Juventud Rebelde: ¿Se altera el producto? Por Iroel Sánchez

La pupila insomne

El diario Juventud Rebelde de este domingo 16 de abril me ha dado una agradable sorpresa. 

Primero, un reportaje que aborda críticamente y con fuentes diversas el llamado proceso de integración de las universidades cubanas y concluye diciendo que “muchos aspectos necesitan corregirse,  sobre todo los derivados del burocratismo, porque la universidad se integró no solo para crecer numéricamente, sino también para expandirse en soluciones y cultura organizacional”. 

La sección de correspondencia recoge, de la mano de José Alejandro Rodríguez, estafas y maltratos al consumidor en instalaciones que en la capital han recibido recientemente el esfuerzo por renovar los servicios gastronómicos y señala sobre algo que ya hemos sufrido reitradamente: “el «sabor» del rescate en la gastronomía no se logra con sonrisas de estreno ni imágenes de alborozo en la prensa.”

José Alejandro regresa en la página de Opinión alertando acerca de que “el mercado informal, con su resaca distorsionadora…

Ver la entrada original 429 palabras más

Con pocos años a la espalda

2b0f6a57ebdf4480480a6f3d3d330001
Maceta con geranios. Tina Modotti

«Así son las cosas. Se vuelven más memoriosas que uno, se vuelven uno», dice Haroldo Conti en uno de sus cuentos; donde la vuelta de un hombre a su pueblo se le vuelve pretexto para desnudar las nostalgias del tiempo que pasa y la cruel certeza de que cada objeto que poseemos nos sobrevivirá más allá del final.

Aunque el escritor y periodista argentino, de prosa limpia y musical, no llegó a la vejez porque la dictadura militar de su país se encargó de secuestrarlo y desaparecerlo cuando tenía 51 años, sus textos me dejan una certeza límpida: desde la madurez no se concibe la existencia con los mismos horizontes de la juventud, porque esta etapa en el camino empedrado de la vida es la de soñar, luchar y fundar.

Ser joven no implica de forma inexorable, por supuesto, tal irreverencia contra la realidad circundante ni la determinación de transformarla; también hay jóvenes conformistas o reaccionarios, pero de modo general quien  desanda la existencia con el peso de pocos años a la espalda, tiene la capacidad de la crítica sana, del argumento desprejuiciado y, sobre todo, de librarse de poses acomodaticios para rehacer lo que transcurre errado.

Pueden entonces asustarse los mayores por la rebeldía, los criterios ajenos a diplomacias innecesarias o la insistencia en romper esquemas caducos; no obstante, toda sociedad que pretenda salvarse del estancamiento debe cuidarse de desoír a sus jóvenes, de no implicarlos y condenarlos a la enajenación.

El desarrollo está muy ligado a las alianzas intergeneracionales que permitan a los jóvenes de hoy convertirse en los adultos que mañana deseen e intenten desentrañar la juventud de sus hijos.

Cuba, que como nación ha sido alzada sobre la sangre, los hombros y el pensamiento de revolucionarios noveles como Martí, Villena, Mella, Abel, Haidée, Vilma, Camilo, Fidel… no escapa hoy de esos desafíos, consustanciales a todo estado, pero vitales dentro de un proyecto social emancipador y que pretende apartar la rueda deshumanizadora del capitalismo.

No creo que las y los jóvenes cubanos – como quieren hacernos creer- anden desmovilizados, perdidos, o que renieguen de la Revolución y sus símbolos. Conozco a quienes le ponen ganas a su parte de la historia; no obstante, con la misma pasión de entregarse a su trabajo, se duelen de las rutinas grises, de las ineficiencias, de los discursos huecos. Se duelen y lo dicen, porque hay edades incapacitadas de quedarse en silencio mientras todo pasa, y ahí radica su virtud más valedera.

Preocuparse por la juventud no implica solo estudiarla científicamente, crear planes para su motivación o promoverla a cargos directivos; ella necesita ser escuchada desde la igualdad y estimulada a una participación respetuosa de sus códigos, saberes y formas de entender los procesos.

