El sacerdocio que la Isla precisa

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A veces las frases, de tanto estrujarlas día a día, se van quedando descoloridas, un poco huecas. Pero también a veces, si una se detiene a repasarlas, les encuentra el sentido primigenio.

Así me pasa con una que he escuchado mucho en los últimos diez años, desde que decidí entregarme a una profesión tan noble como difícil: «El Periodismo es un sacerdocio».

Me la han dicho profesores, colegas; la he leído y yo misma la he repetido, consciente tal vez de su hondura espiritual, pero no siempre de todos los sacrificios que, como sentencia, anuncia.

Porque el periodista, si se toma en serio ese mandato social, deberá atravesar su propio vía crucis, signado por las inconformidades propias, no escasas hostilidades externas y, con el paso del tiempo, por la asunción de todo lo que la entrega profesional le resta al ámbito personal y al proyecto de familia.

Si de paso hablamos del contexto salarial, alguien ajeno a la dinámica del gremio podría esperar redacciones apagadas; pero lo otro intrigante del oficio es que atrapa y enamora, y se sigue por un «amor al arte», que nada tiene de ingenuo y sí mucho de conciencia y de esa fe en el mejoramiento humano que, por suerte, rocía el devenir cubano.

La prensa de la Isla, apellidada y enraizada como revolucionaria, ha tenido el alto honor de acompañar por casi seis décadas uno de los proyectos de país más originales del mundo.

Pero ese destino –si bien nos hace afortunados, nos ofrece misiones, y nos da la oportunidad de ejercer una militancia genuina desde la sagrada función de informar– también plantea el desafío enorme de perfeccionarnos siempre, sin caer en mediocridades estilísticas, en el saco de la farándula o del amarillismo ramplón.

Como los extremos son siempre malos, el formalismo, la grisura, la falta de diálogo con la realidad circundante, también pueden asesinar el sistema de medios cubanos y, quizá lo más peligroso, hacer tambalear nuestra credibilidad y, junto con ella –no quepa duda de esos vasos comunicantes– la de la Revolución.

Ya un maestro de periodistas, Julio García Luis (1942-2012) estudió el tema desde una inteligencia clara y un muy profundo conocimiento de la realidad de los medios cubanos, en lo que fue su tesis doctoral y es ya un texto clásico, Revolución, Socialismo, Periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI.

Allí escribió: «… la verdad no admite ser administrada, manejada o acicalada; necesitamos la verdad, sea dulce o amarga. La verdad es el respeto al pueblo, a su conciencia, a su lealtad probada, a su capacidad para razonar. La verdad es siempre revolucionaria».

En esa misma cuerda de racionalidad enamorada, este Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba nos conmina, porque la verdad necesita de nosotros.

Y debemos rehuir el peligro de tomarlo solo como lema.

Salario, relación prensa-Partido, tecnología, reticencias de la fuente, atención a los jóvenes profesionales (entiéndase motivación)… han sido asuntos recurrentes en los congresos y de seguro estarán en este.

Sin embargo, el contexto del hoy cubano reclama mucho más de ese espacio que una catarsis descompresora, que un mero pase de revista o chequeo de tareas.

Quisiera que fuera una plaza para generar consensos entre los propios periodistas, y entre estos y la dirección del país; donde se establecieran puntos concretos para hacer que la Política de Comunicación recién aprobada tenga un cauce transformador.

Dignificación de las condiciones materiales de los medios y un salario y un sistema de evaluación que honren el esfuerzo de los profesionales del sector y estimulen la calidad y la entrega, por sobre las dañinas comodidades, son proyecciones en las que habrá que trabajar a pasos acelerados.

Mas sería pecar de ingenuos creer que solo con recursos resolveremos los problemas. Nuestras redacciones no pueden competir con las altas cifras que pagan los eufemísticamente llamados medios «alternativos» (privados), pero no debe permitirse que alguien se marche de ellas buscando sitio para la innovación formal y estilística, para la libertad creativa…en fin, la realización profesional.

Aunque el caballero Don dinero es poderoso, no ilumina, y ya habrá tiempo para que la historia juzgue a quienes se prestan a una guerra baja contra los medios oficiales en los que no se quedaron para ayudar a construir.

