbaro Torres.
   “A los cuatro años Barbarito me acompañaba haciendo sonidos con la boca. A los 10, tomó el laúd y no lo soltó más. En aquel tiempo, ya me sentía mejor acompañada por él que por cualquier otro músico”.
   Fue el padre quien decidió que el talento de su hija debía conocerse. “A los cinco fui por primera vez a un programa campesino.
Por supuesto, a esa edad apenas se me entendía. Dos años después regresé y desde entonces no he dejado de cantar ni un solo día.
   “Era una niña intranquila, pero sentía la necesidad de interpretar. ¿Quién que ha cantado un punto guajiro no quiso ser como Celina González?”      Guiada por ese anhelo, hizo radio y televisión. A los 15 años se radicó en La Habana y su presencia se hizo habitual en programas como Vivimos en campo alegre y Palmas y cañas. Agradece a muchas de las figuras junto a las cuales actuó, durante lo que considera la época de oro de la música campesina en Cuba.
   “Celina es y será una de la mejores cantantes del país, tenía una voz privilegiada. De Inocencio Iznaga, El Jilguero, siempre disfruté sus tonadas, la gracia especial para hacerlas. También admiro a sus hijos María Victoria y José Antonio, El Jilguerito, grandes amigos.
Conchita Torres    “Sin embargo, mi ídolo dentro del género es Radeunda Lima, una compositora excepcional, gran maestra e intérprete. Me enseñó mucho de lo que sé, incluso los gestos en el escenario. Era una guajira tremenda”.
   Después de casarse regresó a Matanzas. No obstante, como   “nadie es profeta en su propia tierra”, las oportunidades no fueron muchas en su terruño natal y su carrera siguió ligada a la capital. “He tratado de lograr cosas aquí. Voy a la televisión pero a la radio no me llaman. Ahora, al fin, la Dirección Municipal de Cultura brindó el apoyo para hacer mi peña campesina cada mes.
   “Ese espacio permite que los matanceros conozcan mi trabajo actual y también el del grupo que fundé. Ya grabamos un disco y fuimos a Palmas y Cañas. Fue una tarea difícil crearlo, porque todos los músicos de la provincia quieren trabajar en Varadero.
   “A la Cultura le hace mucho daño que siempre convoquen a los mismos o que el propio artista deba gestionarse sus actividades, y no las personas encargadas de hacerlo”.
   Sus presentaciones en naciones como Estados Unidos, España, Francia o México la convencieron de la universalidad de la música campesina. “En ningún país he dejado de cantar una tonada y me recibieron bien con independencia del idioma.
   “Hasta en Japón canté punto guajiro. Para la buena música no existen barreras de lenguaje y la campesina no tiene fronteras.
   “No entiendo que en Varadero no haya un lugar dedicado al género. Sucede porque al animador no le gusta e impone al turista sus preferencias. Nuestras raíces son poco divulgadas.
   “Por lo general prima el desinterés, quisiera que se ocuparan más y se hicieran competencias o festivales en los municipios. Así pueden obtenerse grandes resultados.
  “Exceptúo a los que se esfuerzan, entre ellos la dirección de Palmas y Cañas, un programa baluarte. Con poco apoyo emprenden iniciativas como el concurso Buscando la voz guajira”.
  Cree Conchita que en la actualidad hay escasez de intérpretes y poca rigurosidad desde las direcciones. “Se audicionan buenos cantantes y luego cambian a otros géneros, utilizan a este como trampolín. Faltan calidad y voces guajiras.
   “Si un joven pone la radio y escucha a un poeta o intérprete desafinado, cambia de estación. Para dirigir un programa campesino se precisan talento y conocimiento”.
  Ansiosa de revertir la situación, se entrega a la labor de jurado y de enseñanza. “Siempre me encuentro disponible para el que lo necesite. Estoy jubilada, pero no retirada. Nunca me ha pasado por la mente dejar de ser lo que soy. En mi corazón y cerebro hay sangre y punto guajiro.
   “A la familia le debo el sostén. Cuando siento deseos de rendirme, mi esposo me impulsa. Aunque mi hijo y nieta no cultivan la música campesina, la disfrutan y agradecen”.
   Intérprete a mucha honra y defensora del son, la guaracha, la guajira y la tonada, Conchita Torres lleva 56 años enalteciendo lo guajiro del arte y poniéndole un punto de su naturalidad a lo cubano.

El hombre y el parque

Este Casanova no es veneciano. Tampoco, diplomático o célebre mujeriego, aunque el anonimato pasa de largo por su lado, espantado por la laboriosidad hecha persona. “Entrevístalo”, me sugirieron y fui a buscarlo porque el argumento era convincente: “defiende ese parque como si fuera suyo”. Él tomó aquel pedido con escepticismo.