Bien lo sabía otro argentino estremecedor que tampoco llegó a viejo, pero nos llamó a los jóvenes a enfrentar lo mal hecho quienquiera que lo orientase. Era el Che de la Revolución triunfante y sabía que ese ciclón social necesitaría siempre del oxígeno juvenil para ser y crecer.

Los años en que las cosas no son receptáculos memoriosos, en que el ayer no es tan significativo ni el mañana una incertidumbre, los años en que lo poco vivido impulsa la asunción de riesgos no deben compulsar en los otros el temor al poco compromiso o la superficialidad, sino más bien la fe en el futuro que es también la fe en la obra.

Papeles viejos

papeles-reciclablesUna no se muda de casa de una vez y para siempre. Es un proceso largo, de adaptaciones, crueles a veces, hermosas a ratos; un ir y venir de costumbres y emociones, más tremendas si la que se deja detrás es la casa de la infancia, donde queda la habitación con las mil y una cosas que no tienen una utilidad definida en el nuevo espacio.

Entonces, en una de esas visitas tan saboreables al hogar que hasta hace muy poco fue el único, hay que decidirse a botar papeles viejos. Ahí están las libretas, las agendas, los repasos de las asignaturas universitarias, los recortes de periódico que guardaste «porque un día me van a hacer falta».

Pero pasaron los años y nunca volviste a abrir la libreta, ni a consultar los repasos o las agendas porque la vida sigue su curso, cada vez más buscas y almacenas información digital y en el hogar que poco a poco formas has aprendido a valorar más el espacio. Si hay que decidir entre los libros y los papeles viejos, los últimos pierden.

Una tarde entera se puede ir en el proceso de descarte. Cada página te lleva a un recuerdo, y dudas en echarlas en el nailon negro de la basura, pero no quieres ser como Fermina Daza que nunca terminaba por botar nada, y volvía a acomodarlo todo donde se disimulara el desorden.

Así se van, las dejas ir. Reordenas lo que se salvó del descalabro por razones prácticas o sentimentales, y tratas de no preguntarte si hiciste bien o mal. A fin de cuentas, hay que renunciar a la esclavitud de las cosas, no andar con el costado tan pegado a lo material.

Lo confieso, siempre he admirado a la gente que no se apega a nada, que lo sopesa todo por su valor utilitario y sabe que las cosas están hechas para usarlas (las usan y las desechan) y no para colocarlas en el panteón de los recuerdos.

Yo no llego a tal desprendimiento, detrás de todo veo el testimonio de una etapa, de una persona, de un sentimiento, y liberarme de papeles viejos se me vuelve una tortura con rezagos de culpabilidad que me persiguen pasados los días. Por eso lo escribo, a ver si se me pasa.

Y no es que padezca del síndrome de acumulación compulsiva, lo demostré con esta última purga papelística, sino que establezco con lo mío una relación casi romántica: prefiero la edición vieja del libro porque tiene mis subrayados de los 14 años, o la mancha del café que prepara mi mamá en las tardes, y no importa si está feo o estropeado. En cada doblez, cuarteadura o desperfecto está la historia de quien he sido y cómo he sido.

Sin embargo, sé que aprender a desprenderse es parte e crecer: lo imprescindible es lo que de haber calado tan profundo nos acompañará hasta el último de los días. Lo comprendo, hay que aligerarse, desempolvar las esquinas… aunque haya papeles viejos que sobrevivan a todas las limpiezas.

El amor existe o una respuesta para la gente apocalíptica

EL AMOR no es el vestido blanco, ni el anillo en el dedo. El amor no es el estado civil en la planilla x, ni los ahorros conjuntos; no es la planificación de las vacaciones, ni compartir la casa y la cama. El amor puede ser un poco todo eso o no serlo, porque se advierte más en la mirada de la mañana, en el beso de la despedida, en el extendido chat de los viajes internacionales, en el libro comentado, en el medio poema, en la canción a medias…

El amor no es  estar de acuerdo en todo, ni decir siempre «sí»; el amor no es permanecer juntos a toda ahora, ni hablar en plural, o dibujar corazoncitos en hojas rayadas; y no es que les falte mérito a los corazones rojos, pero amar es disentir mucho, y discutir por no fregar los platos del almuerzo, y odiarse unos segundos, para después reír sin motivo,  perdonar lo insulso y festejar el enorme privilegio de tener un «enemigo» a la altura del conflicto. Amar es dejarse mensajes escondidos que el resto encontraría feos, descarados o tontos.

