Toda la promesa era la luz

Afuera la vida vibra con toda la intensidad de lo cotidiano: un chofer desgasta el claxon, una pareja avanza tomada de la mano mientras discute su plan para la noche, un señor camina a casa cargado de bolsas, una muchacha repasa los textos de la librería.

El edificio es uno más en la urbe apretada, solo una placa salva su fachada del anonimato; pero hasta el No. 164 de 25 y O, en el diverso Vedado habanero, no impulsa la casualidad. Hay quien va allí buscando un pedazo de la Patria, un fragmento claro de lo que es la Isla y también de lo que será.

En la entrada, unos niños hacen rodar en el juego su inocencia. Se les debe sortear para ganar la escalera. La subida tiene de conversaciones vecinales, de olor a almuerzo, de noticiero del mediodía, de lavadora en marcha… el inmueble está vivo, y se adivina que no se encontrará un mero museo —con toda la carga de tiempo detenido que le es inherente— sino una casa, un hogar de una simpleza limpia, como la de los ojos y la esperanza de Abel Santamaría Cuadrado.

La historia puede palpitar, y es más que libros y vidrieras. Allí, en el apartamento 603, nada habla de pasado ni de muerte. Allí, en sus habitaciones pequeñas y austeramente amuebladas, de paredes signadas por Chibás, y por Martí una y otra vez, emergió el cuartel general más dulce que una causa pueda acreditarse. Allí se gestó una revolución de un sedimento ético excepcional; y Abel, Haydée, Fidel y otros integrantes de una generación marcada por la lucidez del cambio, fueron irrepetiblemente felices.

Había lecturas, discusión, crítica, comidas de amigos, siestas sobre la cama o en el piso y, sobre todo, la promesa de un devenir luminoso, de un porvenir sin mácula para Cuba.

Aquel apartamento tiene, aún hoy, la huella de Abel, y no en particular por los muebles que la familia rescató en aras de un mañana agradecido ni por sus libros que ahí permanecen; no por la sutil sobrecama que tejieron los dedos del alma fundadora de Casa de las Américas ni por la explicación provocadora y apasionada de un especialista que —como debe ser— lleva su trabajo prendido en el pecho. Sino por la esencia total que nos devuelve a un muchacho enfrentado a la tortura más cruel y al asesinato, que aunque apenas comenzaba a vivir, tenía muy claro el sendero arduo del bien y del deber.

Abel, niño humilde que estudió a golpe de deseo, trabajador honrado que negaba el egoísmo en nombre de la dureza de los tiempos, fue un hombre preclaro y fiel; no llegó a convertirse en un teórico revolucionario; pero como «lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida», le sobró visión para entender que la transformación no puede esperar por condiciones ideales, y que tiene mucho de la mística del arrojo.

Respiró apenas un cuarto de siglo y dejó uno de los monumentos más estremecedores de la Revolución Cubana: su mirada de mártir teñido de rojo, su mirada que acusa al pusilánime y al traidor, su mirada que compulsa a creer en la valía del sueño y en la indignidad de abandonarlo.

Por sus ojos arrancados, la novia viuda y el ajuar inútil, la hermana siempre perseguida por su ausencia y, a pesar de todo ello, su espíritu que perdona y convida, es Abel ser de otro mundo, animal de galaxia y también, como Martí, Villena, Celia o el más anónimo hijo o hija de esta tierra, la estirpe de la cubanidad, que combina en proporciones inauditas heroísmo y humildad, radicalismo y amor.

Una no quisiera dejar nunca el apartamento 603, con el desgarramiento del almanaque detenido para siempre un 25 de julio de 1953; la silla de tijeras que tanto disfrutada Abel; el refrigeradorcito comprado por Boris Luis Santa Coloma, otra vida breve y de siempre; la mesa de Fidel, y el abanico de Haydée generosa y de girasoles.

Y cuando se deja el lugar, templo para cada cubano y cubana con el sentir bien puesto, se entiende mejor que afuera la vida vibre con toda la intensidad de lo cotidiano. No por homenajes fatuos murió Abel, sino por esa tranquilidad vespertina del barrio, por ese futuro sin oscuridades. Que no se melle la sencillez del sitio, pero que nunca esté vacío. Hay luchas que no cesan.