No obstante, seremos mejores plataformas para pensar e interpretar la contemporaneidad si a los puestos de dirección llega la o él periodista más preparado, atrevido, con ascendencia entre su colectivo. Si dentro de los medios desterramos la competencia fútil y premiamos el talento y el trabajo sobre las condiciones de «vacas sagradas» que convierten en intocables a unos por sobre otros.

Que quien dirija un medio se imponga de las facultades otorgadas y no le haga el juego a las instituciones que creen cerrar con un «no»  el abordaje de determinado asunto; que acortemos la brecha entre el discurso público de algunos periodistas y la eficacia de lo que realmente hacen; que no nos amparemos en justificaciones para no entregar un producto informativo, más que digno, estremecedor, son retos gremiales y de país.

Sobre todo ello debe primar la ética, porque qué sería de la prensa cubana sin su limpia tradición martiana.

Los medios han de ser ejemplo para el resto de la sociedad; capaces de defenderla, unirla, impulsarla; y pilares para que la cultura comunicacional se entronice y haga natural. La verdad nos precisa, así como Cuba.

 

Publicado originalmente en Granma

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Diez años después: un viaje a la semilla*

29542316_945557082275360_7279481199386253815_nMe lo dijeron y no lo creí. Tuve que sacar la cuenta con los dedos para convencerme.  Me quedé pensativa medio minuto y después fui a hacer otra cosa. Los periodistas siempre tenemos cosas que hacer, quizá por eso no percibimos el paso del tiempo y se nos va la vida apasionadamente entre el reportaje de ayer y la crónica de mañana.

Recordé el dato varias veces en los días siguientes y seguí sin entender cómo se me habían ido tan fugaces diez años intentando convertirme en periodista.

Después, otra mañana, encontré una revista vieja editada por la Upec: dentro, un trabajo sobre la apertura de la carrera de Periodismo en la Universidad de Matanzas. Lo firmaba la profe Arianna, lo acompañaba una foto de jóvenes flacos e inocentes en un parque de hormigas temerarias y microclima permanente.

Entonces, sí tuve que ceder a la memoria, que es empecinada, y acordarme. Las clases empezaron después de lo previsto, porque un huracán había amenazado, y quizá debimos sospechar que ese nacimiento «entre ciclones» sería un anuncio de lo que vendría.

Porque, hay que decirlo, romper el hielo tiene sus ventajas y desventajas, y nosotros no escapamos a ninguna de ellas. Así tuvimos fama de «protestones», de «creernos cosas», y no faltó quien nos conminara a esconder, de las visitas, el tibor, porque no había grupo en la universidad que armara más campañas en pro de la bibliografía, sea cual fuera el visitante.

Nuestras causas fueron numerosas, y creo que todas justas, y desde la primera clase hasta aquella gloriosa prueba de Taquigrafía (más temida que la discusión de la tesis) fuimos, a pesar de nuestras muchas diferencias, un grupo sui géneris, capaz de emocionarse con la mayéutica socrática y que adoptó todas las iniciaciones con un ansia total de saber.

Diez años después, con más canas, trabajo, hijos; en los medios, fuera de ellos; en Cuba, fuera de ella; me parece que todos tenemos historias hermosas para contar de cómo estudiar Periodismo nos hizo crecer, y amar, y volver a empezar siempre.

Lo más sublime es que aquel grupo de 18, que por el camino adoptó a una santiaguera, no fue el único y han venido otros, pequeños de número pero igual de enamorados y de originales.

Hace una década Matanzas necesitaba una carrera de Periodismo. Hoy la sigue necesitando y en el futuro también lo hará, para formar profesionales que muevan los letargos, sueñen los caminos, que conecten a la gente con su realidad de todos los días; para formar buenas personas, que es quizá lo más importante.

Habrá que agradecer siempre a los periodistas matanceros que, pese a todo, se han reinventado como profesores, solo porque aman tanto lo que hacen que no pueden dejar de creer que sus alumnos lo harán mejor.

Los medios matanceros no se han transformado todo lo que pudieran con las ganas y las inteligencias salidas de estas aulas, pero sería injusto decir que no se ha hecho sentir el empuje del conocimiento nuevo, de la entrega por la verdad siempre revolucionaria de que hablara Julio García Luis.

