José Ramírez Pantoja: “Hay que pasar por esto pa’ saber lo que siente”.

(Foto tomada de su perfil de Facebook) (Foto tomada de su perfil de Facebook)
Esa fue la primera frase que me dijo José Ramírez Pantoja del otro lado del teléfono cuando logré contactar con él. En las últimas semanas su nombre ha retumbado una y otra vez en las redes sociales tras sufrir la expulsión de la emisora donde se desempeñó como periodista cultural durante más de una década.

La causa de tal desaguisado fue un post que publicó en su blog, reproduciendo textualmente la comparecencia de Karina Marrón en el pasado Pleno Nacional de la Upec. Aunque por momentos dudó si sería pertinente publicar las palabras de la subdirectora de Granma, decidió dar clic, y lejos estaba de imaginar el vendaval que sobrevendría contra su persona.

Recuerda que tras publicarlo en su blog verdadecuba.blogspot.com y enlazarlo a la red social Facebook, escribió el primer comentario apoyando las declaraciones de la joven periodista y reconociendo que así…

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El colmo del socialismo o La Escuela Política Hugo Chávez

Esta vez me lo perdí, pero allí me representó el mejor embajador posible, mi compañero de vida, militancia y todos los sueños: Rey Montalvo. Ya preparo el cubo para la próxima.

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Les confieso que casi me rajé cuando por correo electrónico nos informaron que debíamos llevar un cubo para cargar y conservar el agua del aseo diario. La idea de dormir otra vez en literas, pasarnos toda una semana en una beca como si fuéramos adolescentes, además con personas desconocidas y ¿solo? para discutir de política, parecía incluso soportable hasta que adicionaron la noticia de las dificultades con el vital líquido.

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En fotos, la historia de un puente

El puente Sánchez Figueras – muchas veces denominado por los matanceros tan solo como el de San Luis- acaba de cumplir 100 años. De tal forma, Matanzas alcanza la excepcionalidad de ser una ciudad con cinco puentes centenarios en activo.

Antes de esta estructura, cruzó el río San Juan, muy cerca de allí, el puente de La Carnicería, ideado por el genial Jules Sagebien. El de Madera fue su sucesor. Pero en 1916 se inauguró el Sánchez Figueras, y parece que para quedarse.

Entre 2012 y 2013 una reparación capital le devolvió su belleza y solidez, y hoy permanece con la seguridad de los centenarios.

Los matanceros tenemos una deuda con este y el resto de nuestros puentes, preservarlos, no dejar que el tiempo los derrote.

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Matanzas, ciudad de puentes centenarios

El puente Sánchez Figueras (1916) en la calzada de San Luis, sobre el río San Juan, cumplió 100 años este 16 de agosto; y con ello, Matanzas se convierte en una ciudad con cinco de esas estructuras centenarias en activo.

Una singularidad que, según el Ing. Luis R. González Arestuche y el Arq. Ramón Recondo Pérez, no se repite en el país y, hasta donde se conoce, tampoco en América. Solo se le acerca Oporto en Portugal, que posee tres.

“Merecen ser Patrimonio de la Humanidad. Cada uno tiene una función bien definida y forma parte del entorno arquitectónico de la urbe”, afirmó Recondo durante una conferencia dictada por ambos especialistas en la sede provincial de la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba.

El Sánchez Figueras fue proyectado y ejecutado por los ingenieros Armando Macías y Conrado Martínez, respectivamente y su construcción, en la que trabajaron los mejores operarios del país, solo demoró un año.

Considerado el segundo puente de hormigón armado edificado en la Isla (aunque algunas líneas de investigación lo postulan como el primero) recibió, entre 2012 y 2013, una reparación capital calificada de muy efectiva, que subsanó sus graves daños.

Sin embargo, quedan pendientes el rescate de la iluminación original, y medidas eficaces para protegerlo de la inconsciencia ciudadana, expresada en la colocación de carteles, la pesca y el lanzamiento al cauce desde él.

Vivimos de espaldas al agua; con tres ríos navegables no se aprovecha la transportación marítima” comentó Arestuche, al tiempo que llamó a poner más atención sobre esa parte integrante del urbanismo matancero y los puentes que los cruzan.

