Conchita Torres: la música campesina no tiene fronteras

Texto y foto: Yeilén Delgado Calvo

Especial de la ACN para Cubasí

Conchita Torres no titubea para responder. Dice lo que piensa sin ambages, como la gente de campo, aunque vive casi desde su nacimiento en el reparto Dubrocq, de la ciudad de Matanzas.
  “No reniego de mis raíces. Guajira soy” confiesa, a los 63 años, una mujer que desde los siete permanece en los escenarios para defender la música campesina.
Fundadora de las agrupaciones Serenata Yumurina y Cuba Nueva, ganadora de premios Cubadisco y nominada a los Grammy, no aguarda por reconocimientos ni homenajes. Por el contrario, busca nuevos proyectos que la hagan sentir la misma emoción de los guateques hogareños en su infancia.
“Mi papá era natural de Benavides, un pueblecito cercano a Ceiba Mocha. Improvisaba y tocaba el laúd. No era un gran músico, pero me enseñó las tonadas. A él le debo el amor por el género”.   Recuerda su casa siempre llena de poetas, un ambiente en el que también se formó su hermano, el laudista Bárbaro Torres.
   “A los cuatro años Barbarito me acompañaba haciendo sonidos con la boca. A los 10, tomó el laúd y no lo soltó más. En aquel tiempo, ya me sentía mejor acompañada por él que por cualquier otro músico”.
   Fue el padre quien decidió que el talento de su hija debía conocerse. “A los cinco fui por primera vez a un programa campesino.
Por supuesto, a esa edad apenas se me entendía. Dos años después regresé y desde entonces no he dejado de cantar ni un solo día.
   “Era una niña intranquila, pero sentía la necesidad de interpretar. ¿Quién que ha cantado un punto guajiro no quiso ser como Celina González?”      Guiada por ese anhelo, hizo radio y televisión. A los 15 años se radicó en La Habana y su presencia se hizo habitual en programas como Vivimos en campo alegre y Palmas y cañas. Agradece a muchas de las figuras junto a las cuales actuó, durante lo que considera la época de oro de la música campesina en Cuba.
   “Celina es y será una de la mejores cantantes del país, tenía una voz privilegiada. De Inocencio Iznaga, El Jilguero, siempre disfruté sus tonadas, la gracia especial para hacerlas. También admiro a sus hijos María Victoria y José Antonio, El Jilguerito, grandes amigos.
Conchita Torres    “Sin embargo, mi ídolo dentro del género es Radeunda Lima, una compositora excepcional, gran maestra e intérprete. Me enseñó mucho de lo que sé, incluso los gestos en el escenario. Era una guajira tremenda”.
   Después de casarse regresó a Matanzas. No obstante, como   “nadie es profeta en su propia tierra”, las oportunidades no fueron muchas en su terruño natal y su carrera siguió ligada a la capital. “He tratado de lograr cosas aquí. Voy a la televisión pero a la radio no me llaman. Ahora, al fin, la Dirección Municipal de Cultura brindó el apoyo para hacer mi peña campesina cada mes.
   “Ese espacio permite que los matanceros conozcan mi trabajo actual y también el del grupo que fundé. Ya grabamos un disco y fuimos a Palmas y Cañas. Fue una tarea difícil crearlo, porque todos los músicos de la provincia quieren trabajar en Varadero.
   “A la Cultura le hace mucho daño que siempre convoquen a los mismos o que el propio artista deba gestionarse sus actividades, y no las personas encargadas de hacerlo”.
   Sus presentaciones en naciones como Estados Unidos, España, Francia o México la convencieron de la universalidad de la música campesina. “En ningún país he dejado de cantar una tonada y me recibieron bien con independencia del idioma.
   “Hasta en Japón canté punto guajiro. Para la buena música no existen barreras de lenguaje y la campesina no tiene fronteras.
   “No entiendo que en Varadero no haya un lugar dedicado al género. Sucede porque al animador no le gusta e impone al turista sus preferencias. Nuestras raíces son poco divulgadas.
   “Por lo general prima el desinterés, quisiera que se ocuparan más y se hicieran competencias o festivales en los municipios. Así pueden obtenerse grandes resultados.
  “Exceptúo a los que se esfuerzan, entre ellos la dirección de Palmas y Cañas, un programa baluarte. Con poco apoyo emprenden iniciativas como el concurso Buscando la voz guajira”.
  Cree Conchita que en la actualidad hay escasez de intérpretes y poca rigurosidad desde las direcciones. “Se audicionan buenos cantantes y luego cambian a otros géneros, utilizan a este como trampolín. Faltan calidad y voces guajiras.
   “Si un joven pone la radio y escucha a un poeta o intérprete desafinado, cambia de estación. Para dirigir un programa campesino se precisan talento y conocimiento”.
  Ansiosa de revertir la situación, se entrega a la labor de jurado y de enseñanza. “Siempre me encuentro disponible para el que lo necesite. Estoy jubilada, pero no retirada. Nunca me ha pasado por la mente dejar de ser lo que soy. En mi corazón y cerebro hay sangre y punto guajiro.
   “A la familia le debo el sostén. Cuando siento deseos de rendirme, mi esposo me impulsa. Aunque mi hijo y nieta no cultivan la música campesina, la disfrutan y agradecen”.
   Intérprete a mucha honra y defensora del son, la guaracha, la guajira y la tonada, Conchita Torres lleva 56 años enalteciendo lo guajiro del arte y poniéndole un punto de su naturalidad a lo cubano.
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El hombre y el parque