Suplemento especial de JR dedicado a Abel Santamaría

http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2017-10-19/toda-la-promesa-era-la-luz

Silvio Rodríguez, Canción del Elegido

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La herejía de la consecuencia

Así como un gesto sincero o una palabra limpia, una fotografía puede convocar de repente toda la fragilidad de quien la mira. Fueron unos segundos escasos, y la imagen, rescatada por un documental, alcanzó a golpearme. Estaba él, de manos atadas, flaco, sucio, mechones enredados, ojos extrañamente tranquilos para las circunstancias. Era la antesala de la muerte y de seguro lo sabía.

Siempre ha sido duro ver su cuerpo tal cual era a finales de la épica de Bolivia y justo al inicio de la mística guevariana: su cadáver viviente, la mirada escrutadora de mesías… Pero esa imagen en particular me mostró sus pies de aquel octubre ingrato de 1967.

No llevaba botas. No iba descalzo. Los pies del guerrillero, los pies del Che, los pies del Comandante de la Revolución Cubana estaban envueltos en un zapato pobre, rudimentario; pudieron ser unas chancletas hechas de goma y tiras de piel, que llaman abarcas; tal vez ni siquiera llegaban a eso.

Y si la fotografía me desarmó no fue por pensar, como bien lo haría algún enjuto de alma, ¿cómo pudo quien fuera ministro, quien llegara a presidir el Banco Nacional o bien pudiese haber vivido tranquilo, con merecimientos y glorias de sobra, terminar su vida hambreado y sin zapatos?

Lo que me conmovió fue advertir en aquellos pies frágiles toda la determinación captada tiempo atrás por Korda, la convicción de seguir un destino signado por un amor tremendo a la humanidad, y una conciencia completa de que el universo personal vale en la medida de cuánto se pueda hacer en función de los que por tener tan poco no tienen ni sueños. Una convicción, un amor y una conciencia difíciles de entender y más aún de emular.

Los pies mal calzados de Ernesto Guevara de la Serna me recordaron que sus enemigos no han podido nunca asesinarlo, no por la temeridad que le permitía combatir de pie ajeno a los caprichos de las balas ni por la batalla frontal y casi a muerte con sus pulmones maltrechos en medio de la sierra y de la selva; no por sus maneras ásperas y sin imposturas de hacer lo correcto ni por su afán de estudiar para construir.

Lo que lo hace vivo, mito, santo, camino… y lo que no le perdonan los que creen en la inevitabilidad de pocos ricos y miserables por millones, es su consecuencia; la virtud y la fuerza moral de hacer coincidir pensamiento y acción, de no dejar en palabras los discursos ni en utopías los ideales.

Porque cometió la herejía de la consecuencia, comió el Che la misma ración magra de su tropa de rebeldes sin barba, adolescentes que aprendieron el sentido de la revolución porque su jefe predicaba desde los sacrificios propios. Y estimuló la crítica de la obra que fundaba porque no creía en las invulnerabilidades del poder ni en las revoluciones con punto final.

Volvió a comer con los obreros y a montarse en sus camiones. Puso bloques, cortó caña, dominó maquinarias, porque el trabajo voluntario no era para las masas vistas desde arriba como entes sin nombre, sino para el pueblo, del que los dirigentes deben ser alma y también parte humilde.

Zarandeó a la burocracia, y no premió a los obedientes por el mero hecho de serlo ni estigmatizó a los incómodos por la misma razón. No se apegó a nada material que sus responsabilidades pudiesen proveerle.

Y, esencialmente, demostró que su autodeclaración de hijo de América toda no había sido mera retórica, y que los que fingen confundir aventura con justicia e imposible con involuntad no exhiben más que su apego ramplón a la comodidad del inmovilismo.

Por eso es molesto el Che y por eso quieren mancharlo; les asusta su eternidad ajena a mármoles, intentan hacerlo marca, acomodarlo dentro de la tiranía del mercado y sus esclavos, para acabar por retroceder cuando aparece citado, como símbolo de las causas más genuinas, cuando surge en la pasión de la gente que lo comprende, que dialoga, que incluso le reprocha, como no se puede hacer con un héroe sacrosanto, pero sí con un joven que juega ajedrez, que mima a sus hijos, que recita y graba textos de Neruda, que firma con simpleza, Che.

Guevara, especial multimedia

¡Antes fusilado!