Diez años no son poca cosa, pero aún es pronto para dejarse ganar por las nostalgias, aunque a veces asalten deseos de probar otra vez los churros socatos de la cafetería, sentarse a conversar en el parque de las hormigas, y preocuparse solo por el seminario de mañana y por cómo se escribe desoxirribonucleico en Taquigrafía.

Aún es tiempo de mirar hacia los horizontes, los probables y los deseables y de fundar obras buenas; y dentro de 10 años, o 20, ya sabremos que fue de esos locos que un día decidieron consagrarse a un oficio exigente, de mucho trabajo, poco dinero y aventuras siempre nuevas.

 

*Estas palabras las escribí para el I Encuentro entre Estudiantes y Egresados de la carrera de Periodismo en la Universidad de Matanzas

 

 

 

 

La conflictiva relación entre periodismo y política en Cuba

Go to the profile of Sergio Alejandro Gómez Por Sergio Alejandro Gómez  (Periodista cubano dedicado al análisis de temas internacionales)

Acostumbro a escribir desde la seguridad de la tercera persona, pero sería hipócrita entrar en el debate del periodismo y la política en Cuba sin aclarar desde un inicio que habla una parte implicada.

Desde hace varios años me levanto todos los días con ganas de hacer periodismo, aunque no pocas veces me acueste pensando si no habría sido más saludable estudiar una ingeniería. Kapuscinski desterró a los cínicos de este oficio, pero no dijo nada de los masoquistas.

En un acto de homenaje al diario Revolución en 1961, Fidel hizo un llamado a asumir posiciones ante el inminente enfrentamiento contra el imperialismo.

“Hay que tener siempre presente que antes que el periódico están los intereses de la Revolución. Primero la Revolución y después el periódico”. Luego aclara que no está pidiendo un sacrificio en “la variedad, el estilo y las características de los periódicos”.

Leí estas palabras por primera vez en la biblioteca de Granma, como contraportada de un libro de los ochenta sobre la profesión. Más tarde busqué el lugar y el contexto en que habían sido dichas, a solo unos días de la invasión por Playa Girón.

Creo que defender el proyecto colectivo de soberanía y justicia iniciado en 1959, y al mismo tiempo abordar con honestidad y de la forma más abarcadora posible los problemas de la sociedad, siguen siendo los principales objetivos de una prensa revolucionaria.

El conflicto surge cuando entran en aparente contradicción. La forma en que se ha zanjado el debate durante las últimas décadas, es quizás la causa principal de los tantos problemas con que carga la prensa cubana, criticada por igual en las calles que en el Consejo de Estado.

La visión que podríamos llamar “dogmática” asume la relación entre el espacio de lo político y el periodismo como de subordinación directa, sin margen para la dialéctica ni la negociación inteligente. Así, los intereses políticos (o peor aún, los intereses de los políticos) siempre estarían por encima del ejercicio consecuente del oficio, e incluso de la lógica. De ahí surgen los silencios, las verdades a medias y las preguntas que todo el mundo se hace, pero nunca se ven reflejadas en los medios.

Creo que, con contadas excepciones, esta es la posición dominante en el escenario actual, no solo de la prensa, sino de la comunicación en Cuba.

Algunos justifican que precisamente gracias a muchos de esos silencios y omisiones la Revolución ha llegado hasta aquí, en medio de una historia de adversidad difícil de resumir. Sin embargo, cada día estoy más convencido de lo contrario: la Revolución ha llegado hasta este punto “a pesar” de esos errores, porque tiene otras fortalezas, la primera de ellas el genio de Fidel Castro.

Pero las distorsiones acumuladas generan monstruos en uno y otro lado que pueden terminar por repetir el mito de Saturno, que devoraba a sus propios hijos.

Hay cada vez más periodistas que no saben preguntar y políticos incapaces de responder, las habilidades básicas de cada uno. Las situaciones llegan al punto de la comedia, como el ya mítico cuento del presidente que se bajó del avión y se acercó a un grupo de periodistas cubanos dispuesto a dar una entrevista, pero ninguno tenía una pregunta que hacerle.