  • ¿A mí?
  • Sí, a usted.
  • Bueno…

Así llegamos a uno de los bancos del sitio que marca, de cierta forma, el centro de Los Arabos. Saqué la grabadora, y la libreta de notas, y antes de que consiguiera capturar la primera línea ya sabía que la descripción de guardaparques apenas alcanza para definir todo lo que hace Argelio Mario Casanova Cardoso.

“Chapeo, paso rastrillo, recojo las hojas, barro la acera y si veo a alguien haciendo algo malo, lo enfrento. Camino esto completo, y enseguida sé si se llevaron algo. Roban cestos, rompen los bancos. Nada más quedan dos caobas de las que sembré”. De pronto, se interrumpe. “¿Y va a escribirlo todo?”

Le digo que sí, que lo sigo y contesta divertido “! Mira, tú! Bueno, como le decía, vengo a las 6: 45 a.m. o a las 7: 00 a.m., y estoy aquí hasta el mediodía. No completo ocho horas, pero las trabajo de verdad. Primero limpio el área donde los viejitos juegan dominó, y también donde hacen ejercicios.

“Llevo aquí siete años. Fui jefe de Producción en una cooperativa durante 22. Me retiré y seguí en un área vinculada. Ganaba buen dinero, pero se acabó el transporte y quedaba muy lejos. Me eché un año y medio en la casa, hasta que no pude más.

“Imagínese, yo trabajo desde los ocho años y en diciembre cumpliré 78. Mi papá me llevaba con mis hermanos al campo. Cuando el central Zorrilla molía, nos decía después del pitazo de las 10: 30 a.m.: ‘Vayan pa’ la casa a bañarse y almorzar, y de ahí a la escuela. Le dicen a la maestra que los suelte temprano y regresan’.

“Recogíamos cogollos para las vacas, ‘entongábamos’ caña. Cuando no había zafra, guataqueábamos las siembras. En el aula aprendí un poquito. La maestra me quería. Como mis libretas estaban forradas y limpias las ponía de ejemplo ante los demás, ¡aquello daba una pena! Cuando llegué a sexto ella me confesó: ‘Quiero que repitas el grado porque yo sé que no vas a poder estudiar másֹ’. Mi papá dijo que no.

“Después, cuando empecé en la cooperativa, saque el noveno; las clases eran más difíciles y todo apretado, pero aprobé. Luego empecé el Técnico Medio de Agronomía y ahí sí me rajé a los tres meses, tenía 48 años. Disfrutaba el trabajo, hasta un carro moskovich gané, y todavía camina.

“Mi familia ha batallado por sacarme del parque, creen que estoy muy viejo y yo les respondo que peor es quedarse sentado. Aquí gano mis quilos y el cuerpo se mantiene en acción. ¿No es verdad?”

Sonrío y entonces cuenta, orgulloso, que su esposa – un poco más joven- todavía lo acompaña. Tiene tres hijos, dos hembras y un varón; seis nietos, un biznieto nacido y dos en camino. No obstante, quiere seguir entregándole a la existencia.

“Esa hierba fina la sembré yo, la palma real también y ya ve por dónde va. Pido posturas y hago jardincitos. Vivo enamorado de esto. Cuando llovizna me aconsejan que no venga y lo que hago es dejar la máquina de chapear y traer el machete. Nadie me exige que trabaje las tardes y los domingos, pero cuando hace falta lo hago.

“Todavía no hay costumbre de echar la basura en el cesto. Duele porque lucho para que el parque esté bonito”. En medio de esa batalla contra los inconscientes, haciendo él solo lo que antes lograban tres obreros, cuenta que no persevera solo por entretenerse, sino también porque lo quieren.

“Casi todos me saludan, él que no me conoce pregunta ‘viejito, ¿cómo está?’. Hasta los jefes me aprecian y fíjese, no por guataquería. Aquí estaré mientras pueda caminar; claro, si no me botan”, explica con picardía.

Natural de Morón, Camagüey, tantos años con las manos en la tierra de Los Arabos le hacen sentir un compromiso total por ella. Sin embargo, ese afecto no lo ciega porque “todavía falta” y para ilustrarlo cita los viales y el alcantarillado.

Casi llegaba la hora de almuerzo y, temiendo ser impertinente, cerré la entrevista con un último pedido.

-Casanova, ¿puedo tomarle una foto?

– ¿Así, con esta ropa y el sombrero?

