Sobre montañas de utopías ciertas

Cae la tarde de domingo y nos da por hablar del pasado. Les cuento de un Martí diferente que encuentro por estos días en una biografía sublime y, como yo, se estremecen con las anécdotas del muchacho que se enamoró e hizo el ridículo, tan único y tan igual a nosotros en su humanidad que instiga.

A mi amigo se le ocurre preguntar: ¿Si tuviesen una máquina del tiempo, a qué momento irían? Playitas de Cajobabo, dice primero, para verlos bajar a él y a Gómez… y mirar sus rostros al poner los pies sobre la arena prometida, y con olor a Isla.

Por el camino de la historia vamos, sin orden cronológico, de los ojos arrancados de Abel a la tos de Villena; del perfil de Mella a Celia, férrea y eficiente organizadora; de Fidel, sagaz líder, adalid de la unidad, a la carta de despedida del Che, tan cubano. De Raúl, defensor de la bandera única, la del respeto inmenso para todos los mártires; a Pablo de la Torriente, periodista tremendo, y a Guiteras, masacrado en El Morrillo.

Nos robamos la palabra unos a otros para recordar aquel hecho, el otro testimonio… alzamos la voz, nos apasionamos. Tenemos menos de 30 años y la historia nos parece algo tan hermoso como serio; por eso nos rondan otras interrogantes: ¿Qué hay grande para hacer en esta Cuba? ¿Cuál machete mambí empuñaremos? ¿Dónde está la Sierra de hoy?
Nuestro debate dominical en la última fila de asientos de un ómnibus interprovincial nos ofrece las pistas. «Ellos en su momento no sabían que estaban haciendo historia», apunta alguien, y concordamos. Pero la épica de este tiempo no puede ser ciego presentismo. La de ellos no lo fue, siempre hubo deudas con la sangre precedente. Y esa deuda persiste y se acrecienta, lo sabemos.
Ahí está la obra, rebelde y vital, de los hombres y mujeres de la nación: en honrar, con el deber limpio y la palabra honda, los sucesivos sacrificios, los hombros miles que han sostenido el país y sus destinos. Y en fundar siempre, porque el pasado nuestro punza en las comodidades.

Como nosotros, más jóvenes dialogan con el ayer, inquiriéndolo, y que andemos en la búsqueda de un Moncada propio habla de la llama viva que prendió un día 26 de un julio martiano. Revolucionar siempre es el modo de fortalecer la Revolución de sincera raíz.

De ahora en adelante todo será más difícil, dijo una vez un cubano gigante en medio del triunfo que parecía total y la gente entendió que empezar de nuevo cada mañana era el precio de no ser lacayos.

Y ahora pareciera que nos lo repite, poniendo en el reto la única opción digna y amorosa, en una Isla de victorias encaramadas sobre montañas de utopías y burladora de presagios grises. Poder, casi 60 años después, pasar de manos firmes a manos prestas, la conducción del sueño común, es la más cierta de esas victorias. ¡Tanto y tan grande tenemos que hacer! El precio de no entenderlo sería muy alto.

(Publicado originalmente en Granma)

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Ñámpiti o la flor que nos crece dentro

Podría retirarme mañana mismo y no hacer más que leer, y aun así –aunque llegara a ser la persona más longeva del mundo– no podría ni acercarme a terminar, no digo ya todos los libros que existen en el mundo, sino al menos los que me interesan.

Como nadie puede contra las estadísticas, hace tiempo superé mis indiscriminadas lecturas adolescentes, y escojo muy bien a qué textos dedico mi tiempo. Pocas veces releo, pero ese es un placer al cual resulta difícil sustraerse y unos meses atrás me embarqué en la aventura de volver a los primeros libros «sin muñequitos» que leí.

Ese reencuentro me confirmó algo que ya sabía: hacer literatura infantil –al contrario de lo que creen quienes la subestiman– requiere de una agudeza singular. Los niños son quizá los lectores más difíciles: no perdonan la falsedad ni que se subestime su inteligencia. Hay que ser muy perceptivos para ponerse a la altura de la riqueza y la fantasía de sus mundos. Los adultos debiéramos leer más lo que se escribe para ese público, y así entenderíamos otra verdad: la literatura, cuando es buena, no tiene edad de destino.

Así lo prueba Ñámpiti (Ediciones Sed de Belleza, 2015), una historia que habla de abandono, de acoso escolar, de racismo, del alcohol, de las limitaciones aparentes de un entorno rural… todo orbitando en la vida de Handel, un niño que suaviza esas crudezas a través de su mirada limpia, y que aprenderá por el camino que las madrastras no tienen por qué ser brujas y que a veces la muchacha linda del aula sí se enamora del menos pensado.

Este no es un entramado de tristezas, pero tampoco idílico; no podría ser de otro modo porque se parece a la vida. Advierto el aliento autobiográfico que marca con la sinceridad los buenos textos. Nunca antes había leído a su autor Eduard Encina (1973- 2017). Supe de él primero por esa estela como de luz que deja la gente buena cuando se marcha definitivamente. Ante su prematura muerte, muchos de quienes lo conocieron escribieron del poeta, narrador y pintor, natural de Baire, como quien dice de un hermano muy querido.

