Y del pelo nos saldrán mariposas

Algunos libros llegan a nuestras manos por arte de magia. Desandando una de las carpas veraniegas que promueven la lectura como forma de convertir el ocio en alimento para el alma, una portada fuera de lo común me atrajo.
Oscurecía, ya las vendedoras adelantaban el inventario para el día siguiente y guardaban en cajas los volúmenes, pero me las ingenié para tomar y hojear Un hondo bosque de sueños (Notas sobre literatura para niños).

En estas páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar a quienes tengan a su cargo una niña o niño. Foto: de la autora
En estas páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar a quienes tengan a su cargo una niña o niño. Foto: de la autora

Hubiera bastado el nombre del autor, Eliseo Diego, para que me lo llevara, pero lo que al vuelo pude leer era tan seductor, y de tanto ingenio las ilustraciones de Rapi Diego, que pagué enseguida su precio.
Aunque ya tenía algunos años de editado (Ediciones Unión, 2008), se ofertaba entonces para suerte mía. Vender libros es también un arte –un poco maltratado en los tiempos que corren– pero aquellas dos señoras, conocedoras de su oficio, no protestaron porque llegaba a última hora: me dedicaron una sonrisa cálida y un «que lo disfrutes».
Solo los empedernidos lectores conocen la sensación bendita de adquirir un libro que se adivina cautivante y ansiar la hora de «devorarlo», página a página.
Así, me fui con el ejemplar en el bolso y cuando al fin pude leerlo, no quedó expectativa sin cubrir. Conferencias, notas, entrevistas, ensayos… componen Un hondo bosque de sueños. En ellas, Eliseo –uno de nuestros poetas rotundos– habla sobre lo que se escribe para los niños y cómo hacerlo bien, es decir, sin considerarlos adultos en formación que deben ser tempranamente preparados para la vida «de los grandes».
«Porque lo he vivido, sé cuánto importa la poesía al corazón de la infancia», dice Diego y nos invita a leer de nuevo El gato con botas y La bella y la bestia; y a no subestimar ninguna de las historias que de generación en generación cuentan los padres y las abuelas a la hora de dormir, porque «… en todo arte de pueblo el tiempo filtra, acendra, pule como hace el agua del arroyo con las piedrecillas del fondo, o los dedos de las viejas con las cuentas de sus rosarios».
Sería equivocado pensar que este es un libro solo dirigido a quienes están interesados en hacer arte para el público infantil, en sus páginas hay consejos sinceros que pueden ayudar también a quienes tengan a su cargo una niña o niño. El autor exhorta a no menospreciar sus inteligencias ni la forma rápida en que todo lo captan y desechan lo que no logra conmoverlos:
«No hay más que una preocupación legítima en cuanto al mensaje que algunos de buena fe suponen imprescindible en el arte que se dedica a los niños: que no sea nocivo, que no les haga daño psíquica o ideológicamente.
«Si tenemos esta seguridad no hace falta mensaje alguno, ni pedagógico ni moral. Basta la belleza –y en ella incluyo, por supuesto, la gracia–, porque la belleza hará mejor al niño. ¿Es concebible nuestra ideología en un hombre incapaz de conmoverse ante lo puro, lo noble, lo bello? ¿En un hombre incapaz de sonreír o de detenerse a contemplar el esplendor de la vida en un niño, una muchacha, un pájaro?».
La gente pequeña que nos desordena la vida con sus energías inagotables, necesita mucho ese «conocimiento oscuro pero inmediato de las cosas que algunos llamamos poesía». Nunca como en esos años lo evidente no es lo verdadero, y hace falta tan poco para ser feliz.
La persona nueva, la que ancle sus principios en una forma diferente de entender la sociedad, sin «lobos» que se devoren los unos a los otros, debe también tener una sensibilidad cierta para amar la humanidad, que pasa por apreciar la sobriedad de los versos sencillos de Martí, y también la limpieza de una esquina sin basuras o un ómnibus sin decenas de empolvados muñecos de peluche y calcomanías descoloridas.
El sentido de lo estético empieza a formarse cuando aún nos ponemos de puntillas para otear el horizonte por la ventana, cada estímulo será influyente, cada costumbre, definitiva.
Educar a un niño es un trabajo de tiempo completo, y si no se hace como misión de amor y no de obligación, sin esperar más a cambio que contribuir al crecimiento de un buen ser humano, se fallará seguramente.
«Los mejores libros para niños son también libros para adultos», advierte Eliseo Diego, y de paso, nos conmina a volver a leer los clásicos infantiles y asombrarnos con la complejidad que entonces aceptábamos de forma natural en Peter Pan y Wendy, o Platero y yo, y que ahora nos sobrecoge.
Tal vez si nunca perdiésemos esos poderes que tenemos en la infancia de sacudir el pelo y que nos salgan mariposas multicolores; de crear amigos y pueblos, imaginarios pero reales; de decir lo que no nos gusta sin pensarlo dos veces… el mundo tendría otro rostro, menos amenazante. Crecemos y se nos olvida, pero nos bastaría apenas un salto a aquel tiempo de libertad, para ser mejores y más buenos.

