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El amor existe o una respuesta para la gente apocalíptica

EL AMOR no es el vestido blanco, ni el anillo en el dedo. El amor no es el estado civil en la planilla x, ni los ahorros conjuntos; no es la planificación de las vacaciones, ni compartir la casa y la cama. El amor puede ser un poco todo eso o no serlo, porque se advierte más en la mirada de la mañana, en el beso de la despedida, en el extendido chat de los viajes internacionales, en el libro comentado, en el medio poema, en la canción a medias…

El amor no es  estar de acuerdo en todo, ni decir siempre «sí»; el amor no es permanecer juntos a toda ahora, ni hablar en plural, o dibujar corazoncitos en hojas rayadas; y no es que les falte mérito a los corazones rojos, pero amar es disentir mucho, y discutir por no fregar los platos del almuerzo, y odiarse unos segundos, para después reír sin motivo,  perdonar lo insulso y festejar el enorme privilegio de tener un «enemigo» a la altura del conflicto. Amar es dejarse mensajes escondidos que el resto encontraría feos, descarados o tontos.

El amor no es una fuerza todopoderosa, ni un candil en medio de la noche, lo mejor de amar es que al fin se puede ser débil ante alguien, y confesarle los miedos ridículos y las pasiones más bajas; y que se puede estar perdida, porque hay una mano que, aunque quizá tan temblorosa como la tuya, te apoya en el camino.

El amor no es lo que cuentan las comedias románticas, ni los más grandes libros, porque tiene el don de la singularidad: nadie ama igual, cada historia es un universo parido por sus protagonistas.

El amor no es una receta. Puede ser divertido, arduo, estremecedor, insufrible, quemante, enaltecedor… y todo eso por separado, y todo eso a la vez.

El amor no es esto que yo digo, aunque para mí lo sea. Huye de las descripciones, y por eso lo persiguen las palabras ¿Quién no palpita con lo indescifrable?

Para mí el amor tiene nombre, apellidos y ojos negros; y creo en él porque lo siento y si lo siento existe. ¿Quién se atrevería a cuestionarme esta certeza?

Obra: El beso, Gustav Klimt

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La grisura sin fondo

A veces me cuestiono por qué escribo tan poco de las y los iluminados, de la gente que regala una sonrisa y humedece la aridez del desierto diario, o con un gesto mínimo de solidaridad aplasta la más enconada desesperanza.

Creo que no les dedico las líneas que merecieran porque hay acciones tan benéficas que fluyen por el espíritu como algo natural; y también porque ese tipo de hombres y mujeres para nada busca agradecimientos, actuar con bondad es su sino.

Al menos yo, militante realista de tantas utopías, reflexiono más sobre quienes, con la urgencia de no sé qué amarguras o carencias, te disparan al pecho la inflexibilidad, la intolerancia, el total desprecio por las necesidades ajenas con el argumento sacrosanto de «ese no es mi problema».

Las y los grises ejercen su cuota de poder, por mínima que sea, con la prepotencia de la tiranía, y te dejan boquiabierta con el «no» que imagino ocupa todo su cerebro, cual semáforo en rojo paralizador de cualquier inclinación hacia la amabilidad.

Ante tales seres y su negatividad desbordada, una se siente frágil, impotente, presa de la rabia más básica; y si entonces no se apela a la serenidad, se puede caer en la misma violencia subrepticia, en igual inhumanidad de quien pretende anularnos.

Por suerte, esa grisura sin fondo no es tan frecuente como para aplastarnos el alma, pero duele cuando aparece en aquel chofer de un evento que no quiere llevarte unas cuadras más allá «porque a él nadie se lo orientó» y te sugiere que las camines sola en medio de la noche; o en la funcionaria que niega su atención sin mirar a los ojos de quien la solicita «porque tiene la agenda muy apretada», y «yo no tengo la culpa de los trabajos que usted pasó para llegar hasta aquí».

Lastima la tranquilidad con que un hombre X escamotea el puesto en el ómnibus a una señora, porque «pura, esto no es un P, aquí no hay asientos para impedidos», amparando su bravuconería en saberse más alto, más fuerte; glacial ante el rechazo de los otros.

Asustan esos seres, apagados en su esencia, que cada amanecer salen a la calle con una mochila de indiferencia, donde no caben los «buenos días» ni las «gracias» y mucho menos el «lo siento» o el «a ver, que te ayudo».

