Ojos de perro

Nací en una casa con perro. A lo mejor ya yo había venido al mundo cuando mis padres adoptaron a Linda, pero el caso es que ella estaba ahí desde que desarrollé uso de razón.

Linda era una perra poodle, de mucho pelo blanco y un mal genio igual de abundante. Idolatraba a mi madre a todas horas. Al resto, solo cuando tenía ganas.

Pero yo sí la quería y me gustaba saberla ahí, con su cara de creerse cantidad de cosas y unos ojos dulcísimos, que delataban su perruna alma blanda.

La misma semana que Linda, a los 13 años, murió de cáncer, Shakira (que entonces no tenía nombre y era una cachorra sata, pulgosa y entrometida) se coló por la reja del portal. Varias veces la sacamos –yo sin mucha convicción–, todas regresó.

Una noche se puso a ver la novela metida en una chancleta. Al día siguiente mi mamá la bañó y le sacó los bichos. «Por hacer una obra de caridad», dijo. «Después se va», sentenció. Pero Shakira se empezó a llamar Shakira y se instaló por toda una década.

Un fin de semana nos fuimos a la playa. Como siempre, los vecinos habían quedado encargados de cuidarla. Desapareció. Se escapó a la calle y no volvió.

Meses después, encontré a su doble en medio de la ciudad y me puse a llamarla. Era macho. No era ella. De algún modo sigue viva.

Ya mami no quiere más perros, y mi casa actual es tan pequeña que no tengo dónde meter uno. Además, ya me lo ha advertido mi esposo, si con mis horarios apenas puedo regar las plantas qué sería de ese animal.

Así como me desagradan los gatos, hay algo en los perros y sus ojos que me hace sentir en paz.

Me gustaría que, algún día, hayan en mi hogar niños y un perro.

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Pequeña filósofa de portal

«La Luna no ha salido. Está durmiendo», dice la filósofa acurrucada sobre las piernas de su abuela, mientras escudriña un pedazo de cielo negro y sin estrellas; y yo, en el sillón de al lado, pienso que es una gran poeta, así, perfecta, de frases sencillas y contundentes, hermosas, sin metáforas ni neologismos.

Aún no ha cumplido tres años, pero la Luna sabe que sus palabras son las más sinceras, y no sé si es porque soy su tía, porque es mi sobrina, o porque la conozco desde que apenas era un deseo sin nombre ni mirada de mar, pero el corazón se me aprieta y crece, como crecen las ansias de no perderme ni uno solo de sus días o centímetros, y menos esas frases que hacen parecer a mis versos tan tremendamente insustanciales.

Ustedes los grandes

-¿Por qué ustedes los grandes son tan aburridos?

-¿Y quién dice que los grandes somos aburridos?

-Claro que lo son, ustedes no juegan

-¿Y yo no estoy jugando?

-Sí. Pero los grandes juegan de mentira.

Me da un beso en la mejilla y parte rumbo al interior de la casa con toda la seriedad de sus cinco años; de la mano lleva a mi sobrina que solo tiene dos. Yo me quedo en el portal, con un bebé de plástico sobre las piernas, rodeada de tacitas repletas de café imaginario y con algunas yerbas del patio cocinándose en el diminuto sartén. Los niños son tan sabios, pienso y me siento, de pronto, absurdamente adulta.

Luego salgo a perseguirlas por toda la casa, a ver si quieren jugar, de nuevo, conmigo.

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Mis compañeras de juego. Esta foto es de hace un tiempo ya.

Y lo maravilloso se hace real

“Los niños son como las estrellas. Nunca hay demasiados”. – madre  Teresa de Calcuta

IMG_5338El calor agobia. Por eso me tiendo en el pasillo, dispuesta a aprovechar la brisa. Al lado se halla el corral. Desde ese, su reino, vigila. Indiferente al cansancio, grita para que la mire. Si supiera hablar, ¿cuántas cosas diría?

Tengo sueño, se cierran los párpados. Pero ella no acepta con tal facilidad la derrota y reuniendo todas las fuerzas posibles lanza la pelota justo a mi rostro.

Rápido, me incorporo. Pienso en regañarla y lanzarle el común; “niña, caca”. Mas, frente a mí está con sus ojos grandes y suplicantes, en una mano la muñeca y con la otra señalando el balón.

Parece decir, “juega conmigo que me aburro”. Sonríe y sus pequeños cuatro dientes asoman. ¿Quién puede contra eso? Para entonces ya me tiene conquistada y le hago cosquillas, monerías, solo por el placer de escuchar su risa escandalosa.

Desde hace poco más de un año, cuando llegó con su piel arrugadita y los pelos escurridos, revolucionó la vida en la casa. Todo se organizó en función de sus necesidades y horarios. Cada nuevo gesto, monosílabo o paso, se registra como acontecimiento y sus fotos empiezan a inundarnos. Espero que pronto diga “tía”; no aguanto la impaciencia.

Aunque nos parezca única, tanta magia no pertenece solo a mi sobrina Isabel. Cada niño o niña que sale de un vientre para conquistar el mundo trae en sí lo posible, el rotundo poder de recordar a los adultos cuán especial puede resultar el juego, el abrazo, el simple hecho de acostarse ‘boca arriba’ para adivinar formas en las nubes.

Lo maravilloso se hace real en la infancia porque la hipocresía, la indiferencia y el odio no existen; la inocencia aleja todos los males. Cada pequeño contiene el futuro y la oportunidad de cambiarlo. En la niñez podemos encontrar muchas respuestas, solo hay que saber mirar.