Con esas referencias, fui a Ñámpiti a buscar sensibilidad y la encontré con creces. Y me arrastré entre las hierbas del patio con Handel para perseguir lagartijas, pinté con él asfódelos gigantes que se me aparecieron en sueños, me alegré cuando su padre dejó de beber para volver a pintar y me hice amiga del ciego Brunelo.

«Mira lo que pasó con la bruja y ahora nadie cree que la vieron volando sobre el cine, mucho menos creerán que Brunelo no desapareció como todos piensan, ni que tampoco se mudó de pueblo, sino que se convirtió en esta flor que hoy vinimos a cuidar para sembrarla mañana», le dice el niño a su noviecita Inés. Y a mí me dan deseos de contestarle, y lo hago, que yo sí le creo, porque, ¿qué sería del mundo si no esperáramos que un día cualquiera, en el pecho, nos crezca una flor?

Esa fuente originaria que llamamos país

Cada persona es una historia, conformada por parajes, voces, texturas…y dejar atrás alguna de esas partes implica siempre una reinvención personal…

La nostalgia es un tipo dulce de tristeza. Cuando se te aloja en medio del pecho, no puedes más que ceder a los recuerdos, a la evocación, y regresar al menos con el pensamiento a los lugares o personas que te llaman desde la lejanía.

Cada persona es una historia, conformada por parajes, voces, texturas…y dejar atrás alguna de esas partes implica siempre una reinvención personal, que no significa olvidar, sino aprender a amar de otro modo.

Cuba, con su circunstancia, ¿bendita o maldita? del agua por todas partes, ha visto llegar e irse de sus orillas a mucha gente dividida por el conflicto de empezar otra vez.

Mi bisabuela canaria nunca dejó de tomar caldos hirvientes con pan, aún en los veranos más agotadores de Guanabacoa, ni de reprocharle a esa niña cubana (mi madre) su desprecio por aquellas sopas demasiado espesas.

Porque una puede aplatanarse en tierras nuevas, pero siempre hay un gusto especial en plantar su bandera y con ella sus costumbres. Así van los cubanos por el mundo, sembrando la huella de gente buena, alegre, dadora…orgullosos de su historia,  su música, de sus playas, de su calor.

Y con ellos llevan pequeños tesoros, tangibles e intangibles, para tener presentes a toda hora esa fuente originaria que llamamos país.

He sabido de los que quieren montar en el avión un aguacate, o de los que se llevan un paquetico de café “de la bodega”, y también de los que añoran una caja de cigarros Popular.

La nostalgia es un tipo dulce de tristeza, que manejada con optimismo nos puede conducir a la alegría.

Cuando Cubahora convocó al foro ¿Si sales de Cuba qué llevarías contigo?, tal vez no esperó tantas respuestas genuinamente hermosas, ni que los seres “ácidos” estarían tan en desventaja con respecto a los que andan vestidos de amor por nuestra patria.

Ese “algo” que recuerde el hogar fue definido en los planos material y espiritual, y esas naturalezas se entrecruzan:

Las fotos y los números de teléfono de la familia, la bandera, las canciones de Silvio Rodríguez, un pulóver con la imagen de José Martí, un pasaje de regreso, una piedrecita del pueblo, un retrato de Fidel…

El olor, los principios, el decoro, la trova, la poesía, «mi pedacito de mar», el deseo de volver, la alegría, los lugares, la añoranza,  el amor por la tierra, la convicción de que la distancia no cambia nada…

Escojo cuatro fragmentos de lo escrito por los usuarios que me parecen dictados por almas claras:

“Me llevaría en una bolsa en mi corazón los días felices que disfruté, el olor del campo y la tierra mojada, el cantar de las aves, el azul del mar y el cielo, los recuerdos de mi niñez, el calor del sol, los recuerdos de Papá y el de su verde uniforme militar y por supuesto el recuerdo de Fidel”.

“Llevaría… toda la añoranza que quepa en mi maleta hasta que vuelva”.

“Un familiar muy cercano, que decidió hacer su nido fuera de Cuba, cuando vino por primera vez, soltó los zapatos, bailó ritmos cubanos y dijo que no había como sentir el suelo de tu patria, créanme, las lágrimas corrían por su rostro”.

“Si saliera de Cuba, me llevaría el recuerdo, el inolvidable recuerdo de todos los que amo, me llevaría una enorme bolsa de besos, los besos de mis hijos, de mi madre y mi amado, me llevaría el deseo, el inquebrantable deseo de volver”.

Por eso la Patria es un concepto  que rehúye de las definiciones reduccionistas, de los estereotipos; la Patria está hecha de sus hijos y en ellos va dondequiera que funden.

Yo, por mi parte, para salir de Cuba con el sentimiento pleno, solo necesito, antes de partir, el perfume de ciertos abrazos, y la certeza de que estarán ahí cuando vuelva.

(Publicado originalmente en Cubahora + Video)

Diez años después: un viaje a la semilla*

29542316_945557082275360_7279481199386253815_nMe lo dijeron y no lo creí. Tuve que sacar la cuenta con los dedos para convencerme.  Me quedé pensativa medio minuto y después fui a hacer otra cosa. Los periodistas siempre tenemos cosas que hacer, quizá por eso no percibimos el paso del tiempo y se nos va la vida apasionadamente entre el reportaje de ayer y la crónica de mañana.

Recordé el dato varias veces en los días siguientes y seguí sin entender cómo se me habían ido tan fugaces diez años intentando convertirme en periodista.