Y habrá quien los justifique con las dificultades que supone buscar el pan nuestro de cada día, o en los mil y un problemas insospechados que pueden esconderse detrás de los ojos y tras la puerta del hogar; pero ¿cuántos héroes y heroínas de la cotidianidad no conocemos?, gente que sonríe e invita a sonreír aunque batalle con los fantasmas de las carencias, las enfermedades propias y ajenas, las pérdidas… y suele ser acicate para el cansancio, impulso para los que se estrenan en la vida adulta, meca adonde se puede peregrinar con la seguridad de que se encontrará al menos una palabra amiga.

Me confieso culpable de no ponerle a la cuota de seres grises que me ha tocado un freno justo, una especie de «componte» (como diría mi madre para definir una invitación tajante a componerse y también comportarse); porque casi nunca sé muy bien cómo reaccionar a esos desplantes. No creo que se trate de responder agresividad con agresividad, sino de hablarles de su insensibilidad, de la manera en que te han «aguado» el día, del modo en que, vertiendo sus «noes» al mundo, lo hacen un lugar más cruel, más solitario.

Sin embargo, casi siempre volvemos a casa rumiando el desconsuelo, repitiéndole a cada ser querido «si te cuento lo que me pasó hoy» y lanzándonos, en busca del desahogo, a relatar la historia y sus interpretaciones. Si, en cambio, les dijéramos todo lo que pensamos a esos especímenes descoloridos, puede que algunos bajasen la cabeza y reconocieran su error; otros, quizá, reaccionarían airados pero en lo más íntimo de su casa afloraría la vergüenza y comenzarían a colorearse de verde, de azul, de rojo, de negro… gente, como toda, con defectos, pero con el color definido que da la virtud.

Y puede que estén los insalvables, aunque ojalá sean los menos y una pueda andar por ahí con la mano tendida, dispuesta a dar y recibir, sin recoger bofetadas metafóricas o silencios displicentes… segura de que no es tan importante ser de esta especie porque hayamos inventado internet, los satélites o las naves espaciales, sino porque podemos ser amables y conmovernos con el mínimo dolor de los demás, con la suerte de las y los otros que siempre es también la nuestra.

Pequeña filósofa de portal

«La Luna no ha salido. Está durmiendo», dice la filósofa acurrucada sobre las piernas de su abuela, mientras escudriña un pedazo de cielo negro y sin estrellas; y yo, en el sillón de al lado, pienso que es una gran poeta, así, perfecta, de frases sencillas y contundentes, hermosas, sin metáforas ni neologismos.

Aún no ha cumplido tres años, pero la Luna sabe que sus palabras son las más sinceras, y no sé si es porque soy su tía, porque es mi sobrina, o porque la conozco desde que apenas era un deseo sin nombre ni mirada de mar, pero el corazón se me aprieta y crece, como crecen las ansias de no perderme ni uno solo de sus días o centímetros, y menos esas frases que hacen parecer a mis versos tan tremendamente insustanciales.

Noche de teatro

indisciplina-social-30393-caricaturas-gLlega el fin de semana y con él un poco de tiempo para salir del círculo casa–trabajo. ¡Qué placer idear la salida nocturna, buscar en la cartelera una opción económica, edificante y divertida (por ese orden); escoger un vestido, arreglarse más de lo usual y olvidarse por un rato de las obligaciones cotidianas!

Así, pletórica y con espíritu aventurero, fui la otra noche al teatro con mi esposo. No teníamos entrada, pero confiábamos. De lejos, vimos a la compañera de la taquilla en su puesto. Buen síntoma. Pero desapareció antes de que nos acercáramos lo suficiente.

Regresó a los 15 minutos. Y cuando, con mi más amable sonrisa, le pregunté si quedaban localidades, respondió: «Solo tengo segundo balcón», con un tono que llamaba a arrepentirse.

Claro, animados como estábamos, nada nos haría mella. Boletos en mano atravesamos una entrada repleta de vendedores de manzanas, pellys, flores plásticas, rositas, chicles, globos…

Subimos las escaleras, nos acomodamos y apenas al apagarse las luces sentimos los asientos estremecerse. Alarmados, empezamos a buscar lo que nos desconcentraba, justo al inicio de la función: una niña pateaba indiscriminadamente los espaldares de nuestra fila.

Una y otra vez arremetía, y por más que mirábamos a la madre, allí a su lado, ella no hacía nada. Buen rato estuvimos en la disyuntiva de si decirle algo a la entretenida progenitora o no, hasta que por suerte los golpes menguaron.

Entonces, cuando más imbricados estábamos en la coreografía, nos asaltó el molesto ruido de unos pellys que los espectadores vecinos devoraban con entusiasmo. El paquete pasaba de mano en mano, las muelas trituraban y a mí me parecía que allá abajo los bailarines podían marcar el tiempo al compás de la masticación.