(Publicado originalmente en Granma)

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Nosotras, la Constitución y el camino

Escribo mucho sobre mi abuela materna porque a través de su vida aprendí que las mujeres podían morir de causa desconocida, sin médico, un día cualquiera, en un bohío plagado de hijos; que era posible ser niña y no tener más sueños que dormir sin hambre; que vejar puede ser muy fácil para quienes se saben más fuertes y más ricos.
Cuando mi madre me contaba  aquellas historias, yo intuía los orígenes del carácter austero de abuela Andrea,  viuda de miliciano; y su compromiso político, aun con la enfermedad signando su vejez.

Solo después de enero de 1959, pudo ella aprender a leer y escribir “a derechas”,  recibió un diploma de Corte y Costura y dejó de ser empleada doméstica,  mandó a su hija a la escuela gratuita, y fue al dentista. Era la dignidad toda, y había, poco a poco, que aprender que las mujeres no estaban confinadas a la casa, y que esposo no era amo sino compañero…

Millones de mujeres se pusieron al día con sus derechos tras la victoria que estremeció la Isla y el mundo. Desde las independentistas hasta las que entrado el siglo XX lucharon por diversas garantías civiles y políticas, y las que en la pelea clandestina y en la Sierra arriesgaron la vida por un nuevo orden de cosas, toda la tradición feminista se encauzó en un proyecto de país atravesado por la justicia social.

La batalla no fue solo por ofrecer estudios, oficios y empleos a miles de amas de casa, campesinas, prostitutas… sino por sentar las bases para que las mujeres del futuro crecieran en igualdad de condiciones que los hombres. Así tuvieron las mismas posibilidades de acceso al estudio en todos los niveles, igual salario a igual trabajo, y el derecho a optar por responsabilidades administrativas y políticas. El acceso al aborto legal, seguro y gratuito; a los servicios de planificación familiar; a licencia materna retribuida y atención personalizada durante todo el embarazo… son solo algunas garantías, que se amplían dentro de un contexto social y político favorable a la mujer, a su realización personal y profesional, y su calidad de vida.

También hay “peros”. La misma Federación de Mujeres Cubanas –en cuyo centro está el legado de Vilma Espín, una revolucionaria adelantada en  la visión de  género– que impulsó todas las conquistas antes mencionadas, sigue en la batalla constante contra la violencia de género, las inequidades en la distribución del trabajo doméstico, los estereotipos.

De mi abuela a su nieta hay un inobjetable sendero recorrido; sin embargo, debe seguirse la pelea contra los muros más fuertes (esos que se sostienen sobre el “así ha sido siempre”) para que el empoderamiento de la mujer sea total y en todos los escenarios, y más pujante que los prejuicios. En esa labor paciente y sostenida, de protagonizar “una revolución dentro de la Revolución”, contar con una Constitución que haga énfasis en los derechos y garantías de la mujer es una base poderosa para el futuro que deseamos.

En el proyecto de Constitución que ahora se somete al debate popular, el Artículo 45 dice que la mujer y el hombre gozan de iguales derechos y responsabilidades en lo económico, político, cultural, social y familiar; y que el Estado garantiza que se ofrezcan a ambos las mismas oportunidades y posibilidades, y propicia la plena participación de la mujer en el desarrollo del país y la protege ante cualquier tipo de violencia.

Asimismo, se reafirma que tienen el derecho y el deber ciudadano de ejercer el voto los cubanos, hombres y mujeres, mayores  de dieciséis años de edad (Artículo 200) y que tienen derecho a  ser elegidos los ciudadanos cubanos, hombres o mujeres, que se hallen en el pleno goce de sus derechos políticos y que cumplan con los demás requisitos previstos en la ley (Artículo 202).

Entre otros motivos lesivos a la dignidad humana, como origen étnico, color de la piel, creencia religiosa, discapacidad, u origen nacional, el cuerpo constitucional condena la discriminación por razones de sexo, género, orientación sexual e identidad de género y refrenda que todas las personas  son iguales ante la ley, están sujetas a iguales deberes, reciben la misma protección y trato de las autoridades y gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades; y que la violación de este principio está  proscrita y es sancionada por la ley (Artículo 40).

De esta forma, la nueva Constitución que está en manos del pueblo en su función de órgano constituyente, trasluce una equidad de género que igualmente se entreteje con el resto del articulado y tiene con muchos otros postulados puntos de contacto. Seguro, en los días de consulta se darán visiones enriquecidas sobre el tema, y ese es el llamado: usar la inteligencia popular  para lograr al final un texto que no solo nos describa sino que nos ofrezca pautas para avanzar, mediante una visión siempre revolucionaria de todos los asuntos en él contenidos.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Matrimonio entre dos, derecho de tod@s

#YoEstoyAFavorDelDiseñoCubano. Ese fue un día de otro mundo, y no por el traje u otras convenciones, sino porque nos acompañaron las personas que más queríamos; con ellas pudimos compartir la dicha de encontrarnos y la decisión de seguir juntos el camino; casarnos fue un pretexto para multiplicar la alegría de tenernos… por eso no se me ocurren motivos para negarle a una pareja esta oportunidad, sea cual fuere el sexo de sus integrantes. No hay amor inmoral, no hay amor peligroso. El matrimonio igualitario es cuestión de derechos, de socialismo, de respeto, de ser mejores personas, y una mejor sociedad…”.

