Cosas de papá (desde el principio) primerizo


Que conste que hablo de un papá desde el principio, es decir, uno que se implica desde el día 1 del embarazo; que es compañero y amoroso, atento a las necesidades de la mamá y el bebé, protagonista de cada episodio, que comparte las responsabilidades, y no dice ni deja que digan que ayuda.
Pero para este tipo de padre -que ojalá sean cada vez más- las cosas no siempre son fáciles, porque nuestra sociedad patriarcal, que además ensalza el modelo de madre mártir, lo invisibiliza e intenta escamotearle la posibilidad de experimentar una paternidad plena.
Así descubre algunas cosas como que:
Pondrán su nombre en el tarjetón (carné de salud de la embarazada) -no se sabe con qué fin- pero rara vez los médicos le preguntarán o dirán algo directamente, aunque esté en cada consulta.
No habrá familiar, amistad o persona conocida que no lo disuada de prepararse para el parto junto con la madre: es seguro que se va a desmayar, porque los hombres no sirven para eso. Y una se pregunta si serán milagros de la naturaleza los obstetras varones.
Todos dudarán de su capacidad de cuidar a la madre adolorida y al bebé recién nacido en el hospital, como si le faltase algún atributo esencial para cambiar culeros y arrullar a ese pedacito de sí.
Lo perseguirán las expresiones de asombro allí donde lo vean sentarse con su bebé en los brazos en la consulta del pediatra y mamá al lado, de pie; o desvestir con pericia a su hij@ para un examen.
Minimizarán su angustia por tener que irse a trabajar y perderse vivencias hermosas, o no entenderán sus ojeras en la mañana, cuando es ella la que tiene que dar el pecho.

Pero estos papás primerizos no se pliegan a esa supuesta inutilidad masculina para cuidar (que también es amar) a sus bebés, y cambian culeros, y duermen, y bañan, y peinan, y visten, y disfrutan de su paternidad a la par de mamá. Vaya, que no dan la teta, porque no pueden, y eso seguro que les da un poquito de envidia.
El papá desde el principio comparte el agotamiento y la felicidad, por eso es también mejor esposo y, definitivamente, un ser humano más completo.

Aprendizajes de mamá primeriza III

1. En algún momento rogarás porque tu hermoso bebé duerma al fin, antes de que tú desfallezcas de agotamiento. Y cuando logres acostarlo en su cuna, en vez de correr a la cama, te quedarás comprobando su respiración, deseando peinarle una patilla, y darle un beso sonoro en su cachete perfecto.
2.Aprenderás a dormir con un ojo abierto. No temas, por muy dormilona que hayas sido, a tu nuevo amor no le hará falta ni llorar, bastará con que se mueva, para que te aprestes a chequear “la situación operativa”.
3. En algo te equivocarás: medias muy apretadas, culero mal puesto, querer darle el pecho cuando llora de sueño… es inevitable, pero sabrás que tu hij@ te perdona, que no repara en esas nimiedades, porque solo con tu voz se calma, porque solo sobre tu corazón su rostro refleja toda la paz.

Aprendizajes de mamá primeriza II

1. Los primeros hipo y buche de tu bebé pueden provocarte un infarto si alguien no te advierte antes que es normal.
2. Andarás con los senos al aire con la misma naturalidad que una estatua griega (no tan perfectos como los de ella, claro) y sin pudor alguno (ese ya lo perdiste el día del parto).
3. Saturarás todos tus dispositivos electrónicos con las fotos de esa cara perfecta, la más bella del mundo para ti.
#LaPequeñaAmalia

Todavía estremecen los pasos en la hierba

Han pasado 50 años, pero duele aún la muerte terrible de Julio; su final absurdo, como los hay tantos en las guerras, que deja el sabor de lo grotesco.

Han pasado 50 años desde que Eduardo Heras León escribiera ese cuento, Los pasos en la hierba, penúltimo texto de su libro homónimo, y el sentimiento todavía se hace un nudo ante el dolor del hombre que ha visto morir a Julio, por error, bajo el fuego de los suyos; y al paso de los años vuelve al lugar donde no solo perdió al compañero, y una pierna, sino también la inocencia:

«¿Ves, Julio? Te has convertido en mártir demasiado joven. Y aunque sepa que ha sido inevitable, aunque sepa que los mártires son también necesarios porque los sueños se construyen con símbolos (…) hubiera querido que fuese de otra forma, que estuvieras aquí ahora (…). Tal vez por eso he vuelto y camine nuevamente por la hierba calcinada pensando que todo vuelve a comenzar…».

Seis cuentos, uno de ellos presentado como trilogía, componen este intenso y desacralizador volumen, mención única del Concurso Casa de las Américas en 1970, y que, luego de su publicación, vivió un azaroso destino, provocado por torcidas interpretaciones de su contenido cuestionador del ser humano y, por tanto, genuinamente revolucionario.

Casa de las Américas ha preparado una edición especial de Los pasos…, disponible ahora en la Feria del Libro, como homenaje a un hombre que no es solo un narrador excepcional, sino, además, un cubano consecuente con sus ideales y con la causa de la Revolución, a la que unió desde muy pronto su destino.
En el prólogo de esta entrega, Roberto Fernández Retamar afirma: «Heras presenta los hechos vívidamente, sin edulcorarlos, y, además, con la autoridad de quien ha participado en las acciones que evoca en sus complejos cuentos».

Mucho tienen que decirnos hoy esos textos de Heras León, cultivador de la narrativa de la violencia y maestro en desnudar la naturaleza humana para hacerla literatura verosímil y alimentadora de almas.
Abel Prieto, a cargo de la presentación de Los pasos…, como parte de las actividades de la Feria, confirmó que «es un libro que no ha envejecido, que mantiene su vigor… donde hay núcleos de contradicción entre la individualidad y la entidad colectiva, los débiles y los fuertes, el inadaptado y el jefe, entre el concepto esquemático de la Revolución y su invocación dentro de los personajes…».

Allí está, según él, la idea de la épica sin ninguna retórica, pues en todo ser hay un costado vulnerable; y el miedo y el valor, la fe y la incertidumbre, el amor y la aversión pueden convivir en una misma persona.