-Sí.

-¿Segura?

En la Ciénaga de Zapata buscando historias sobre Girón

Breve declaración de amor

Pongo la grabadora frente a él o ella. Tomo notas en la agenda para asegurarme, no confío totalmente en la tecnología. Hago las fotos. Me despido. Llego a casa. Releo. Vuelvo a escuchar. Planifico. Escribo. Reviso. Entrego. Vuelvo a revisar. Quedo inconforme. A veces acepto palabras de agradecimiento; otras, duras críticas. Aprendo de los errores. Me defiendo de cuestionamientos injustos. Después vuelvo a empezar. Todo es parte de la profesión que escogí para vivirla. ¡Quisiera tantas cosas!, pero no me rindo, lucho por ellas y las digo donde tenga que decirlas, no son excusas para dejar de hacer. Mi deber está con los otros. Respeto a los que se van y por eso exijo respeto para los que llenan las redacciones. Amo el Periodismo y ahora siento ganas de gritarlo. Soy periodista en Cuba, y lo digo con orgullo.

Ciudad de alas y versos infinitos

“La luz con que apareces me da cita.

No cambié tu paisaje por miserias.

Acógeme como a otra estalactita

que vive de agua tuya en las arterias”.

Carilda Oliver Labra

Aquí las noches se visten de silencio. Ciudad dormida, dicen, pero Matanzas no hace mutis sino una vida callada, nostálgica como su espíritu, casi la murmura al compás del San Juan.

Tras los muros con olor a tiempo, un poeta escribe y recuerda a Milanés, su genial locura, la pequeña estatua que en el parque de La Catedral consuela a los tristes. El fotógrafo sueña con apresar la esencia de un amanecer sobre la bahía.

Una mujer quiere ser la india dormida, tan perfecta, serena. Los niños creen ver al perro fantasma y se ufanan de la momia que no da miedo. Pocos resisten la tentación de entregarle cada día a la urbe, como ofrenda, un poco de creación: la mayoría le brinda su trabajo, casi todos el airado reclamo de que se le respete y ensalce.

Para amar con la devoción más sincera están el Principal, El Sauto, la sala White, la Estación de Sabanilla, los edificios de Sagebien, la Gener y del Monte,  la Botica Francesa, los puentes… y el Yumurí, las cuevas de Bellamar, la indócil Loma del Pan

Bastan para enorgullecerse el danzón, los coros, el libro-arte, la rumba, el títere… y toda la historia contada por las calles de una ciudad única por moderna, neoclásica, perfectamente trazada, por hermosa.

La Atenas de Cuba la llamaron una vez, y aún lo es, aunque nos resintamos de lo inconcluso, la desidia, el poco empeño; a fuerza de coraje el arte vive, se expande y lleva con dignidad a cualquier sitio del mundo nuestro nombre sangriento y altivo.

Falta conservarla para que esté a la altura de su estirpe. Sin embargo, no corramos el riesgo de desdeñarla, darle la espalda o abandonarla por sus grietas: sin el esfuerzo de sus hijos jamás podrá sacudirse el efecto demoledor del tiempo.

323 años y una ciudad ante la cual no germina la indiferencia. Las alas de aquel 1693 fundacional perduran, jamás faltará quien le escriba versos para salvarla del olvido o la impiedad. Matanzas permanece infinita, regia, de brazos abiertos.

Crimen de Barbados: El último vuelo (+ Fotos, Videos e Infografía)

“No podemos decir que el dolor se comparte. El dolor se multiplica. Millones de cubanos lloramos hoy junto a los seres queridos de las víctimas del abominable crimen ¡Y cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla!”. Fidel Castro

 

Monumento en la localidad barbadense de Saint James, dedicado a las víctimas del atentado. Foto: Ismael Francisco.
Monumento en la localidad barbadense de Saint James, dedicado a las víctimas del atentado. Foto: Ismael Francisco.

El tiempo suele ser injusto. Pasa por encima de los acontecimientos y borra las emociones que un día despertaron. Así terminan como frías enumeraciones en libros de historia; hechos que se recuerdan desde la repetición y no desde el sentimiento.

Pero el olvido es la forma más segura de extraviar el rumbo, desconectarse de las raíces, abrir el paso a la impunidad; y hay sucesos tan tristes, inconcebibles, que merecen rememoración cotidiana y sincera.

Basta saber que Alberto Drake tenía 18 años, una edad en que todos los pensamientos van hacia el futuro y se teme a pocas cosas. Seguro era feliz sobre aquel avión de Cubana porque, matancero y esgrimista, regresaba a su país como campeón.