Cuando aún el Proyecto de Constitución de la República de Cuba no estaba en las calles, pero sí se sabía de su contenido por las discusiones de los diputados en el Parlamento, publiqué en mi muro de Facebook el post que inicia este comentario, junto con una foto de mi boda, hace unos años.

Casi todos mis amigos cercanos, a los que me unen principios en común, reaccionaron de forma positiva ante un reclamo que también comparten; pero hubo otros que me dedicaron ciertos comentarios irónicos al estilo de: “Si tú no eres gay, para qué te metes”.

Podía imaginar que –aunque la transformación es en apariencia tan sencilla como poner donde decía “un hombre y una mujer”, “dos personas”– el debate popular en torno al artículo 68 sería arduo, sobre todo porque toca un punto muy álgido y difícil de enfrentar racionalmente: los prejuicios.

“El matrimonio es la unión voluntariamente concertada entre dos personas con aptitud legal para ello, a fin de hacer vida en común. Descansa en la igualdad absoluta de derechos y deberes de los cónyuges, los que están obligados al mantenimiento del hogar y a la formación integral de los hijos mediante el esfuerzo común, de modo que este resulte compatible con el desarrollo de sus actividades sociales. La ley regula la formalización, reconocimiento, disolución del matrimonio y los derechos y obligaciones que de dichos actos se derivan”, así reza el artículo que, de ser apoyado en la amplia consulta popular del 13 de agosto al 15 de noviembre, y quedar finalmente incluido en la nueva Constitución, dejaría abierta la puerta para que una futura legislación reconozca el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Esta visión del matrimonio, que se aparta de la heteronormatividad y el machismo, no es fortuita, no nace de un capricho de los miembros de la Comisión que elaboró el texto ni de los diputados que en sesión de la Asamblea Nacional lo respaldaron; es resultado de la labor sostenida y respetuosa de las personas cubanas LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, intersexuales) por el reconocimiento de sus derechos en una sociedad raigalmente patriarcal.

Se debe, asimismo, a una cultura de derechos y de justicia social que la Revolución Cubana ha impulsado y que ha conquistado para su ciudadanía lo que en muchas naciones son garantías impensables (aborto seguro, legal, y gratuito; igual salario a igual trabajo para mujeres y hombres; licencia de maternidad y de paternidad; servicios de planificación familiar; educación sexual escolar…).

También el artículo 68 es coherente con otros postulados del Proyecto, como que “todas las personas son iguales ante la ley, están sujetas a iguales deberes, reciben la misma protección y trato de las autoridades y gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades, sin ninguna discriminación por razones de sexo, género, orientación sexual, identidad de género, origen étnico, color de la piel, creencia religiosa, discapacidad, origen nacional o cualquier otra distinción lesiva a la dignidad humana” (Artículo 40).

DEL PREJUICIO AL CONSENSO

Aunque parezca increíble a esta altura, todavía hay cubanos y cubanas que creen que la homosexualidad es una enfermedad; que si los padres hubiesen estado más atentos en la infancia, se habría podido corregir; que es sinónimo de promiscuidad, desfachatez y pocos valores morales (la eligen por su poca vergüenza); o que se les puede “pegar” a los niños si se les enseña que es algo normal.

El rechazo es gradual y va desde una posición casi de “lástima” hacia las personas homosexuales; pasa por la de quienes dicen no tener problema con ellas, mientras lo mantengan discreto puertas adentro; hasta la homofobia más rabiosa, que acude a la descalificación y, a veces, a los actos violentos.

Buena parte de esas posiciones las manifestaron usuarios de Cubahora en el foro –aún abierto– ¿Listos para debatir sobre la nueva Constitución de la República?, donde también otros muchos lectores defendieron un enfoque de derechos.

Nadie está libre de estereotipos, referidos a múltiples facetas de la vida en sociedad; por eso, la posición en estos días de debate no puede ser de enfrentamiento, no se trata de decir sí o no, sino de expresar las opiniones, dudas, sugerencias… pues todas serán tenidas en cuenta a la hora de elaborar la versión que volverá a la Asamblea Nacional.

Esta es una oportunidad para que ofrezcamos argumentos contra los prejuicios, sin poses aleccionadoras ni beligerantes. Ya sea por motivos religiosos, culturales, de desconocimiento… quien se oponga debe recibir de nosotros el respeto que exigimos para cada habitante de la nación. La cultura del diálogo es premisa imprescindible para el consenso.

Otras ideas volvieron a mí al leer el foro: informarse es también, además de derecho, un deber ciudadano, y aprender cómo gestionar los contenidos ayudaría mucho a quienes se quejan de no saber aspectos que han sido ampliamente tratados en los medios de comunicación.