¿Qué hará falta para tomar, en un instante cualquiera, la decisión de hacerse guerrillero? ¿Dónde estarán las reservas de valor para renunciar al café caliente de las mañanas, al colchón domesticado por la forma propia, al beso enamorado, al sonido blanco de la sonrisa del hijo?

¡Cuánto de luz hará falta para disponerse a dar por la causa sembrada en las entrañas, más que la palabra y los desvelos, el bien de la vida!; y sin pregonarlo ni hacer de ello tribuna para conquistar admiraciones.

Quizás no se precisen grandes cualidades, esas que convierten a mujeres y hombres en mármol o bronce, sino una sublime comprensión del bien, un no poder dar la espalda ante el dolor.

Marcos no era de los guerrilleros más disciplinados. Sin embargo, para el trabajo no ponía trabas, exploraba caminos, construía vara en tierra, balsas… y se sobreponía a las heridas impuestas por la naturaleza ruda o a las molestas larvas de mosca que debía extirparse del cuerpo.

Había llegado a las selvas bolivianas al mediodía del 20 de noviembre de 1966, y el Che dispuso que fuera jefe de la vanguardia. Pero en aquella guerrilla no había espacio para las desavenencias, y el temperamento fuerte de Marcos causó pequeños incidentes que el Che, jefe severo y humano, no pasó por alto.

Un día, después de recibir una nueva queja de su conducta, cuanta el Che en su diario que «yo me exploté y le dije a Marcos que de ser cierto sería expulsado de la guerrilla, contestando él que moría antes fusilado». Marcos debió dejar la vanguardia por órdenes de su jefe, que le expuso con claridad sus errores, pero «rajarse» nunca.

«Se completó el armamento del grupo asignando la ametralladora 30 a la retaguardia (Marcos)» escribió el Che el 15 de abril de 1967 en su diario, y fue la última vez que lo mencionó.

Marcos murió el 2 de junio de ese año en la emboscada del Peñón Colorado, cerca de Bella Vista, junto al boliviano Casildo Condori Cochi, cuando se dirigían a casa de un campesino.

El Che no tenía modo de saberlo. El grupo guerrillero se había dividido tiempo antes con la idea de reencontrarse luego, pero no pudo lograrlo. La separación fue agónica. Guevara no perdió jamás la esperanza.

Así, en un silencio casi anónimo, murió lejos de su país el Tite de la infancia en Pinar del Río, el niño que a cada rato tenía un hueso fracturado por inquieto, y que nunca quiso dejar de estudiar a pesar de tener, desde los siete años, la espalda doblada sobre el campo para ayudar al alimento de una familia de 12 hijos.

Por un sueño puro, cayó el joven albañil y carpintero de encofrado que sentía revolvérsele el estómago con los abusos y se dijo: «Yo soy un cobarde si no me voy para la Sierra». Atravesó la Isla dos veces, primero con el salario de una semana y después con lo que le dieron por sus herramientas, hasta lograr dar con los barbudos y que lo aceptaran sin referencia alguna.

Porque tenía una esperanza, dejó de respirar el soldado Pinares, el de la ametralladora calibre 30, el de la puntería excepcional, el que un día gritó: «Aquí no se pelea con lágrimas, sino con tiros». Y después fue capitán y jefe de la retaguardia de la Columna 2 Antonio Maceo en la invasión hacia Las Villas, bajo las órdenes de Camilo.

Llamándose solo Marcos, dejó de existir a los 40 años el Comandante Pinares, el que dirigió la lucha contra bandidos en varios territorios cubanos y que fue feliz como nunca el día en que supo que integraba el primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

Porque había más revolución que hacer y porque tenía la fe más fuerte, la de lo posible, «dio su vida heroicamente» –al decir de Fidel- Antonio Sánchez Díaz.

Y así mismo fue

afxcvxCorrían los días más difíciles del período especial. Se hablaba de opción cero e incluso de ollas colectivas. Mi familia sembraba viandas en el estrecho pasillo de nuestra vivienda citadina; viandas destinadas a enriquecer mi puré de infante.

Y en medio de aquello, Fidel dijo en la televisión que bajo ningún concepto un niño cubano podía ir a la escuela sin uniforme. Había que zurcirlo, heredar el del primo o el hermano, pero vestirlo. Ninguna carencia material podía justificar que los pequeños dejaran de usar ese atributo de la dignidad conquistada. Y así mismo fue.