El amor no es una fuerza todopoderosa, ni un candil en medio de la noche, lo mejor de amar es que al fin se puede ser débil ante alguien, y confesarle los miedos ridículos y las pasiones más bajas; y que se puede estar perdida, porque hay una mano que, aunque quizá tan temblorosa como la tuya, te apoya en el camino.

El amor no es lo que cuentan las comedias románticas, ni los más grandes libros, porque tiene el don de la singularidad: nadie ama igual, cada historia es un universo parido por sus protagonistas.

El amor no es una receta. Puede ser divertido, arduo, estremecedor, insufrible, quemante, enaltecedor… y todo eso por separado, y todo eso a la vez.

El amor no es esto que yo digo, aunque para mí lo sea. Huye de las descripciones, y por eso lo persiguen las palabras ¿Quién no palpita con lo indescifrable?

Para mí el amor tiene nombre, apellidos y ojos negros; y creo en él porque lo siento y si lo siento existe. ¿Quién se atrevería a cuestionarme esta certeza?

Obra: El beso, Gustav Klimt

La grisura sin fondo

A veces me cuestiono por qué escribo tan poco de las y los iluminados, de la gente que regala una sonrisa y humedece la aridez del desierto diario, o con un gesto mínimo de solidaridad aplasta la más enconada desesperanza.

Creo que no les dedico las líneas que merecieran porque hay acciones tan benéficas que fluyen por el espíritu como algo natural; y también porque ese tipo de hombres y mujeres para nada busca agradecimientos, actuar con bondad es su sino.

Al menos yo, militante realista de tantas utopías, reflexiono más sobre quienes, con la urgencia de no sé qué amarguras o carencias, te disparan al pecho la inflexibilidad, la intolerancia, el total desprecio por las necesidades ajenas con el argumento sacrosanto de «ese no es mi problema».

Las y los grises ejercen su cuota de poder, por mínima que sea, con la prepotencia de la tiranía, y te dejan boquiabierta con el «no» que imagino ocupa todo su cerebro, cual semáforo en rojo paralizador de cualquier inclinación hacia la amabilidad.

Ante tales seres y su negatividad desbordada, una se siente frágil, impotente, presa de la rabia más básica; y si entonces no se apela a la serenidad, se puede caer en la misma violencia subrepticia, en igual inhumanidad de quien pretende anularnos.

Por suerte, esa grisura sin fondo no es tan frecuente como para aplastarnos el alma, pero duele cuando aparece en aquel chofer de un evento que no quiere llevarte unas cuadras más allá «porque a él nadie se lo orientó» y te sugiere que las camines sola en medio de la noche; o en la funcionaria que niega su atención sin mirar a los ojos de quien la solicita «porque tiene la agenda muy apretada», y «yo no tengo la culpa de los trabajos que usted pasó para llegar hasta aquí».

Lastima la tranquilidad con que un hombre X escamotea el puesto en el ómnibus a una señora, porque «pura, esto no es un P, aquí no hay asientos para impedidos», amparando su bravuconería en saberse más alto, más fuerte; glacial ante el rechazo de los otros.

Asustan esos seres, apagados en su esencia, que cada amanecer salen a la calle con una mochila de indiferencia, donde no caben los «buenos días» ni las «gracias» y mucho menos el «lo siento» o el «a ver, que te ayudo».

Y habrá quien los justifique con las dificultades que supone buscar el pan nuestro de cada día, o en los mil y un problemas insospechados que pueden esconderse detrás de los ojos y tras la puerta del hogar; pero ¿cuántos héroes y heroínas de la cotidianidad no conocemos?, gente que sonríe e invita a sonreír aunque batalle con los fantasmas de las carencias, las enfermedades propias y ajenas, las pérdidas… y suele ser acicate para el cansancio, impulso para los que se estrenan en la vida adulta, meca adonde se puede peregrinar con la seguridad de que se encontrará al menos una palabra amiga.

