Abrazar la ciudad

Sin querer ya voy sembrando y acaparando recuerdos por estas calles ajenas. Ilustración: LAZ

Adaptarse a una ciudad nueva se parece un poco al amor y sus despertares. Hay un momento inicial de desconfianza: ¿será para mí? Si se rebasa el temor al cambio —imprescindible para crecer, que también es volar— sobreviene el deslumbramiento.

Todo es bueno: el transporte, las oportunidades, la vida nocturna, el ambiente más cosmopolita, más libre, más qué se yo. Pero las pasiones desenfrenadas languidecen, y comienzan a aparecer las manchas: por acá el ómnibus que se demora mucho, por allá el domingo en que no hay tanto que hacer como una creía, y cerca de la otra esquina un basurero sin timideces.

Justo entonces te percatas de que no te sientes como pez en el agua. En tu tierra natal tenías otra cosa, una forma de andar sin mirar sobre tu hombro, un cruzar la calle sin obsesionarte con los semáforos, una confianza de conquistadora establecida basada en saberse todo de memoria: los puentes, las librerías, la parada, el río…

Era de otra forma allá. Aunque no conocieras a toda la gente, porque es imposible, te parecía que sí, que en toda podías confiar, y la playa era tuya como tuyo era un banco del parque con nombre de libertad.

Así son las trampas de la nostalgia y lo sabe Cavafis que me dice: «Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares. La ciudad te seguirá». Pero si una se rindiera a las argucias de la añoranza no podría nunca asomarse a la aventura.

Asumido el precio de nostalgiar, viene otra fase del enamorarse: aprender a aceptar los defectos y, por qué no, también a amarlos. Por eso empiezan a conmoverme, como siempre lo hicieron los míos, estos edificios añosos con que me tropiezo; y ya no comparo el mar con el otro más azul, solo lo huelo y aprendo a presentirlo detrás del ruido de los carros.

Descubro, ahora, caras amigables; más apuradas, sí, pero tan humanas como las coterráneas. Y hasta concibo apropiarme de un banco en algún parque y dedicarle un poema para que no nos olvidemos mutuamente.

Sin querer ya voy sembrando y acaparando recuerdos por estas calles ajenas, eso es inevitable cuando una vive una ciudad y la desanda. Me duelen sus chapucerías, la incivilidad, lo mal hecho no porque no hubiera maneras de hacerlo mejor, sino porque no había ganas ni exigencia, y eso nunca he podido aceptarlo con la tranquilidad de espíritu que para otros temas me desborda. Padecer por la urbe es sentirse y también saberse parte.

Eusebio Leal lo afirma: «La Habana es un estado de ánimo» y creo que empiezo a comprenderlo. A lo mejor algún día me sea tan natural atraversarla como sentarme un domingo a las cinco de la tarde en la playa Yugoslavia a comer «croquetas Ditú» y leerle a mi esposo textos desgarradores de la Pizarnik. A lo mejor, pero falta.

Mientras, siempre que puedo, dejo que los que pomposamente llamamos porteadores privados se engullan de a poco mi salario, y salgo a la carretera para encontrarme con esa explosión de luz y parsimonia que se llama Matanzas. Hay amores que empiezan tan pronto y tan hondos que no se acaban nunca.

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¿La extrañas?, me preguntan y yo demoro en responder. Extrañar supone ausencias y ella está en el fondo de pantalla de la computadora, en las paredes de la oficina, en las fotos del móvil. Y todos los días pienso en su bahía, y hablo mil veces del equipo de béisbol (yo, la antideportiva), y recuerdo a mis amigos, le hablo a mi familia, e inevitablemente persigo las noticias de esos lares. Por eso, cuando cruzo el Bacunayagua, no es un reencuentro, solo el beso cotidiano. No extraño a Matanzas, ella está conmigo.