Este Casanova no es veneciano. Tampoco, diplomático o célebre mujeriego, aunque el anonimato pasa de largo por su lado, espantado por la laboriosidad hecha persona. “Entrevístalo”, me sugirieron y fui a buscarlo porque el argumento era convincente: “defiende ese parque como si fuera suyo”. Él tomó aquel pedido con escepticismo.

  • ¿A mí?
  • Sí, a usted.
  • Bueno…

Así llegamos a uno de los bancos del sitio que marca, de cierta forma, el centro de Los Arabos. Saqué la grabadora, y la libreta de notas, y antes de que consiguiera capturar la primera línea ya sabía que la descripción de guardaparques apenas alcanza para definir todo lo que hace Argelio Mario Casanova Cardoso.

“Chapeo, paso rastrillo, recojo las hojas, barro la acera y si veo a alguien haciendo algo malo, lo enfrento. Camino esto completo, y enseguida sé si se llevaron algo. Roban cestos, rompen los bancos. Nada más quedan dos caobas de las que sembré”. De pronto, se interrumpe. “¿Y va a escribirlo todo?”

Le digo que sí, que lo sigo y contesta divertido “! Mira, tú! Bueno, como le decía, vengo a las 6: 45 a.m. o a las 7: 00 a.m., y estoy aquí hasta el mediodía. No completo ocho horas, pero las trabajo de verdad. Primero limpio el área donde los viejitos juegan dominó, y también donde hacen ejercicios.

“Llevo aquí siete años. Fui jefe de Producción en una cooperativa durante 22. Me retiré y seguí en un área vinculada. Ganaba buen dinero, pero se acabó el transporte y quedaba muy lejos. Me eché un año y medio en la casa, hasta que no pude más.

“Imagínese, yo trabajo desde los ocho años y en diciembre cumpliré 78. Mi papá me llevaba con mis hermanos al campo. Cuando el central Zorrilla molía, nos decía después del pitazo de las 10: 30 a.m.: ‘Vayan pa’ la casa a bañarse y almorzar, y de ahí a la escuela. Le dicen a la maestra que los suelte temprano y regresan’.

“Recogíamos cogollos para las vacas, ‘entongábamos’ caña. Cuando no había zafra, guataqueábamos las siembras. En el aula aprendí un poquito. La maestra me quería. Como mis libretas estaban forradas y limpias las ponía de ejemplo ante los demás, ¡aquello daba una pena! Cuando llegué a sexto ella me confesó: ‘Quiero que repitas el grado porque yo sé que no vas a poder estudiar másֹ’. Mi papá dijo que no.