Me confieso culpable de no ponerle a la cuota de seres grises que me ha tocado un freno justo, una especie de «componte» (como diría mi madre para definir una invitación tajante a componerse y también comportarse); porque casi nunca sé muy bien cómo reaccionar a esos desplantes. No creo que se trate de responder agresividad con agresividad, sino de hablarles de su insensibilidad, de la manera en que te han «aguado» el día, del modo en que, vertiendo sus «noes» al mundo, lo hacen un lugar más cruel, más solitario.

Sin embargo, casi siempre volvemos a casa rumiando el desconsuelo, repitiéndole a cada ser querido «si te cuento lo que me pasó hoy» y lanzándonos, en busca del desahogo, a relatar la historia y sus interpretaciones. Si, en cambio, les dijéramos todo lo que pensamos a esos especímenes descoloridos, puede que algunos bajasen la cabeza y reconocieran su error; otros, quizá, reaccionarían airados pero en lo más íntimo de su casa afloraría la vergüenza y comenzarían a colorearse de verde, de azul, de rojo, de negro… gente, como toda, con defectos, pero con el color definido que da la virtud.

Y puede que estén los insalvables, aunque ojalá sean los menos y una pueda andar por ahí con la mano tendida, dispuesta a dar y recibir, sin recoger bofetadas metafóricas o silencios displicentes… segura de que no es tan importante ser de esta especie porque hayamos inventado internet, los satélites o las naves espaciales, sino porque podemos ser amables y conmovernos con el mínimo dolor de los demás, con la suerte de las y los otros que siempre es también la nuestra.

Pequeña filósofa de portal

«La Luna no ha salido. Está durmiendo», dice la filósofa acurrucada sobre las piernas de su abuela, mientras escudriña un pedazo de cielo negro y sin estrellas; y yo, en el sillón de al lado, pienso que es una gran poeta, así, perfecta, de frases sencillas y contundentes, hermosas, sin metáforas ni neologismos.

Aún no ha cumplido tres años, pero la Luna sabe que sus palabras son las más sinceras, y no sé si es porque soy su tía, porque es mi sobrina, o porque la conozco desde que apenas era un deseo sin nombre ni mirada de mar, pero el corazón se me aprieta y crece, como crecen las ansias de no perderme ni uno solo de sus días o centímetros, y menos esas frases que hacen parecer a mis versos tan tremendamente insustanciales.

Noche de teatro

indisciplina-social-30393-caricaturas-gLlega el fin de semana y con él un poco de tiempo para salir del círculo casa–trabajo. ¡Qué placer idear la salida nocturna, buscar en la cartelera una opción económica, edificante y divertida (por ese orden); escoger un vestido, arreglarse más de lo usual y olvidarse por un rato de las obligaciones cotidianas!

Así, pletórica y con espíritu aventurero, fui la otra noche al teatro con mi esposo. No teníamos entrada, pero confiábamos. De lejos, vimos a la compañera de la taquilla en su puesto. Buen síntoma. Pero desapareció antes de que nos acercáramos lo suficiente.

Regresó a los 15 minutos. Y cuando, con mi más amable sonrisa, le pregunté si quedaban localidades, respondió: «Solo tengo segundo balcón», con un tono que llamaba a arrepentirse.

Claro, animados como estábamos, nada nos haría mella. Boletos en mano atravesamos una entrada repleta de vendedores de manzanas, pellys, flores plásticas, rositas, chicles, globos…

Subimos las escaleras, nos acomodamos y apenas al apagarse las luces sentimos los asientos estremecerse. Alarmados, empezamos a buscar lo que nos desconcentraba, justo al inicio de la función: una niña pateaba indiscriminadamente los espaldares de nuestra fila.

Una y otra vez arremetía, y por más que mirábamos a la madre, allí a su lado, ella no hacía nada. Buen rato estuvimos en la disyuntiva de si decirle algo a la entretenida progenitora o no, hasta que por suerte los golpes menguaron.

Entonces, cuando más imbricados estábamos en la coreografía, nos asaltó el molesto ruido de unos pellys que los espectadores vecinos devoraban con entusiasmo. El paquete pasaba de mano en mano, las muelas trituraban y a mí me parecía que allá abajo los bailarines podían marcar el tiempo al compás de la masticación.

