Muchacho de siempre que nos hablas

Porque la sangre termina por borrarse de los muros y las aceras, los cuerpos se hacen polvo y las lágrimas secan, se sabe que es verdad la muerte, y no un infundio para que olvidemos.

Pero hay quien tiene algo que resiste a los finales, una luz que impulsa y limpia. Hay quien recorre el tiempo —como lo haces tú, bien lo dijo la poetisa de Tirry 81— con «el oficio de eternidad debajo de los párpados».

Así vuelves a nosotros, José Antonio, en un amasijo de Echeverría, de Bianchi, Cárdenas, manzana, asma, remos, arquitectura, Radio Reloj, 13 de Marzo… para hablarle a los cubanos que te escuchan, de fe, revoluciones, luchas y de mantenerlas vivas.

Te empeñas en recordarnos lo profundo: la sangre que señala caminos de victoria, la sublime virtud de Mella, los pueblos otros que también deben dolernos, la mancha oscura del abuso y de la indiferencia, la clara dignidad del estudiante que se encuentra en y por su época.

Y aún te sobra impulso para, desde el asombro de los 24 años que siempre tendrás, invitarnos a tus pasiones de muchacho perenne, a escuchar al Benny con acento de vitrola, a extasiarnos con la hondura de una bailarina mientras danza o adentrarnos en el salvaje misterio de un cuadro de Lam.

Al descuido, con la naturalidad de las verdades tremendas, confiesas el acierto de la sonrisa y la bondad, esas que recogieron fidelísimas las fotografías, aun más en tus años de presidente de universitarios bravos, de protestas, fracturas, contusiones… pero siempre de poemas de amor en las noches.

Entonces parece más ridículo el impulso de tus asesinos de robarte homenajes con un entierro nocturno, de poca gente y farolas opacas, como si fueras a irte, como si se pudiese borrar a quien tiene conversación límpida, radical, sabia para la Isla de hoy todos los días.

Tumaini de la guerrilla

Siempre lo imagino con una sonrisa muy amplia alumbrándole el rostro, con esa expresión tan propia de la gente sencilla que anda por la vida dispuesta a dar de sí cuanto haga falta sin pedir a cambio, porque es lo correcto.

Tal vez eso mismo sintieron quienes compartieron con él en el Congo y, por eso, de la palabra en lengua swahili «tumaini» que significa esperanza, salió su sobrenombre: Tuma

Me lo represento como un guajiro de alma limpia, presto a la ayuda, pero que no olvidaba algunas quemaduras en el sentimiento como sus trasiegos desde los ocho años entre ganado, lecherías, arroz… para llevar más a la mesa del hogar por el que la madre, ocupada como sirvienta, se desvivía.

¿Cuán feliz podrá haber sido en aquellos años pobres en Manzanillo? Allí había nacido él, Carlos Coello, en diciembre de 1940 y allí también se hizo un poco aventurero y aprendió a distinguir entre el mal y el bien. Esa comprensión ingenua y justa de la bondad lo llevó a los 16 años a ir en busca del Ejército Rebelde.

Entre lomas se convirtió en uno de los imberbes que rodeaban al Che, y que le idolatraban con la misma intensidad con que temían sus regaños ante algún «despiste». Y el Che, que constantemente los conminaba a dejar aquella guerra que no era para niños, les quería también, tal vez porque eran los más rebeldes o porque combinaban el empeño con un arrojo a veces desmedido.

Entonces Carlos no era aún Tuma sino solo un combatiente de la Columna Invasora No. 8 Ciro Redondo, y de su paso por el llano y en la batalla de Santa Clara se recuerda su dedicación para rescatar a los heridos o el cuerpo de un combatiente caído.

El año del triunfo le dieron una tarea que lo llenaba de un orgullo tremendo: debía cuidar al Che, y le siguió por trabajos voluntarios, fábricas, campos de caña, viajes…

Ser escolta del Comandante Guevara era una misión en la que no se iba a permitir fallar, pero el jefe quería que estudiara. Carlos, a quien el trabajo temprano le había robado el sueño de la escuela, decía que no, que para leer estaban los jefes de la Revolución; aunque, claro está, a tozudez ganó el Che porque sin letras no habría ascensos.