“Después, cuando empecé en la cooperativa, saque el noveno; las clases eran más difíciles y todo apretado, pero aprobé. Luego empecé el Técnico Medio de Agronomía y ahí sí me rajé a los tres meses, tenía 48 años. Disfrutaba el trabajo, hasta un carro moskovich gané, y todavía camina.

“Mi familia ha batallado por sacarme del parque, creen que estoy muy viejo y yo les respondo que peor es quedarse sentado. Aquí gano mis quilos y el cuerpo se mantiene en acción. ¿No es verdad?”

Sonrío y entonces cuenta, orgulloso, que su esposa – un poco más joven- todavía lo acompaña. Tiene tres hijos, dos hembras y un varón; seis nietos, un biznieto nacido y dos en camino. No obstante, quiere seguir entregándole a la existencia.

“Esa hierba fina la sembré yo, la palma real también y ya ve por dónde va. Pido posturas y hago jardincitos. Vivo enamorado de esto. Cuando llovizna me aconsejan que no venga y lo que hago es dejar la máquina de chapear y traer el machete. Nadie me exige que trabaje las tardes y los domingos, pero cuando hace falta lo hago.

“Todavía no hay costumbre de echar la basura en el cesto. Duele porque lucho para que el parque esté bonito”. En medio de esa batalla contra los inconscientes, haciendo él solo lo que antes lograban tres obreros, cuenta que no persevera solo por entretenerse, sino también porque lo quieren.

“Casi todos me saludan, él que no me conoce pregunta ‘viejito, ¿cómo está?’. Hasta los jefes me aprecian y fíjese, no por guataquería. Aquí estaré mientras pueda caminar; claro, si no me botan”, explica con picardía.

Natural de Morón, Camagüey, tantos años con las manos en la tierra de Los Arabos le hacen sentir un compromiso total por ella. Sin embargo, ese afecto no lo ciega porque “todavía falta” y para ilustrarlo cita los viales y el alcantarillado.

Casi llegaba la hora de almuerzo y, temiendo ser impertinente, cerré la entrevista con un último pedido.

-Casanova, ¿puedo tomarle una foto?

– ¿Así, con esta ropa y el sombrero?

-Sí.

-¿Segura?

La curandera de Macagua

La curandera de macaguaNunca antes había puesto los pies en casa de una curandera. Crecí en un barrio demasiado urbano o quizá carente de historias de otros tiempos para que esa parte raigal de la cultura cubana entrara en mi imaginario.

Pero una periodista neófita siempre anda a la caza de gente singular, interesante, y el olfato reporteril se activó cuando de paso por Los Arabos me contaron de aquella anciana que en Macagua sana con las manos. Los propios médicos mandaban a los pacientes a que la vieran, decían, y también supe de su estirpe de personaje respetado y casi de leyenda por esas tierras.

Poco tiempo después, volví apertrechada de grabadora, libreta de notas, bolígrafo, y tomé asiento delante de una mujer que no parece tener 94 años, sonríe con inocencia de niña, y analiza con sutileza a sus interlocutores. Engracia Ordóñez Abreu no oye muy bien, sin embargo parece disfrutar las preguntas, tal vez porque le dan la posibilidad de revivir lo que se ha ido.

“Yo nací a las doce del día del 16 de abril de 1922, un viernes santo, cerca de Motembo. Éramos catorce hermanos. Llegué aquí a los siete años porque mi padrastro trabajaba en el central Zorrilla. Cuando tenía nueve, curé al primer niño, se llamaba Adelaido Borrego y vivía en Cuatro esquinas. Le pasé la mano, lo santigué y se le bajó la fiebre.

“El don no vino de mi mamá; a la familia nunca le gustó que me dedicara a esto. Sé que a los dos años sufrí un desmayo. Después vi al muerto debajo de la mata de naranjas”.

Engracia disfruta con la incredulidad que no logro ocultar, sonríe con picardía y mueve la conversación hacia temas que supone más ortodoxos para mí.