Del otro lado, tratando de abolir los vicios de la politiquería, está tomando fuerza la figura de un tecnócrata de las sombras que es incapaz de rendir cuenta de su trabajo y, en verdad, no le importa hacerlo. Solo se preocupa de sus superiores y es incapaz de comunicarse con una persona normal. Cuando lo intenta utiliza la misma jerga que en una reunión de especialistas.

La reciente reducción de los precios de algunos productos terminó en confusión ante la incapacidad de los ministerios implicados para explicar la forma en que las personas se iban a beneficiar.

Si la atrofia es tal que cuesta trabajo dar buenas noticias, quizás se entienda mejor por qué ningún dirigente cubano ha salido a dar la cara por el precio astronómico de la venta liberada de carros.

Y lo peor es cuando se confunden los papeles. Se les pide a los medios que hagan el trabajo que no hacen los políticos mientras los políticos se dedican a hacer el trabajo de los periodistas.

La separación entre la agenda política, lo que dicen los medios, y lo que vive y piensa el ciudadano común, está pasando una cara factura a la prensa cubana, y por consiguiente a la Revolución.

Aunque es un tema recurrente en privado, resulta una y otra vez minimizado en el debate público. Contradictoriamente, somos la plataforma para la discusión de muchos problemas de la sociedad — no siempre con éxito y tino — , pero resulta casi imposible encontrar una reflexión sobre el ejercicio propio.

Las actas de los Congresos de la UPEC recogen nuestro profundo descontento con la forma en que se hace el trabajo, pero cuando el cónclave cierra las puertas, regresamos a las redacciones a hacer el noticiero o el periódico del día siguiente de la misma forma que ayer.

No creo sinceramente que el miedo a las consecuencias del debate sea la explicación, sino la fidelidad de un gremio que siempre ha estado convencido de que la solución llegará “desde arriba”, cuando alguien por fin escuche nuestros sólidos e incuestionables argumentos.

¿Cómo va ir en contra de la Revolución desenmascarar a un político corrupto? ¿Cómo va a ser contraproducente saber cuál fue la sentencia del que ya ha sido juzgado? ¿Por qué no tenemos derecho a conocer nuestra deuda externa y cuánto estamos pagando cada año por los préstamos anteriores? ¿Cómo puede un ciudadano valorar la gestión de un ministro si su presupuesto anual no está disponible de forma clara? ¿Quién puso la regulación que prohíbe tirar fotos dentro de una tienda, que en última instancia podría ayudar a quienes cometen delitos? La lista es dolorosamente larga.

La situación, lejos de mejorar, empeora cada día. Al igual que en “Palabras a los intelectuales”, tras lo dicho por Fidel queda algo flotando en el aire: quién o cómo se deciden los márgenes de lo revolucionario; qué queda dentro y qué queda fuera.

La respuesta no puede ser otra que una fórmula participativa, democrática, pues la Revolución somos todos, incluidos los periodistas.

Es necesario empoderar la visión “antidogmática”, que parte de asumir que entre lo político y el periodismo hay una relación indisoluble pero sujeta en cada caso a negociación y búsqueda de consensos; que entiende la información como un derecho ciudadano y no como un mero instrumento en función de determinados objetivos, por más altruistas que estos sean. La que surge tras interiorizar la revolución ocurrida en los últimos años en las formas de consumo de los públicos.

El televisor se puede apagar y el periódico terminar en la basura. Hace mucho tiempo está superada la idea de que tener los medios garantiza las audiencias. Además, las personas siempre tienen la opción de no creer. Y no hay nada más peligroso para un sistema que perder su credibilidad.

Tampoco se puede ser ingenuo. El mero acto del periodismo es una actividad política. Nadie habla por hablar. Pero intentar hacer política — por y para la política misma — en los medios de comunicación, termina matando la esencia de nuestra profesión.

El periodismo tiene primero que ser, para luego encauzar su intencionalidad, con mucha sagacidad e inteligencia, siempre bajo la lupa de los principios.

Y esta reflexión es más imperiosa ante la evidente emergencia de medios de comunicación privados que utilizan el periodismo — en la mayoría de los casos con calidad— a favor de sus intereses políticos.

No pretendo ser ambiguo al respecto. Creo en el derecho que cada cubano tiene de proponer un proyecto de país distinto al actual, siempre que actúen de manera ética y no al servicio de potencias extranjeras.