Los otros centenarios de Matanzas – que posee 30 obras ingenieras entre puentes, pasos peatonales y pasos superiores – son el General Lacret Morlot (La Concordia) (1878), el General Calixto García (de Tirry) (1897), el Giratorio (1904) y el de hierro en el río Yumurí (1904).

Fotos: Cortesía de Ramón Recondo y Luis González Arestuche; y Abel López Montes de Oca

Ustedes los grandes

-¿Por qué ustedes los grandes son tan aburridos?

-¿Y quién dice que los grandes somos aburridos?

-Claro que lo son, ustedes no juegan

-¿Y yo no estoy jugando?

-Sí. Pero los grandes juegan de mentira.

Me da un beso en la mejilla y parte rumbo al interior de la casa con toda la seriedad de sus cinco años; de la mano lleva a mi sobrina que solo tiene dos. Yo me quedo en el portal, con un bebé de plástico sobre las piernas, rodeada de tacitas repletas de café imaginario y con algunas yerbas del patio cocinándose en el diminuto sartén. Los niños son tan sabios, pienso y me siento, de pronto, absurdamente adulta.

Luego salgo a perseguirlas por toda la casa, a ver si quieren jugar, de nuevo, conmigo.

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Mis compañeras de juego. Esta foto es de hace un tiempo ya.

Disentir también vale

¿Para qué dices esas cosas si al final nada cambiará? Afloja. La vida siempre ha sido la misma. Solo conseguirás ‘marcarte’ y los otros continuarán su camino frescos como lechugas.

Más de una vez me lo han dicho, incluso personas que estimo. Yo siempre contesto que cuando creo que algo está mal tengo que decirlo o escribirlo porque si no ‘reviento’ de la impotencia; que si siguiera tal lógica no tendría este trabajo ni viviera en este país; y que asentir sin concordar me parece el más ignominioso de los crímenes.

Por supuesto que tal postura conlleva complicaciones, imagino lo mismo en Cuba que en Transilvania. Hay personas a quienes les incomodan los que critican, los que dicen aquello que los otros no quieren escuchar, los que se alejan de las versiones complacientes.

En este archipiélago, si bien un proceso revolucionario de más de cinco décadas pone en primer plano la participación popular como esencia, interpretaciones erradas validaron durante muchos años la idea de que había que estar de acuerdo siempre, porque lo contrario contribuía a la fragmentación y al debilitamiento de las estructuras.

Junto a ello creció la costumbre de someter casi todo a votaciones a mano alzada, puramente formales, desde el orden del día de una reunión hasta la ubicación laboral de un grupo de graduados universitarios (aunque alguno no esté contento con lo que le tocó y el resto lo sepa).

Los votos en contra y las abstenciones devinieron rara avis. En una suerte de actuar mecánico e irresponsable hay quien levanta la mano en el barrio o el centro de trabajo sin haberse leído el documento, conocer a la persona que se propone, o coincidir en la decisión que se establece.

En algunos casos, salen enfurruñados, comentando con el de al lado lo que pudo decir en el momento y se calló; en otros -los peores- ni les importa: ya la apatía se les instaló dentro.

Pero disentir también vale, y no conduce a la desunión, sino a  la confrontación sana. Solo de las contradicciones, y eso lo sabe bien quien le prestó un poquito de atención a la teoría marxista, nace el desarrollo.

Si la cultura del debate –y que a nadie le quepa duda de que constituye una cultura- estuviera más acendrada en la nación, en sus espacios de socialización, en los medios de prensa, e incluso en las instancias gubernamentales, muchos problemas podrían solucionarse a tiempo. Sin embargo, la mayoría de las veces quedan como cuerpo para autopsias, y entonces de nada sirve afirmar: yo siempre lo supe.

Sé que muchos que presumen de pragmáticos, a esta altura del comentario podrían cuestionarme: todo eso parece muy lindo, pero si digo lo que creo en un momento que se considere inoportuno puede ocurrir que hagan caso omiso de mi opinión; el jefe me mire con mala cara y después me ‘ponga el pie arriba’; o me den fama de incómodo.