Asimismo, ratifiqué que repetir lo oído sin cerciorarse de su veracidad es una costumbre nefasta: que los hijos de parejas homosexuales lo sean luego también y que experimenten traumas, ha sido desmentido no solo por innumerables estudios científicos, sino también por las más importantes asociaciones de siquiatría y sicología del mundo.

El artículo 68 no se trata de restarnos derechos a las parejas heterosexuales, sino de dárselos a quienes los tenían negados: la alerta de Mariela Castro Espín, diputada y directora del Cenesex, es meridiana.

No se trata de que otros países del mundo hayan aprobado el matrimonio igualitario, sino de que nuestro original modelo de país debe ser – siempre más– justo, equitativo, incluyente, porque es socialista.

Juzgar a una persona por su orientación o identidad sexual es tan superficial que si todos nos diéramos un minuto para valorarlo conscientemente, muchas concepciones arcaicas harían aguas; los seres humanos somos más.

El matrimonio es cuestión de amor, del reconocimiento de la sociedad a dos personas que han decidido andar la vida juntas y que por ello tendrán derechos y deberes ante cada una de las circunstancias, incluida la muerte de uno de los cónyuges. Tiene además un valor simbólico, que no se les debe negar a quienes se quieran.

De todas formas, es este solo uno de los temas que el Proyecto de Constitución nos compulsa a debatir. Un solo artículo no puede polarizarnos ni concentrar toda nuestra atención. Estudiemos cada formulación y participemos activamente para lograr una Carta Magna que exprese la voluntad colectiva y nos impulse al futuro.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Cuba fidelista contra los imposibles

Corta parece la vida que al ser humano le ha sido dada. Somos apenas gotas de luz ante la infinitud de la Historia. La muerte, siempre tremenda, pone punto final a la materia y, como ley inexorable, para todos llega.

Derrotarla –muy a pesar de los esfuerzos de quienes por siglos han intentado hacerlo con artificios– solo se puede mediante dos caminos: dejar amor sembrado, desde la nobleza y la entrega; o gestar ideas que superen lo personal para enraizarse en el patrimonio común.

Pero a pocos hombres y mujeres los siguen ambas estelas a la vez, y acceden a una sublime forma de eternidad. Dejan entonces de ser ellos mismos para convertirse en pueblo, y mientras más se aleja en el tiempo la fecha de su partida, más se multiplican, como fuego bueno.

Basta para evocarlos con decir sus nombres y se hacen tan cercanos como solo puede serlo la utopía alcanzable que sostiene e impulsa en las horas de alegría y en las de sacrificio. Así Fidel se nos ha quedado en el pecho de la Isla y –como siempre– desde el futuro nos habla de lo que hace grande a un país: la unión de su gente contra los imposibles.

Quizá así podría resumirse el legado vital de quien fue elegido de los pobres y los olvidados, y martiano defensor de todas las dignidades: si una idea es justa, es posible; y para hacerla real no se precisa más que convocar a los revolucionarios a soñarla.

Hay que creer en la humanidad, a pesar de sus oscuridades, para hacer la Revolución; y entender además que en ella la lucha no termina con el triunfo, sino que en él empieza. Esa visión es la que hace a Fidel tan magnético; su estirpe de líder y su autoridad incuestionable tuvieron como base la fe mayúscula en la voluntad de la especie para trascenderse, y la capacidad analítica para ver más allá de lo evidente.

En el propósito de lograr una Carta Magna que nos impulse, que nos ponga de frente no solo a la sociedad que somos, sino a lo que queremos ser, no es casual la fecha a partir de la cual se nos convoca a constituir y a usar la voz, clara y alta: la política es asunto popular, y esa es también otra huella fidelista.

Porque es un nacedor, el 13 de agosto no marca el inicio de un ciclo cerrado 90 años después, sino de una espiral que avanzará mientras haya quien repita la que es ya sentencia moral: Comandante en Jefe, ¡ordene!.

Los sueños no mueren del todo

Tiene cuatro años y un sinfín de estrellas en los ojos. Cuando entra a la casa, las habitaciones se llenan de arcoíris. Cuando ríe, amanece; y cuando pregunta, las cosas vuelven a nacer.

A su paso, deja un amasijo de hojas coloreadas, de juguetes desperdigados, de migajas dulces, y de corazones seducidos por sus ojos pícaros.

Ella es un tornado bueno que estremece mi amor de tía con su don de niñez: todo lo quiere saber, nunca se aburre, jamás se agota.

Ahí está lo sublime de la infancia: en las ocurrencias que salen como conejo del sombrero del mago, en la imaginación honda, y en las quimeras que destilan más sabiduría que los manuales universitarios.

***
«–Bien –dijo– ¿qué es lo que ves?
«Carlos escudriñó el espejo.
«–Nada –respondió– Solo mis cara y mis gafas y una vela.
«Humm –gruñó el viejo– Hay que saber mirar, muchacho. Sin embargo, espero que algún día aprendas a hacerlo. No olvides esto que voy a decir: en el ­fondo de cada persona, en la región más interior de cada uno de nosotros, vive otro ser. Con nosotros comparte vida y cuerpo, pero la mayoría de las veces resulta diferente. Muchos lo tienen dormido y van como sonámbulos por la vida. Por eso es necesario reconocerlo y despertarlo. Solo así se puede saber quién es uno en realidad.
«–¿Y si no se despierta? –preguntó Carlos».