Lo que me preocupa es el derecho a defender el mío.

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Periodistas y/o superhéroes

Cuando me pidieron que escribiera las palabras de apertura del Encuentro de Jóvenes Profesionales de la Prensa en Matanzas y dije que sí, pensé que me había metido en un gran lío. Traté de hacerlo lo más sincero y poco formal posible, esto fue lo que salió…

El día que los primeros graduados de Periodismo en la Universidad de Matanzas recibimos nuestros títulos, la Upec nacional nos regaló un libro: Revolución, Socialismo, Periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI, de Julio García Luis.

Para ese entonces tenía yo una experiencia profesional exigua: varios periodos de práctica, y un año y medio de labor como reportera televisiva. Pero muchas de las preocupaciones reflejadas en ese volumen que devoré, subrayé y llené de papelitos me habían rondado por intermedio de colegas, profesores, y de los otros estudiantes. Si algo se nos da bien a los periodistas, incluso a los neófitos, es debatir.

Aquella fue, y lo sigue siendo, una lectura esperanzadora –daba cierto alivio que ya estuvieran plasmados, desde una visión científica, nuestros problemas; ese era el primer paso para resolverlos- pero también dolorosa: en primera instancia por lo crudo del retrato de la prensa que somos, y luego porque los errores persisten.

El párrafo que más me golpeó fue aquel en que el profe Julio resumió una “enseñanza abrumadora. Aun sin faltar a la verdad, la prensa podía crear un país formal, en el que todo marchaba bien, todo era positivo y unánime; mientras el país verdadero se debatía en una seria crisis socioeconómica y moral”.

La reflexión me dejó, como periodista recién graduada, en corto circuito y con complejo de culpa. ¿Estaría yo contribuyendo con esa formalidad, lo haría en el futuro? No decir mentiras era insuficiente; la verdad era más que la ausencia de mentiras, era ser profundos, críticos, analíticos, aunque se nos vinieran encima muchos problemas y detractores.

Por suerte, aquel texto me dejó otra frase como coraza y la anoté en la primera página de mi agenda: “la verdad no admite ser administrada, manejada o acicalada; necesitamos la verdad, sea dulce o amarga. La verdad es el respeto al pueblo, a su conciencia, a su lealtad probada, a su capacidad para razonar. La verdad es siempre revolucionaria”.Yo le hice caso a Julio García Luis, y los problemas vinieron, también los detractores.

En mi corta carrera profesional he tratado de hacer honor a eso, no siempre me ha salido bien, pero peor sería no intentarlo; esa filosofía la sigue la mayoría de mis colegas jóvenes – y algunos no tan jóvenes, pero hacedores de un periodismo al que no se le notan las arrugas ni las zonas grises.

Me siento parte de una generación de periodistas matanceros, eso me enorgullece y a la vez me preocupa, sería imperdonable que nos disgregáramos como le pasó a aquellas generaciones abismadas por el Periodo Especial, Varadero, la desprofesionalización y otros demonios.

Sería nefasto también que siguiéramos presos en las catarsis interminables, en los temas vitalicios, en el deber ser, sin jamás llegar al ser. Que no sepamos transmitir a los estudiantes la pasión tenaz y loca hacia el Periodismo; que el miedo a que nos emplacen nos haga coquetear con la autocensura; que la mediocridad deje de parecernos el peor de los males; que de tan realistas nos acomodemos entre planes de trabajo flojos, informaciones complacientes, coberturas de actos, recorridos y reuniones, y dejemos de soñar con lo imposible.

Es difícil, pero si a alguien en plena conciencia y uso de sus facultades se le ocurrió la “disparatada” idea de estudiar Periodismo, es porque las cosas fáciles le aburren un poco y lleva dentro el anhelo de todos los superhéroes: cambiar el mundo.

Entonces nos toca impulsar el cambio desde nuestra pequeña parcela: lo que escribimos. No soy ingenua, sé del salario bajo, de los viajes de madrugada en camiones que nunca cobran menos de diez pesos, de los teléfonos que no llegan, de las conexiones que la cigüeña no acaba de traer. Mas, en lo que todo eso aterriza y mientras lo exigimos, la meta tiene que ser una: no hacer “croquetas” informativas, hacer periodismo, y no cualquiera, sino uno revolucionario.