La seguridad personal de su jefe continuó siendo responsabilidad suya en el Congo, donde se hizo Tuma, y —porque así lo quiso—  también en Bolivia. En las selvas bolivianas sufrió, como todos los guerrilleros, del hambre, las incertidumbres cotidianas, los insectos… y allí supo que le había nacido un hijo y seguro deseó cargarlo y contarle de sus motivos para estar tan lejos.

El Che lo menciona en su diario solo lo preciso, y de ahí se desprende que era un guerrillero ejemplo, por disciplinado y de confianza… pero cuando la muerte se le tropezó el 26 de junio de 1967 en una escaramuza, su jefe le dedicó los párrafos más estremecedores de esas páginas, en los que el dolor se escurre tras un estilo que pretende ser siempre hermético y objetivo:

«Día negro para mí…la (herida) de Tuma le había destrozado el hígado y producido perforaciones intestinales; murió en la operación. Con él se me fue un compañero inseparable de todos los últimos años, de una fidelidad a toda prueba y cuya ausencia siento desde ahora casi como la de un hijo. Al caer pidió se me entregara el reloj y como no lo hicieron para atenderlo, se lo quitó y se lo dio a Arturo. Ese gesto revela la voluntad de que fuera entregado al hijo que no conoció, como había hecho yo con los relojes de los compañeros muertos anteriormente. Lo llevaré toda la guerra. Cargamos el cadáver en un animal y lo llevamos para enterrarlo lejos de allí».

La tarea de darle sepultura la calificó de penosa. «Una pérdida personal», dijo más adelante que había sido su muerte, pero lo que no escribió fue lo que contó el campesino Augusto Coca, dueño de la casa donde operaron a Tuma, muchos años después; esa noche el Che no quiso dormir y la pasó solo, sin hablar, mirando el fuego.

Por aquellos parajes se conocía a Tuma como el hijo del Che, porque, afirmaban, se le parecía, era su doble; y es entendible la relación de paternidad que se les achacaba, al momento de su muerte Carlos tenía apenas 27 años, y toda la esperanza de su apodo y de la edad.

El día que toda la cobardía del mundo se juntó para asesinarlo, el Che llevaba dos relojes.

016-DIARIO-CHE

https://delupasycatalejos.wordpress.com/2017/06/04/antes-fusilado/

 

Profesión de héroe tierno

¡Qué va ser cualquiera!, si las manos rudas se le convierten en suave almohada para acunar el fruto, si el mundo se le hace a la vez sencillo e inmenso cuando una mano diminuta se posa en su barba, si se sabe héroe tierno, dador de abrigo y de luces para alumbrar cada posible camino. Su profesión es la de la amistad, la del amor, la de la consecuencia, y nunca es más fuerte, ni más sabio, ni más grande que cuando lo llaman «papá», que es como decirle: «eres único».

¡Antes fusilado!

¿Qué hará falta para tomar, en un instante cualquiera, la decisión de hacerse guerrillero? ¿Dónde estarán las reservas de valor para renunciar al café caliente de las mañanas, al colchón domesticado por la forma propia, al beso enamorado, al sonido blanco de la sonrisa del hijo?

¡Cuánto de luz hará falta para disponerse a dar por la causa sembrada en las entrañas, más que la palabra y los desvelos, el bien de la vida!; y sin pregonarlo ni hacer de ello tribuna para conquistar admiraciones.

Quizás no se precisen grandes cualidades, esas que convierten a mujeres y hombres en mármol o bronce, sino una sublime comprensión del bien, un no poder dar la espalda ante el dolor.

Marcos no era de los guerrilleros más disciplinados. Sin embargo, para el trabajo no ponía trabas, exploraba caminos, construía vara en tierra, balsas… y se sobreponía a las heridas impuestas por la naturaleza ruda o a las molestas larvas de mosca que debía extirparse del cuerpo.

Había llegado a las selvas bolivianas al mediodía del 20 de noviembre de 1966, y el Che dispuso que fuera jefe de la vanguardia. Pero en aquella guerrilla no había espacio para las desavenencias, y el temperamento fuerte de Marcos causó pequeños incidentes que el Che, jefe severo y humano, no pasó por alto.

Un día, después de recibir una nueva queja de su conducta, cuanta el Che en su diario que «yo me exploté y le dije a Marcos que de ser cierto sería expulsado de la guerrilla, contestando él que moría antes fusilado». Marcos debió dejar la vanguardia por órdenes de su jefe, que le expuso con claridad sus errores, pero «rajarse» nunca.