Lo cuenta mi madre, cuando aún ambas estamos anonadadas por la partida de quien fue Comandante en Jefe, líder, padre y abuelo, con una cercanía hacia su pueblo que es cosa impensable e inexplicable en casi todo el mundo.

«Así mismo fue», repite, porque Fidel prometía y cumplía, no solo por la capacidad de arrancarle las incógnitas al futuro, sino por su obstinada fe en la gente, en Cuba, y por el influjo martiano de creer en el mejoramiento humano.

Le preocupaba el uniforme porque le preocupaban los niños y sabía que las penurias económicas jamás alcanzarían a definirnos. Y esa confianza que emanaba de él hizo que mi madre, como otras miles de amas de casa, no se desesperara y mandara a sus hijas con un uniforme impoluto a aprender, a la vez que inventaba cientos de maneras de sobrellevar la crisis y miraba de arriba a abajo a los descreídos que decían entonces: «Ahora sí se cae esto».

Y no se cayó, porque había un mar de gente educada en la escuela fidelista; un estilo de pensamiento que abrió la política a lo popular, que puso el honor de la Patria por encima de las fruslerías y las conveniencias, que dejó clara la posibilidad de que una Isla pequeña fuera soberana, independiente y guapa para resistir los embates de los poderosos que quisieran acallarla.

Fidel se hizo historia mucho antes de su muerte física, él es héroe hace tanto y, sin embargo, lo veíamos tan común, tan cercano, tan de noble uniforme y barba sincera, que lo nombrábamos sin apellido, sin cargos, sin más apelativos que el de su nombre fiel.

Como no era de mármol ni de bronce, los cubanos nos colgábamos de sus palabras en aquellos discursos épicos y nos entusiasmábamos con sus sueños y gritábamos —aún lo hacemos—: «Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel, que los imperialistas no pueden con él?» o «Pa’ lo que sea Fidel, pa’ lo que sea». Creímos en todas las victorias cuando lo veíamos marchar, bandera en mano, estampa verde olivo y zapatillas. Creímos y vencimos.

Puede hablarse del Fidel estadista, el estratega, el político, pero por estos días a casi todos nos duele el Fidel que llevamos en el pecho, y ese es el hombre que descubrió en este pueblo la resistencia, el talento y la vocación por realizar las utopías; el que nos mostró que los errores son parte de casi todos los emprendimientos hermosos y valederos, y que la historia cubana es una sola, porque somos uno y ahí reside nuestra mayor fortaleza.

Fidel nunca estará lejos ni encerrado en un monumento, nunca será el pasado, y los enemigos que hoy festejan sentirán muy pronto el frío de la decepción. Como les pasó con el Che un día, constatarán que hay seres que en la muerte se hacen más grandes, inmensos, que se multiplican.

Ahora es cuando nos toca ser el Comandante en Jefe. Quizá en lo adelante, como él alertó una vez, todo sea más difícil, pero yo, como muchos, trabajaré por esta tierra irredenta para sentarme una tarde al lado de mis hijos y decirles: «Fidel dijo que triunfaríamos, y así mismo fue».

El Camilo que acompaña mis pasos

Así habla quien siente lo que dice, quien le pone a las palabras el pecho, la angustia, la esperanza; pero entonces era muy pequeña para entenderlo. Solo sabía que aquella voz algo ronca me emocionaba, y mientras desde los altoparlantes se escuchaba a Camilo recitar los versos de Bonifacio Byrne, yo me apretaba contra el costado de mi papá y sujetaba bien fuerte, aunque me pinchara, la rosa arduamente conseguida, porque todos los niños ansiaban su flor, y los jardines quedaban desprovistos.

Llegábamos a la costa y las olas me salpicaban los zapatos, quería acercarme más: no había nada más triste que ver a la flor presa en el “diente de perro”, sin flotar junto al resto. Si sucedía eso, a pesar de que los adultos consolaran diciendo que luego subiría la marea y a Camilo le llegaría el regalo de la pionera, una lágrima se escapaba.