Como nada es eterno, los pellys se acabaron y pensamos que la paz llegaría; pero entonces dos muchachas emocionadísimas sacaron sus celulares y empezaron a filmar, con un flash incorporado que algunas cámaras profesionales envidiarían.

No sé cuándo a la mayoría del auditorio le dio por atrapar el instante en sus móviles, pero llegó el momento en que ya no estábamos a oscuras. Ahí empezamos a sentirnos más impotentes, porque al inicio del espectáculo habían comunicado la prohibición de filmar y la indicación de apagar los teléfonos.

Fue tanto el desparpajo colectivo, que una de las artistas tuvo que interrumpir la puesta para pedir que apagaran los aparatos. Casi todo el mundo los guardó, y mientras yo desfallecía de un ataque de alipori (vergüenza ajena), dos o tres seguían grabando como si con ellos no hubiera sido.

Así llegaron los últimos minutos de la propuesta; sin embargo, antes de que el telón cayera, muchos se percataron de que el fin estaba próximo y empezaron a pararse y marcharse, desesperados por alcanzar la salida como si alguien hubiera dicho: «¡Fuego!».

De más está decir que mi esposo y yo permanecimos hundidos en nuestros puestos, impedidos de ver el final por los que se iban, y aplaudiendo fuerte para, como nos enseñaron desde pequeños, agradecer a los artistas por su entrega.

Cuando las luces se encendieron, el suelo de la fila estaba lleno de pellys aplastados y paquetes vacíos; y lo lamenté, porque una de las primeras cosas en que había reparado en la noche había sido justamente el grado de conservación de las butacas.

Si en algo reflexionamos de vuelta a casa, fue en que los cubanos pasamos por alto apreciar que la democratización de la cultura es un logro de nuestro sistema social; que ir a un teatro, a un cine, o incluso, comprar un libro, son lujos en otras tierras. Por tanto, deberíamos retribuir y agradecer esas oportunidades con mayor civilidad, la que redunda también en respeto al otro.

Y claro que es asunto para el que debe preparar la familia y la escuela, aunque del mismo modo las instituciones culturales deben ser más rigurosas a la hora de hacer cumplir sus normas en lo referente al uso de dispositivos electrónicos, consumo de alimentos y también de vestuario. La impunidad conduce a mayor infracción de lo dispuesto, y el mal tino de algunos lo pagan todos los que desean y merecen pasar un buen rato.

Y así mismo fue

afxcvxCorrían los días más difíciles del período especial. Se hablaba de opción cero e incluso de ollas colectivas. Mi familia sembraba viandas en el estrecho pasillo de nuestra vivienda citadina; viandas destinadas a enriquecer mi puré de infante.

Y en medio de aquello, Fidel dijo en la televisión que bajo ningún concepto un niño cubano podía ir a la escuela sin uniforme. Había que zurcirlo, heredar el del primo o el hermano, pero vestirlo. Ninguna carencia material podía justificar que los pequeños dejaran de usar ese atributo de la dignidad conquistada. Y así mismo fue.

Lo cuenta mi madre, cuando aún ambas estamos anonadadas por la partida de quien fue Comandante en Jefe, líder, padre y abuelo, con una cercanía hacia su pueblo que es cosa impensable e inexplicable en casi todo el mundo.

«Así mismo fue», repite, porque Fidel prometía y cumplía, no solo por la capacidad de arrancarle las incógnitas al futuro, sino por su obstinada fe en la gente, en Cuba, y por el influjo martiano de creer en el mejoramiento humano.

Le preocupaba el uniforme porque le preocupaban los niños y sabía que las penurias económicas jamás alcanzarían a definirnos. Y esa confianza que emanaba de él hizo que mi madre, como otras miles de amas de casa, no se desesperara y mandara a sus hijas con un uniforme impoluto a aprender, a la vez que inventaba cientos de maneras de sobrellevar la crisis y miraba de arriba a abajo a los descreídos que decían entonces: «Ahora sí se cae esto».

Y no se cayó, porque había un mar de gente educada en la escuela fidelista; un estilo de pensamiento que abrió la política a lo popular, que puso el honor de la Patria por encima de las fruslerías y las conveniencias, que dejó clara la posibilidad de que una Isla pequeña fuera soberana, independiente y guapa para resistir los embates de los poderosos que quisieran acallarla.