«Se completó el armamento del grupo asignando la ametralladora 30 a la retaguardia (Marcos)» escribió el Che el 15 de abril de 1967 en su diario, y fue la última vez que lo mencionó.

Marcos murió el 2 de junio de ese año en la emboscada del Peñón Colorado, cerca de Bella Vista, junto al boliviano Casildo Condori Cochi, cuando se dirigían a casa de un campesino.

El Che no tenía modo de saberlo. El grupo guerrillero se había dividido tiempo antes con la idea de reencontrarse luego, pero no pudo lograrlo. La separación fue agónica. Guevara no perdió jamás la esperanza.

Así, en un silencio casi anónimo, murió lejos de su país el Tite de la infancia en Pinar del Río, el niño que a cada rato tenía un hueso fracturado por inquieto, y que nunca quiso dejar de estudiar a pesar de tener, desde los siete años, la espalda doblada sobre el campo para ayudar al alimento de una familia de 12 hijos.

Por un sueño puro, cayó el joven albañil y carpintero de encofrado que sentía revolvérsele el estómago con los abusos y se dijo: «Yo soy un cobarde si no me voy para la Sierra». Atravesó la Isla dos veces, primero con el salario de una semana y después con lo que le dieron por sus herramientas, hasta lograr dar con los barbudos y que lo aceptaran sin referencia alguna.

Porque tenía una esperanza, dejó de respirar el soldado Pinares, el de la ametralladora calibre 30, el de la puntería excepcional, el que un día gritó: «Aquí no se pelea con lágrimas, sino con tiros». Y después fue capitán y jefe de la retaguardia de la Columna 2 Antonio Maceo en la invasión hacia Las Villas, bajo las órdenes de Camilo.

Llamándose solo Marcos, dejó de existir a los 40 años el Comandante Pinares, el que dirigió la lucha contra bandidos en varios territorios cubanos y que fue feliz como nunca el día en que supo que integraba el primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

Porque había más revolución que hacer y porque tenía la fe más fuerte, la de lo posible, «dio su vida heroicamente» –al decir de Fidel- Antonio Sánchez Díaz.

Abrazar la ciudad

Sin querer ya voy sembrando y acaparando recuerdos por estas calles ajenas. Ilustración: LAZ

Adaptarse a una ciudad nueva se parece un poco al amor y sus despertares. Hay un momento inicial de desconfianza: ¿será para mí? Si se rebasa el temor al cambio —imprescindible para crecer, que también es volar— sobreviene el deslumbramiento.

Todo es bueno: el transporte, las oportunidades, la vida nocturna, el ambiente más cosmopolita, más libre, más qué se yo. Pero las pasiones desenfrenadas languidecen, y comienzan a aparecer las manchas: por acá el ómnibus que se demora mucho, por allá el domingo en que no hay tanto que hacer como una creía, y cerca de la otra esquina un basurero sin timideces.

Justo entonces te percatas de que no te sientes como pez en el agua. En tu tierra natal tenías otra cosa, una forma de andar sin mirar sobre tu hombro, un cruzar la calle sin obsesionarte con los semáforos, una confianza de conquistadora establecida basada en saberse todo de memoria: los puentes, las librerías, la parada, el río…

Era de otra forma allá. Aunque no conocieras a toda la gente, porque es imposible, te parecía que sí, que en toda podías confiar, y la playa era tuya como tuyo era un banco del parque con nombre de libertad.

Así son las trampas de la nostalgia y lo sabe Cavafis que me dice: «Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares. La ciudad te seguirá». Pero si una se rindiera a las argucias de la añoranza no podría nunca asomarse a la aventura.

Asumido el precio de nostalgiar, viene otra fase del enamorarse: aprender a aceptar los defectos y, por qué no, también a amarlos. Por eso empiezan a conmoverme, como siempre lo hicieron los míos, estos edificios añosos con que me tropiezo; y ya no comparo el mar con el otro más azul, solo lo huelo y aprendo a presentirlo detrás del ruido de los carros.

Descubro, ahora, caras amigables; más apuradas, sí, pero tan humanas como las coterráneas. Y hasta concibo apropiarme de un banco en algún parque y dedicarle un poema para que no nos olvidemos mutuamente.