***
Las niñas y niños deben creer en las brujas, en el unicornio, en los sentimientos de las muñecas, en los espejos mágicos, así se preservan de la aridez adulta, así son felices… Lo sabe el viejo Jesús, y les dice a Carlos y a Natacha: «Es bueno creer esas cosas. Así los sueños no se mueren del todo».

Lo entiende Idiel García (Villa Clara, 1980), el creador de estos tres personajes que se nos hacen entrañables en la novela ¡No soy un héroe! (Ediciones Áncoras, 2016). Pero los pequeños no son tontos ni viven en burbujas, comprenden más de lo que sospechamos los «grandes». El reto está en explicarles el mundo, incluidas sus zonas grises, sin rasgarles el velo de la inocencia.

Contar para ellos no es asunto de tema, sino de sensibilidad; esa es la razón por la que este libro habla de la guerra sin esconderla y del recuerdo de una herida, que es todavía más doloroso que la propia herida.

El Ogro, el flaco Lennon, Camila, Almudena, Raúl, Laura, son algunos entre una multitud de personajes, todos con sus diversas fisuras y enfrentados a la decepción, la muerte, la emigración, la enfermedad, el engaño, la bebida.

Sin embargo, al final, hay alegrías. Carlos quiere consigo a su papá –más que el nintendo enviado desde tierras lejanas– para que lo ayude en sus asuntos,  «al que pudiera contarle sus problemas y pedirle consejo, que le
enseñara la verdad de las cosas que él no comprendía, y fuera su amigo», y su deseo tendrá buen camino.

Para Natacha, sin otra magia que la de las flores de piscualas, se hará el prodigio de un hogar feliz; y el Ogro dejará de ser «el malo de la película», porque a veces los niños crueles en realidad solo están muy tristes y asustados.

Así como las almendras se vuelven unos árboles grandísimos, los protagonistas de esta historia descubren por el camino que no es lo mismo dolor que amargura (el primero es inevitable, la segunda, opcional), que la amistad es una tabla salvadora y el enamoramiento un susto extraordinario.

Y, sobre todo, una lección esencial también para quienes queremos a esos seres, inmensos en su poca estatura, que nos alborotan la cotidianidad: aún tienen tiempo para crecer. Aprender de a poco con la dicha plena es lo que permite mantener vivos ciertos sueños y un día, ante el espejo mágico, reconocerse una persona buena y repleta de luz.

***
«Si no despierta sería una verdadera lástima, muchacho. Ese otro ser es quien de verdad siente lo que cada uno es. Quienes lo llevan dormido solo pueden sentir a medias. Y van siempre equivocando lo que son. Bueno, ya lo sabrás por ti mismo, no hay que apurarse».

Verano que huele a cundeamor

Vacaciones, tiempo libre, sol, playa, piscina… el verano, como todas las estaciones, tiene elementos que lo distinguen. Pero también hay construcciones más personales. Para mí, creo que eternamente, el verano tendrá el sabor de la limonada que preparaba mamá a la hora del programa televisivo Prisma… y olerá a la mata de cundeamor del patio.

Julio y agosto me retrotraen sin variación a las películas de artes marciales de la tarde y a las novelas como Aguas mansas que paralizaban al país; al bulto de libros que mi padre me traía de la biblioteca, a los aguaceros vespertinos y a las madrugadas que pasaba construyendo amagos de poemas.

El verano siempre lo imaginaré con los colores de la playita Bueyvaca de mi barrio natal, con la textura de los sorbetos en el quiosco de la esquina y con mis intentos anuales de aprender a tejer.

Así lo sigo sintiendo, aunque no tengo ya para mí los dos largos meses de asueto de los estudiantes en la etapa estival, sino quince días que a duras penas reparto entre asuntos hogareños pendientes, leer, dormir y pasar tiempo con quienes quiero.

No puedo negar que, al menos en Cuba, el verano lo cambia todo. La vida se ralentiza y, con excepción de lo inaplazable, la mayoría de los asuntos queda pendiente “hasta septiembre”: la especialista está de vacaciones (e inexplicablemente solo ella puede firmar); el médico no va a dar más turnos, solo verá urgencias…

El usuario se desespera, sufre, para luego resignarse: “A fin de cuentas, estamos en vacaciones”, y termina por adaptarse a no hacer gestiones en la tarde y mucho menos los viernes, so pena de no solucionar nada.

Porque el verano entre nosotros es también una actitud que nada deja de abarcar y mucho tiene de festiva; cada quien planifica a su manera el modo de atravesar esos meses de una forma agradable: viajar a la tierra natal, ver televisión, bañarse en la playa, ir a las fiestas populares, reencontrarse con la familia; disfrutar del cine, los museos, el helado de Coppelia…; arreglar los desperfectos del hogar, llevar a los niños a todos los paseos posibles…

En el foro de Cubahora ¡Llegó el verano! ¿Qué piensas hacer?, los usuarios hablaron de muchas de esas opciones y también de la factura eléctrica que se eleva considerablemente, de las alternativas de recreación que no siempre se corresponden con los bolsillos de los trabajadores; y, por supuesto, del ineludible calor, que tensa los nervios, y al que echamos la culpa de nuestra pereza veraniega.