Después, otra mañana, encontré una revista vieja editada por la Upec: dentro, un trabajo sobre la apertura de la carrera de Periodismo en la Universidad de Matanzas. Lo firmaba la profe Arianna, lo acompañaba una foto de jóvenes flacos e inocentes en un parque de hormigas temerarias y microclima permanente.

Entonces, sí tuve que ceder a la memoria, que es empecinada, y acordarme. Las clases empezaron después de lo previsto, porque un huracán había amenazado, y quizá debimos sospechar que ese nacimiento «entre ciclones» sería un anuncio de lo que vendría.

Porque, hay que decirlo, romper el hielo tiene sus ventajas y desventajas, y nosotros no escapamos a ninguna de ellas. Así tuvimos fama de «protestones», de «creernos cosas», y no faltó quien nos conminara a esconder, de las visitas, el tibor, porque no había grupo en la universidad que armara más campañas en pro de la bibliografía, sea cual fuera el visitante.

Nuestras causas fueron numerosas, y creo que todas justas, y desde la primera clase hasta aquella gloriosa prueba de Taquigrafía (más temida que la discusión de la tesis) fuimos, a pesar de nuestras muchas diferencias, un grupo sui géneris, capaz de emocionarse con la mayéutica socrática y que adoptó todas las iniciaciones con un ansia total de saber.

Diez años después, con más canas, trabajo, hijos; en los medios, fuera de ellos; en Cuba, fuera de ella; me parece que todos tenemos historias hermosas para contar de cómo estudiar Periodismo nos hizo crecer, y amar, y volver a empezar siempre.

Lo más sublime es que aquel grupo de 18, que por el camino adoptó a una santiaguera, no fue el único y han venido otros, pequeños de número pero igual de enamorados y de originales.

Hace una década Matanzas necesitaba una carrera de Periodismo. Hoy la sigue necesitando y en el futuro también lo hará, para formar profesionales que muevan los letargos, sueñen los caminos, que conecten a la gente con su realidad de todos los días; para formar buenas personas, que es quizá lo más importante.

Habrá que agradecer siempre a los periodistas matanceros que, pese a todo, se han reinventado como profesores, solo porque aman tanto lo que hacen que no pueden dejar de creer que sus alumnos lo harán mejor.

Los medios matanceros no se han transformado todo lo que pudieran con las ganas y las inteligencias salidas de estas aulas, pero sería injusto decir que no se ha hecho sentir el empuje del conocimiento nuevo, de la entrega por la verdad siempre revolucionaria de que hablara Julio García Luis.

Diez años no son poca cosa, pero aún es pronto para dejarse ganar por las nostalgias, aunque a veces asalten deseos de probar otra vez los churros socatos de la cafetería, sentarse a conversar en el parque de las hormigas, y preocuparse solo por el seminario de mañana y por cómo se escribe desoxirribonucleico en Taquigrafía.

Aún es tiempo de mirar hacia los horizontes, los probables y los deseables y de fundar obras buenas; y dentro de 10 años, o 20, ya sabremos que fue de esos locos que un día decidieron consagrarse a un oficio exigente, de mucho trabajo, poco dinero y aventuras siempre nuevas.

 

*Estas palabras las escribí para el I Encuentro entre Estudiantes y Egresados de la carrera de Periodismo en la Universidad de Matanzas

 

 

 

 

Votar por un país y sus esencias

CUBA-CARICATURA DE OSVAL-ELECCIONES POR LA PATRIAVotar por Cuba es depositar la fe en el lado luminoso del ser humano…

A ella nunca se le quitó el susto. La primera vez que votó ya era una mujer adulta y, a pesar de los tiempos rebeldes que hacía muchos años habían entrado como viento en su vida para desatarle todas las amarras, la palabra elecciones le seguía trayendo malos recuerdos.

Quizás pensaba en la vez que un pariente recogió las cédulas de toda la familia para venderlas y así poder costearle la operación a una prima moribunda; o en el clima de politiquería malsana que invadía su pueblo de campo, cuando por un voto se llegaba a la coerción, la violencia, las extorsiones.

Pero lo peor eran las promesas, el político de “punta en blanco” que aseguraba que, como le había pasado a ella, a los hijos ya no se les morirían más madres en el parto, y habría escuelas, y hospitales, y futuro…; para luego de conquistar lo único que tienen los pobres, su fe, desaparecer con los bolsillos más llenos y la memoria más corta.

Mi abuela votó esa primera vez en elecciones revolucionarias, y el susto inicial cambió de matiz, ya era asombro; asombro por la dignidad que significaba que ella, guajira humildísima, pudiera llenar una boleta por propia voluntad y eso contara.

Más que un derecho, votar se le representaba como un privilegio al que nunca renunció. Y cuando su salud flaqueó y ya no pudo ir al colegio electoral, esperaba con ansiedad que llegaran a casa con la boleta. Esos son los primeros recuerdos que tengo de unas elecciones: su mano trémula sobre el papel, su alegría.

La vida de mi abuela, reflejo de otros muchos cubanos y cubanas anónimas, me ha ayudado a entender que nuestras elecciones tienen una honda raíz y son tan genuinas y esenciales como el proceso revolucionario que las ha gestado, que no se las puede desligar del palpitar de la sociedad.