No tuvo oportunidad de contarle a su familia y a los amigos los detalles de la victoria, tampoco de abrazar a los que extrañaba, ni de coronar el resto de sus ambiciones deportivas. Donde antes estaba quedó su nombre, el vacío y un recuerdo doloroso.

Ese fue el último vuelo para Alberto y otras 72 personas. El 6 de octubre de 1976, hace 40 años, la aeronave estalló en el aire. Duele hablar del dolor, de las bombas, el fuego, la incertidumbre, el temor de una muchacha que piensa en su embarazo incipiente… de la agonía que apenas se alcanza a imaginar, porque no hubo sobrevivientes, tan solo voces grabadas y restos en el mar.

Muchos de quienes los quisieron aún hoy lloran la ausencia, otros han muerto sin el parcial aliciente de la justicia. No fue un accidente lo que les cambió la vida, queman las palabras terrorismo, Agencia Central de Inteligencia, los nombres Luis Posada, Orlando Bosh, Freddy Lugo, Hernán Ricardo. Lastima la libertad de los asesinos, cada día de vida que a otros robaron sin avergonzarse.

Pasaron cuatro décadas, sin embargo, recordar la opresión en el pecho cuando viaja alguien muy amado alcanza para identificarse con la tristeza y la rabia que no mueren. En Barbados fue el crimen, dentro debemos sentirlo.

 

Infografía tomada de www.embajadacuba.com.ve
Infografía tomada de http://www.embajadacuba.com.ve

 

Los espejuelos y yo

Rosados, azules, negros, violetas, dorados. Cuadrados, redondos, ovalados. Lindos, feos, detestables. Así han sido los míos desde que comencé a usarlos.

Llegaron durante los estudios primarios. Me dolía la cabeza si fijaba la vista en la pizarra y mamá me llevó al oftalmólogo; como premio recibí espejuelos. Las gafas en cuestión resultaron un adefesio de plástico, demasiado grande para mi cara; no se le podía pedir otra cosa a las Ópticas de los años noventa. Meses después se rompieron, o yo los rompí, no recuerdo bien.

En el preuniversitario los necesité para ‘fijar la vista’. No era problema, más de uno cree que usarlos (de ‘quita y ponֹ’) para labores intelectuales te hace ver más interesante, con más ‘swing’ se podría decir.

No sabía entonces que mi destino estaría unido a ese objeto. Poco a poco dejé de distinguir los rostros de las personas en la acera del frente; pero me hice la “chiva con tontera” por varios cursos, hasta que llegó un chequeo médico a la escuela y el doctor se alarmó porque yo no podía ver ni las letras más grandes de su tablilla.

Era miope, según el dictamen, y me los recetaron una vez más, ahora permanentes. No puedo describir lo lindo que se veía el mundo la primera vez que los usé, nítido, preciso. Y como ya no era una niña, no hubo complejos, solo la comodidad de apreciar todos los detalles del entorno.

Así entré de forma definitiva en la secta de los que llevamos espejuelos, un grupo definido en gran medida por las experiencias comunes. Por ejemplo, dejarlos en casa para salir de fiesta y después no saber el número de la guagua o preguntarse quién será ese que a lo lejos nos saluda con efusión.

También están las molestas rozaduras en la nariz, sobre todo en etapas calurosas; las roturas en los momentos más inapropiados, y los ruegos a la dependiente: “por favor, prioríceme, mire que son los únicos que tengo y sin ellos no puedo discutir la tesis”.

Claro, la experiencia dicta que debe tenerse unos de repuesto, sin embargo, se va dejando para después porque da pereza dilatarse otra vez las pupilas y llamar todos los días para ver cuándo sacan las armaduras lindas.

En otro apartado entran las preguntas. ¿Por qué no te pones lentes o te operas? ¿De verdad no ves si te los quitas?; y la clásica después que te piden sacártelos y ponen la mano delante de tu rostro: ¿Cuántos dedos tengo? No queda más que afrontarlas con buen humor.

Al final una aprende que no todas las telas sirven para limpiarlos y que tratar de maquillarse sin retirarlos y acomodárselos cuando no están no son excentricidades tan graves. También termina tomándole amor a los susodichos, aunque estén muy usados, y se busca un sinnúmero de razones para no desecharlos: son muy cómodos, pegan con cualquier vestuario, los nuevos dan mareo…

Los espejuelos se convierten en una parte más del cuerpo, orgánica y en ocasiones hasta imperceptible, sino que lo digan los que como yo se han ido a dormir o han entrado bajo la ducha con ellos puestos.