La etapa es hermosa y también generadora de retos; deben vigilarse y regularse mucho más que el resto del año, la seguridad vial, el consumo de bebidas alcohólicas, la contaminación sonora. Que la recreación sea sana es el principio vital para que todos podamos pasarla bien y nadie sea víctima de la inconciencia ajena.

Cuando se acaba el verano, en ese instante marcado por las escuelas que abren otra vez sus puertas, la vida recobra su ritmo habitual, y hasta nos parece que, por arte de magia, ya el calor no es tanto de un día para otro. Cuando se acaba el verano, la gente suspira, y enseguida se pone a pensar qué hará cuando lleguen otra vez las vacaciones.

(Publicado originalmente en Cubahora)

«Y hoy aquí, Temita, mira la obra de tu padre»

Creen que la muerte es definitiva, por eso matan los asesinos. Y cuando a José Luis Tasende le oscurecieron la mirada limpia y horadaron su cuerpo de joven fuerte, pensaron borrarlo para siempre, y también sepultar las ideas que le ardían en el pecho y lo hacían inmune a la tortura.

Sangre, gritos, amasijos de carne y lágrimas… lo más cruel de la naturaleza humana se desató en el Moncada los días que siguieron al 26 de julio de 1953, en seres enfermos de venganza y odio, frente a lo más puro de Cuba estremecida, muchachos tan jóvenes que dieron de sí lo más preciado: su futuro.

El dolor sordo del honor endeudado, el que pone la nota de amargura en las alegrías, y exige el instante de silencio en los triunfos, el que impulsa y asaeta, acompañó a los sobrevivientes en el deber de ser héroes o mártires.

También por los muertos fue cada bala, cada acción, cada palabra; por ellos se arriesgó la vida y hubo nuevos caídos. Por los muertos se luchó y venció, y cada promesa se hizo hecho y horizonte. Por los muertos y por sus hijos.

Allá donde Tasende miró por última vez, con los ojos de quien sabe va a morir, teme, pero está dispuesto; los ojos serenos de sus 28 años apenas alumbrados por la paternidad, llegaron en enero de 1960 sus hermanos para fundar una escuela en el cuartel Moncada, y con sonrisas de niñez lavar la ignominia de los muros.

Y cuando uno de ellos, Raúl Castro, alzó en sus brazos a la hija de José Luis, la pequeña Temis, huérfana y con tantos padres, para decirle: «Y hoy aquí, Temita, mira la obra de tu padre», la muerte dejó de ser definitiva.

José Luis Tassende, poco antes de ser asesinado y declarado «muerto en acción»
José Luis Tassende, poco antes de ser asesinado y declarado «muerto en acción»

(Publicado originalmente en Granma)

Faro y farero

f0116129Un amigo trajo la revista y me advirtió: «trae unos cuentos de Fernando». Lo más pronto que pude, creo que esa misma noche, comencé a leerlos. Era fuerte la curiosidad por conocer la narrativa de quien tanto pensó a Cuba desde la desinhibición y la humildad, consustanciales a la grandeza cuando es verdadera.

El resultado de la lectura fue grato y para nada una sorpresa, Fernando Martínez Heredia (Yaguajay, 1939-La Habana, 2017) escribió literatura con el alma afuera. Sus cuentos tienen el sabor de la Isla y de su torbellino revolucionario, y descubren una sensibilidad artística aguda para describir la poética de la realidad, que no a todos les es dado advertir.

Esa misma pericia para escrutar lo velado está en su ciencia y en el modo en que la compartió. Lo volví a confirmar con el primer libro que compré este verano: Cuba en la encrucijada (Ruth Casa Editorial y Editora Política, 2017), donde confluyen artículos, intervenciones y ponencias, todos con la mirada en el país de estos tiempos, acechado por el capitalismo mundial que, cual boa constrictor, sueña con imponerse de a poquito, hasta tragarnos.

En sus textos se habla del peligro de ser ingenuos ante el poder imperial norteamericano que comprendió la inutilidad de la violencia en este caso, cambió de estrategia y desde entonces «está librando contra nosotros una guerra cultural, una contienda en la que es maestro, y para la cual cuenta con arsenales fabulosos y con medios que parecen inabarcables y ubicuos».

También señala cuánto puede debilitar a la Patria despolitizarse, perder el orgullo de ser cubano, ver inequidades como hechos naturales, ser corruptos, asumir horizontes de sobrevivencia o de intereses mezquinos.

Pero no quiere desalentarnos, no nos dice que es hora de apagar la luz y cerrar la puerta; él quiere sacudir para que no triunfen quienes desean cambiarnos espejitos por oro, y entendamos que la de hoy es también una hora definitiva.