Sin querer ya voy sembrando y acaparando recuerdos por estas calles ajenas, eso es inevitable cuando una vive una ciudad y la desanda. Me duelen sus chapucerías, la incivilidad, lo mal hecho no porque no hubiera maneras de hacerlo mejor, sino porque no había ganas ni exigencia, y eso nunca he podido aceptarlo con la tranquilidad de espíritu que para otros temas me desborda. Padecer por la urbe es sentirse y también saberse parte.

Eusebio Leal lo afirma: «La Habana es un estado de ánimo» y creo que empiezo a comprenderlo. A lo mejor algún día me sea tan natural atraversarla como sentarme un domingo a las cinco de la tarde en la playa Yugoslavia a comer «croquetas Ditú» y leerle a mi esposo textos desgarradores de la Pizarnik. A lo mejor, pero falta.

Mientras, siempre que puedo, dejo que los que pomposamente llamamos porteadores privados se engullan de a poco mi salario, y salgo a la carretera para encontrarme con esa explosión de luz y parsimonia que se llama Matanzas. Hay amores que empiezan tan pronto y tan hondos que no se acaban nunca.

Papeles viejos

papeles-reciclablesUna no se muda de casa de una vez y para siempre. Es un proceso largo, de adaptaciones, crueles a veces, hermosas a ratos; un ir y venir de costumbres y emociones, más tremendas si la que se deja detrás es la casa de la infancia, donde queda la habitación con las mil y una cosas que no tienen una utilidad definida en el nuevo espacio.

Entonces, en una de esas visitas tan saboreables al hogar que hasta hace muy poco fue el único, hay que decidirse a botar papeles viejos. Ahí están las libretas, las agendas, los repasos de las asignaturas universitarias, los recortes de periódico que guardaste «porque un día me van a hacer falta».

Pero pasaron los años y nunca volviste a abrir la libreta, ni a consultar los repasos o las agendas porque la vida sigue su curso, cada vez más buscas y almacenas información digital y en el hogar que poco a poco formas has aprendido a valorar más el espacio. Si hay que decidir entre los libros y los papeles viejos, los últimos pierden.

Una tarde entera se puede ir en el proceso de descarte. Cada página te lleva a un recuerdo, y dudas en echarlas en el nailon negro de la basura, pero no quieres ser como Fermina Daza que nunca terminaba por botar nada, y volvía a acomodarlo todo donde se disimulara el desorden.

Así se van, las dejas ir. Reordenas lo que se salvó del descalabro por razones prácticas o sentimentales, y tratas de no preguntarte si hiciste bien o mal. A fin de cuentas, hay que renunciar a la esclavitud de las cosas, no andar con el costado tan pegado a lo material.

Lo confieso, siempre he admirado a la gente que no se apega a nada, que lo sopesa todo por su valor utilitario y sabe que las cosas están hechas para usarlas (las usan y las desechan) y no para colocarlas en el panteón de los recuerdos.

Yo no llego a tal desprendimiento, detrás de todo veo el testimonio de una etapa, de una persona, de un sentimiento, y liberarme de papeles viejos se me vuelve una tortura con rezagos de culpabilidad que me persiguen pasados los días. Por eso lo escribo, a ver si se me pasa.

Y no es que padezca del síndrome de acumulación compulsiva, lo demostré con esta última purga papelística, sino que establezco con lo mío una relación casi romántica: prefiero la edición vieja del libro porque tiene mis subrayados de los 14 años, o la mancha del café que prepara mi mamá en las tardes, y no importa si está feo o estropeado. En cada doblez, cuarteadura o desperfecto está la historia de quien he sido y cómo he sido.

Sin embargo, sé que aprender a desprenderse es parte e crecer: lo imprescindible es lo que de haber calado tan profundo nos acompañará hasta el último de los días. Lo comprendo, hay que aligerarse, desempolvar las esquinas… aunque haya papeles viejos que sobrevivan a todas las limpiezas.