Y sí, pero también puede que quienes no habían notado la deficiencia abran los ojos; o los demás reconozcan en su reflexión sus propias insatisfacciones; y siempre quedará la buena conciencia del revolucionario: haber hecho lo correcto.

La dirección del país llama al pueblo a buscarse problemas, a exterminar el dañino falso consenso. Para lograrlo nos falta un trecho y ahí entra el sacrosanto cambio de mentalidad.

Quien ocupe una responsabilidad cualquiera debe prepararse no solo para que cuestionen su gestión, sino además para sacar de esos cuestionamientos las mejores experiencias. Si, por el contrario, asume la crítica como una ofensa y la emprende contra la persona, ya está suspenso.

Del mismo modo, todos debemos interiorizar que el resto no siempre coincidirá con nuestra forma de entender los procesos y eso no es malo, al contrario. Además, ejercer el criterio constituye un derecho inalienable. Solo construiremos una nación superior si naturalizamos las confrontaciones y entendemos que la unidad nace de una construcción conjunta; y esta, sin debate real, resulta imposible.

La curandera de Macagua

La curandera de macaguaNunca antes había puesto los pies en casa de una curandera. Crecí en un barrio demasiado urbano o quizá carente de historias de otros tiempos para que esa parte raigal de la cultura cubana entrara en mi imaginario.

Pero una periodista neófita siempre anda a la caza de gente singular, interesante, y el olfato reporteril se activó cuando de paso por Los Arabos me contaron de aquella anciana que en Macagua sana con las manos. Los propios médicos mandaban a los pacientes a que la vieran, decían, y también supe de su estirpe de personaje respetado y casi de leyenda por esas tierras.

Poco tiempo después, volví apertrechada de grabadora, libreta de notas, bolígrafo, y tomé asiento delante de una mujer que no parece tener 94 años, sonríe con inocencia de niña, y analiza con sutileza a sus interlocutores. Engracia Ordóñez Abreu no oye muy bien, sin embargo parece disfrutar las preguntas, tal vez porque le dan la posibilidad de revivir lo que se ha ido.

“Yo nací a las doce del día del 16 de abril de 1922, un viernes santo, cerca de Motembo. Éramos catorce hermanos. Llegué aquí a los siete años porque mi padrastro trabajaba en el central Zorrilla. Cuando tenía nueve, curé al primer niño, se llamaba Adelaido Borrego y vivía en Cuatro esquinas. Le pasé la mano, lo santigué y se le bajó la fiebre.

“El don no vino de mi mamá; a la familia nunca le gustó que me dedicara a esto. Sé que a los dos años sufrí un desmayo. Después vi al muerto debajo de la mata de naranjas”.

Engracia disfruta con la incredulidad que no logro ocultar, sonríe con picardía y mueve la conversación hacia temas que supone más ortodoxos para mí.

“A los diez años era doméstica en casa de Anita Valladares. Un día el cura se quedó mirándome y mandó que me llevaran a la Iglesia. Así hice la comunión, y salí a hacer el bien a todos, a los niños, los ancianos. Cocinaba y pasaba la mano, incluso a los doctores del pueblo.

“Con 17 años conocí a Miguel, de 27, y nos casamos en el juzgado. Él tuvo que poner una cruz en su nombre porque no sabía escribir. Yo sí, la hija de la señora para la que trabajaba me enseñó y también a leer bonito.

“A mi marido tampoco le agradaba lo de la sanación, le molestaba la casa llena de gente desde temprano, pero tuvo que adaptarse. Tuvimos siete niños. Mis hijos ya son viejos, hace dos meses perdí uno”.

Hace silencio. Luego dice que no quiere pensar en eso, ni saber qué día es. Nani, la sobrina que nos acompaña en la conversación, cuenta que era militar retirado, y a los 59 años un infarto le causó la muerte.

Así conozco que también Miguel murió, hace quince años, y que Engracia vivía en un rancho donde ahora se encuentra el patio. El Gobierno del municipio le construyó la casa nueva, pequeña y confortable, toda de mampostería. La curandera de rostro dulce mueve el tabaco entre sus dedos, se sacude la tristeza con un gesto impreciso e interrumpe para agregar: “Y ayer me trajeron el sillón de ruedas”.