Apunta entonces directamente al sentimiento nacional, que no es chovinismo, sino autorreconocimiento y también fidelidad a la historia que puede ser madre y maestra.

Martínez Heredia, como él mismo dice de los revolucionarios, aprendió a domar imposibles y a trabajar con ellos, y nos recuerda que las revoluciones cubanas han sido asaltos maravillosos contra la lógica, combates sublimes de multitudes y visiones iluminadoras de seres humanos descollantes, desde Martí hasta Fidel.

«La revolución triunfó al fin en 1959, acabó con la cordura y destrozó las leyes de la geopolítica. Ya nadie se conformó con “darse su lugar”, todos fuimos más malos que Aponte y derrotamos al imperialismo», entonces ¿cómo retroceder?, sería un atentado contra la dignidad.

El racismo, el individualismo, la concepción burguesa de que siempre ha habido ricos y pobres (y estos últimos se lo tienen merecido)… constituyen algunas manifestaciones de baja entraña que no pueden campear de nuevo por estos lares; y como a las malas hierbas, hay que vigilarlas para que no resurjan, por eso las revoluciones no son obras acabadas, sino permanentes invitaciones a la evolución: «Su objetivo es desatar energías suficientes, que sean capaces de cambiar y mejorar la sociedad, las relaciones sociales y a los seres humanos (…) Toda historia verdadera de revolución es subversiva, porque desafía el presente y ayuda a guiar y desatar el futuro».

Este libro aborda temas profundos, pero su prosa tiene la ligereza del buen estilo, y las páginas se van entre abundantes subrayados: uno para cada sentencia lanzada por el pensador como golpes de lucidez, relámpagos que sobresaltan e iluminan.

En una de las partes se lee de Lenin: «es uno de esos faros indispensables, pero que alumbra unas veces y otras no, por mérito o culpa de los fareros». Fernando fue un farero de virtudes sobradas, con sus análisis nos trajo completos a hombres imprescindibles –como, por ejemplo, el Che– y él mismo, con su obra, es ya faro para evitar naufragios. Nos queda poner en práctica su pensamiento y también, para serle consecuente, superarlo.

Abrazos de optimismo emancipador resultan estos textos, de los que una pequeña cita es hermoso resumen: «No propongo nada razonable para cambiar el mundo. Considerado de una manera razonable el mundo seguirá igual, y lo más probable es que se ponga peor. Será venciendo a lo imposible y doblegando a la lógica que conquistaremos más justicia y más libertad, y abriremos camino hacia un mundo nuevo».

(Publicado originalmente en Granma)

Ese granito de arena que somos

No había días más felices para mí, salvo, quizá, los de reuniones familiares. Apenas se desperezaba la mañana y allá íbamos el grupo de niños de la cuadra, impulsando la carretilla y recibiendo de cada vecino lo que podía dar: dos cabecitas de ajo, un plátano burro, medio boniato, ¡una papa!…

Luego, el día se nos iba detrás de los que se llegaban a la bodega para recoger el cake asignado al CDR, estorbando a quienes pelaban las viandas, vigilando la pericia del maestro caldosero…

Esa era la fiesta, la algarabía común que desembocaba en una actividad nocturna, con caldosa picante, pudines y panes con pasta. Ese era mi barrio los días de conmemoraciones patrias.

No hacían falta muchos recursos, de hecho, eran crudos tiempos de Periodo Especial, pero con los aportes comunes, los adultos construían días especiales, donde también se eliminaban las hierbas malas, pintaba los contenes y desaparecía la basura.

No en todas las calles de la Isla se ha mantenido ese entusiasmo transformador pasados los años. ¿Qué ha cambiado: las organizaciones, la gente, el ritmo de la vida? Sobra decir que el análisis resulta complejo y multifactorial, pero sentarse a ver si la apatía retrocede no puede ser la actitud, más cuando se sabe que movilizar es siempre posible si hay voluntad, creación y buenos resortes.

En el reciente foro de Cubahora: ¿Te involucras en las decisiones y proyectos de tu comunidad? , los usuarios hablaron no solo de movilizar el barrio y sus circunstancias, sino también de lo que se puede hacerse desde allí para impactar las dinámicas nacionales.

A fin de cuentas, un país es un mapa de comunidades que, juntas, forman algo superior. Para lograr esa sinergias que garanticen la unidad y las transformaciones, se trata de asumir —en ese inicio de todo que hemos dado en llamar “la base”— concepciones más horizontales.

No hay que andar siempre pendientes de las indicaciones “de arriba”, pues mucho depende de tomar la iniciativa y emprender caminos. Para ello, los gobiernos locales, en las personas de sus dirigentes, deben hacer a la comunidad partícipe, llegarse a ella para darse a conocer (y conocerla) y a la vez consultar qué quiere el pueblo, cuáles son sus ideas, con qué sueña… esos son senderos de la representatividad.

Sin información ni comunicación no puede haber participación real. Deben socializarse los presupuestos a todos los niveles, desagregarse y ejecutarse. En espacios como las rendiciones de cuentas, no solo rendir cuentas, sino también preguntar —por ejemplo— cómo quiere la gente recrearse.