“A los diez años era doméstica en casa de Anita Valladares. Un día el cura se quedó mirándome y mandó que me llevaran a la Iglesia. Así hice la comunión, y salí a hacer el bien a todos, a los niños, los ancianos. Cocinaba y pasaba la mano, incluso a los doctores del pueblo.

“Con 17 años conocí a Miguel, de 27, y nos casamos en el juzgado. Él tuvo que poner una cruz en su nombre porque no sabía escribir. Yo sí, la hija de la señora para la que trabajaba me enseñó y también a leer bonito.

“A mi marido tampoco le agradaba lo de la sanación, le molestaba la casa llena de gente desde temprano, pero tuvo que adaptarse. Tuvimos siete niños. Mis hijos ya son viejos, hace dos meses perdí uno”.

Hace silencio. Luego dice que no quiere pensar en eso, ni saber qué día es. Nani, la sobrina que nos acompaña en la conversación, cuenta que era militar retirado, y a los 59 años un infarto le causó la muerte.

Así conozco que también Miguel murió, hace quince años, y que Engracia vivía en un rancho donde ahora se encuentra el patio. El Gobierno del municipio le construyó la casa nueva, pequeña y confortable, toda de mampostería. La curandera de rostro dulce mueve el tabaco entre sus dedos, se sacude la tristeza con un gesto impreciso e interrumpe para agregar: “Y ayer me trajeron el sillón de ruedas”.

La curandera de MacaguaEntonces recuerda la época en que sacaba pasto para los bueyes y “ganaba bien porque trabajaba bien”. Ahora vive con modestia, no cobra por curar. Dicen los que la conocen que llegan a verla personas de toda Matanzas, Las Villas, La Habana, hasta cubanos que viven en el extranjero. Y algunos le regalan; mas si ella percibe que tienen poco se les adelanta para advertirles que no quiere nada.

“Cuando alguien tiene muchos problemas, y ella puede ayudarlo con lo suyo, lo hace”, relata Nani y para satisfacer mi curiosidad, mientras su tía permanece pensativa, refiere que acuden personas con cualquier tipo de padecimiento, “no hay que preguntarle nada, solo pone las manos sobre el cuerpo del paciente y habla, como si hiciera un ultrasonido”.

Con suspicacia, pregunto a la sobrina si no habrá heredado algo del polémico talento y no tarda en responder divertida: “qué va, yo no creo, solo respeto”.

Engracia no permite que le roben la atención de su visita, rememora los tiempos en que fue dirigente de la Federación de Mujeres Cubanas y enseña los papeles que guarda de aquellos años. Solo en ese momento me percato de que no ha preguntado mi nombre, ni por qué llegué con tantas interrogantes, asumo que, o lo sabe, o no importa mucho.

“Vuelve pronto”, dice al final del encuentro y se lo prometo. En el largo viaje de vuelta a la ciudad de Matanzas, pienso que no puedo atestiguar sus virtudes curativas. Una joven atea como yo sabe poco de esas cosas y entiendo al fin que ahí no yace lo esencial del asunto.

La curandera de Macagua guarda en sus memorias la historia viva del lugar. Un devenir signado por estrecheces, carencias, logros… Con su afán de hacer sentir mejor a los demás, se ha ganado admiración y cariño. Es patrimonio de su gente, testigo, y ante tal verdad sobran todos los cuestionamientos.

Engracia disfruta su nuevo hogar.