La prensa partidista y socialista, la comprometida con la Patria, debe ser la más profunda, la que nos erice la piel, la primera que denuncie, la que se atreva. Si nos enteramos de la última y nos quedamos esperando orientaciones, estamos suspensos; si no asumimos el riesgo del error como consustancial al deber de informar y quedamos paralizados por el temor, estamos suspensos; si Matanzas habla de una cosa y nosotros de otra, estamos suspensos. Si sabemos todo esto, se hace lo contrario y nos callamos, estamos suspensos.

Los jóvenes profesionales no podemos darnos el lujo de estar apartados, deprimidos, enmudecidos. Son nuestros los espacios para participar, ser líderes, cumplir y exigir que se cumpla la ética periodística. Este Encuentro pretende unirnos, no como una pandilla que mire con sospecha a todo el que supere los 35 años, sino como un grupo creador, generador de ideas, rebelde, que se inserte activamente en ese gremio tan hermoso, irreverente y complicado, como es el de la prensa.

No esperamos que sea este un evento más, donde se debata hasta el cansancio, se vire el mundo al revés, se almuerce, se tome helado, se baile, para después volver a enfrentar a la rutina con su cara ojerosa. No. Pretendemos generar acciones, dinamitar el status quo, idear la forma de vernos mucho más y hacer mucho más. Al menos lo vamos a intentar.

Encuentro Nacional de Jóvenes Periodistas: el resultado

DSCF0777La mayor satisfacción que me deja este Encuentro de Jóvenes Periodistas, es que algunas de las propuestas que hace tiempo me vienen rondando, así como a otros de mis colegas, quedaron plasmadas en este documento final, aquí les comparto la relatoría…

DSCF0794Durante los días 4 y 5 de diciembre del 2015, convocados por la UPEC, los participantes en el Encuentro de Jóvenes Periodistas vivimos dos jornadas de interesantes debates, en los cuales ilustramos nuestra realidad, problematizamos e hicimos propuestas en torno a tres ejes fundamentales: la participación en los medios y la UPEC, el liderazgo y la ética periodística, los que atraviesan el ejercicio de nuestra profesión.

Los temas analizados responden a la voluntad gremial de impulsar desde adentro un cambio estructural y cultural en los modos de gestión de la prensa en Cuba hoy.

El subgrupode PARTICIPACIÓN coincidió en que transformar para bien la labor de los medios de comunicación y la gestión de la UPEC requiere del aporte y compromiso creciente de las jóvenes generaciones de profesionales. Sus integrantes consideraron que no en todas las redacciones los jóvenes son agentes de cambio, lo cual resulta imprescindible para promover las transformaciones deseadas.

DSCF0779Entender la participación de los jóvenes como un eje sustancial para avanzar hacia el cambio en la prensa, así como la importancia de contar con lectores, oyentes y televidentes para construir nuestras agendas garantizan parte de esa trasformación y del reto que pone ante nosotros esa palabra.

En el análisis se reconoció que en ocasiones ciertas prácticas en la organización de las rutinas productivas de nuestros medios, entre ellas la sectorialización, obstaculizanlas propuestas creativas y renovadoras para enriquecer las agendas mediáticas; pero también ratificó que el buen trabajo diario es la mejor manera de que ganemos confianza y de elevar la influencia en la toma de decisiones dentro de los medios.

Asimismo,llamaron la atención sobre el hecho de que las nuevas tecnologías son un escenario ideal para participar más allá de las redacciones, así como para dar voz a los usuarios desde una comunicación más dialógica, pero que también se impone el día a día de nuestro quehacer como espacio desde donde proponer y crear.

En cuanto a la UPEC,los jóvenes llamamos a revisar los requisitos y el modo de ingreso a la organización.

Si algo quedó en evidenciaen los debates del subgrupo sobre LIDERAZGO JUVENIL es que en nuestros medios hay jóvenes profesionales con aptitudes para la dirección.

Coincidimos en que el liderazgo no es una cuestión directamente relacionada con la edad, sino que se gana con la práctica cotidiana.