A pesar de que las matrices de opinión que se han pretendido extender, como parte de la guerra que se nos hace, insisten en colgarles un velo de apatía, de desinterés del pueblo cubano, basta repasar los comentarios del foro de Cubahora ¿Qué es para ti votar #PorCuba?, para entender el grado de pasión que despierta el tema, y cuánto valor le da la gente a ser dueña de su futuro.

En un ambiente de debate problematizador, y para nada complaciente, los usuarios hablaron, en primer lugar y sobre todo, de confianza y unidad: la Patria es una construcción colectiva y el proyecto de país no podrá avanzar si cada cual no hace su parte.

Votar por Cuba es hacerlo por la inclusión, la identidad, la seguridad, el compromiso con la historia y la continuidad… dijeron otros, conscientes de que un sistema electoral genuino es una ganancia que puede perfeccionarse pero no perderse con los cantos de sirena de la democracia occidental.

De la raíz martiana y fidelista de las elecciones también se habló y de lo mucho que significa la isla para América Latina y el mundo, porque se ha erigido, desde su pequeñez geográfica, en faro de las posibilidades, en utopía concretada.

Además, se apeló a lo que la sociedad debe y aspira a mejorar —no puede haber revoluciones conformistas—, de cómo quienes dirigen no pueden perder el apego a la gente, su razón de ser; y de cómo hay que hacer más para que el conocimiento que se tiene de los diputados sea muy profundo.

“Cuando esos pioneros dicen ‘votó’ a uno se le remueve algo lindo por allá dentro”, me comentó un amigo hace unos días, y ese sentimiento lo adiviné en la mayoría de los foristas, y casi los imaginé saliendo a la calle este domingo, tras la coladita de café, sintiendo la sutil grandeza de vivir en un país especial, que siempre le ha puesto el pecho a las carencias y a las amenazas, y por la limpieza de su alma ha salido triunfante.

Por eso digo que votar por Cuba es hacerlo por un sueño que vale la pena, por lo vivo de la historia y por lo hermoso del porvenir; es depositar la fe en el lado luminoso del ser humano y en la emociones que despierta una escalinata sembrada de antorchas, un mar teñido de flores, el olor a palmas de una madrugada…

(Publicado originalmente en Cubahora)

Una vez insurrecto, siempre mambí

La Revolución, vista desde hoy, es una sola. No podían saberlo sus protagonistas, pero lo intuían. Mientras el objetivo primero, la independencia total, estuviera inconcluso, la lucha debía seguir…

”En Cuba solo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868”
Fidel Castro

No era fácil pensar en alzarse una vez más. En la memoria colectiva estaban el hambre, los pies descalzos y llagados, la crueldad ilimitada del enemigo ciego de odio e implacable incluso ante los niños.

Pero un Martí, alborotador y alucinado, supo ver en las almas de cubanas y cubanos bravos, la herida abierta por la independencia inconclusa y el Zanjón vergonzoso.

Así pudo aunar y convencer, apeló enfebrecido a la unidad y recordó toda la gloria levantada en medio de diez años de sacrificio por Cuba.

Empezar una nueva guerra no era capricho ni locura, sino una profunda necesidad para rescatar, de una colonización desfasada y dolorosa, a la Patria.

Era, además, un compromiso con Céspedes y Agramonte, con cada muerto por el ideal, incluso con cada poema escrito a aquellas jornadas de buniato y dormir escaso.

La prédica martiana no transitó los caminos de la evocación vana, sino de la acción pronta, porque «Hay versos que hacen llorar, y otros que mandan montar a caballo».

Así volvió la siempre fiel isla de Cuba, un 24 de febrero de 1895, a pelear por arrancarle las bridas de su destino al gobierno español.

Y los sumidos en el sueño anexionista o en la parálisis de la incredulidad, no podían entender cómo iban tantos de nuevo a internarse en la manigua y  a poner las esperanzas en el machete.

¡Qué habría sido de aquella contienda si poco después no hubiera muerte el Apóstol!, si no se hubieran quedado un poco huérfanos sus contemporáneos sin su clarividencia.

Se puso por delante Estados Unidos, y con toda la saña y la mala inteligencia de un imperialismo naciente robó la independencia y frustró el proyecto.

Como no murió el frenesí de 1868 en la Tregua Fecunda, la Neocolonia no pudo sepultar a los mambises, y muchos se sacudieron la orfandad al redescubrir a un Martí antimperialista, que lo había pensado todo, que todo lo había escrito, que nadie podía matar.

El Maestro se escurrió de los fatuos homenajes republicanos y de las estatuas, para entrarle por las pupilas  a Villena y en el perfil intenso a Mella y, a través de tantos otros, llegar  a una generación que entendió la enorme responsabilidad de ser la del Centenario del más grande de todos los cubanos.

En el Moncada y la Sierra Maestra estuvo la impronta de aquellos hombres y mujeres de 1895, que también eran los de 1868, y fueron los de 1959.

La Revolución, vista desde hoy, es una sola. No podían saberlo sus protagonistas, pero lo intuían. Mientras el objetivo primero, la independencia total, estuviera inconcluso, la lucha debía seguir.

Muchos elementos conspiran para esa conclusión: nunca tuvieron los insurrectos (los de a caballo y los barbudos) sus propias armas: se las arrancaron al enemigo y el ejército fue el pueblo.