La fórmula de Luisa

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Volver sobre los pasillos del Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Carlos Marx impulsa una sana nostalgia. Una se olvida por un momento de los años universitarios, el título, el ejercicio periodístico; y se vuelve a la muchachita de uniforme azul, demasiadas lecturas y carácter introvertido.
La alumna que fui entonces siempre sacó buenas notas en las ciencias, pero ellas pasaron sin dejar más rastro que escasas referencias que hoy me salvan de pasar por una completa ignorante en tales asuntos. Prefería las letras, me apasionaban, el resto solo constituía conocimiento formal, al que no le veía utilidad práctica.
Tal vez si Luisa hubiera estado frente a la pizarra de mi aula, la Química y yo habríamos experimentado una relación distinta, menos apática y más divertida; porque desde que me senté frente a la profesora de ojos claros y vivos comprendí que el cariño de sus antiguos pupilos, algunos por caminos tan alejados de ese saber como yo, tenía fundamentos sólidos.
Rodeadas de adolescentes –quienes disfrutaron del descanso facilitado por mi intromisión, y a la vez escucharon con tímida curiosidad las confesiones de su profe- iniciamos un diálogo matizado por sus respuestas siempre directas y objetivas, como las de gente de ciencia.
En 1957 nació Luisa María González – Molleda Pérez, por San Pedro de Mayabón, Los Arabos. Apenas cumplía 15 años y ya soñaba con la Química, pero no con enseñarla tiza en mano. Quería trabajar en un laboratorio; sin embargo, el deseo duró lo que demoró en llamarla el deber.
“Fue una cuestión de principios. Era militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, y Fidel anunció que el país necesitaba maestros con urgencia. Así me hice miembro del I Contingente del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech, en 1972”.
Aquellos jóvenes se formaron por un programa que combinaba el estudio y el trabajo; permitía su incorporación como docentes en las escuelas al campo; y los preparaba para, luego de cinco años, graduarse.
“Nos fuimos a Jagüey Grande. Los estudiantes tenían nuestra edad o, incluso, eran mayores. A pesar de ello, siempre primó el respeto. Nos sentíamos más profesores que alumnos, hacíamos todo lo que correspondía a esas figuras; y trabajábamos a la par. Nos apoyaron maestros con muchos años de experiencia”.
A conciencia, repito preguntas, insisto en aspectos que entonces pudieron ser candentes; sin embargo, Luisa no titubea ahora y me demuestra que entonces tampoco lo hizo. Estaba entregada a la tarea de educar, como a un sacerdocio, y no miró atrás.
Luego de tres años instruyendo en Secundaria Básica y dos en Preuniversitario, el IPVCE Carlos Marx se atravesó en su vida. Se precisaba personal docente y allá se fue junto a su esposo; transcurridos varios años él optó por otro centro de trabajo. Luisa no.
DSCF0882“Mi existencia está ligada a esta escuela, no me veo haciendo algo diferente. La calidad de los muchachos me ha mantenido aquí; a pensar de la opción de los preuniversitarios urbanos. No pienso moverme”, afirma categórica, y enseguida pienso que eso es más que una heroicidad, porque el régimen interno supone de los profesores múltiples sacrificios adicionales, desde algunos tan serios como las guardias, hasta otros más complicados como convertirse en consejeros de un sinfín de adolescentes buscando su lugar en el mundo.
No obstante, ella me desarma una vez más con su pragmatismo, porque si bien lo considera un trabajo minucioso y exigente, lo ve como natural. Esos rostros jóvenes y pícaros que reunidos pueden atemorizar a más de uno, para ella son amigos, promesas, “solo hay que entenderlos y ser sinceros, hablarles con la verdad”.
Los sentimientos se entretejen con el devenir de ese centro donde también estudiaron sus dos hijos. En la memoria atesora los años en que la Vocacional exhibía un claustro de Química completo, laboratorios, reactivos, piscinas, teatro, tabloncillo.
Cuando ya se superaron los años del Periodo Especial que agrietaron la belleza del edificio monumental, todo ha cambiado. Si bien los educandos poseen otros recursos para estudiar la disciplina, solo queda una unidad de estudios y la matrícula es menor. Luisa no teme a los cambios ni se los toma a la tremenda, “a pesar de la falta de maestros, luchamos porque se cumpla el plan de estudios. Habíamos abogado porque los estudiantes matanceros pasaran a régimen seminterno, estamos conscientes de esa necesidad”.
No puede contradecirme en que enseñar Química no resulta fácil, “todos los estudiantes no tienen la inclinación”; aunque sospecho que ella termina por enamorar al más reacio. A diario tropieza con algunos de sus discípulos de antaño, y el agradecimiento la colma, porque no solo se limitan a decirle que fue esa la mejor etapa de sus vidas, sino que le tienden la mano en las situaciones más convulsas.
Guía de grupo desde el año 95, y Vanguardia Nacional por cuatro cursos, en algún rincón especial guarda las medallas Rafael María de Mendive, Por la Educación Cubana, y la Pepito Tey que otorga el Consejo de Estado; y declara que se ha sentido gratificada y reconocida.
Cuando la interrogo acerca de la desmotivación de los jóvenes de hoy por el camino de la Pedagogía, reflexiona que una etapa no se parece a la otra, los intereses y motivaciones no son los mismos, poseen aspiraciones que el sector educacional no puede satisfacerles.
DSCF0883Creo que Luisa ignora que constituye en sí misma un ejemplo real y palpitante para quienes valoren ese destino; y lo confirmo cuando modestamente explica que se jubilará llegado el momento, porque “una tiene la experiencia, y no la vitalidad”. No se considera imprescindible y quizás, asimismo, no percibe que hace rato encontró la fórmula para ser una profesora de las que permanecen en el recuerdo: “hay que escuchar a los muchachos y prepararse cada día como si fuera el primero, sin acomodarse”.
Nos despedimos en el pasillo, y me alejo mientras un hombre que le dobla la estatura, con bata de médico, la abraza, le pregunta: ¿cómo está, profe?, y luego le cuenta que su hijo empezó este año en la Vocacional.