Como nada es eterno, los pellys se acabaron y pensamos que la paz llegaría; pero entonces dos muchachas emocionadísimas sacaron sus celulares y empezaron a filmar, con un flash incorporado que algunas cámaras profesionales envidiarían.

No sé cuándo a la mayoría del auditorio le dio por atrapar el instante en sus móviles, pero llegó el momento en que ya no estábamos a oscuras. Ahí empezamos a sentirnos más impotentes, porque al inicio del espectáculo habían comunicado la prohibición de filmar y la indicación de apagar los teléfonos.

Fue tanto el desparpajo colectivo, que una de las artistas tuvo que interrumpir la puesta para pedir que apagaran los aparatos. Casi todo el mundo los guardó, y mientras yo desfallecía de un ataque de alipori (vergüenza ajena), dos o tres seguían grabando como si con ellos no hubiera sido.

Así llegaron los últimos minutos de la propuesta; sin embargo, antes de que el telón cayera, muchos se percataron de que el fin estaba próximo y empezaron a pararse y marcharse, desesperados por alcanzar la salida como si alguien hubiera dicho: «¡Fuego!».

De más está decir que mi esposo y yo permanecimos hundidos en nuestros puestos, impedidos de ver el final por los que se iban, y aplaudiendo fuerte para, como nos enseñaron desde pequeños, agradecer a los artistas por su entrega.

Cuando las luces se encendieron, el suelo de la fila estaba lleno de pellys aplastados y paquetes vacíos; y lo lamenté, porque una de las primeras cosas en que había reparado en la noche había sido justamente el grado de conservación de las butacas.

Si en algo reflexionamos de vuelta a casa, fue en que los cubanos pasamos por alto apreciar que la democratización de la cultura es un logro de nuestro sistema social; que ir a un teatro, a un cine, o incluso, comprar un libro, son lujos en otras tierras. Por tanto, deberíamos retribuir y agradecer esas oportunidades con mayor civilidad, la que redunda también en respeto al otro.

Y claro que es asunto para el que debe preparar la familia y la escuela, aunque del mismo modo las instituciones culturales deben ser más rigurosas a la hora de hacer cumplir sus normas en lo referente al uso de dispositivos electrónicos, consumo de alimentos y también de vestuario. La impunidad conduce a mayor infracción de lo dispuesto, y el mal tino de algunos lo pagan todos los que desean y merecen pasar un buen rato.

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Y así mismo fue

afxcvxCorrían los días más difíciles del período especial. Se hablaba de opción cero e incluso de ollas colectivas. Mi familia sembraba viandas en el estrecho pasillo de nuestra vivienda citadina; viandas destinadas a enriquecer mi puré de infante.

Y en medio de aquello, Fidel dijo en la televisión que bajo ningún concepto un niño cubano podía ir a la escuela sin uniforme. Había que zurcirlo, heredar el del primo o el hermano, pero vestirlo. Ninguna carencia material podía justificar que los pequeños dejaran de usar ese atributo de la dignidad conquistada. Y así mismo fue.

Lo cuenta mi madre, cuando aún ambas estamos anonadadas por la partida de quien fue Comandante en Jefe, líder, padre y abuelo, con una cercanía hacia su pueblo que es cosa impensable e inexplicable en casi todo el mundo.

«Así mismo fue», repite, porque Fidel prometía y cumplía, no solo por la capacidad de arrancarle las incógnitas al futuro, sino por su obstinada fe en la gente, en Cuba, y por el influjo martiano de creer en el mejoramiento humano.

Le preocupaba el uniforme porque le preocupaban los niños y sabía que las penurias económicas jamás alcanzarían a definirnos. Y esa confianza que emanaba de él hizo que mi madre, como otras miles de amas de casa, no se desesperara y mandara a sus hijas con un uniforme impoluto a aprender, a la vez que inventaba cientos de maneras de sobrellevar la crisis y miraba de arriba a abajo a los descreídos que decían entonces: «Ahora sí se cae esto».

Y no se cayó, porque había un mar de gente educada en la escuela fidelista; un estilo de pensamiento que abrió la política a lo popular, que puso el honor de la Patria por encima de las fruslerías y las conveniencias, que dejó clara la posibilidad de que una Isla pequeña fuera soberana, independiente y guapa para resistir los embates de los poderosos que quisieran acallarla.

Fidel se hizo historia mucho antes de su muerte física, él es héroe hace tanto y, sin embargo, lo veíamos tan común, tan cercano, tan de noble uniforme y barba sincera, que lo nombrábamos sin apellido, sin cargos, sin más apelativos que el de su nombre fiel.