DSCF0780No todos los jefes son líderes ni todos los líderes son jefes, fue otra de nuestras reflexiones. Aunque lo segundo no constituye un problema, pues desde cualquier posición se pueden adelantar cambios positivos, resulta casi siempre negativo que los directivos no sean percibidos como líderes. Por tal motivo, señalamos la necesidad de fortalecer el papel de los colectivos y de la UPEC.

Es importante para el éxito de un medio y de un joven que pretenda liderar o dirigir su equipo, aprender a trabajar en colectivo y entender las características y potencialidades de cada uno de modo tal que se puedan aprovechar sus virtudes

Se cuestionó el liderazgo entre los periodistas jóvenes cubanos y de cara a los públicos. Resaltamos la necesidad de que la vanguardia esté dentro de nuestros propios medios y no en proyectos privados que no están en consonancia con el proyecto de país que hemos emprendido.

El subgrupo sobre ÉTICA abordó con profundidad este tema que atañe a todos los profesionales del sector y que con la aparición de las nuevas tecnologías plantea nuevos desafíos, como la actualización de las normas establecidas en el Código de Ética.

DSCF0783La principal idea que prevaleció en los intercambios fue que, más allá de la existencia de normativas que regulen la ética de los periodistas cubanos, para lograr la coherencia ética es imprescindible que prime la moral individual. También hubo consenso en que las normas éticas no son una mordaza, sino un escudo de defensa gremial.

La contribución fundamental de este subgrupo fue proponer unas 32 modificaciones al actual Código de Ética, que estén en consonancia con el nuevo escenario del sistema de comunicación pública cubano.

Los jóvenes reunidos en este subgrupo abogamos por que se fortalezca más la enseñanza del Código de Ética en la universidad y que en los medios sea objeto de debate,estudio y asimilación por parte de los nuevos profesionales que lleguen a la organización periodística.

Insistimos en la necesidad de contar con una norma jurídica que ampare la producción comunicativa del país, porque hay comportamientos que escapan a los límites regulatorios gremiales.

PROPUESTAS
– Mantener vivo en Facebook el sitio Encuentro de Jóvenes Periodistas como espacio permanente de socialización e intercambio y convertirlo en una red colaborativa.
– Incorporar de forma directa a la UPEC a los egresados de la carrera de Periodismo, con autonomía para retirarse si así lo desean. Reconocer con esto a jóvenes de notable vinculación a los medios en sus actos de graduación.
– Incrementar las acciones de socialización de las mejores experiencias entre nuestros medios de comunicación y la academia. Fortalecer al máximo esa alianza estratégica.
– Revisar los estatutos de la UPEC y articular estrategias en función de incrementar la
participación juvenil dentro de la organización.
– Actualizar las estrategias de capacitación del gremio y potenciar la interdisciplinaridad en función de las necesidades del ejercicio del periodismo hoy.
– Evaluar la extensión de experiencias positivas en la gestión de los medios de comunicación.
– Revisar y actualizar el Código de Ética de la UPEC, a la par de fortalecer más su enseñanza en la universidad, y su debate en los medios.
– Potenciar la capacitación de los directivos jóvenes desde la UPEC mediante cursos de liderazgo y espacios de intercambio de experiencias entre medios de comunicación, para resolver dificultades compartiendo buenas prácticas.
– Fortalecer el rol de la UPEC como representante de los periodistas, con liderazgo para defender sus derechos, así como impulsar mucho más el cambio en la prensa al que ha llamado la máxima dirección del país.
– Reiterar la necesidad de cambiar el sistema salarial de la prensa (hacia uno que premie el talento y el esfuerzo) y mejorar sus condiciones materiales, por la incidencia que tiene en la calidad del trabajo que se hace y por su impacto- más allá de nuestros deseos- en la participación, el liderazgo y la ética.

Convencidos de que el cambio está en nuestras manos, y que todos somos responsables, el resultado más importante que pueda tener este encuentro es que- sin esperar- llevemos, a la vuelta de estos debates, la transformación a nuestros espacios.

Este es un resumen del sentir de los jóvenes periodistas cubanos, impulsados por la idea de mirar a Cuba desde una óptica rejuvenecida, pero sobre todo comprometida, con un país que urge de una prensa sagaz, revolucionaria, oportuna…y profundamente nuestra.