Siempre estuvieron allí el radicalismo, el antianexionismo, la fe en la lucha armada como el camino para conquistar los derechos.

Y los errores también trazaron una línea; para ascender, hubo que aprender de la nefasta desunión,  del regionalismo y de las ingenuidades imperdonables.

De otra manera, no hubiera podido decir Fidel: « (…) Esas banderas que ondearon en Yara, en La Demajagua, en Baire, en Baraguá, en Guáimaro; esas banderas que presidieron el acto sublime de libertar la esclavitud; esas banderas que han presidido la historia revolucionaria de nuestro país, no serán jamás arriadas. Esas banderas y lo que ellas representan serán defendidas por nuestro pueblo hasta la última gota de su sangre».

La Revolución cubana es una sola, y no se bajó del caballo un 1ro. de enero, sigue hasta hoy. Si el proyecto Cuba perdiese ese carácter irredento de 150 años, dejaría esta Isla de ser lo que es, y sería imperdonable.

La insurrección pervive, porque no hemos renunciado a la historia, y porque un país que un día fue insurrecto, siempre será mambí.

(Publicado originalmente en Cubahora)

 

Momentos Claves de la Guerra de Independencia
10 de octubre de 1868: Inició la guerra por la independencia de Cuba y el proceso de abolición de la esclavitud.
24 de agosto de 1879: Inicia la Guerra Chiquita (1879-1880) como continuación del proceso iniciado el 10 de octubre de 1868
24 de febrero de 1895: Reinicio de la lucha contra el colonialismo español.
1 de enero de 1959: Entra Fidel y el Ejército Rebelde en Santiago de Cuba, anunciando el triunfo de la Revolución Cubana, que marcó la liberación del pueblo de Cuba del imperialismo.

De la épica y sus tantos rostros

La historia no está hecha solo de grandes mujeres y hombres, sino también de quienes alumbran como fuego en la cotidianidad…

De mi abuelo heredé un libro grande y muy pesado. Ahora, si miro atrás, creo que con ese texto sobre las piernas debo haberme parecido a Nené Traviesa en aquella ilustración sobria y maravillosa de La Edad de Oro.

El volumen resumía en fotos la historia de Cuba y yo lo hojeaba despacio, muchas veces. Ahí vi por vez primera la sangre escaleras abajo en Humboldt 7 y entendí que la libertad no era barata.

Página por página descubrí que lo que somos hoy tiene unas raíces fuertes y hondas en el ayer de muchas personas, gente que amó, que sufrió, que no actuó sabiendo que su huella se perpetuaría, gente común afincada en su tiempo.

Porque la historia, al contrario de lo que casi siempre predicamos, no está hecha solo de las grandes mujeres y hombres y de sus luchas y esperanzas, sino también de quienes alumbran como fuegos en la cotidianidad y echan a andar un país desde el anonimato de la existencia individual.

Por eso Cuba puede preciarse de su pequeñez iluminada: no solo tiene al poeta apóstol José Martí, al enamorado Agramonte, al enfebrecido (de pulmones y revolución) Villena, al cubano Che, al Camilo hondo, a la fuerte Celia, al futurista Fidel… Acoge la isla a millones de cubanos y cubanas hechos a la medida de la épica, sabedores de que hay algo más grande que ellos mismos que se llama nación y vale todos los sacrificios… y por sus desprendimientos van sembrando episodios que forjan una historia colectiva y hermosa, la que a fin de cuentas nos pone cada día en el sentimiento y el respeto del mundo.

Cuando Cubahora invitó en su foro ¿Qué memorias de la historia cubana te conmueven? a completar el rompecabezas de la memoria colectiva, las respuestas fueron desde la cumbre hasta la batalla de todos los días.

Así se entremezclaron el fin de la guerra hispano-cubano-norteamericana con el asalto al Cuartel Moncada, “las huellas que dejaron los proyectiles en las paredes y ver en lo que se ha convertido”.

Desde la consternación y la negativa al olvido (una forma de aniquilar la historia que tiene muchos adeptos) se mencionó el fusilamiento de los estudiantes de Medicina, la tortura y el asesinato de Abel Santamaría, la operación Peter Pan, el bombardeo al aeropuerto de Ciudad Libertad.

Porque el heroísmo también nos signa, se escribió de la primera carga al machete, de la Protesta de Baraguá, de Girón y de la Crisis de Octubre.

A Fidel, guía de las seguridades y de la dignidad, el de Cinco Palmas, el ciclón Flora, la batalla por Elián, se refirieron varios usuarios, y no podía ser de otro modo porque todo lo relacionado con él “es conmovedor, está lleno de sentimientos muy puros”.

Sobre la resistencia del pueblo cubano en los convulsos años 60, y durante el Periodo Especial, cuando intentaron rendirlo por hambre, también opinó un lector, en un tributo merecido a todos los que, al decir de otra lectora, aportan “un granito en este libro grande”.

Las disquisiciones filosóficas sobre el fin de la historia dejaron de estar de moda, pero a muchos poderes les convienen los desmemoriados. Del recuerdo viene el compromiso, de la historia se aprenden, además de los caminos, los errores sobre los cuales no vale volver.

La historia no solo nos conmueve, también, y sobre todo, nos mueve.

