Cosas de mamá primeriza: duerme ahora o calla para siempre

Ya he escrito que, cuando me embaracé, quedé sorprendida por todas las cosas negativas que me advirtieron, incluso otras madres. La más recurrente, la top 1, fue: duerme bastante ahora, que ya no lo harás más.
Vayamos por partes. Primero, decirle eso a una embarazada es inútil por partida doble, porque no vas a devolver al bebé por miedo a no dormir, y además, conciliar el sueño en ese estado es dificilísimo. Es decir, ya no duermes y aún no ha nacido.
Dicen que son los nervios los que atentan contra el sueño desde el primer trimestre. Es una paradoja, estás cansada todo el tiempo, pero no puedes dormir por la noche. Para mí, que solía dormir boca abajo, la tortura empezó pronto. Sabía, por fuentes médicas, que no iba a escachar a mi hijo o hija, pero me era imposible, creía que lo iba a asfixiar.
Luego te dicen que debes dormir del lado izquierdo, y si eres tan puntualita como yo, dormirás solo de ese lado, aunque no pase nada por estar un poco del otro. A medida que crece la barriga, te despierta el dolor en el costado, en la espalda; los deseos constantes de orinar, el terrible calor, el hambre… El insomnio te acosa, y en vez de contar ovejitas, cuentas cuántas veces se mueve el bebé, lo que, a diferencia de las ovejitas, no ayuda a conciliar el sueño.
Mi parto se presentó en plena madrugada, sobre las tres, y como estaba desvelada, no había dormido nada desde la siesta de la tarde (mi mejor amiga en toda la etapa de licencia). No dormí lo que restaba de noche, di a luz en la tarde, no dormí esa noche, ni el día después. Fueron casi 48 horas sin dormir, y no tenía sueño. Imagino que sea un mecanismo de la naturaleza, que te proporciona adrenalina a chorros, para superar un proceso que desgasta física y emocionalmente, y proteger a tu cría.
Dormí un poco, por primera vez después de nacida mi hija, mientras su papá hacía la guardia. Esas noches iniciales fueron terribles y maravillosas para él y para mí. Nos mirábamos ojerosos y felices, mientras compartíamos el desesperado anhelo de que amaneciese al fin.
Las madrugadas del primer mes, días más, días menos, son angustiosas, es cierto. Pueden ser muy solitarias, independientemente de cuánto apoyo tengas. Mientras el cuerpo se recupera del parto y la mente se adapta a los nuevos horarios y al hecho de que un ser depende todo de ti, un consejo me hizo mucho bien y lo comparto: puedes elegir estar cansada y de mal humor, o solo cansada.
Yo descubrí pronto que no hay manuales para recién nacidos, que no todos comen y duermen, que no siempre se puede dormir mientras ellos lo hacen, porque hay otras cosas que hacer o porque no viene el sueño en ese momento.
Mis tips fueron: dejar mis meriendas preparadas para cuando me levantara a dar el pecho y así optimizar el tiempo; mirar fijo el bombillo de la lámpara de noche para no dormirme con mi bebé en brazos; si a las cuatro de la madrugada ella no quería dormir más, pues nada de quedarse en pijama arrastrándose por la casa, me alistaba como si ya hubiera amanecido, con peinado y todo, y hasta tendía la cama.
Ansiaba con todo mi ser que llegaran las nueve de la noche, porque a esa hora se dormía y yo detrás. Alguna vez hasta lloré desconsolada, cuando por tercera vez intenté dejarla en la cuna y se despertó; tenía tanto sueño que me sentía enferma.
Luego pasan las noches y contra tu propia expectativa, sobrevives. Algunos niños duermen más, otros casi nada. Ahora prefiero quedarme con el lado positivo: como me despierto temprano aprovecho las horas, y hasta critico a mi antigua yo, que despilfarraba sus mañanas durmiendo.
Cuando vives la tormenta hormonal del posparto -que un minuto te hace reírte hasta el dolor de estómago de tu propio chiste bobo, y al siguiente, llorar porque oyes Monólogo, de Silvio, y te da por reflexionar sobre el sentido de la vida- la falta de sueño coloca al borde de un ataque de nervios. Por eso está bien quejarse en voz alta, compartir ese malestar, y quien sugiera que debes aguantar callada porque tú querías un hijo, no merece más que una sonora trompetilla.
Las madres se cansan, se hastían, y es lícito sentirlo y decirlo. No hay que justificar el amor hacia nuestros hijos, nadie tiene derecho a ponerlo en duda.
Maternar deja poco espacio para dormir. Pero, señoras y señores, robamos horas al sueño para estudiar, trabajar, ir a fiestas, viajar, cuidar… Lo hacemos, porque hay recompensas en el camino o al final de él, y la maternidad tiene muchas. Eso le habría dicho a mi yo embarazada.
Y también que quien no duerme, perece, así que siempre se duerme algo, menos y peor, pero algo. Hasta te darás lujos como tontear con el teléfono cuando tu criaturita duerme, mirar sus fotos, ver el capítulo de una serie o escribir un post. Esto último no lo recomiendo, siempre se despiertan justo cuando terminas y crees que vas a disfrutar un sueñecito, esa ley si es invariable. Justo ahora, mi Amalia me mira, la siesta de esta mami no será.

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