Conchita Torres: la música campesina no tiene fronteras

Texto y foto: Yeilén Delgado Calvo

Especial de la ACN para Cubasí

Conchita Torres no titubea para responder. Dice lo que piensa sin ambages, como la gente de campo, aunque vive casi desde su nacimiento en el reparto Dubrocq, de la ciudad de Matanzas.
  “No reniego de mis raíces. Guajira soy” confiesa, a los 63 años, una mujer que desde los siete permanece en los escenarios para defender la música campesina.
Fundadora de las agrupaciones Serenata Yumurina y Cuba Nueva, ganadora de premios Cubadisco y nominada a los Grammy, no aguarda por reconocimientos ni homenajes. Por el contrario, busca nuevos proyectos que la hagan sentir la misma emoción de los guateques hogareños en su infancia.
“Mi papá era natural de Benavides, un pueblecito cercano a Ceiba Mocha. Improvisaba y tocaba el laúd. No era un gran músico, pero me enseñó las tonadas. A él le debo el amor por el género”.   Recuerda su casa siempre llena de poetas, un ambiente en el que también se formó su hermano, el laudista Bárbaro Torres.
   “A los cuatro años Barbarito me acompañaba haciendo sonidos con la boca. A los 10, tomó el laúd y no lo soltó más. En aquel tiempo, ya me sentía mejor acompañada por él que por cualquier otro músico”.
   Fue el padre quien decidió que el talento de su hija debía conocerse. “A los cinco fui por primera vez a un programa campesino.
Por supuesto, a esa edad apenas se me entendía. Dos años después regresé y desde entonces no he dejado de cantar ni un solo día.
   “Era una niña intranquila, pero sentía la necesidad de interpretar. ¿Quién que ha cantado un punto guajiro no quiso ser como Celina González?”      Guiada por ese anhelo, hizo radio y televisión. A los 15 años se radicó en La Habana y su presencia se hizo habitual en programas como Vivimos en campo alegre y Palmas y cañas. Agradece a muchas de las figuras junto a las cuales actuó, durante lo que considera la época de oro de la música campesina en Cuba.
   “Celina es y será una de la mejores cantantes del país, tenía una voz privilegiada. De Inocencio Iznaga, El Jilguero, siempre disfruté sus tonadas, la gracia especial para hacerlas. También admiro a sus hijos María Victoria y José Antonio, El Jilguerito, grandes amigos.
Conchita Torres    “Sin embargo, mi ídolo dentro del género es Radeunda Lima, una compositora excepcional, gran maestra e intérprete. Me enseñó mucho de lo que sé, incluso los gestos en el escenario. Era una guajira tremenda”.
   Después de casarse regresó a Matanzas. No obstante, como   “nadie es profeta en su propia tierra”, las oportunidades no fueron muchas en su terruño natal y su carrera siguió ligada a la capital. “He tratado de lograr cosas aquí. Voy a la televisión pero a la radio no me llaman. Ahora, al fin, la Dirección Municipal de Cultura brindó el apoyo para hacer mi peña campesina cada mes.
   “Ese espacio permite que los matanceros conozcan mi trabajo actual y también el del grupo que fundé. Ya grabamos un disco y fuimos a Palmas y Cañas. Fue una tarea difícil crearlo, porque todos los músicos de la provincia quieren trabajar en Varadero.
   “A la Cultura le hace mucho daño que siempre convoquen a los mismos o que el propio artista deba gestionarse sus actividades, y no las personas encargadas de hacerlo”.
   Sus presentaciones en naciones como Estados Unidos, España, Francia o México la convencieron de la universalidad de la música campesina. “En ningún país he dejado de cantar una tonada y me recibieron bien con independencia del idioma.
   “Hasta en Japón canté punto guajiro. Para la buena música no existen barreras de lenguaje y la campesina no tiene fronteras.
   “No entiendo que en Varadero no haya un lugar dedicado al género. Sucede porque al animador no le gusta e impone al turista sus preferencias. Nuestras raíces son poco divulgadas.
   “Por lo general prima el desinterés, quisiera que se ocuparan más y se hicieran competencias o festivales en los municipios. Así pueden obtenerse grandes resultados.
  “Exceptúo a los que se esfuerzan, entre ellos la dirección de Palmas y Cañas, un programa baluarte. Con poco apoyo emprenden iniciativas como el concurso Buscando la voz guajira”.
  Cree Conchita que en la actualidad hay escasez de intérpretes y poca rigurosidad desde las direcciones. “Se audicionan buenos cantantes y luego cambian a otros géneros, utilizan a este como trampolín. Faltan calidad y voces guajiras.
   “Si un joven pone la radio y escucha a un poeta o intérprete desafinado, cambia de estación. Para dirigir un programa campesino se precisan talento y conocimiento”.
  Ansiosa de revertir la situación, se entrega a la labor de jurado y de enseñanza. “Siempre me encuentro disponible para el que lo necesite. Estoy jubilada, pero no retirada. Nunca me ha pasado por la mente dejar de ser lo que soy. En mi corazón y cerebro hay sangre y punto guajiro.
   “A la familia le debo el sostén. Cuando siento deseos de rendirme, mi esposo me impulsa. Aunque mi hijo y nieta no cultivan la música campesina, la disfrutan y agradecen”.
   Intérprete a mucha honra y defensora del son, la guaracha, la guajira y la tonada, Conchita Torres lleva 56 años enalteciendo lo guajiro del arte y poniéndole un punto de su naturalidad a lo cubano.