Ese día de octubre no quería dar clases de Matemática ni de Español, sino que me contaran más del joven simpático, un poco flaco, de barba y sombrero, que nos miraba desde las láminas; y que me volvieran a explicar cómo se cayó en el mar su avioneta. Siempre, tras el relato, fantaseaba que aparecía, que había estado perdido en una isla; no lo veía volver viejo, tenía el mismo pelo negro y la sonrisa.

Así Camilo fue una leyenda de mi infancia, un héroe mítico, y lo quise porque en la escuela y en casa me decían que era –así, en presente– un muchacho bueno, valiente, que protegía a la Patria y era amigo del Che.

Ya el amor estaba sembrado. Después, cuando llegaron las clases de Historia, los libros y la vida, aprendí que los héroes distan de ser perfectos y la sacralización tiende a arrebatarnos lo más genuino de su legado. A pesar de ello, la imagen de Camilo no se melló, se hizo menos ideal pero más humana; tal vez por eso, cuando no soy una niña y me restan escasos años para cumplir su edad cuando murió, aún está conmigo.

El Camilo que acompaña mis pasos no se avergüenza de sus defectos ni de sus impulsos, aunque comprende que madurar es imprescindible. Se enorgullece de la cubanía, de la pelota, los amigos, las bromas, es capaz de lograr una confesión usando un esfigmómetro como detector de mentiras. Sabe que trabajar supone el único camino honrado, y que sentado al borde del camino nada se logra.

Camilo me dice que la audacia vale mucho, y la inconformidad otro tanto, mas sin lealtad se quedan vacías. Que ser joven es ser alegre, arriesgado, desafiar la autoridad supuesta, bailar, enfermarse del hartazgo después del hambre prolongada; y nadie por ello tiene el derecho de declarar la irresponsabilidad, porque ese mismo joven puede latir en la frecuencia de su tierra que “cueste lo que cueste, tiene que ser libre”, y con devoción bajar a Dos Ríos para ponerle flores y una bandera al Apóstol, o cubrir con su cuerpo una ametralladora para salvarla del fuego enemigo, aunque implique el balazo en el abdomen.

Él me enseña el compromiso y la humildad. El Camilo Comandante era el mismo Camilo mandadero y aprendiz de sastre, enamoró a un pueblo porque no asumía imposturas: quien se autoproclama grande, hace rato extravió la grandeza en algún trillo.

No llegó a los treinta y se sembró en Cuba, ¡y aún hay quien mira con sospecha a los que no lucimos canas! Este octubre le llevaré su flor, y aunque ya me alcanza la fuerza en el brazo para que mi ofrenda flote sobre el agua, sentiré la misma cosquilla en el estómago cuando escuche su voz, grabada pero viva. Camilo me habla, nos habla, y esa emoción recuerda que aún hay mucho por lo que luchar.

Punto…y seguido

“Gracias a la vida que me ha dado tanto/
Me dio el corazón que agita su marco/
Cuando miro el fruto del cerebro humano, /
Cuando miro al bueno tan lejos del malo…” (Gracias a la vida. Violeta Parra)

Ella no celebraba fines de año. No había cenas, arbolitos, regalos o deseos. No tenía derecho a esos lujos, tampoco sus doce hermanos, huérfanos de madre, carentes de juguetes.

El campo de sus primeros años era desolador, pero la ciudad no trajo otras esperanzas. Sobre una caja la encaramaban para que alcanzara el fogón en su primer trabajo. Como criada y niña la humillaron; solo algunas veces los dueños de la casa le daban un obsequio en vísperas del nuevo año: algo práctico, tal vez medias, nunca una muñeca.

Aun así, no dejó que le apagaran su entereza. Se sacudió los prejuicios; en la calle señaló la dirección contraria a los soldados que le preguntaban por dónde había huido aquel muchacho “revoltoso; y, cuando triunfó la Revolución, sacó el sexto grado en una escuela nocturna, con mi mamá soñolienta sobre un pupitre.

Por eso fue tan importante aquel primer arbolito, repleto de algodón para simular la nieve; no porque creyera en la Navidad, sino porque podía celebrar los meses que se aproximaban y las oportunidades que junto a su familia tendría. Se había graduado de Corte y Costura, ya no temía a la muerte de causa desconocida, ni al vencimiento del alquiler o los caprichos de la dictadura. Era alguien, no una más en la multitud informe de hombres y mujeres sin sueños.