Para la cultura, una dosis de ingeniería

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Le pregunto si alguna vez volverá a ejercer la ingeniería industrial. Demora para responder. Dice que ama esa profesión, pero no cree poder desligarse del trabajo cultural. Argumenta entonces cómo lo estudiado en la universidad le ha servido para desarrollarse en un ámbito tan complejo como apasionante.

Yasset Campos Marrero tiene 29 años y nació en Versalles; precisamente, las inquietudes como joven de una ciudad otrora conocida como La Atenas de Cuba determinaron su rumbo.

“Luego de graduarme en el 2011, comencé en el departamento de Recursos Humanos de la Escuela Profesional de Arte de Matanzas. Debido a mi interés por la Cultura, pasé a subdirector de actividades”.

Desde esa posición, trató de dar un enfoque comunitario a la proyección de los estudiantes. “Además de las graduaciones, exposiciones, eventos, intercambios con visitantes extranjeros y presentaciones artísticas, insertamos a los alumnos en iniciativas como Afroatenas, un proyecto cuyo grupo gestor integro.

“Participaron en la confección de murales para ambientar espacios, en la animación sociocultural. Potenciamos su inclusión en la conservación del centro histórico; de igual forma, la relación con diversas entidades, a cuyas actividades asistían con la premisa de darles a sus manifestaciones el lugar que merecen y no constituir un mero número cultural de relleno.

“En mi carrera son muchas las asignaturas relacionadas con lo organizacional, elemento indispensable en la labor de la Cultura. Hay componentes que no pueden fallar: hospedaje, alimentación, audio… Cuanto aprendí lo utilizo”.

Seguro de que el trabajador de la Cultura precisa crear y superarse, se empeña en culminar la Maestría en Desarrollo Social de la Universidad de La Habana, con una investigación acerca del impacto social del proyecto Afroatenas en el Callejón de las Tradiciones.

También lo inquieta el reto que supone formar parte del sector. “Debe predominar una mirada social de inclusión y respeto; trabajar desde lo ambiental y comunitario; entender la Cultura en su sentido más amplio; transformar los lugares; y, a la vez, resultar ejemplo como ser humano y de querer hacer, transmitir espiritualidad.

“En Matanzas quizás haya impedimentos en el ámbito administrativo, o no sean ideales las condiciones de trabajo y salario; sin embargo, existen muchos jóvenes que sienten amor por esta tarea. Lo fundamental es el deseo de que las cosas salgan mejor.

“La Cultura supone un actuar integral, no de entidades fragmentadas. Deben crearse proyectos que involucren a la gente, e impacten en sus vidas; así como lograr los recursos para realizar una divulgación efectiva. Tenemos que servir de puentes entre el hecho cultural y el pueblo”.