Además, los pobladores deben ser parte integrante de las soluciones: si hay que reparar un bache, ¿por qué no pueden los vecinos trabajar junto a los obreros designados?

No se trata solo de enaltecer y empoderar al delegado y restar trabas burocráticas, la participación no funciona en un solo sentido, así como es derecho es también deber.

Desaprovechar múltiples espacios naturales para opinar, que existen como parte del sistema político cubano, es un lujo que no podemos darnos quienes de veras aspiramos a una sociedad siempre revolucionaria, socialista y próspera.

Cada ciudadano es un granito de arena que aporta al presente y al futuro de la nación, a sus cimientos y sus horizontes, por eso, involucrarse es hacerla perdurar.

 

(Publicado originalmente en Cubahora)

La estatua, el parque, y el poeta enamorado

f0113995Nunca se ha quedado solo. Antes de la wifi, estaban allí, a su lado, los apurados de siempre, esperando el ómnibus para ir o venir. Bendita combinación esa que casó en el corazón de una ciudad, la catedral, el parque y la parada.
A sus pies encontró consuelo el amante contrariado, la trovadora extrañada de sí misma, el borracho melancólico, y los niños despreocupados de todo, que pronto aprenden a reconocer en ese hombre menudo hecho estatua a Milanés, el poeta del alma que llora.
Después sí, llegó la wifi al Parque de la Catedral en Matanzas, y sobre el pedestal proliferaron los pies sucios y las latas de refresco, aunque prefiero pensar en el hermoso paralelo del enamorado que teclea fervoroso para el amor en tierra ajena, y los versos ardientes que escribió José Jacinto a su prima, inalcanzable desde la ventana al otro lado de la calle.
Ya se ha dicho hasta el cansancio que Matanzas es tierra de poetas, pero para entenderlo no basta enumerar a todos los que desde allí hacen del verso razón de vida; hay que oler su mar y palpar su tristeza de domingo, su espíritu de bahía abierta y de río tenaz.

Y José Jacinto Milanés (1814-1863), como dijera Cintio Vitier, representa «la matanceridad absoluta»; ello explica que un día de los años 90, cuando el policía fue a reprender a los revoltosos que lanzaban piedras contra unos extranjeros, recibiera la respuesta más insólita de los pequeños: no entendían lo que decían los turistas, pero sin dudas se burlaban de la efigie del bardo.
La anécdota la rescata Urbano Martínez Carmenate (Cárdenas, 1953) en el prólogo de Milanés. Las cuerdas de oro (Ediciones Matanzas, 2013), un libro donde se propone y logra con creces superar una visión que consideraba la existencia del poeta un «cielo sin nubes, un mar sin tempestades».
Esta biografía –como todas las buenas, un atisbo de ese gran mural que es la historia a través de la individualidad– demuestra que no son precisas grandes heroicidades para dejar huellas; y que se puede escribir una indagación histórica con el garbo de la novela.
Domingo del Monte y su influencia, a veces manipuladora, sobre los noveles literatos, la admiración que Milanés le profesó; la frustración del autor de El Conde Alarcos que debió trabajar en algo más que su arte para asegurar la subsistencia
familiar, la novia pobre finalmente rechazada… todo lo descubrimos y sufrimos a la par de la mente que se nubla, que se hunde en la locura a los 28 años.
Quizá era demasiado cruento el existir, entender a la humanidad y sus inconstancias, ver negada la posibilidad de amar a Isa de Ximeno, la prima adolescente con la que se disolvieron las últimas esperanzas de un cariño sanador, y se apagó (o calló adrede) el genio que de codos en el puente vio pasar la belleza y la versificó.
«Al paso del tiempo (…) se convierte en una especie de fantasma matancero, deja cartas en las noches fosfóricas, desaparece inapresable, debajo de un farol de medianoche. Es tan real como irreal. Es inasible porque vuelve siempre, se escapa porque su ausencia ilumina el camino recorrido», dijo sobre él Lezama.
Pero más que la leyenda, conmueve la realidad de Federico, el hermano que todo lo probó para arrancarle la locura, y de las hermanas, que también aplazaron sus horizontes para cuidarlo, y se dolieron de los mutismos, la agresividad, las excentricidades… Gracias a la familia y a su obra no fue nunca un pobre loco.
No podría serlo quien entendió, antes que otros muchos, la sinceridad de las formas y asuntos populares, y fue capaz de escribir cuando aún la independencia era un tímido anhelo la Epístola a Ignacio Rodríguez Galván, como respuesta a la invitación de marcharse de la Isla para salvarse de tiranías e incomprensiones:
« (…) Hijo de Cuba soy: a ella me liga/un destino potente, incontrastable:/con ella voy: forzoso es que la siga/por una senda horrible o agradable (…)».
Cuando lo enterraron, un 15 de noviembre húmedo, ya hacía mucho que su alma vagaba apartada del cuerpo, penante y a la vez magnánima para todos los aquejados de poesía; y aún hoy camina por las estrechas aceras de Matanzas, la ciudad de nombre cruel y brisa cálida.