La curandera de MacaguaEntonces recuerda la época en que sacaba pasto para los bueyes y “ganaba bien porque trabajaba bien”. Ahora vive con modestia, no cobra por curar. Dicen los que la conocen que llegan a verla personas de toda Matanzas, Las Villas, La Habana, hasta cubanos que viven en el extranjero. Y algunos le regalan; mas si ella percibe que tienen poco se les adelanta para advertirles que no quiere nada.

“Cuando alguien tiene muchos problemas, y ella puede ayudarlo con lo suyo, lo hace”, relata Nani y para satisfacer mi curiosidad, mientras su tía permanece pensativa, refiere que acuden personas con cualquier tipo de padecimiento, “no hay que preguntarle nada, solo pone las manos sobre el cuerpo del paciente y habla, como si hiciera un ultrasonido”.

Con suspicacia, pregunto a la sobrina si no habrá heredado algo del polémico talento y no tarda en responder divertida: “qué va, yo no creo, solo respeto”.

Engracia no permite que le roben la atención de su visita, rememora los tiempos en que fue dirigente de la Federación de Mujeres Cubanas y enseña los papeles que guarda de aquellos años. Solo en ese momento me percato de que no ha preguntado mi nombre, ni por qué llegué con tantas interrogantes, asumo que, o lo sabe, o no importa mucho.

“Vuelve pronto”, dice al final del encuentro y se lo prometo. En el largo viaje de vuelta a la ciudad de Matanzas, pienso que no puedo atestiguar sus virtudes curativas. Una joven atea como yo sabe poco de esas cosas y entiendo al fin que ahí no yace lo esencial del asunto.

La curandera de Macagua guarda en sus memorias la historia viva del lugar. Un devenir signado por estrecheces, carencias, logros… Con su afán de hacer sentir mejor a los demás, se ha ganado admiración y cariño. Es patrimonio de su gente, testigo, y ante tal verdad sobran todos los cuestionamientos.

Engracia disfruta su nuevo hogar.

El precio de “llevar los pantalones”

Niñas, adolescentes, mujeres con jeans: ya nadie se escandaliza. Hace rato conquistaron el derecho a vestir como deseen, sin absurdos dictados que les impidan ceñir sus piernas. Pero todas no logran usar los otros pantalones, los simbólicos.

La sociedad cubana, estrategias inclusivas aparte, es esencialmente machista, y privilegia el género masculino a la hora de entender universos como la sexualidad y la vida doméstica.

Y pudiera pensarse que nacer varón otorga pasaporte a una vida más fácil y libre. Sin embargo, esas lógicas también los marcan de formas engañosas y nocivas.

“Trae macho”, anuncia el ultrasonido y se destierran del ajuar todos los colores asociados a lo femenino. La convención no importaría mucho si no fuera porque, apenas el hijo comienza a tener noción de sí y de los otros, la familia se encarga de hacerle saber que la ternura no le pertenece: “aguante como un hombre”; “no se siente así, que parece una mujercita”; “deje la gritería, ni que fuera una niña”.

El pequeño no solo aprende que debe aparentar fortaleza en todo momento, sino que sus pares son unas histéricas, lloronas y gritonas. Comienza la escuela y le dicen que “no se puede quedar da’o”, ni “ser un punto”, “tienes que saber defenderte”. Las incitaciones a la violencia inundan la cotidianidad.

De parejas se les habla a las niñas lo más tarde posible. A los niños se les pregunta desde siempre: ¿ya tienes noviecita?; y los parientes se ríen si contestan que sí y cuando dicen que no, los incitan a buscarla.

Sobre los varones se establece una vigilancia constante, su inclinación sexual se halla siempre en tela de juicio; por eso no pueden jugar mucho con las niñas, ni andar con escobitas o cocinitas; y si a alguien se le ocurre decir que parecen amanerados, corren las alarmas, e incluso algunos terminan en el psicólogo.

Aunque parezca demodé, todavía existen progenitores que niegan a sus vástagos la posibilidad de una carrera artística por considerar que los puede volver “flojitos”.