El amor existe o una respuesta para la gente apocalíptica

EL AMOR no es el vestido blanco, ni el anillo en el dedo. El amor no es el estado civil en la planilla x, ni los ahorros conjuntos; no es la planificación de las vacaciones, ni compartir la casa y la cama. El amor puede ser un poco todo eso o no serlo, porque se advierte más en la mirada de la mañana, en el beso de la despedida, en el extendido chat de los viajes internacionales, en el libro comentado, en el medio poema, en la canción a medias…

El amor no es  estar de acuerdo en todo, ni decir siempre «sí»; el amor no es permanecer juntos a toda ahora, ni hablar en plural, o dibujar corazoncitos en hojas rayadas; y no es que les falte mérito a los corazones rojos, pero amar es disentir mucho, y discutir por no fregar los platos del almuerzo, y odiarse unos segundos, para después reír sin motivo,  perdonar lo insulso y festejar el enorme privilegio de tener un «enemigo» a la altura del conflicto. Amar es dejarse mensajes escondidos que el resto encontraría feos, descarados o tontos.

El amor no es una fuerza todopoderosa, ni un candil en medio de la noche, lo mejor de amar es que al fin se puede ser débil ante alguien, y confesarle los miedos ridículos y las pasiones más bajas; y que se puede estar perdida, porque hay una mano que, aunque quizá tan temblorosa como la tuya, te apoya en el camino.

El amor no es lo que cuentan las comedias románticas, ni los más grandes libros, porque tiene el don de la singularidad: nadie ama igual, cada historia es un universo parido por sus protagonistas.

El amor no es una receta. Puede ser divertido, arduo, estremecedor, insufrible, quemante, enaltecedor… y todo eso por separado, y todo eso a la vez.

El amor no es esto que yo digo, aunque para mí lo sea. Huye de las descripciones, y por eso lo persiguen las palabras ¿Quién no palpita con lo indescifrable?

Para mí el amor tiene nombre, apellidos y ojos negros; y creo en él porque lo siento y si lo siento existe. ¿Quién se atrevería a cuestionarme esta certeza?

Obra: El beso, Gustav Klimt

Pequeña filósofa de portal

«La Luna no ha salido. Está durmiendo», dice la filósofa acurrucada sobre las piernas de su abuela, mientras escudriña un pedazo de cielo negro y sin estrellas; y yo, en el sillón de al lado, pienso que es una gran poeta, así, perfecta, de frases sencillas y contundentes, hermosas, sin metáforas ni neologismos.

Aún no ha cumplido tres años, pero la Luna sabe que sus palabras son las más sinceras, y no sé si es porque soy su tía, porque es mi sobrina, o porque la conozco desde que apenas era un deseo sin nombre ni mirada de mar, pero el corazón se me aprieta y crece, como crecen las ansias de no perderme ni uno solo de sus días o centímetros, y menos esas frases que hacen parecer a mis versos tan tremendamente insustanciales.

Y así mismo fue

afxcvxCorrían los días más difíciles del período especial. Se hablaba de opción cero e incluso de ollas colectivas. Mi familia sembraba viandas en el estrecho pasillo de nuestra vivienda citadina; viandas destinadas a enriquecer mi puré de infante.

Y en medio de aquello, Fidel dijo en la televisión que bajo ningún concepto un niño cubano podía ir a la escuela sin uniforme. Había que zurcirlo, heredar el del primo o el hermano, pero vestirlo. Ninguna carencia material podía justificar que los pequeños dejaran de usar ese atributo de la dignidad conquistada. Y así mismo fue.

Lo cuenta mi madre, cuando aún ambas estamos anonadadas por la partida de quien fue Comandante en Jefe, líder, padre y abuelo, con una cercanía hacia su pueblo que es cosa impensable e inexplicable en casi todo el mundo.

«Así mismo fue», repite, porque Fidel prometía y cumplía, no solo por la capacidad de arrancarle las incógnitas al futuro, sino por su obstinada fe en la gente, en Cuba, y por el influjo martiano de creer en el mejoramiento humano.

Le preocupaba el uniforme porque le preocupaban los niños y sabía que las penurias económicas jamás alcanzarían a definirnos. Y esa confianza que emanaba de él hizo que mi madre, como otras miles de amas de casa, no se desesperara y mandara a sus hijas con un uniforme impoluto a aprender, a la vez que inventaba cientos de maneras de sobrellevar la crisis y miraba de arriba a abajo a los descreídos que decían entonces: «Ahora sí se cae esto».

Y no se cayó, porque había un mar de gente educada en la escuela fidelista; un estilo de pensamiento que abrió la política a lo popular, que puso el honor de la Patria por encima de las fruslerías y las conveniencias, que dejó clara la posibilidad de que una Isla pequeña fuera soberana, independiente y guapa para resistir los embates de los poderosos que quisieran acallarla.