 

(Publicado originalmente en Cubahora)

De pie espero

Cuando me toca hacer uso de mi paciencia en alguna gestión ineludible, trato siempre de sacarle provecho a los minutos invertidos-perdidos. (Fernando Medina Fernández / Cubahora)

Si evoco mi infancia, me visitan enseguida el olor del café vespertino de mamá y sus expresiones originales; mi madre tiene una colección completa de frases que pertenecen al universo peculiar de nuestra familia.

Así, si le decía que me aburría, ella ripostaba: “No sea burra”; para significar que algo era muy pero muy poco, soltaba: “Un tin a la marañín”; y cuando alguien le hablaba con entusiasmo desmedido de algún suceso con escasas probabilidades de hacerse realidad, sentenciaba: “Espere sentado”. Y lo de esperar cómodamente sentado era para no padecer un dolor de pies agudo por aguardar promesas difusas.

De mis despreocupados días infantiles a las incipientes canas de hoy, varias veces me ha tocado esperar sentada, muchas más en el sentido literal que en el metafórico —aunque en ocasiones tengan tantas similitudes.

Como heredé el pragmatismo materno, esperar es una tortura cruel que jamás he sabido enfrentar con resignaciones, y le huyo a los trámites como a la peste medieval. Aun así no me salvo, esperar (hacer cola en la oficina de la Vivienda, en la consulta del médico, en la bodega, en la parada de la guagua…) parece relacionado de forma intrínseca a la sociedad cubana actual. Incluso allí donde no es necesario hacer fila, siempre aparece algún desesperado clamando a toda voz por el último.

Cuando me toca hacer uso de mi paciencia en alguna gestión ineludible, trato siempre de sacarle provecho a los minutos invertidos-perdidos, y como me tomé en serio lo de la campaña de “leyendo espero”, no salgo jamás sin un libro (una nunca sabe cuando la espera sacará sus garras).

Eso sí, buena parte de los cubanos tiene un arma poderosa para sacarle provecho a esas ocasiones: su don natural para conversar, así sea con completos extraños. De tal forma, dos personas que nunca se habían visto pueden salir del cuerpo de guardia de un hospital conociendo hasta el más mínimo detalle de sus respectivas historias clínicas.

Pero de la espera también se pueden decir muchas cosas malas. La gente se impacienta, se siente maltratada, se pone agresiva con quien menos lo merece y sufre mientras ve esfumarse un recurso que no recuperará jamás: su tiempo.

¿Por qué entonces esperamos tanto? Muchas razones podrían surgir, desde falta de recursos hasta de personal, pero la mayoría de las veces la indolencia asoma su oreja peluda detrás de los retrasos; y el funcionario sale a fumarse un cigarrito o la doctora conversa por teléfono, mientras aguardan por ellos.

Si fuesen requeridos, los “demorones” dirían que hay que entenderlos, que también son personas; y en sus respuestas airadas encontraríamos una esencia del problema: un servidor público no será eficiente si no entiende lo que implica servir.

En resumen, sin exigencia, los burócratas se cocinan en su propia salsa y viven felices, atendiendo en una jornada a tres usuarios, cuando podrían ayudar a diez; y hasta habrá alguno podrido que dilatará adrede las soluciones de no haber un “regalito” de por medio.

Sí, a veces no queda más remedio que esperar, la vida y el éxito requieren de paciencia, de esperanza en lo por venir; sin embargo, mi madre me enseñó a no esperar sentada, a ponerle fechas de cumplimiento a los proyectos, a no dejarme pasar gato por liebre.

Y ya que vuelvo al terreno metafórico, le digo que hay que esperar de pie e irles de frente a los que nos hacen perder además de las horas, la lozanía. Que la espera no se vuelva conformidad con lo malo, que no rumiemos calladas amarguras en vez de hacer por la transformación.

Una espera injustificada, sea por soluciones o explicaciones, merece siempre una denuncia instantánea y dura. Esperar de pie quizás no agilice el proceso, pero no nos hará cómplices y, sin dudas, seremos más útiles a la obra común.

Si evoco mi infancia, me visitan enseguida el olor del café vespertino de mamá y sus expresiones originales; mi madre tiene una colección completa de frases que pertenecen al universo peculiar de nuestra familia.

Así, si le decía que me aburría, ella ripostaba: “No sea burra”; para significar que algo era muy pero muy poco, soltaba: “Un tin a la marañín”; y cuando alguien le hablaba con entusiasmo desmedido de algún suceso con escasas probabilidades de hacerse realidad, sentenciaba: “Espere sentado”. Y lo de esperar cómodamente sentado era para no padecer un dolor de pies agudo por aguardar promesas difusas.

De mis despreocupados días infantiles a las incipientes canas de hoy, varias veces me ha tocado esperar sentada, muchas más en el sentido literal que en el metafórico —aunque en ocasiones tengan tantas similitudes.

Como heredé el pragmatismo materno, esperar es una tortura cruel que jamás he sabido enfrentar con resignaciones, y le huyo a los trámites como a la peste medieval. Aun así no me salvo, esperar (hacer cola en la oficina de la Vivienda, en la consulta del médico, en la bodega, en la parada de la guagua…) parece relacionado de forma intrínseca a la sociedad cubana actual. Incluso allí donde no es necesario hacer fila, siempre aparece algún desesperado clamando a toda voz por el último.