Fidel se hizo historia mucho antes de su muerte física, él es héroe hace tanto y, sin embargo, lo veíamos tan común, tan cercano, tan de noble uniforme y barba sincera, que lo nombrábamos sin apellido, sin cargos, sin más apelativos que el de su nombre fiel.

Como no era de mármol ni de bronce, los cubanos nos colgábamos de sus palabras en aquellos discursos épicos y nos entusiasmábamos con sus sueños y gritábamos —aún lo hacemos—: «Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel, que los imperialistas no pueden con él?» o «Pa’ lo que sea Fidel, pa’ lo que sea». Creímos en todas las victorias cuando lo veíamos marchar, bandera en mano, estampa verde olivo y zapatillas. Creímos y vencimos.

Puede hablarse del Fidel estadista, el estratega, el político, pero por estos días a casi todos nos duele el Fidel que llevamos en el pecho, y ese es el hombre que descubrió en este pueblo la resistencia, el talento y la vocación por realizar las utopías; el que nos mostró que los errores son parte de casi todos los emprendimientos hermosos y valederos, y que la historia cubana es una sola, porque somos uno y ahí reside nuestra mayor fortaleza.

Fidel nunca estará lejos ni encerrado en un monumento, nunca será el pasado, y los enemigos que hoy festejan sentirán muy pronto el frío de la decepción. Como les pasó con el Che un día, constatarán que hay seres que en la muerte se hacen más grandes, inmensos, que se multiplican.

Ahora es cuando nos toca ser el Comandante en Jefe. Quizá en lo adelante, como él alertó una vez, todo sea más difícil, pero yo, como muchos, trabajaré por esta tierra irredenta para sentarme una tarde al lado de mis hijos y decirles: «Fidel dijo que triunfaríamos, y así mismo fue».

El preciso instante para decir adiós

Una cree que después de cuatro días de duelo, después de llorar, negarse, volver a llorar, escribir y recibir mensajes de aliento, se ha endurecido un poco el pecho.

Una espera que después de noches de poco dormir, editar trabajos periodísticos, ponerle la vida y el cuerpo a ediciones especiales y no poder ir a la Plaza porque el deber está al lado del periódico… después de todo eso una espera poder ser fuerte para lo que venga.

Pero cuando luego de la madrugada entera de trabajo, una periodista se para a un lado de la calle a decir adiós al Fidel suyo, ya no es periodista ni otra cosa que no sea una muchacha sola, con frío, golpeada por el peso de la historia y por el sino de su generación de despedir a tantos grandes.

Una puede suponer que está lista, que no se desmoronará, pero es el ruido de los helicópteros, es el silencio atónito de la gente, es la abuela que carga a su nieto «para que lo vea todo y un día sepa que estuvo aquí».

Son los generales erguidos, pero con la banda negra en el brazo, y unos rostros tan afligidos; y es aquella urna, donde va una pequeña caja cubierta por la bandera.

Es todo eso lo que golpea y lo que arranca el aire, y además la certidumbre de que solo tienes ese preciso instante, segundos apenas, para decir adiós.

Alguien grita «Viva Fidel» con una voz herida, y respondemos «Viva», pero ya se va la caravana; y una se queda vacía, con el móvil en la mano, donde está el video triste que en el futuro podrá enseñar a los hijos.

Cada cual vuelve cabizbajo a su lugar, y una tiene de nuevo las lágrimas enredadas en el alma, porque Fidel no cabe en ninguna urna, y nada, nada, prepara para un encuentro que te pone de frente con la verdad de la muerte, con su materialidad.

A pocos pasos de la casa, está la misma fregadora de carros de siempre, donde los muchachos de botas de gomas —que una imagina desconectados de todo, hasta de su tiempo—conversan en voz baja. Y, de pronto, a la entrada de su negocio, repara en un cartel manuscrito con caligrafía irregular: “Fidel por siempre”.

Entonces hay que llorar de nuevo, ahora sí, sin contenerse, porque el duelo no se ha acabado y necesitamos llorarlo hoy para mañana salir a la calle y gritarle al descreído, al imperialista, al traidor, al corrupto, al oportunista: «Fidel está vivo» «Fidel soy yo».