Fidel se hizo historia mucho antes de su muerte física, él es héroe hace tanto y, sin embargo, lo veíamos tan común, tan cercano, tan de noble uniforme y barba sincera, que lo nombrábamos sin apellido, sin cargos, sin más apelativos que el de su nombre fiel.

Como no era de mármol ni de bronce, los cubanos nos colgábamos de sus palabras en aquellos discursos épicos y nos entusiasmábamos con sus sueños y gritábamos —aún lo hacemos—: «Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel, que los imperialistas no pueden con él?» o «Pa’ lo que sea Fidel, pa’ lo que sea». Creímos en todas las victorias cuando lo veíamos marchar, bandera en mano, estampa verde olivo y zapatillas. Creímos y vencimos.

Puede hablarse del Fidel estadista, el estratega, el político, pero por estos días a casi todos nos duele el Fidel que llevamos en el pecho, y ese es el hombre que descubrió en este pueblo la resistencia, el talento y la vocación por realizar las utopías; el que nos mostró que los errores son parte de casi todos los emprendimientos hermosos y valederos, y que la historia cubana es una sola, porque somos uno y ahí reside nuestra mayor fortaleza.

Fidel nunca estará lejos ni encerrado en un monumento, nunca será el pasado, y los enemigos que hoy festejan sentirán muy pronto el frío de la decepción. Como les pasó con el Che un día, constatarán que hay seres que en la muerte se hacen más grandes, inmensos, que se multiplican.

Ahora es cuando nos toca ser el Comandante en Jefe. Quizá en lo adelante, como él alertó una vez, todo sea más difícil, pero yo, como muchos, trabajaré por esta tierra irredenta para sentarme una tarde al lado de mis hijos y decirles: «Fidel dijo que triunfaríamos, y así mismo fue».

El preciso instante para decir adiós

Una cree que después de cuatro días de duelo, después de llorar, negarse, volver a llorar, escribir y recibir mensajes de aliento, se ha endurecido un poco el pecho.

Una espera que después de noches de poco dormir, editar trabajos periodísticos, ponerle la vida y el cuerpo a ediciones especiales y no poder ir a la Plaza porque el deber está al lado del periódico… después de todo eso una espera poder ser fuerte para lo que venga.

Pero cuando luego de la madrugada entera de trabajo, una periodista se para a un lado de la calle a decir adiós al Fidel suyo, ya no es periodista ni otra cosa que no sea una muchacha sola, con frío, golpeada por el peso de la historia y por el sino de su generación de despedir a tantos grandes.

Una puede suponer que está lista, que no se desmoronará, pero es el ruido de los helicópteros, es el silencio atónito de la gente, es la abuela que carga a su nieto «para que lo vea todo y un día sepa que estuvo aquí».

Son los generales erguidos, pero con la banda negra en el brazo, y unos rostros tan afligidos; y es aquella urna, donde va una pequeña caja cubierta por la bandera.

Es todo eso lo que golpea y lo que arranca el aire, y además la certidumbre de que solo tienes ese preciso instante, segundos apenas, para decir adiós.

Alguien grita «Viva Fidel» con una voz herida, y respondemos «Viva», pero ya se va la caravana; y una se queda vacía, con el móvil en la mano, donde está el video triste que en el futuro podrá enseñar a los hijos.

Cada cual vuelve cabizbajo a su lugar, y una tiene de nuevo las lágrimas enredadas en el alma, porque Fidel no cabe en ninguna urna, y nada, nada, prepara para un encuentro que te pone de frente con la verdad de la muerte, con su materialidad.

A pocos pasos de la casa, está la misma fregadora de carros de siempre, donde los muchachos de botas de gomas —que una imagina desconectados de todo, hasta de su tiempo—conversan en voz baja. Y, de pronto, a la entrada de su negocio, repara en un cartel manuscrito con caligrafía irregular: “Fidel por siempre”.

Entonces hay que llorar de nuevo, ahora sí, sin contenerse, porque el duelo no se ha acabado y necesitamos llorarlo hoy para mañana salir a la calle y gritarle al descreído, al imperialista, al traidor, al corrupto, al oportunista: «Fidel está vivo» «Fidel soy yo».