Llegada la adolescencia, la interrogante acerca de la novia se hace más seria. Los tímidos, los homosexuales o quienes aún no piensan en el sexo, sufren el acoso en el hogar y en el grupo de amigos, ser virgen deviene deshonra. Entonces llegan a una relación sexual por coacción, sin estar preparados, y luego vienen los embarazos, las enfermedades o las disfunciones.

Por lo general, no se les prepara para hablar de sentimientos, les pertenece la acción, deben ser valientes y temerarios; quizás por eso las estadísticas revelan que mueren más por accidentes durante la juventud: si todos se tiran del puente, allá va él.

Los que se acercan a las tareas domésticas lo hacen por inclinaciones propias, no porque les hayan dicho en algún momento que ya era hora de lavar, limpiar, o hacer el arroz. Muchos, el día en que se ven solos, sienten todo el peso de la inutilidad porque no logran “ni freír un huevo”. En la ancianidad se les hace más difícil vivir sin apoyo.

Pocos experimentan la paternidad a plenitud, ellos mismos o sus parejas los limitan cuando no los dejan solos con el bebé porque “hay cosas que un padre no sabe hacer”. Por suerte, día a día aumentan los que se revelan contra ese modelo y dan biberones, cambian culeros, arrullan y peinan motonetas; y no creen que el hecho de que sus mujeres ganen más dinero los convierta en ‘ceros a la izquierda’.

La presión social inclina a la infidelidad, “un hombre tiene que responder”. Conduce, asimismo, al descuido de la salud; tardan más en ir al médico y si de visitar al proctólogo se trata la vergüenza surge.

Hoy ganan espacio nuevas formas de entender las masculinidades, sin el enfoque agresivo y competitivo que se obsesiona por el desempeño sexual, el tamaño del pene y las habilidades de conquista. La discriminación por género no atañe solo a las mujeres, solo que ellos tal vez no se percatan de que viven siempre cuestionados y dentro de estrechos paradigmas preconcebidos. A lo mejor se creen con ventaja, aunque aguanten cargas demasiado pesadas, sin quejarse, porque “los machos varones masculinos no lloran”.

Un cuento para el Onelio

DSCF3219Este cuento comienza con una niña.

Una niña con espejuelos y cerquillo sobre los ojos.

Una niña que fue de los textos con ilustraciones a las novelas de aventuras, y de ahí a la literatura rusa, y ya no tuvo fin eso de encontrarse en los libros.

No es tan difícil pasar de las historias ajenas a querer escribir las propias. La niña inventó cuentos (muy malos por cierto) y un día se sorprendió ante el televisor absorta por escritores de “verdad” que cursaban algo llamado Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Deseó ser como ellos y estudiar así, en serio, la literatura, pero ella era solo una niña y sus cuentos muy malos.

Es injusto, las niñas crecen y esta también. La escuela se hizo más compleja y tuvo que escoger una profesión. Se hizo periodista porque quería cambiar el mundo y escribir. Así empezaron a hacerse adultos los poemas y los cuentos.

De la literatura no se escapa.

Un día encontró la convocatoria del Onelio en el periódico. Epifanía.

Arrastró a otro aprendiz de escritor -uno que amaba, por cierto- a la aventura y dejaron sus cuentos en un sobre para que decidieran si aquello valía la pena.

DSCF3225Y la valieron. De tarde, Ivonne Galeano (coordinadora del curso) le dijo por teléfono a aquella niña a la que un día le pronosticaron que se enfermaría de tanto leer, que estaba aprobada, y su compañero de andanzas quijotescas tuvo la misma suerte.

DSCF3195Al Onelio se va a soñar o no se va. Raúl Aguiar, Sergio Cevedo y Eduardo Heras León se encargan de que nadie baje los brazos, de que todos se crean lo de escritores y entiendan que sin trabajo no es posible parir ni un cuento, ni nada.

En el Onelio yo, la niña, hice amigos tremendos, que me conmovieron. Lloré de emoción y aprendí que la historia cobra sentido en los labios de quienes la sufrieron.