Como no era de mármol ni de bronce, los cubanos nos colgábamos de sus palabras en aquellos discursos épicos y nos entusiasmábamos con sus sueños y gritábamos —aún lo hacemos—: «Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel, que los imperialistas no pueden con él?» o «Pa’ lo que sea Fidel, pa’ lo que sea». Creímos en todas las victorias cuando lo veíamos marchar, bandera en mano, estampa verde olivo y zapatillas. Creímos y vencimos.

Puede hablarse del Fidel estadista, el estratega, el político, pero por estos días a casi todos nos duele el Fidel que llevamos en el pecho, y ese es el hombre que descubrió en este pueblo la resistencia, el talento y la vocación por realizar las utopías; el que nos mostró que los errores son parte de casi todos los emprendimientos hermosos y valederos, y que la historia cubana es una sola, porque somos uno y ahí reside nuestra mayor fortaleza.

Fidel nunca estará lejos ni encerrado en un monumento, nunca será el pasado, y los enemigos que hoy festejan sentirán muy pronto el frío de la decepción. Como les pasó con el Che un día, constatarán que hay seres que en la muerte se hacen más grandes, inmensos, que se multiplican.

Ahora es cuando nos toca ser el Comandante en Jefe. Quizá en lo adelante, como él alertó una vez, todo sea más difícil, pero yo, como muchos, trabajaré por esta tierra irredenta para sentarme una tarde al lado de mis hijos y decirles: «Fidel dijo que triunfaríamos, y así mismo fue».

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El preciso instante para decir adiós

Una cree que después de cuatro días de duelo, después de llorar, negarse, volver a llorar, escribir y recibir mensajes de aliento, se ha endurecido un poco el pecho.

Una espera que después de noches de poco dormir, editar trabajos periodísticos, ponerle la vida y el cuerpo a ediciones especiales y no poder ir a la Plaza porque el deber está al lado del periódico… después de todo eso una espera poder ser fuerte para lo que venga.

Pero cuando luego de la madrugada entera de trabajo, una periodista se para a un lado de la calle a decir adiós al Fidel suyo, ya no es periodista ni otra cosa que no sea una muchacha sola, con frío, golpeada por el peso de la historia y por el sino de su generación de despedir a tantos grandes.

Una puede suponer que está lista, que no se desmoronará, pero es el ruido de los helicópteros, es el silencio atónito de la gente, es la abuela que carga a su nieto «para que lo vea todo y un día sepa que estuvo aquí».

Son los generales erguidos, pero con la banda negra en el brazo, y unos rostros tan afligidos; y es aquella urna, donde va una pequeña caja cubierta por la bandera.

Es todo eso lo que golpea y lo que arranca el aire, y además la certidumbre de que solo tienes ese preciso instante, segundos apenas, para decir adiós.

Alguien grita «Viva Fidel» con una voz herida, y respondemos «Viva», pero ya se va la caravana; y una se queda vacía, con el móvil en la mano, donde está el video triste que en el futuro podrá enseñar a los hijos.

Cada cual vuelve cabizbajo a su lugar, y una tiene de nuevo las lágrimas enredadas en el alma, porque Fidel no cabe en ninguna urna, y nada, nada, prepara para un encuentro que te pone de frente con la verdad de la muerte, con su materialidad.

A pocos pasos de la casa, está la misma fregadora de carros de siempre, donde los muchachos de botas de gomas —que una imagina desconectados de todo, hasta de su tiempo—conversan en voz baja. Y, de pronto, a la entrada de su negocio, repara en un cartel manuscrito con caligrafía irregular: “Fidel por siempre”.

Entonces hay que llorar de nuevo, ahora sí, sin contenerse, porque el duelo no se ha acabado y necesitamos llorarlo hoy para mañana salir a la calle y gritarle al descreído, al imperialista, al traidor, al corrupto, al oportunista: «Fidel está vivo» «Fidel soy yo».

Comandante, estas lágrimas se secarán

fidelEsta noche me acosté temprano y quise atraer un sueño que no llegaba. Leí por varias horas. Di vueltas. No podía dormir. Estaba inquieta. El timbre del teléfono me puso alerta. A lo lejos escuché la voz de mi padre y salí a preguntar qué pasaba. «Murió Fidel» me dijo, sin endulzar la noticia porque hay algunas que son así crueles y directas. «¿Cómo?», repetí y volvió el mismo enunciado, tan duro. Corrí al telefóno, hablé con mi suegra; Matanzas está callada, enmudecida en un dolor sordo, ya muchos lo saben y el mal presentimiento que no me dejaba dormir tiene explicación. Pienso en Rey, mi esposo, tan lejos y que ¡carajo! no se va a enterar por mí. Ahora  lloro, porque nunca pensé qué iba a hacer el día que Fidel muriera. Fidel, el hombre de todos los sueños. Estas lágrimas se van a secar, no hoy, y quizá tampoco mañana, pero Fidel siempre va a estar conmigo, en lo que haga, en mis hijos, y contra eso sí que la muerte no puede.