Cuando me toca hacer uso de mi paciencia en alguna gestión ineludible, trato siempre de sacarle provecho a los minutos invertidos-perdidos, y como me tomé en serio lo de la campaña de “leyendo espero”, no salgo jamás sin un libro (una nunca sabe cuando la espera sacará sus garras).

Eso sí, buena parte de los cubanos tiene un arma poderosa para sacarle provecho a esas ocasiones: su don natural para conversar, así sea con completos extraños. De tal forma, dos personas que nunca se habían visto pueden salir del cuerpo de guardia de un hospital conociendo hasta el más mínimo detalle de sus respectivas historias clínicas.

Pero de la espera también se pueden decir muchas cosas malas. La gente se impacienta, se siente maltratada, se pone agresiva con quien menos lo merece y sufre mientras ve esfumarse un recurso que no recuperará jamás: su tiempo.

¿Por qué entonces esperamos tanto? Muchas razones podrían surgir, desde falta de recursos hasta de personal, pero la mayoría de las veces la indolencia asoma su oreja peluda detrás de los retrasos; y el funcionario sale a fumarse un cigarrito o la doctora conversa por teléfono, mientras aguardan por ellos.

Si fuesen requeridos, los “demorones” dirían que hay que entenderlos, que también son personas; y en sus respuestas airadas encontraríamos una esencia del problema: un servidor público no será eficiente si no entiende lo que implica servir.

En resumen, sin exigencia, los burócratas se cocinan en su propia salsa y viven felices, atendiendo en una jornada a tres usuarios, cuando podrían ayudar a diez; y hasta habrá alguno podrido que dilatará adrede las soluciones de no haber un “regalito” de por medio.

Sí, a veces no queda más remedio que esperar, la vida y el éxito requieren de paciencia, de esperanza en lo por venir; sin embargo, mi madre me enseñó a no esperar sentada, a ponerle fechas de cumplimiento a los proyectos, a no dejarme pasar gato por liebre.

Y ya que vuelvo al terreno metafórico, le digo que hay que esperar de pie e irles de frente a los que nos hacen perder además de las horas, la lozanía. Que la espera no se vuelva conformidad con lo malo, que no rumiemos calladas amarguras en vez de hacer por la transformación.

Una espera injustificada, sea por soluciones o explicaciones, merece siempre una denuncia instantánea y dura. Esperar de pie quizás no agilice el proceso, pero no nos hará cómplices y, sin dudas, seremos más útiles a la obra común.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Isla de infinitas raíces

Un hijo que se marcha de Cuba no se pierde… hay un amor al archipiélago de las singularidades que no logran enfriar las horas de viaje en avión ni la nieve…

por YEILÉN DELGADO CALVO

La cubanía sobrepasa las fronteras de los estereotipos para instalarse en lazos etéreos e irrompibles. (Kaloian Santos Cabrera / )

¿Y qué es la cubanía?, me preguntó un lector hace algunos meses, vía correo electrónico, y desde entonces la interrogante me ronda e incita. Las respuestas categóricas suelen ser peligrosas, dejan fuera los matices, las pequeñeces sublimes; y lo cubano es demasiado hondo como para quedar preso en una definición.

Podría alguien aventurarse a afirmar que las personas nacidas en esta tierra son, por antonomasia, extrovertidas, bailadoras, jugadoras de dominó… y no estaría de espaldas a la verdad, pero esos rasgos generalizadores excluyen a muchas, empezando por mí.

La cubanía, marcada también por el café —amargo y escaso—, la yuca con mojo, el olor a salitre y palma, y esa cualidad, digna de ser envidiada por el resto del mundo, de extraerle lo risible a cualquier tragedia, grande o pequeña, sobrepasa las fronteras de los estereotipos, para instalarse en lazos etéreos e irrompibles.

Por eso, cuando se impone la circunstancia del agua por todas partes —maldita o bendita según se mire— y un hijo de Cuba, la irredenta y utópica, marcha a otros sitios en busca de caminos disímiles, no deja de ser un modo de inventarse uno nuevo, sino que lleva consigo una nostalgia optimista para fundar.

Y del otro lado del mar se les reconoce más que por los gestos amplios y el desenfado, por una vocación de solidaridad que no sabe desconocer a los vecinos o dejar a alguien tirado en la calle; y también por hallar en cualquier coterráneo a un hermano, y por un respeto a la bandera y a Martí que roza la devoción profesada a las reliquias familiares.

Un cubano que se va de la isla no es uno que se pierde, porque hay un orgullo de nación, un amor al archipiélago de las singularidades que no logran enfriar las horas de viaje en avión ni la nieve. Y ese soñar contante con los frijoles negros y el tamal en cazuela, más que con preferencias culinarias está ligado a infinitas raíces: raíces que unen a una diáspora enamorada de sus orígenes y con una identidad tan sólida como el arrojo mambí.

Claro que habrá excepciones, pero no vale hablar de las manchas que afean el sol del mundo moral, cuando tantos hijos de Cuba, allá donde estén, siguen atentos a que el viejo se tome la presión, la prima termine a tiempo la tesis, y la sobrina quede linda en las fotos de los quince. Esos que tiemblan ante la amenaza de un huracán y siguen el parte meteorológico de Rubiera con estremecimiento, aun cuando donde vivan hoy no sepan siquiera cómo de cruel sopla un ciclón.