En la actualidad, Yasset asume la labor de técnico de promoción en la Casa del Joven Creador de la Asociación Hermanos Saíz, “pretendemos fortalecer el compromiso de los artistas jóvenes con la urbe; potenciar la buena música mediante el rescate de propuestas como la peña Francotrovadores; hacer trabajo comunitario. Continuar con los espacios de rock, con El Portazo, porque sí hay un público.

“Admiro y confío en la actual presidenta de la organización, la artista de la plástica Liliam Cedeño, y la secundo en la entrega y el compromiso social, que ya demostró como profesora y en su relación con propósitos como El almacén. El objetivo principal consiste en acompañar al creador en todos sus emprendimientos”.

Trasancos: maestro, titiritero, siempre soñador

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“No me fue posible tener hijos, por eso ofrecí toda mi vida a los niños y aún lo hago. Les enseño a hacer marionetas y manejarlas.”

Fotos: Ramón Pacheco Salazar

Luis Sandalio Trasancos González (Colón, 1939) transpira energía. A los 75 años recorre las calles de su ciudad natal con la rapidez de quien sabe muchas las cosas por hacer y demasiado corto el día. Merecedor del Premio Nacional de Cultura Comunitaria dedica su existencia a provocar sonrisas y promover el arte desde su terruño, pues se declara profundamente provinciano, matancero y colombino.

Casi 50 años ha consagrado a los más pequeños, a mostrarles la maravilla de crear, “no me fue posible tener hijos, por eso ofrecí toda mi vida a los niños y aún lo hago. Les enseño a hacer marionetas y manejarlas.”Leer más »

“Leer hoy es encontrarnos con nosotros mismos”: Entrevista al Sr. Edgar Ponce Iturriaga, embajador de Ecuador en Cuba

Por eso es que se encuentra una Venezuela convulsionada, y no la está convulsionando el pueblo, la está convulsionando la derecha En el caso de Ecuador fueron por otro lado, por la vía electoral, creando una atmósfera, una campaña, de tal manera que se torcía la realidad de lo que ocurría, de la obra que está realizando la Revolución Ciudadana.
Por eso es que se encuentra una Venezuela convulsionada, y no la está convulsionando el pueblo, la está convulsionando la derecha En el caso de Ecuador fueron por otro lado, por la vía electoral, creando una atmósfera, una campaña, de tal manera que se torcía la realidad de lo que ocurría, de la obra que está realizando la Revolución Ciudadana.

Si algo se ha sentido con fuerza en la XXIII Feria Internacional del Libro Matanzas 2014 ha sido la vibrante presencia de Ecuador. Su música, poemas y autores inundan por estos días el centro de la ciudad. La presentación del libro Ecuador: de banana republic a la no república del mandatario Rafael Correa, constituyó una de las actividades iniciales del evento cultural en territorio matancero. A cargo de introducir el título estuvo Edgar Ponce Iturriaga, embajador de esa república en Cuba.

La ocasión resultó propicia para brevemente dialogar en torno a las relaciones culturales entre ambos países, los procesos de integración latinoamericana y los retos que por delante tiene la Revolución Ciudadana.

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Dos que se unen

Foto 2 Ya se sabía que, dentro de la actualización del modelo económico cubano, la unificación de las dos monedas circulantes en el país debía llegar. No obstante, la nota oficial que anunció su comienzo despertó inquietudes en muchos cubanos. Era de esperarse, pues se relaciona con una de las mayores preocupaciones de los trabajadores del país: el salario y los precios.

Para ganar claridad sobre el tema, Girón conversó con Lázaro Rodríguez Forte, presidente en el territorio de la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba. Para él, la introducción de la dualidad monetaria a inicios de la década del 90 resultó una decisión difícil y costosa para la dirección de la Revolución, sin embargo no había otra alternativa.Leer más »

Fernando, entre puentes y libros

Entrevista .“Mi madre me traía cuentos con imágenes muy fantasiosas y era lo que yo disfrutaba, más que un juguete, tomar un libro y manosearlo. A partir de ahí me identifiqué con la lectura y la literatura y han sido las protagonistas de mi vida”, confiesa Fernando Rodríguez Sosa (La Habana, 1952).Leer más »