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¿La extrañas?, me preguntan y yo demoro en responder. Extrañar supone ausencias y ella está en el fondo de pantalla de la computadora, en las paredes de la oficina, en las fotos del móvil. Y todos los días pienso en su bahía, y hablo mil veces del equipo de béisbol (yo, la antideportiva), y recuerdo a mis amigos, le hablo a mi familia, e inevitablemente persigo las noticias de esos lares. Por eso, cuando cruzo el Bacunayagua, no es un reencuentro, solo el beso cotidiano. No extraño a Matanzas, ella está conmigo.

Intimidad a la calle

Mis padres han venido a visitarme. Los invito a una pizzería. De buen humor nos disponemos a enfrentar la cola. Conversamos. Delante de nosotros están ellos. Son dos, una pareja, muy jóvenes.

Se besan desaforadamente, tan cerca de nosotros que oímos los sonidos, los suspiros. Empieza a ser incómodo. Ella le muerde la oreja, lame su cuello, él ríe y, como respuesta, la atrae con fuerza hasta que las caderas de ambos quedan muy juntas.

En la fila, la mayoría intenta por todos los medios que la mirada no tropiece con la escena. Otros lo encuentran divertido; algunos, sensual. «Tremenda película porno», comenta alguien detrás de mí.

La pareja continúa sus juegos presexuales, enajenada de lo circundante, pero expuesta a varias miradas lascivas. No solo lastima el pudor ajeno, comparte una intimidad que debiera pertenecer solo a ambos.

A la mañana siguiente los recuerdo. Esta vez son otros, pero la situación muy parecida. En una calle céntrica, la muchacha está sentada sobre un muro, con sus piernas enlazadas alrededor del joven que permanece de pie.

Él recorre con los dedos la piel de sus muslos y a cada rato la besa en la boca, mientras ella le masajea la espalda. A la vez, ambos conversan de forma muy natural con un amigo que los acompaña.

Reparo entonces en que, durante los últimos meses, me he tropezado con variedad de casos similares, protagonizados la mayoría de las veces por adolescentes, aunque los jóvenes y algunos más «maduros» no se quedan detrás.

Pienso en razones para ignorar que determinadas caricias deben quedar protegidas de la vista ajena: quizá la inexperiencia, la imposibilidad de acceder a un lugar cómodo y seguro donde intimar; o probablemente la falta de civilidad.

Sin embargo, ninguna justificación minimiza el hecho de que respetar a la pareja —con independencia de la naturaleza de la relación— implica separar con exactitud las esferas de lo público y lo privado.

No es cuestión de puritanismo ni de aquellos criterios anticuados que se les suelen achacar a las abuelitas, y mucho menos tiene que ver con la doble moral machista que exige a la mujer discreción absoluta en materia amorosa so pena de comprometer su valía. Se trata, para ambos sexos, de interiorizar que la libertad propia en el ámbito sexual, como en todos, termina donde empieza la de los otros.

Si bien un gesto como tomarse de la mano o dar un beso discreto pueden resultar tiernos, otros como la mano del hombre «petrificada» sobre un glúteo de la mujer mientras recorren la vía pública (cual declaración: Miren esto bien, pero no se equivoquen que es mío) hace pensar en conductas cavernícolas.

Esa misma calificación le sirve a las «nalgadas cariñosas», las conversaciones con implicaciones sexuales, a toda voz, lo mismo en la cola de la panadería, en la guagua, que en Coppelia; y hasta ciertos bailes que, si sus ejecutantes prescindieran de la ropa, recibirían otro nombre.

Hay miles de formas de demostrar el amor o la atracción física sin caer en lo indecente o denigrante, ni convertirlo en un espectáculo público. Llevar a la calle lo que debiera quedar en un ambiente protegido y de confianza no implica una confirmación de la hombría ni asigna, ante los ojos ajenos, solidez al vínculo amoroso, sino todo lo contrario.

No está de más hablarlo con los hijos, sobrinos, amigos, alumnos y, de paso, reflexionar sobre qué rostro le ponemos a nuestra relación amorosa puertas afuera.