Breve declaración de amor

En la Ciénaga de Zapata buscando historias sobre Girón

Pongo la grabadora frente a él o ella. Tomo notas en la agenda para asegurarme, no confío totalmente en la tecnología. Hago las fotos. Me despido. Llego a casa. Releo. Vuelvo a escuchar. Planifico. Escribo. Reviso. Entrego. Vuelvo a revisar. Quedo inconforme. A veces acepto palabras de agradecimiento; otras, duras críticas. Aprendo de los errores. Me defiendo de cuestionamientos injustos. Después vuelvo a empezar. Todo es parte de la profesión que escogí para vivirla. ¡Quisiera tantas cosas!, pero no me rindo, lucho por ellas y las digo donde tenga que decirlas, no son excusas para dejar de hacer. Mi deber está con los otros. Respeto a los que se van y por eso exijo respeto para los que llenan las redacciones. Amo el Periodismo y ahora siento ganas de gritarlo. Soy periodista en Cuba, y lo digo con orgullo.

Ciudad de alas y versos infinitos

“La luz con que apareces me da cita.

No cambié tu paisaje por miserias.

Acógeme como a otra estalactita

que vive de agua tuya en las arterias”.

Carilda Oliver Labra

Aquí las noches se visten de silencio. Ciudad dormida, dicen, pero Matanzas no hace mutis sino una vida callada, nostálgica como su espíritu, casi la murmura al compás del San Juan.

Tras los muros con olor a tiempo, un poeta escribe y recuerda a Milanés, su genial locura, la pequeña estatua que en el parque de La Catedral consuela a los tristes. El fotógrafo sueña con apresar la esencia de un amanecer sobre la bahía.

Una mujer quiere ser la india dormida, tan perfecta, serena. Los niños creen ver al perro fantasma y se ufanan de la momia que no da miedo. Pocos resisten la tentación de entregarle cada día a la urbe, como ofrenda, un poco de creación: la mayoría le brinda su trabajo, casi todos el airado reclamo de que se le respete y ensalce.

Para amar con la devoción más sincera están el Principal, El Sauto, la sala White, la Estación de Sabanilla, los edificios de Sagebien, la Gener y del Monte,  la Botica Francesa, los puentes… y el Yumurí, las cuevas de Bellamar, la indócil Loma del Pan

Bastan para enorgullecerse el danzón, los coros, el libro-arte, la rumba, el títere… y toda la historia contada por las calles de una ciudad única por moderna, neoclásica, perfectamente trazada, por hermosa.

La Atenas de Cuba la llamaron una vez, y aún lo es, aunque nos resintamos de lo inconcluso, la desidia, el poco empeño; a fuerza de coraje el arte vive, se expande y lleva con dignidad a cualquier sitio del mundo nuestro nombre sangriento y altivo.

Falta conservarla para que esté a la altura de su estirpe. Sin embargo, no corramos el riesgo de desdeñarla, darle la espalda o abandonarla por sus grietas: sin el esfuerzo de sus hijos jamás podrá sacudirse el efecto demoledor del tiempo.

323 años y una ciudad ante la cual no germina la indiferencia. Las alas de aquel 1693 fundacional perduran, jamás faltará quien le escriba versos para salvarla del olvido o la impiedad. Matanzas permanece infinita, regia, de brazos abiertos.