Me convencí de que la desorganización no es consustancial a la idiosincrasia cubana, eso sí es cuento; que todavía quedan sitios donde se cumplen horarios, actividades y se respeta el tiempo ajeno.

Se me sembraron, creo que para siempre, unas ganas tremendas de escribir, de no ser mediocre, de no perder el tiempo en cosas insulsas.

DSCF3192 DSCF1886El Centro Onelio ha sido y es para muchos el lugar de todas las quimeras. Para la niña y su esposo, también.

Aún se me estrecha la garganta cuando narro esto, aún no me lo creo.

Kafka, Cortázar, Hemingway, Yourcenar, Carpentier, Saramago se me sientan al lado, me sonríen, tal vez con condescendencia, tal vez con simpatía y yo le debo al Onelio acercarme tantos fantasmas y todas las locuras necesarias para manejar la palabra.

Si no logro hacerme escritora, aún así le agradeceré por siempre abrirme tantos mundos paralelos, todas las ganas de ser, y la humildad.

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La lúcida “locura” de enseñar

Ellos dicen que “quien trabaja siempre tiene algo que hacer”. Descreen del poder inmovilizador que apareja el fatalismo geográfico, y tampoco consideran que su labor sea nada del otro mundo, sino “lo que corresponde”.

Sin embargo, aquellos que se tropiezan por vez primera en las calles de Los Arabos con el afán emprendedor de Katia Chávez Díaz y Freddy Casanova Ortiz, quedan sorprendidos. No son frecuentes –ni siquiera en la capital provincial- tales deseos de impulsar el acercamiento a la palabra escrita como remedio para desterrar los vacíos espirituales.

En el festival El Parque de las metáforas los niños descubren y recrean esa figura literaria, y la plasman con tiza en el piso. Así los vocablos inundan el espacio principal del pueblo y relegan la apatía, objetivos de ambos especialistas de Literatura de la casa de cultura Nipón Mondéjar. Pero más insólitas aún son sus ocurrencias, como la pasarela de mascotas disfrazadas, a la que ya no solo llegan perros, sino también gallinas y hasta un hámster.

“Tres personas trabajamos con la manifestación e impartimos los talleres de apreciación literaria en los distintos niveles de enseñanza, a partir de cuarto grado; también se encuentra el de creación. Gratifican los premios de los alumnos en los concursos nacionales; pero todavía más, cuando alguno supera todas las etapas y continúa escribiendo”, explica Freddy.

Él mantiene, asimismo, la tertulia mensual Vino arabense; la peña El ingenioso hidalgo, que aboga por la prevención de las ITS; y el espacio Sin barreras, con personas discapacitadas. Katia, quien comenzó como tallerista, reparte su tiempo entre los pequeños y los longevos, porque la palabra no cree en edades.

Así, defiende tanto El árbol que escucha, para los niños de primaria, como Cultivando la oralidad, en el Hogar de ancianos, donde le dicen ‘la alborotadora’ porque “mi objetivo es hacerlos reír”. De igual forma, se dedica a la Sobremesa literaria en el comedor comunitario.

En el verano y las semanas de receso también hay tareas pendientes, porque no puede primar la inactividad y tampoco suceder que el cuento y la poesía se pierdan a un cultivador por falta de oportunidades. No tienen recursos materiales, ni siquiera una computadora donde teclear los trabajos, y mucho menos acceso a Internet, mas se las arreglan para enviar las obras lo mismo a Madrid que a Tegucigalpa.

No hay concurso que se les escape y se atreven a más, convocan a uno nacional, el Benigno Vázquez. De tal forma, llegan escritores de toda Cuba a Los Arabos y los satisface, no grandes premios ni comodidades materiales, porque no existen, sino la calidez humana de unos organizadores que lo dan todo, hasta su casa.

Gracias a las gestiones, varias entidades locales entregan premios colaterales, y aunque desde la divulgación hasta el hospedaje se precisan esfuerzos titánicos, el número de obras en certamen aumenta cada año.

Quizás parezca locura empeñarse en la enseñanza y la creación de la literatura desde un municipio distante, signado por la pérdida de tradiciones, el envejecimiento poblacional y el éxodo de los jóvenes. No obstante, hay locuras que salvan el día, y mucho más.