¡Hay tantos de esos que aunque no coincidan con nuestro modelo político, jamás concebirían la deshonra de desearle un mal a su pueblo! Y se alegran por cada victoria deportiva o médica, así como critican, porque solo es indiferente quien no tiene pasiones dentro.

¿Qué es la cubanía? Hay entes con esencias tan profundas que le saltan las costuras a cualquier concepto. No sé desde qué geografía me provocaba aquel lector, ni si esperaba una réplica matizada por guayaberas, sombreros de yarey, décimas, malecón, ron Santiago, héroes o Elpidio Valdés.

Creo que solo puedo devolverle otras interrogantes: ¿Cuánto desesperas por Cuba? ¿Qué luz interior te alumbra cuando te declaras cubano? ¿Cómo de intenso es ese sentimiento que el himno incendiario y bayamés te despierta? En esas respuestas quizás esté la respuesta mayor.

Hay tantas cubanías como cubanos, no existen recetas ni demarcaciones, tan solo un palpitar limpio hacia la isla y un no querer morir sin su recuerdo.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Toda la promesa era la luz

Afuera la vida vibra con toda la intensidad de lo cotidiano: un chofer desgasta el claxon, una pareja avanza tomada de la mano mientras discute su plan para la noche, un señor camina a casa cargado de bolsas, una muchacha repasa los textos de la librería.

El edificio es uno más en la urbe apretada, solo una placa salva su fachada del anonimato; pero hasta el No. 164 de 25 y O, en el diverso Vedado habanero, no impulsa la casualidad. Hay quien va allí buscando un pedazo de la Patria, un fragmento claro de lo que es la Isla y también de lo que será.

En la entrada, unos niños hacen rodar en el juego su inocencia. Se les debe sortear para ganar la escalera. La subida tiene de conversaciones vecinales, de olor a almuerzo, de noticiero del mediodía, de lavadora en marcha… el inmueble está vivo, y se adivina que no se encontrará un mero museo —con toda la carga de tiempo detenido que le es inherente— sino una casa, un hogar de una simpleza limpia, como la de los ojos y la esperanza de Abel Santamaría Cuadrado.

La historia puede palpitar, y es más que libros y vidrieras. Allí, en el apartamento 603, nada habla de pasado ni de muerte. Allí, en sus habitaciones pequeñas y austeramente amuebladas, de paredes signadas por Chibás, y por Martí una y otra vez, emergió el cuartel general más dulce que una causa pueda acreditarse. Allí se gestó una revolución de un sedimento ético excepcional; y Abel, Haydée, Fidel y otros integrantes de una generación marcada por la lucidez del cambio, fueron irrepetiblemente felices.

Había lecturas, discusión, crítica, comidas de amigos, siestas sobre la cama o en el piso y, sobre todo, la promesa de un devenir luminoso, de un porvenir sin mácula para Cuba.

Aquel apartamento tiene, aún hoy, la huella de Abel, y no en particular por los muebles que la familia rescató en aras de un mañana agradecido ni por sus libros que ahí permanecen; no por la sutil sobrecama que tejieron los dedos del alma fundadora de Casa de las Américas ni por la explicación provocadora y apasionada de un especialista que —como debe ser— lleva su trabajo prendido en el pecho. Sino por la esencia total que nos devuelve a un muchacho enfrentado a la tortura más cruel y al asesinato, que aunque apenas comenzaba a vivir, tenía muy claro el sendero arduo del bien y del deber.

Abel, niño humilde que estudió a golpe de deseo, trabajador honrado que negaba el egoísmo en nombre de la dureza de los tiempos, fue un hombre preclaro y fiel; no llegó a convertirse en un teórico revolucionario; pero como «lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida», le sobró visión para entender que la transformación no puede esperar por condiciones ideales, y que tiene mucho de la mística del arrojo.

Respiró apenas un cuarto de siglo y dejó uno de los monumentos más estremecedores de la Revolución Cubana: su mirada de mártir teñido de rojo, su mirada que acusa al pusilánime y al traidor, su mirada que compulsa a creer en la valía del sueño y en la indignidad de abandonarlo.

Por sus ojos arrancados, la novia viuda y el ajuar inútil, la hermana siempre perseguida por su ausencia y, a pesar de todo ello, su espíritu que perdona y convida, es Abel ser de otro mundo, animal de galaxia y también, como Martí, Villena, Celia o el más anónimo hijo o hija de esta tierra, la estirpe de la cubanidad, que combina en proporciones inauditas heroísmo y humildad, radicalismo y amor.

Una no quisiera dejar nunca el apartamento 603, con el desgarramiento del almanaque detenido para siempre un 25 de julio de 1953; la silla de tijeras que tanto disfrutada Abel; el refrigeradorcito comprado por Boris Luis Santa Coloma, otra vida breve y de siempre; la mesa de Fidel, y el abanico de Haydée generosa y de girasoles.

Y cuando se deja el lugar, templo para cada cubano y cubana con el sentir bien puesto, se entiende mejor que afuera la vida vibre con toda la intensidad de lo cotidiano. No por homenajes fatuos murió Abel, sino por esa tranquilidad vespertina del barrio, por ese futuro sin oscuridades. Que no se melle la sencillez del sitio, pero que nunca esté vacío. Hay luchas que no cesan.

Suplemento especial de JR dedicado a Abel Santamaría

http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2017-10-19/toda-la-promesa-era-la-luz

Silvio Rodríguez, Canción del Elegido