Mi abuela Andrea no me vio entrar en la Universidad, ni graduarme, tampoco leyó ninguno de mis trabajos periodísticos. Murió antes. Sin embargo, la recuerdo siempre que un año se extingue, su vida me compulsa a agradecer cuanto tengo y a no “colgar los guantes” en el empeño de hacer por mi tierra con un arma tan endeble como poderosa: la palabra.

Cuando en el mundo actual la cultura de masas nos invita a enajenarnos, a conformarnos con las novelas, los videojuegos, los reality show; a no estresarnos porque a fin de cuentas la vida sigue igual; y a soñar siempre con lo próximo que debemos tener para ser; yo pienso en esa mujer humilde y completa, y en cuánto transformó su destino el proyecto de una Patria digna, soberana e independiente.

No podemos los cubanos dejar que conceptos como ese se vacíen de significado; o que nos vendan como metas el falso paraíso de la Cuba de los años 50, y el capitalismo del Primer Mundo, que jamás será el nuestro.

Quedan prácticas por desterrar: la desidia, la falta de ejemplaridad, las ineficiencias productivas, la escasez de iniciativas creadoras desde la base, el discurso vacío. Que debemos cambiar, es cierto; mas, siempre sobre una línea martiana y fidelista, comprometida con la tradición histórica y los principios. Nada parecido al “cambio” que hoy venden en América Latina y que amenaza con la muerte a las izquierdas.

Trabajar por una sociedad cada vez más justa, equitativa y con bienestar, es también hacerlo por los destinos individuales, y los de nuestros hijos. No imagino una Cuba sin seguridad en sus calles, sin los servicios gratuitos de salud y educación, o donde no se hable del traje negro y triste de Martí, los ojos de Abel, la boina del Che, las flores de Celia.

Como todos, este fin de año debe ser espacio para reflexionar en las búsquedas y compromisos personales, que tanto se relacionan con los destinos del país. Alegres, patriotas, cubanos, el 2016 -que se avecina complejo en el panorama mundial- precisará de cada uno lo mejor: ímpetu, trabajo, combatividad, crítica, amor.

Pongamos punto a lo mal hecho, y sigamos este primero de enero con todo lo rebelde, apasionado, verdadero, radical y hermoso que se comenzó a construir en esta Isla hace 57 años. Como Violeta, digamos: “Gracias a la vida que me ha dado tanto/ Me ha dado la risa y me ha dado el llanto, / Así yo distingo dicha de quebranto/ Los dos materiales que forman mi canto/ Y el canto de ustedes que es el mismo canto/ Y el canto de todos que es mi propio canto”.

Me declaro disidente

Triste, me relató lo sucedido. Había expresado sus inconformidades de frente; no en comentarios de pasillo que nada resuelven, sino ahí, delante de los responsables, de quienes podían remediar la situación.

“Fui crítico, sí, pero mantuve la ética”. Sin embargo, lo que lo contrarió fue el recibimiento frío a sus planteamientos: “Me miraron, Yeilén, como si fuera un disidente”.

Casi me río de lo exagerado de su símil, mas en unos instantes reflexioné y le contesté: “la cuestión no está en ser disidente, sino en de qué se es disidente”.

Le respondí así porque lo sé disidente de muchas cosas: lo mal hecho, la chapucería, el conformismo, la gente que lleva a la Patria en el habla pero no en el corazón…

Con la palabrita­­, a veces palabreja, sucede que nos la hemos dejado arrebatar de a poco por cuatro gatos asalariados que entienden tanto de principios y de patriotismo como yo de física nuclear. Pasa igual con el vocablo subversivo.

Disidente es el que diside, disidir es separarse de la común doctrina, creencia o conducta. Si hablamos de orden mundial, de hegemonías, de despiadado capitalismo, incluso, de historia, se hace evidente que quizá no haya pueblo más disidente que el cubano.Leer más »

Lo que mi abuela nunca soñó

Mi abuela nunca lo soñó, no podía. En aquella época no soñaba dormida o despierta, el cansancio no le dejaba tiempo o fuerzas para eso. Casi todas las tardes eran tristes de tanto silencio en aquel campo después que la madre muriera en la cama, ¿de qué? nunca se supo; solo eran verdad los trece niños solos y el padre demasiado molesto con la vida, con Dios, con todo.Leer más »